sábado, 3 de noviembre de 2018

Bacci, el mito viviente


Setenta años del bodegón pizzero que en diagonal 79 casi 1 une a casi cuatro generaciones de platenses. La historia de la ciudad bien podría narrarse desde cualquiera de las anécdotas que atestiguan sus mesas

La leyenda que recae sobre la famosa Casa Bacci es tal que tiene tantos amantes como detractores. Y no está mal que ocurra, si de gustos y tipos de masa hablamos. Están los que dirán (arriesgo, una minoría) que la pizza jamás puede ser un “bizcochuelo salado”, en elocuente alusión a la conocida altura de esta icónica pizza platense; y los que no pueden resistir (apuesto, una mayoría) al gusto único de comerse una al corte de espinaca o muzza recargada, servida en una saturada barra de hombres al paso (taxistas, changarines, universitarios, glovers) con moscato e hielo.
Los mitos sobre Bacci, su historia y su presente, van y vienen más vivos que nunca. Porque si al local de diagonal 79 lo sobrevuela la necesaria nostalgia del paso de los años, apuntalada en una estética inamovible de luces blancas, botellas de vino ilegibles, cuadros oscurecidos de grasa y cartelería en desuso, no es menos cierto que su presente a local abarrotado de martes a domingo la hacen hoy, quizás, el espacio gastronómico con más comensales en el cuadrado platense.


Anécdotas, mitos: un simple googleo de un foráneo sobre Bacci, el que intenta siempre alguna data más para comer barato, lo llevará a dar con Barreda. Dice el cuento que, en esas mesas, una noche de noviembre de 1992, el múltiple femicida confesaba su cuádruple crimen ante la vista de un incrédulo abogado al que había convocado no sin moscato y muzzarellas.
Fundada a fines de los ’40, Bacci tuvo su primera versión y más conocida cuando maceraban la rentabilidad del verano platense transformando la pizzería en un exclusivo negocio de helados. Cuando sobrevolaban los primeros calores de diciembre, la barra principal perdía voluntariamente su tabla de madera, donde cruje cada porción, dejando ver los baldes de helado. Así, durante años, en tiempos donde el local aún ocupaba la mitad del espacio de hoy y era vecino de la célebre rotisería de los Palumbo, en el portal de entrada al barrio Mondongo.
Discusiones entre comensales, convivencia pacífica entre albirrojos y basureros -aunque por simbiosis histórica de sus viejos dueños siempre fue una pizzería “más tripera que pincha”- Bacci también encierra su lado B en tintas de afinidades políticas. Muchos militantes, universitarios, de base o cuadros formados, solían tener cierto privilegio del vip de la mesa del fondo, bien ocultos del resto, cuando el anonimato era la mejor manera de seguir en carrera por las diagonales de la ciudad en los años que antecedieron al tsunami de la dictadura. Mitos, leyendas, verdades…
Los mediodías suelen mostrar la cara más solitaria de Bacci, con esperada ausencia familiar y mucho tipo solo que deja correr el tiempo y los gestos melancólicos con la única compañía de una rústica frapera de aluminio y su vecino preferido, la botella de tinto o moscato que siempre indaga en el gesto cómplice del ocasional cliente sentado al lado.


Pero si el secreto es que, de izquierda a derecha o de amantes a detractores, Bacci tiene la exclusividad de ser una pizza única por volumen y tipo de masa (alta y de dos centímetros, sobre todo de noche cuando la fermentación descansa desde el mediodía), lo es mucho más por su precio y su carácter inexorablemente popular. Y no solo porque Julio, “el de rulos”, cuente tantos años como mozo del lugar como porciones ofrecidas sin cargo a los que pasan y piden sin temer un mango. Bacci es el refugio donde una “familia no tipo”, las de varios integrantes (las que abundan, tanto adentro como afuera en las noches del lugar), todavía pueden salir “a comer afuera”.
Padre y madre con cuatro hijos que pidan una muzzarella grande, otra especial de jamón, alguna gaseosa y unas cervezas o un moscato, no consumirán más de 700 pesos para el esforzado bolsillo del laburante de media baja.
Eso también la hace única: popular y cada vez más legendaria.

Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

sábado, 27 de octubre de 2018

Don Mario, posta de camioneros


De la nada, como tantos otros que se le animaron al chulengo y poco más. Así empezó Mario en el imaginario cruce de la 256, en Etcheverry, con la ruta 215.
Lo primero fue dejar el restorán que está a unos metros, camino a Brandsen, para independizarse y armar el proyecto sobre un terreno propio. Empezó con una base de material, lonas naranjas para refractar el sol y reemplazar paredes y una extensa parrilla abierta al cielo, a la vista de todos; y poco más: mesas de pino, tablas, vasos y sillas, una de cada barrio y color...


Aunque el cartel ahora la haga más visible desde la propia banquina, la mejor e ineludible referencia son los camiones (los de larga y de reparto) y colectivos que ensayan una parada de recambio y, en segundos, se llevan el XL de chorizo, vacío o bondiola, siempre adornado por algunas de las dos salsas que son la marca de la cocina de este misionero de origen en el transporte y el camión: la criolla de cebolla y tomate o la fuerte de ajo y verdeo.
La clave suena sencilla: todo a la parrilla, con cortes económicos y al pasar, para el ocasional laburante de tranco acelerado o la familia sin pretenciones exóticas pero con apetito. Las porciones de vacío, asado, pechito de cerdo o matambre a la pizza ("la" especialidad), siempre abundantes, suelen ir bien, para dos, con alguna ensalada o guarnición de papas. Para los "disidentes" que van con las minutas, también espera alguna pasta o guiso ocasional (mondongo o lentejas) en temporada invernal.


La carta es el mayor enigma. Pero no hay misterios. Así se estila en los asadores ruteros. Una entrada con chorizo, morcilla y chinchulines, con porción y media de parrilla, guarnición de fritas o mixta, más un vino, para dos, no superará los $250 por persona.
Abierto mediodía y noche, Mario da indicios del secreto: "Atender al público como en la casa; que se sientan cómodos; el asado... que no es la tirita finita. Acá es grande y con hueso; del sabroso".

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

miércoles, 22 de agosto de 2018

¿Qué perdemos sin La Colonial?



El 31 de julio pasado recibí dos mensajes similares: uno, desconocido, tres horas más tarde que el primero. Era de texto; el otro, del grupo de Whatsapp donde el hedonismo y el morfi son temas inherentes al autocorrector: “El Bebe nos espera en la Colonial a los de siempre. Puso algo en Facebook. Cierra”, me decían.
Escueto y al mentón. Así de corta de un martes sin grandes planes más que sobrevivir otras 24 horas. El rumor corrió rápido entre los de siempre. No entendí de dónde venía. Obligó a las repreguntas.
- ¿Cómo que cierra?
- Lo agarra un primo o alguien cercano que le quiere cambiar la cara (sic). Algo así”, me respondió el supuesto desconocido, que resultó ser alguien que me había agendado una noche hablando a la salida del baño.
La Colonial, “El” Colonial para casi todos, se mantenía como un enclave en 4 y 60 y se destacaba en la agudísima oscuridad de esa zona siempre postergada por el alumbrado público. Las tenues luces del boliche perdían fuerza, además, hacia el exterior, por los largos cortinados blancos anudados al medio en cada una de las ventanas.
 

La entrada tenía (ya es hora de ese tiempo verbal) grandes distintivos, como marcas de piel. Uno era el pizarrón de precios hecho a mano con tiza blanca, siempre con el menú del día al frente. Podía ser tapita al horno con papas, guiso carrero, mondongo a la española o canelones con estofado, con precios que no superaban los 160 pesos y porciones abundantes para, incluso, compartir entre dos. El letrero se apoyaba sobre las rejas de estilo colonial que se abrían hacia la calle como antesala de las puertas de madera. Todo ese “marketing” se acentuaba con el fileteado del cartel que reza “Pizzería Colonial” y aún sobresale sobre la vereda de 60; y, del otro lado, por un viejo indicador de vialidad pegado a la pared que le pone nombre propio a la calle 4, de nomenclatura desconocida para la mayoría de los platenses: Manuel Belgrano.
El lugar había cumplido 40 años ininterrumpidos en esa esquina de paso hacia El Mondongo o Berisso; y casi sin ningún tipo de modificación. Era “De Francisco Ramón Figueira”, como aclaraban en el frente de la carta menú que aún conservo. El padre del Bebe lo gestionó durante más de tres décadas y pasó la posta entre manos familiares. Su hijo se había puesto el proyecto al hombro casi cinco años atrás, hasta esta noche de julio en la que se confirmaría que el futuro había llegado hace rato.
Digámoslo sin eufemismos: “Un lugar más abierto, para otro tipo de público, modernizado y con una lavada de cara”, me imagino que me sugerirían ahora si en plan de reportero busco alguna señal de la nostálgica vuelta de página mientras reforman su interior. Una época que se refuerza con el boom de la sobreproducción cervecera artesanal -como gusto, hobby o rescate personal- combinada con una pendiente económica tan actual como profunda y que, de una u otra forma, salpica a este tipo de lugares. Elige tu propia aventura, pero La Colonial ya no será como era. Un refugio menos en La Plata.


La última noche, la del 31 de julio que se hizo 1 de agosto bien de madrugada, fue sin embargo festiva. Nos encontramos todos; los de siempre. Hubo vino, claro. El “De la casa”, que vaya uno a saber de qué damajuana prontuariosa vendría. Mientras se servía a todos sin consultar, el Bebe se ocupaba de ir entre las mesas, sin ahorrar abrazos, convencido y remarcando que serían “sólo algunas refacciones”, como si sobrevolara un tardío arrepentimiento al inminente final de su “Colo”.
Algo de ese ruido único, que cobijaba en La Colonial a solitarios con alma que preferían un lugar amable y con morfi barato, se ancló para siempre el 31 de julio, por más que el cartel casero colgado sobre la reja diga ahora: “Estaremos cerrados durante todo el mes de agosto por refacciones”.
Perderemos usar el semipúblico celeste que ya nadie levantaba pero recibía llamadas de otra época, verlo al Bebe con el guardapolvo azul sugiriéndonos el menú del día. También ir a comer solo y encontrar la complicidad del que llegó antes, que te convidaba, sobre el mantel de hule, la jarrita de medio de tinto que había comprado a 50 pesos; los abrazos y el respeto de pinchas y triperos, pese a que el reducto, por mandato familiar albirrojo, sirvió de festejo de tantísimas vueltas olímpicas de Estudiantes. Pero, sobre todo, perderemos un refugio de resistencia gastronómica, social y cultural, donde los buenos siempre se encontraban, sin wifi ni Twitter de por medio, en uno de los últimos bodegones donde se comía abundante y barato.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

jueves, 2 de agosto de 2018

Lo de Tita


La formalidad dice almacén "El Pato". Bah, no lo dice: no hay “carteles”, no hay indicadores. Lo saben todos los que van desde siempre, lo sabemos los que lo fuimos descubriendo cuando se nos ocurrió entrar de pasada hacia Brandsen.
Para todos es "Lo de Tita". Un antiguo ramos generales de Gómez (paraje parada del ex Provincial) que luce su irregular fachada de colores y humedad frente a la entrada más occidental de los terrenos de El Rodeo, sobre la ruta 215. Lo dice el pequeño cartel de chapa enlosada clavado a la izquierda de la puerta: “Lugar Histórico: 1900”.
El almacén es una reliquia de la zona. Ni la construcción de la autopista, que en la mano que va de La Plata a Brandsen desemboca imaginariamente dentro del negocio, pudo voltearlo. No es casual, en efecto, que el pequeño indicador siga en pie debajo del letrero lumínico de los cigarrillos Jockey Club.
El secacopas circular de rejillas de plástico, erguido sobre la derecha coronando el mostrador, invita enseguida a sumarse a cualquiera de las charlas que pueda haber en la barra o en las mesas. Lo mismo que uno siente al llamado curioso de la oscuridad proyectada hacia el enigmático interior de este tipo de negocios.
 

“Acá siempre hay un amigo”, me dice uno que se sienta mirando hacia la mostrador, con la espalda apoyada sobre el lado que da, a escasos metros ahora, a la ampliada 215. Es de Olmos y es invierno. Por eso ese refugio, que goza del abrazo de la petisa estufa que funciona a garrafa. “Vengo siempre aunque me quede un poco lejos”, me agrega el hombre. “Fijate que el que no saluda acá no mama; vengas en moto, como vos, o a caballo, como hacen varios parroquianos por costumbre y para no gastar nafta”.
De las visitas esporádicas de transeúntes y lugareños “vive” principalmente “Lo de Tita”. Un almacén con lo justo y necesario para sobrevivir en las afueras de Gómez (sus clientes son gente de campo, otros originarios de la zona y platenses que buscan allí un remanso) sin tener que sumar kilómetros hasta Etcheverry o Brandsen: fideos, galletitas, harinas, fiambres, alguna que otra verdura y mucho alcohol. Mucho: vinos, cervezas, grapas o algunas de las tantas bebidas que acarician el bolsillo y son la excusa de la ronda de todos los días.
Como todos estos tugurios, esa oscuridad visible desde afuera es una invitación a un túnel del tiempo. El cartel de puchos clavado bien alto, transversal a la ruta, es lo de menos. Hay otra calcomanía idéntica de Jockey pegada hace décadas en los vidrios de algo que se asemeja a una vieja boletería de trenes, que acá se usa para pagar cada trago; un infaltable San Cayetano con las ramitas del caso, encajado entre dos grandes tarros de pickles que sugieren el pruebe ligero; y una referencia ineludible al territorio bonaerense: un cuadro de Mouras, el del TC de Carlos Casares, cuando era el indiscutido “1” de la categoría.


“Servite, nene”, me sugiere, casi como orden y con condescendencia al paso de los años, el tipo alto, de botas y chaleco, que compartía la mesa a la que me había sumado casi al entrar.
Tita corta el fiambre en una máquina de mano, lo pesa en una “Libra” de esas pre-digitales y lo acompaña con pan casero. La tabla con embutidos se absorbe en minutos y trae otra ronda, para seguir comiendo, de moscatos, tintos con soda y Cinzanos con Branca.
“La última”, gritan a coro.
Se ríe, Tita. No les cree. Mañana actuará en la misma escena, todos los días, a toda hora, como salida de una París-Texas nativa pero acá nomás de La Plata.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

martes, 17 de julio de 2018

Nolo supo

Quizás fue en su imaginación o en los libros enciclopédicos que alguno de sus descendientes le leyeron. Esos tomos que se imprimían en alardes bibliotecas y hoy se fuerzan por entrar en algún "hilo" de Twitter.
Hay algo que la historia contó, igualmente, matriz de verdad durante tantas décadas y que hoy podemos saber que jamás sucedió; que fue solo imaginación o un suceso que se esgrimió como sentencia de fuerza del relato oral del que ya no quedan testigos.
Pero Nolo no lo supo nunca.
Decía él, Nolo, que no lo supieron entender, que pocos podían usufrurtuar el orgullo deportivo de ser jefe de grupo y llegar a las instancias finales de dos torneos mundiales con los bravos uruguayos. "Los de antes, eh", vociferaba. Los que contaban a favor cada choque contra algún combinado europeo. "Estos de ahora pierden uno cada dos", se mufaba.
No lo supo nunca, Nolo, que aquel barco que debía devolverlo a Montevideo para jugar las rondas finales del primer Mundial, jamás anclaría en destino. En su destino. Fue una creencia que él alimentó como mito; o una pesadilla de la que nunca quiso saber el irremediable final.
Y los uruguayos lo sabían.
Sabían, aquel invierno de 1930, que las clases no podían ser suspendidas en Argentina aún la exigencia fuera a pedido del mayor símbolo del Seleccionado de aquel país. Y conocían, también, el ímpetu del Nolo, que por ninguna circunstancia iba a dejar de rendir esa prueba de la carrera de
Escribanía por la que tanto esfuerzo llevaba traducido en tiempo, a la par de su Selección y los partidos en Estudiantes de La Plata.
Ni tener la cinta de capitán del equipo de fútbol de su país en la primera Copa del Mundo, iba a torcer la decisión: debía viajar a rendir aquel examen, desde Montevideo a Buenos Aires, en plena competencia. Y, por consiguiente, perderse el partido de primera ronda contra México.
La confianza que había en el plantel de los criollos argentinos de que, hasta la segura final con Uruguay, el camino estaba allanado por la inferioridad de los rivales, hizo el resto.
Y los uruguayos lo sabían.
El vapor de la Carrera era la única vía de comunicación de ambos países a través del Río de La Plata. Los viajes se hacían de noche y duraban algo de diez horas, entre una capital y otra de cada lado de la orilla, entre orquestas y tragos que amenizaban el traslado.
El Nolo embarcó a Buenos Aires con pasaje de regreso previo a la semifinal, que Argentina sortearía por seis goles ante los norteamericanos.
Pero Ferreira jamás llegó. La historia contó cómo un crack del fútbol mundial aprobó un examen de Escribanía mientras disputaba un Mundial. Y nunca legisló sobre el suceso ineludible de aquella Copa del Mundo: el plan perfecto de los delegados uruguayos para suspender, por un sorpresivo paro por tiempo indeterminado de los maquinistas portuarios, el servicio del Vapor de la Carrera.
Ferreira, el famoso Nolo, no lo supo nunca. Jamás jugó aquella histórica final de argentinos y uruguayos en el recién estrenado Estadio Centenario, en la que Argentina no tuvo a su as de espada y capitán. Y Uruguay levantó la copa.
El plan uruguayo había funcionado a la perfección, como si un Messi de hoy volara de Moscú a Buenos Aires para aprobar un examen, la inteligencia rusa hiciera lo suyo y el crack del Barsa se ausentara de una moderna final del Mundo entre argentinos y rusos.
Eso que la historia, cómplice y determinante, jamás dijo que sucedió hace 88 años en un lejano país, lejano del centro del mundo, entre rivales y hermanos.

jueves, 26 de abril de 2018

Pereyra


Diez y cuarto de noche llega un Buquebús a Colonia y todos se juntan en la punta de la costanera: autos, personas, luces, a ver la llegada del barco; puntualmente.
Desde la punta del cabo, que ahí homenajean al amparo de ser el bastión de Alcántara, se divisa una larga e intermitente hilera de luces, de derecha a izquierda, que fácilmente se denotan Buenos Aires. En la continuidad, se apagan en la oscuridad del Parque Pereyra que alguna vez expropió Perón y que, cual paradoja, le permite a La Plata seguir en la frontera del Conurbano que combate.
Perpetuamente.


lunes, 26 de marzo de 2018

Cebollatí


Nunca viene de más hacer praxis por fuera de la patria tuitera y su erotizante (sic) razón de teclado correspondido.
Detrás de este río, uno de los más largos del Uruguay, hay un pueblo que mayormente vive del cultivo del arroz y de alguna changa de privilegiado en el empleo público.
Entré a un bar, en Cebollatí. Pedí lo de siempre a esa hora de la noche para un lugar con pocas chances: una medida de algo. Ligera. Para seguir. Le pregunté al barman (barba canosa de dos días, mate en mano, termo al codo) por las luces (de colores) y el sonido de la música. Fuerte. Indescifrable. Al lado del pool se movía en minifalda una chica. Muy chica.
- Oiga: ¿por qué tan alta la fonola?
- Usted sabrá... es un bar de mujeres.
La que bailaba y esperaba, ya sin la campera puesta, era de la familia.
De sangre.

 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Al hablar del ADN de Estudiantes...


Cuando Estudiantes perdió su primera final del profesionalismo, los medios -eran diarios y eran “nacionales”- condujeron linealmente el análisis: pese al 1-3 contra River, éramos los campeones morales, los que habíamos propuesto el subsidio romántico para los espectadores. El “lirismo”, aquella tarde y años antes también, se vestía con nuestros colores.
Estudiantes se fundía en aquella época, junto a unos pocos privilegiados, con la etiqueta eufemística de “la nuestra”. Dijeron que la Copa -fue la Competencia de 1932- mereció quedarse en La Plata y que éramos nosotros los nobles exponentes de lo que en los albores del profesionalismo se le reclamaba a “nuestro fútbol”. La propuesta fue nuestra… pero festejó River.
Eso era y fue Estudiantes en el fulgurante final del amateurismo y el inicio profesional. Un lustro de lujo (1928-32) que además incluyó un subcampeonato, dos terceros puestos y la mejor delantera del fútbol de AFA, siempre entre las más goleadoras (nos decían los gallardos “Profesores”) y vitoreada en cuanta esfera de formación de opinión del fútbol existiera. Teníamos tres goles de promedio por partido y al capitán del Seleccionado -un tal Nolo Ferreira- como emblema. Constituíamos el modelo a seguir “del fútbol que le gusta a la gente”, dignificábamos la pelota (sic), dábamos eso que llaman “espectáculo”.
Y así discurrieron los ’30, para dar lugar a la llegada de los iluminados años ’40, con el inicio de la supremacía - que hoy perdura- sobre Gimnasia en los derbis locales y con un equipo que en la mayoría de la década no dejaría de bajar de los primeros seis puestos; allí, junto a los “grandes”, estaba Estudiantes. Se ganaron dos copas (la Escobar y la República, en una final ante un poderosísimo Boca) y, ya con Gagliardo, Negri, Pelegrina, Arbios o Infante, la hidalguía romántica de “Los Profesores” había mutado de nombres, pero no de estilo. Con nuestras posibilidades, seguíamos a la vanguardia del fútbol que se jugaba en la esfera metropolitana (de “nacional” poco tenía aquella AFA) como cátedra del deporte bien jugado, de “nobles objetivos”. Si hasta inventamos la “rabona”, cuando en septiembre de 1948 un tal Beto Infante cruzó su pierna derecha detrás de la izquierda y la clavó al ángulo en 57 y 1 para que lo sufriera un sorprendido arquero de Rosario con los colores de Central.
La rabona, si se quiere el símbolo por antonomasia de ese supuesto “buen fútbol” que levantó una inequívoca bandera para enfrentarnos y ponernos en la vereda opuesta, es nuestra… Sí: nuestra. “La nuestra”. La rabona se hizo en 57 y 1.
Llegaron luego años sombríos. Se retiró parte de aquella camada dorada, otros fueron vendidos de la mano de la intervención que sufrió el club a principios de los ’50, y el descenso hizo el resto. Ni siquiera la rápida recuperación relanzó a Estudiantes a su lugar de siempre. Volvimos a Primera y el ‘55 inauguró una década en la que año a año contamos migajas para evitar la siempre latente caída a la B.
Pero la nostalgia de aquellos buenos tiempos no podían suprimirla. La escuela de la pegada excelsa, del fútbol de “galera y bastón” que habían fundado aquellos “Profesores” en el final de los ’20 y continuado los Infante, Pelegrina y compañía décadas después, seguía latiendo en ese aire sesgado del sentir patrimonial del fútbol criollo.
Continuamos latiendo y recreamos aquella forma. Pero mutamos. “Muta o mueras”, dice el léxico popular más lunfardo. Evitamos el descenso, sobre la hora, en un olvidable 1961; y la AFA nos dio el hándicap de anularnos el del ’63.
Ahí el click: tras años de pruebas con DT’s que obedecían al “riñón”, exjugadores “de la casa” que habían hecho historia en el Club (Zozaya, Viola, Negri, Antonio, Lauri, entre tantos), una dirigencia -Mangano a la cabeza- rompió ese patrón histórico y se fijó en un joven exjugador, de apenas 37 años, que llegaba de un breve y destacadísimo paso por… Atlanta. El quiebre refundacional de la historia de Estudiantes vino de la mano de un juninense de adopción porteña que poco tenía que ver con nuestra “escuela”; más bien nada…. ¿Herejía? No, evolución.
Mangano y Zubeldía pensaron y potenciaron, en el lugar exacto y a la hora indicada (en una de las tantas coincidencias no casuales que marcan la historia de Estudiantes), el trabajo grupal por sobre las formas y los moldes impuestos para, así de impensado, revolucionar de una vez y para siempre el status quo del fútbol nuestro. No era fácil: se propusieron llevar a los humildes al paraíso; adaptar por izquierda y de forma cooperativa, los métodos de estudio, el trabajo, el ensayo y error, para que un equipo de deportistas, “el todo”, sean mucho más que la suma de las individualidades y llegar al objetivo. Se obsesionaron por lograr, con laburo y humildad, una identidad única y tan propia como aquella de los años fundacionales para desterrar la hegemonía que tenían los que siempre lo ganaban todo… Fue la llegada al poder de los postergados de siempre.
Y lo lograron. Plasmaron y refundaron una escuela que perdura: la concientización de que el esfuerzo grupal podía suplir la pereza pícara de las individuales que solo la jerarquía de los “grandes” tenía por propio imperio económico. Tuvimos la “conciencia de clase” necesaria de saber qué hacer y de qué manera según el lugar que ocupábamos en la jerarquía futbolística. Estudiantes mutó por un objetivo de máxima y nos constituimos en una vanguardia de quiebre, que abrió un surco novedoso para la historia. Mutó, pero jamás cambió su identidad histórica, como no se cambian los colores ni los principios institucionales…
Ahí es cuando aparece la grieta. Y valen los apodos de los clubes como ejemplo: Boca, Estudiantes o Central, por citar algunos, le deben su mote de mayor identificación a la resignificación de la carga negativa del mensaje que el rival de siempre usaba para humillarlos. Por eso el orgullo del hincha de ser y llamarse “Bostero”, “Pincharrata” o “Canalla”.
De la misma forma que lo apodos, empezamos a constituirnos, a ser, a identificarnos, pero acá equivocadamente, desde la pesada lupa que ya no intuía romanticismo y gallardía en nuestras formas, sino simplemente un pragmatismo (malintencionado) cuyo único fin era ganar. Como si ésta no fuera la norma común a cualquier competidor en cualquier deporte. “Muta o mueres”, claro.
Nada había cambiado en nuestra identidad, de aquellos “Profesores” y el legado continuado de Infante, Pelegrina u Ogando, que ahora se resumían en los Verón, los Conigliaro o los Bocha Flores. Sólo se cometió el pecado de subir al ring, prepararse y disputarles la batalla… y ganárselas; con otras formas y otras búsquedas, pero siempre dentro del maniqueísmo propio de la ley y el reglamento.
Lo que sintetizamos en la charla de tablón con el improperio “empezamos a joder”; como tantos otros equipos que fundaron huella (no de nuestra trascendencia con la conquista única en Inglaterra) a lo largo de la historia y con quienes en la trinchera de la resistencia y el grito de guerra nos identificamos: el Ferro de Griguol, el Newell’s de Bielsa, el Vélez de Bianchi –o Clough y su revolución con el modesto Nottingham al que también etiquetaban de “antifútbol” porque no podían vencerlo- que aún sus supuestas “escuelas” fueron atravesados por la misma cuña estigmatizante: la de los “líricos” y cultores de cansina intelectualidad que se identificaron y se apropiaron de las formas y los métodos de trabajo y estudio que aplicaron los equipos de los que siempre renegaron. Como si el fútbol bien jugado (sic) tuviera una norma única, un programa unívoco y pudiera reconocerse desde lo estético. Vaya paradoja: si hasta el propio Rinus Michell -DT de la “Naranja Mecánica” y maestro de Cruyff- declaró en pleno Mundial del ’74: “¿El origen de lo que ustedes llaman el fútbol total?... Lo inventó Osvaldo Zubeldia en Estudiantes de La Plata”.
¿Cuál es Estudiantes, entonces? Vale preguntarnos…. ¿El oxímoron del “fútbol lindo”, lirismo que desde afuera nos quisieron imponer como principio de gallardía mientras otros disfrutaban los títulos bajo un inerte pretexto de mandato autocumplido en ‘20 y los ‘30? ¿El trabajo minucioso de laboratorio y el pragmatismo que impuso de cuajo Zubeldía y sus alumnos en los ‘60? ¿El fútbol de toque goleador de los ’70 que le disputó la gloria al River de Labruna; el bicampeón de los ochenta; o la última revolución de Sabella, que, en otra vuelta de tuerca, reinventó después de un equipo súper ofensivo de Simeone la mística del club en la era moderna?
Todos. Así fue como llegaron al club los Zubeldía, los Simeone o los Sabella, que aunque de pasado como jugador en el Club, su etiqueta y formación fue forjada en la escuela de River y Passarella…
Porque Estudiantes se nutrió, se nutre y se nutrirá de cada una de las “escuelas” para ampliar las marcas que lo identifican: el trabajo, la humildad, la minuciosidad y la voluntad -siempre con el grupo por sobre las individualidades- de no dejar nada librado al azar para llegar al objetivo, que es jugar mejor que el rival y ganarle siempre. Las tácticas, los esquemas y las formas, tres o cuatro en el fondo, o un mediocampo con o sin laterales, serán sólo una mera circunstancia de una estrategia global que nos identifica. Todas nos sirven y nos servirán si la dinámica del partido lo exige para ser mejor que el rival. Pragmatismo.
Lo interpretó y ejemplificó como nadie, nuestro último gran gurú, Sabella, en el 2010 victorioso. Con un plantel plagado de figuras fuimos el lugarteniente del “fútbol bien jugado”, la posesión de la pelota y la explosividad en ataque en el equipo subcampeón del Clausura mientras el “lirismo hegemónico” le colgaba esa bandera al Argentinos de Borghi. Y nos reinventamos tras la partida de Sosa, Boselli y otros: mutamos para constituirnos en “los cultores de la presión y el cerrojo defensivo” con el campeón del Apertura 2010 y el récord favorable de goles en contra. Fuimos de Guardiola a Mourinho en menos de seis meses… modesto ejemplo que resume parte de nuestra identidad y nuestra forma de ser adentro de la cancha.
Quizás el problema esté de raíz, en cómo la historia fue macerando, por etiquetas, una idea, poco acabada y errónea, sobre nuestro ADN y nuestra forma de ser. Quedamos presos, y reproducimos, una discusión enfocada en patentes usadas maliciosamente para contar un relato que se aleja de nuestros principios fundacionales. El “Animals”, el “bidón”, los alfileres, la viveza, son apenas una herramienta que usamos como bandera, “grito de guerra” y resistencia, en un momento oportuno, más como excepción que como regla. Y nada más. Es como el mote, decíamos: nos da orgullo ser “pincharratas” porque honrábamos a Montedónica cuando el “triperío” nos gastaba con el primer hincha de nuestra historia, que se la rebuscaba laburando para sobrevivir pinchando ratas en un mercado de la fundacional ciudad de La Plata.
Una buena pregunta, como cierre, y que alguna vez bien delimitó el periodista Walter Vargas: ¿por qué somos nosotros mismos los que alimentamos una apología del mal gusto sobre la identidad de nuestro club cuando siempre fuimos todo lo contrario?
Que lo inventen los que siempre nos combatieron porque les ganamos y los superamos.
Que para nosotros sea apenas un grito de guerra.
Y nada más.
 

jueves, 2 de noviembre de 2017

Del VAR al "Gol de la Casilla"

Entre las quejas que se multiplican por la eliminación de la Copa y el -bien/mal- uso del VAR, emerge el increíble recuerdo de hace 85 años, con incidencia arbitral y también a River como protagonista. Sucedió en La Plata, contra Estudiantes y durante el campeonato de 1932. Fue el “gol de la casilla”.
El Millonario, con Peucelle y Bernabé, ganaba 2 a 0 y Zozaya –delantero del Pincha- tomó un rebote cerca del arco rival. El disparo pegó en el travesaño, De Ángelis, el juez, notó que la pelota picó afuera y no lo cobró. Fue tal el reclamo de los jugadores y el público pincha, convencidos de que la pelota había entrado, que el árbitro suspendió el partido momentáneamente. Se retiró de la cancha y se refugió en el vestuario, las “casillas” de antaño.
La feroz “presión” de los dirigentes albirrojos dentro de la casilla torcieron la voluntad de De Ángelis, que al rato decidió volver, reanudar el partido y cobrar aquel gol de Zozaya que él aseguraba nunca había sido. El juego terminaría 3 a 3 y sería protestado al tiempo por los dirigentes de River. Pero nada cambiaría el resultado.
El “gol de la casilla” de los años '30, como el VAR de los tiempos modernos.

jueves, 11 de mayo de 2017

La importancia de la identidad


Se puede decir que la identidad es un rasgo distintivo que delimita ciertas características, algunas comunes, en sociedad, y otras muy propias y personales; que la identidad es un conjunto de pautas o conductas, nunca estáticas, que se van configurando y alimentando por la propia dinámica cultural de las personas que la ejercen y le inyectan esas características.
En el fútbol, o en los clubes, hay identidades mucho menos permeables, fijas, las que hacen a una forma de ser histórica que a medida que se construye va transmitiendo esos mismos valores de generación en generación, reafirmando la identidad de sus antecesores. La camiseta, los escudos, hasta los apodos, nacen y permanecen: es la identificación primaria y la razón de ser. “La vida por los colores”, reza el himno.
Los colores en nuestro club fueron los mismos desde siempre: desde principios de 1906, y en homenaje a los bravos ex colegiados del Alumni imbatible, el rojo y blanco a bastones marcó el destino de Estudiantes, otro tanto su apodo (“Pincharrata”) y también sus escudos, pese a algún recurrente cambio en homenaje, para siempre retornar a los modelos fundacionales.
Es loable para fundamentar la idea algún que otro ejemplo europeo, allí donde el mercado y el marketing transforman al fútbol como en ningún lado. El Madrid es el Real y siempre lo será “merengue”, completamente de blanco; lo mismo el Barcelona, siempre de azul en sus medias y en sus pantalones, salvo contadas excepciones; o mucho más al Bilbao, empilchado a tono con pantalones y medias negras. ¿Alguien recuerda un Bilbao de shorts blancos? Acá, se ve, el conjunto y la indumentaria lo es un todo, desde la camiseta hasta los botines.
Lo mismo que reclamamos hoy como identidad de Estudiantes: siempre como regla y no como excepción, los bastones en el pecho, pantalón negro y medias oscuras (aunque también supo haber años gloriosos de medias blanca), sean negras o algunas veces grises, como en los tiempos fundacionales de indumentaria genérica común a muchos equipos: allí están las fotos de Los Profesores, más atrás la de los campeones del amateurismo, o más acá los dorados ’60 o el bicampeón de los ’80 para atestiguarlo.
Los casos citados arriba de Europa, pese a las siempre recurrentes, pero excepcionales, terceras equiparaciones, siguen una norma estricta para la vestimenta de sus representados. Decimos: si hay excepciones, deberían ser eso: excepciones a una regla que debería ser cumplida, sin ambigüedades, casi como un mandato estatutario no escrito. Estudiantes no sólo es su manto a bastones rojo y blanco, lo es con su rico en gloria pantalón negro y medias a tono. ¿Cuántas veces, sino, vemos a Boca con pantalón amarillo, al Real difiriendo del blanco o un Barcelona jugando con su clásico remera azulgrana y pantalones blancos o rojos? Nunca o contadas excepciones a la regla. Si cuando por reglamento merengues o culés deben adecuar sus pantalones y medias por un color igual a un rival eventual, la vestimenta la modifican por completo: que alguien cite, sino, algún caso de Real Madrid con pantalón blanco o Barcelona con otro color por fuera del azulgrana.
En el club, de seguro muchas veces por órdenes reglamentarias, se sucede desde 2012 o 2013, un recurrente cambio en la indumentaria que nos identificó y nos identificará, sin necesidad ni obligación: ¿acaso Boca, por reglamento o por pedido de los jueces ante alguna similitud en los tonos de la ropa, modifica sus pantalones (eventualmente, sí sus medias, optando el amarillo sobre el azul) cuando Estudiantes visita la Bombonera o, por caso, cuando lo hace River en cada clásico? Jamás. ¿Por qué Estudiantes lo haría entonces, como el último sábado, debiendo jugar de blanco sin que ninguna reglamentación lo obligase siendo que el rival viste de azul oscuro y medias amarillas?
Sobran ejemplos en este torneo: Independiente visitando a Rafaela con pantalones azules y los santafesinos usando su camiseta tradicional junto a pantalones negros; otro tanto cuando Rosario Central juega con River, y tanto uno como el otro no dejan de usar sus tradicionales pantalones azules o negros.
Estudiantes debería tener una política institucional mucho más rígida y menos contemplativa con relación a estas modificaciones que, en otros clubes, no se cumplen nunca cuando la reglamentación no lo obliga. Debería jugar de visitante utilizando siempre su camiseta tradicional con pantalones negros y medias del tono (vale, acá, la mención a la vestimenta usada, correctamente, en el empate último en Avellaneda, siendo Independiente el obligado a modificarla), sin que ninguna norma o juez lo impidiese porque así lo permite la reglamentación. Y, repetimos, salvo excepciones, debería jugar de local con su camiseta tradicional y tratando de respetar a rajatabla la utilización de sus pantalones negros salvo que se enfrente a un equipo que, eventualmente, tenga éstos de ese mismo tono, como puede suceder cuando a La Plata llegan River, Newell’s, Atlético Rafaela, Belgrano o, eventualmente, Colón.
¿Por qué hacerlo, como hoy sucede más como regla que como excepción, ante Boca, Tigre, Central o, como algunas veces, Godoy Cruz? Ningún juez puede obligar al cambio cuando otros equipos no lo cumplen.
Hay fotos, recuerdos gloriosos, de Estudiantes usando su camiseta titular con pantalones blancos (el título frente a Toluca, la Copa contra Palmeiras o aquella noche de la palomita de la Bruja padre contra Racing en el Monumental por la similitud, con la Academia, con la remera a bastones y el monocromo de la televisación en blanco y negro). Pero siempre como excepción lejana, nunca como regla.
Que la identidad del ADN nos guíe también a la hora de vestirnos.