miércoles, 20 de enero de 2016

Amoa


"Héctor Bossio, tío de Ana María, era lo que se dice un hombre de la noche. En el ambiente lo habían apodado el Flaco Vela, por su nariz irremediablemente goteante, que vivía aspirando no sin cierto ruido. En abril de 1976, era propietario de Amoa, un cabaret de copas ubicado en la esquina de 7 y 70 (hoy, allí, hay una obra en construcción) donde solían recalar todo tipo de personas a tomar un trago de madrugada. Entre policías, chorros, coperas y noctámbulos, también se dejaban ver por ahí los integrantes de la patota de la CNU que comandaba el Indio Castillo".
 

domingo, 27 de diciembre de 2015

De Segunda


La mitad exacta y un puñado de meses más de la década del '40 del otro siglo, sintetizó la bisagra política más trascendente; del siglo XX, sin dudas; hoy, diciembre de 2015, más vigente que nunca.
En fútbol, todo era "más de lo mismo" y el monopolio de los "cinco más grandes" se había convertido en un anodino trámite de reparto de ganancias de los "dos más grandes" de aquellos cinco: Boca y River se habían repartido, hasta el quiebre del San Lorenzo del '46, todos los títulos oficiales de Primera División de esa década.
Nada nuevo. Para los "otros", los llamados "no grandes", la cosecha en forma de estrella se reducía a alguna copa nacional discontinuada, no regular, que la AFA organizaba cada vez que a algún "iluminado" se le ocurría ampliar el calendario para no dejar sin competencia a los equipos. Así, hubo premio consuelo para Huracán, Estudiantes o Newell's, ganando alguna edición de la Copa Escobar; o el Campeonato de la República, el antecedente federal de la actual Copa Argentina, que también coronó al Pincha y al impensado San Martín de Tucumán, uno de los pocos campeones argentos de "tierra adentro".
La última fecha del torneo del '45 tuvo un desenlace inédito que jamás se repetiría para el clásico de La Plata: Estudiantes y Gimnasia frente a frente en cancha de Lanús -obligados los pinchas a salir de su estadio por tenerlo suspendido- con la posibilidad, más real que concreta, de que el Lobo descendiera justo frente al rival de siempre en ese domingo final de principios de diciembre. Necesita al menos empatar y esperar los resultados de Chacarita y Ferro para llegar a un desempate. Los triperos empezaron arriba y nadie dudó, ahí, de lo que se especulaba con tanto clamor en la prensa y en el día a día de las calles platenses la semana previa: que el Pincha tendría una actitud "contemplativa", por afinidad institucional, por amistad entre varios de los jugadores de los planteles, para darle una mano al vecino de barrio y evitar su peregrinación a la "B".
La ilusión duró menos que los minutos reglamentarios del primer tiempo. Gagliardo, Pelegrina y compañía se portaron impiadosos, metieron tres, pudieron ser más, y ratificaron la diferencia entre unos y otros que mandaba la tabla.
La derrota contra Estudiantes sentenció el descenso de Gimnasia; por única vez, mano a mano y en un clásico. Quizás, hoy, con la trascendencia que la historia y el tiempo se encargan de tamizar.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Carrefour

La excusa moderna de los milicos fue el comienzo de un "reordenamiento urbano" general para abrir dos calles que atravesaban los terrenos del Viejo Gasómetro; y, más falaz aún, la necesidad de que varios clubes porteños (Vélez, Huracán, el mismo San Lorenzo) se acomodaran a los "nuevos tiempos" y comenzaran a compartir sus canchas para luego utilizar los terrenos (ya vacíos de fútbol) con fines sociales o comerciales.
No hacía falta mucho más: un decreto de expropiación para sacar a San Lorenzo del barrio de Boedo y armar una sociedad fantasma para beneficiar a los amigos civiles de los genocidas de turno, que años después le venderían esas manzanas pensadas para "uso social y comercial" a la empresa francesa, Carrefour, para enhebrar un negociado millonario para unos poquitos.
Ocultas, las verdadaras explicaciones: la vinculación de sectores de la hinchada azulgrana (como los "quemeros" vecinos de Parque Patricios) con Montoneros; y que aquel "Wembley porteño" de Avenida La Plata (escenario de históricos partidos del Seleccionado en la primera mitad del siglo XX, como un Monumental actual) fuera el espacio privilegiado que, en plena dictadura, las Madres de Plaza de Mayo apropiaron para hacer una de sus primeras apariciones públicas.
Boedo, la "restitución histórica", los cuervos vuelven a su cueva...
Justicia. Chapeau.

martes, 15 de diciembre de 2015

Minutero de Viaje


Marielitos
“Mira, Yico… si después al tiempo empezó a aparecer por la costa lo que quedaba, nomás, de los que no habían podido llegar del otro lado…”.
Llevamos (¿cuánto?: ¿diez, quince minutos?) de amistad con Alejandro. Así es acá: cordialidad y sociabilidad por sobre de todo. Los cinco del grupo que nos quedamos estamos sobre la dársena de salida al aeropuerto que desemboca en la estrecha avenida que bifurcacon el distribuidor de acceso a La Habana. Sobre la izquierda se estacionan los taxis “oficiales”, mayormente amarillos y negros. Se mezclan con los “boteros”, los Mercury y Chevrolet de la primera yema de los tiempos revolucionariosque, hoy reciclados con motores de automotrices orientales,sirven servicios alternativos de transporte. Uno de esos gestiona la familia de Alejandro.
El silencio de la madrugada, en esa zona alejada del centro histórico, permite notar los cuchicheosde las charlas de alrededor: los dos empleados del “rentacar” ya sin clientes; la joven de una de las dos casas de cambio que los turistas abordan, sin excepción, apenas pisan Cuba; y los “boteros”, los choferes particulares que “parquean” sobre el ingreso al aeropuerto y se autohabilitan las dársenas, debajo de la arboleda de palmeras, para subir pasajeros sin interferir con el servicio de los taxis oficiales.
Andar “boteando”, manejar un bote americano de los ’50, es uno de los tantos “rebusques” de los cubanos para llegar al peso convertible que se dinamiza con el ingreso del turismo en la Isla: el “cuc”, el equivalente del euro y el dólar norteamericano. Es uno de los laburos de Alejandro y el padre. Mientras su hijo ficha turistas pasajeros que serán momentáneamente “amigos invitados” en territorio cubano para lidiar con el control oficial del aeropuerto, su viejo, ese hombre de espíritu adolescente envidiable, maneja el auto hasta el Hotel Tritón de La Habana, donde nos hospedaremos hasta el sábado.
Alejandro se sentará durante toda la charla en cuclillas, casi delatando el estado de ansiedad de los cubanos que trabajan del y para los extranjeros. La charla se cortaráantes de que subamos al taxi del padre, después de hora y pico, cuando vuelve al principio de todo y hace un intento por imaginar aquel día de “Mariel”; ese “permiso” efímero de la Revolución para salir de la Isla a todo aquel que lo quisiera.
“No son 90 millas, mira: hoy, al primer cabo para quedarse hay menos de 50 y ya ahí puedes ser visto con las balizas y te pueden llevar hasta la costa del otro lado”, dice Alejandro. La costa, ese “otro lado”, Norteamérica. Dice que ya ni piensa en eso y, uno cree, en realidad, que jamás lo pensó como posibilidad cierta y que es apenas un argumento para seguir la charla con los ocasionales amigos argentinos: exhibe con orgullo su título intermedio de ingeniero, mantiene una familia y espera al padre para terminar el viaje que le dejará los 50 convertibles en dólares por apenas dos horas de trabajo.
Eso que le dicen: “el rebusque”.


Mundo paralelo
Las mañanas son al “desayuno caribeño”. Así lo venden los dos o tres carteles, escasos y casi invisibles, que cuelgan en el ingreso del salón donde también se puede cenar desde las siete de la tarde. El almuerzo en la Isla, parece, es nada más que una costumbre de latinos latitud argentina. Y un adhesivo plotea los vidrios en la puerta de entrada: “Aquí se sirve…”.
Los exhibidores de comida forman un semicírculo que uno camina al entrar, de izquierda a derecha, por delante de las mesas que están en un contiguo salón imaginario sin que ninguna pared los separe; sólo unos largos muebles con base de madera y sus manteles decorativos.
Melón, ananá, banana, jugo, panes salados, huevos revueltos o fritos, panqueques para rellenar con ensaladas o salchichas ahumadas, se combinan con las clásicas facturas dulces o el café fuerte, como se lo toma en todo el Caribe. El café se ofrece en una vieja maquinita expendedora, que mezcla el chocolate, el café con leche y el agua caliente, para un eventual té o, en nuestro caso, el mate.
Pasó el lunes, pasó el martes, también el miércoles. Nos acostumbramos al aroma oscuro del agua para mate con esa inevitable y ya bienvenida pérdida del café de la máquina, que hace que, a la distancia, la Rosamonte que trajimos de Argentina tenga algo más de sabor.
“Mejor, si ahora allá los chinos la venden cada vez más seca”, promulgó alguien en una de esas tantas mañanas.
Tenía razón. Le pusimos “matefé”.



Res

Una de las tantas cosas es esa propensión del cubano a iniciar un camino casi detectivesco sobre los modos y usos de "la carne de res", cada vez que uno le confirma que, sí, que es argentino, y la pregunta al inicio del diálogo se hace inevitable por apariencia, gestos y lenguaje.
Lo mismo en ese último viaje de vuelta hacia La Habana, iniciático para descubrir las interminables formas que muta el ser humano para autoregularse lo que, en apariencia, no está permitido o, directamente, puede estar prohibido sin ejercicio a la queja.
Carlos me subió en el cruce de Santa Clara. Manejaba una camioneta negra de los '80, cargada de cajas y botellas. No me llevó a dedo ni tampoco lo buscaba. Pero era la manera más rápida para llegar evitando los colectivos del Viazul con turistas. Esos que se consolidan, para los poco inquietos, como la única forma de trasladarse de oeste a este: en Cuba, una ley obliga a todo particular que circula por rutas nacionales a llevar personas que esperan transporte. Un agente los frena y el conductor accede. Es obligatorio. Y sin costo; o cómo maximizar los recursos del Estado, que son los de todos; la nafta, también.
Las botellas, me cuenta, las venderá en un par de mercados durante la semana de estadía en La Habana. Un rebusque más de los tantos cuentapropistas autorizados por el Estado que se las ingenian para sumar dinero al poco peso del sueldo, en valores convertibles, por su puesto de ingeniero civil en lo que sería un equivalente a Vialidad Nacional local.
Por la mitad del camino, me señala unas matas.
"¿Ves los pastos altos?".
Respondo que sí, casi obligado por cordialidad a seguir una conversación que desde la misma pregunta parecía no tener rumbo.
"Siempre muuuy a título personal...", sonríe sin perder el humor del día a día. Sostiene el volante con la derecha, gira la cabeza y me mira: "... los administradores de los campos las usan para esconder a la vaca grande cuando está por tener cría. Cuando el ternero nace, matan a la madre y lo crían escondido ahí mismo entre los pastos. Cuando está un poco crecida y los controles del ministerio hacen el recuento de cabezas, finca por finca, no van a poder notar la diferencia. Pero ya se comieron la vaca".
Y ríe de nuevo: "Ustedes comen la res casi todos los días. Acá te pueden dar casi tantos años como al matar a un tipo. Siempre muuuy a título personal esto que digo".

lunes, 14 de diciembre de 2015

Wikipedia

Se había ganado la copa, esa lata por maltrato externo que se subía a la sede de los campeones de calle 53 por cuarta vez en la historia. Nos convocaban a un asado del mítico "Antifierr*" en City Bell. Habían hablado, se decía, de una sorpresa para todos. Uno imaginaba: "Naaa, nada que ver... viene el Chapu, el Chavo, alguno, a firmar autógrafos; algo así..."
Iniciada la tarde, con los bebestibles aún sin consumar y la comida en trance, se acerca una camioneta a la quinta de la misa. Tocan timbren. Bajan dos personas. Llevaban un decorado en la mano; en ambas, por lo pesada que era. Tenía la forma y el volumen de la que días antes habían levantado Verón y compañía en el Mineirao. Era esa: no había dudas.
Sin embargo, mirá, y todavía lo pienso, no me conmovió tanto levantar la copa, fotografiarla o tenerla al alcance de la mano en un simple asado de hinchas del "Antifierr*". Un privilegio de pocos, para ese acotado ámbito de fugaces cofradías. Todavía me mueve ese diálogo ingenuo para ambos, antes de las fotos y de acomodarse para dejar el retrato eterno, cuando la expectativa iba en aumento y el muñeco decorativo de la Copa no precisaba de La Gotita entre la base y la pelotita de arriba.
- ¿Vos no serás el Patricio Lorente de Wikipedia, no?: el que me da una mano con la edición del artículo de Estudiantes...
Le dije.
- ¿Y vos no serás el que lo edita y actualiza: CazadorOculto?
Me dijo.
Nos separaban dos "nicks" de editores anónimos que se hicieron visibles aquel día del asado y la Copa. Estábamos en el mismo lugar, sin saberlo, conociéndonos.
Aún, hoy, seis años después.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Tres deseos


- ¿Dónde vivís?, le preguntó él.
- Bueno, en varias partes. Comparto un departamento con una amiga. Y otra me presta su casa cuando no está, porque viaja bastante. Y a veces voy a la casa de mis viejos.
A Carla le gustaba decir las verdades a medias.
- Todo bien, dijo Ricardo. Podés parar si querés. ¿Te puedo hacer otra pregunta?
Estaban sentados más o menos cerca. Carla pensó que iba a venir el previsible avance sexual y respiró hondo, aunque con disimulo.
- Sí, claro.
- ¿Vos me levantaste?

 

viernes, 6 de noviembre de 2015

Grietas


La Nación destaca en el margen superior de su página web el video del desaforado economista de la alianza que reeditó la superioridad porteño/iluminada sobre la barbarie populista del "interior" (sic).
Es un medio, un diario, un grupo económico: tienen intereses y jugaron, juegan y jugarán, para la oposición de cualquier tipo de Gobierno que represente algún cambio para el campo popular; conservadores de sepa, liberales por adopción o conveniencia, lo que es para descatar es que nunca dejan de hacer "periodismo" (con sus matices, pero entendiendo ésto como la posibilidad de mostrar las eventuales dos miradas de un hecho), eso que olvidó Clarín hace lustros, como caso extremo, o cualquier otro diario/medio con sus mismos intereses.
Contextualizan, hacen periodismo, aún el abismo de las grietas ideológicas.

 

domingo, 1 de noviembre de 2015

La biblia del Museo


Un libro con recortes periodísticos de principios del siglo XX hecho a mano por el “otro” Hirschi, Oscar, el hermano del legendario Jorge Luis, y otros hallazgos, componen el mundo vivo del Museo Estudiantes.

“Cuando empezamos fuimos al archivo del segundo piso, donde están almacenadas las matrículas de socios con libros contables, y entre esas cajas encontramos los dos tomos encuadernados. No lo podíamos creer”.
Le pusieron “La biblia de Hirschi”. El que lo cuenta, entre incunables y entradas varias sobre la mesa de Presidencia donde hoy funciona el Museo hasta su traslado definitivo al nuevo estadio de 1, y no sin el mismo asombro que le produjo al toparse con los libros, es “Yeye” Isard, fotógrafo, coleccionista de todo objeto referido a la historia del club y uno de los integrantes de la Subcomisión de Museo.
El grupo nació a fines de 2013 y tuvo su bautismo con la muestra homenaje a los campeones del amateurismo, a cien años de aquel logro. Pero la idea de formalizar en la institución a un conjunto de socios, historiadores e hinchas que comenzaran a curar y preservar el patrimonio sociocultural, llevaba más de un lustro; la “difusión y protección de la herencia cultural. Y la investigación y enriquecimiento de la colección de la institución”, como sintetiza la presentación del Museo en la página oficial.
Zuleik Campañaro y Miguel Ignomirielo se constituyeron enseguida en presidentes honorarios de la Subcomisión, que este año sumó nuevos integrantes y aceptó el desafío de curar, compaginar y redactar, el primer libro oficial de la historia de Estudiantes, el que fue presentado el mes pasado en la Sede cuando se terminó de celebrar el 110° aniversario de la fecha fundacional.
“Fue una propuesta que le hizo llegar el diseñador gráfico y profesor de la UNLP, director de Troupe Comunicación, Flavio Mammini, a la Comisión Directiva. Ésta aceptó el desafío enseguida y el Museo se encargó de compilar los contenidos gráficos y audiovisuales para su posterior publicación”.
Guido Martinaschi es junto a Isard, Carlos Espíndola y Ricardo Vecchiati, uno de los socios fundadores de la Subcomisión y, quizás, quien resguarde actualmente el mayor “tesoro” fotográfico y fílmico del Club, hoy parte integrante del material de archivo del Museo que vistió cada una de las páginas del extenso libro editado sobre la vida institucional y deportiva de Estudiantes.
Oscar Hirschi fue delantero del campeón del ascenso de 1911, dupla de hermanos con Jorge Luis en los primeros años del amateurismo en Primera. Debutó en Segunda contra Boca, jugó hasta 1922 -toda una década con los bastones rojos y blancos que homenajean al Alumni del English School- y combinó el fútbol con la pasión del coleccionista por el club que amaba, Estudiantes, la que hoy tiene un valor incalculable para el trabajo patrimonial del Museo y, por propiedad transitiva, para la historia del Club.
“La biblia de Hirschi” contiene síntesis de partidos oficiales y amistosos y las fotos -escasas para esa época de la prensa, efímeras, pero inversamente valiosas cada una- publicadas en cada uno de los diarios de esos años. Los recortes permitieron dilucidar y pasar al papel en el libro oficial, por caso, la vieja discusión de historiadores y estadígrafos sobre la supuesta victoria de Estudiantes sobre River de Montevideo en la Copa Aldao 1914, un similar a la actual Supercopa Argentina pero entre los campeones de Primera División de las ligas de Uruguay y nuestro país. Oscar Hirschi separó y pegó los resúmenes de cada uno de los amistosos de 1913 que ambos equipos jugaron. Fueron tres en total: uno de ellos, la goleada 4-1 del 6 de abril de ese año, pasó a la historia como la final oficial programada para mayo de 1914 que nunca se jugó y debió ser suspendida por una fuerte sudestada que afectó a la capital uruguaya. La supuesta disputa de aquel partido fue replicada en la década del ‘40, erróneamente, por Miguel Bionda, en el libro “Historia del Fútbol Platense”; y por distintas colecciones periodísticas de diarios locales y nacionales sobre la historia del Club. Pero nunca se jugó. El plantel pincha llegó a viajar en el Vapor de la Carrera para el juego del partido de ida con una amplia delegación, encabezada, entre otros, por Alfredo Lartigue, pero regresó al país sin poder concretar la tan esperada final; la misma que nunca se reprogramó… La copa que no fue.
Otro de los “hallazgos” es la réplica de la Copa Interamericana ganada contra el Toluca mexicano meses después de la final en Manchester. La copa estaba archivada adentro de una más grande, en una de las piezas donde se almacenaban los trofeos de menor importancia. Es la copa que levantan Bilardo, Manera y Malbernat, en primer plano, en la canónica foto del equipo campeón en el Centenario de Montevideo con la camiseta a rayas y pantalones blancos. Y tiene, como marca distintiva, dos perfiles “aztecas” grabados en la parte superior. Hoy se puede disfrutar en las vitrinas de la sala de la vieja Presidencia donde momentáneamente se estableció el Museo.
En sintonía con el trabajo para la edición del libro, los integrantes del Museo comenzaron a recibir donaciones de socios e hinchas (entradas de partidos, revistas, diarios, indumentaria de jugadores u objetos comercializados con la marca de Estudiantes) y de varios ex jugadores, técnicos y dirigentes. Rubén Pagnanini obsequió este año la pelota que se utilizó en el partido definitorio de la Libertadores 1970 que le permitió al Pincha levantar la tercera copa consecutiva, contra Peñarol en el Centenario; el actual presidente, Juan Sebastián Verón, donó la indumentaria completa (camiseta y pantalón blanco, cinta de capitán, medias y botines) que usó la noche del retiro, con Tigre en Victoria, el año pasado; o los sacos con el banderín bordado en el bolsillo izquierdo que usó el plantel de Zubeldía que viajó a Inglaterra y se consagró campeón del mundo en 1968.
El último “tesoro” se concretó después de meses y extensos llamados; uno de los más buscados desde que nació la idea de patentar el Museo para exhibir las joyas de la historia albirroja: la última camiseta de piqué con el “8” en la espalda usada en juego por el Narigón Bilardo, la que usó el día del retiro contra Vélez en cancha de Atlanta, en diciembre de 1970. Se mantuvo guardada 45 años en la casa de Alberto Poletti, arquero y compañero de equipo del multicampeón de Zubeldía, que se quedó con el trofeo entregado en manos de Bilardo aquella tarde final de Villa Crespo. Hoy está en su lugar, para que la disfruten ésta y las futuras generaciones de pinchas.

* Publicado en el número de octubre de Revista Animals!.
 

viernes, 16 de octubre de 2015

20 pulgadas


El "yeite" era, en esos domingos de 1987 y 1988: se cargaba el cassetito de la Commodore 64, se esperaba en la vereda de 11 (que era tan ancha como ahora y dejaba armar un arco con remeras y el árbol como referencia, sin joder al resto) jugando al "25" con la pelota de gajos rojos de Carlitos... Y, mientras, uno por vez "relojeaba" el contador interminable de la cassetera que siempre pedía repechaje, la muy distante, para darle play antes de que la madre de alguna dijera que la tarde ya era historia, que oscurecía y todas esas "huevadas" que sólo servían para mandarte a hacer los deberes para el lunes.
 

jueves, 15 de octubre de 2015

La "idea"


Cambiar, sí; en fútbol, siempre. Pero no "más allá de la idea". Es "la idea" (sic) lo que tiene que modificarse; "la idea" de un método unívoco para un juego que es dinámica y cambio constante, que dependerá siempre de la oposición y estrategia del rival.
Difícil jactar responsabilidades por igual en el funcionamiento de la Selección si es "la idea" lo que no cambia: hay responsables adentro (jugadores) en mucha menor medida que afuera; un técnico responsable de hacer jugar de la mejor manera posible (ser efectivo y aplicar el plan necesario que el partido pide para convertir un gol más que el rival) a un grupo de futbolistas "seleccionados": lo mejor entre los mejores.
Si "la idea" es algo estático, acabado, carente de alguna novedad que sorprenda al oponente de turno en un juego que es dialéctica pura, no hay excusas.