miércoles, 8 de noviembre de 2017

Al hablar del ADN de Estudiantes...


Cuando Estudiantes perdió su primera final del profesionalismo, los medios -eran diarios y eran “nacionales”- condujeron linealmente el análisis: pese al 1-3 contra River, éramos los campeones morales, los que habíamos propuesto el subsidio romántico para los espectadores. El “lirismo”, aquella tarde y años antes también, se vestía con nuestros colores.
Estudiantes se fundía en aquella época, junto a unos pocos privilegiados, con la etiqueta eufemística de “la nuestra”. Dijeron que la Copa -fue la Competencia de 1932- mereció quedarse en La Plata y que éramos nosotros los nobles exponentes de lo que en los albores del profesionalismo se le reclamaba a “nuestro fútbol”. La propuesta fue nuestra… pero festejó River.
Eso era y fue Estudiantes en el fulgurante final del amateurismo y el inicio profesional. Un lustro de lujo (1928-32) que además incluyó un subcampeonato, dos terceros puestos y la mejor delantera del fútbol de AFA, siempre entre las más goleadoras (nos decían los gallardos “Profesores”) y vitoreada en cuanta esfera de formación de opinión del fútbol existiera. Teníamos tres goles de promedio por partido y al capitán del Seleccionado -un tal Nolo Ferreira- como emblema. Constituíamos el modelo a seguir “del fútbol que le gusta a la gente”, dignificábamos la pelota (sic), dábamos eso que llaman “espectáculo”.
Y así discurrieron los ’30, para dar lugar a la llegada de los iluminados años ’40, con el inicio de la supremacía - que hoy perdura- sobre Gimnasia en los derbis locales y con un equipo que en la mayoría de la década no dejaría de bajar de los primeros seis puestos; allí, junto a los “grandes”, estaba Estudiantes. Se ganaron dos copas (la Escobar y la República, en una final ante un poderosísimo Boca) y, ya con Gagliardo, Negri, Pelegrina, Arbios o Infante, la hidalguía romántica de “Los Profesores” había mutado de nombres, pero no de estilo. Con nuestras posibilidades, seguíamos a la vanguardia del fútbol que se jugaba en la esfera metropolitana (de “nacional” poco tenía aquella AFA) como cátedra del deporte bien jugado, de “nobles objetivos”. Si hasta inventamos la “rabona”, cuando en septiembre de 1948 un tal Beto Infante cruzó su pierna derecha detrás de la izquierda y la clavó al ángulo en 57 y 1 para que lo sufriera un sorprendido arquero de Rosario con los colores de Central.
La rabona, si se quiere el símbolo por antonomasia de ese supuesto “buen fútbol” que levantó una inequívoca bandera para enfrentarnos y ponernos en la vereda opuesta, es nuestra… Sí: nuestra. “La nuestra”. La rabona se hizo en 57 y 1.
Llegaron luego años sombríos. Se retiró parte de aquella camada dorada, otros fueron vendidos de la mano de la intervención que sufrió el club a principios de los ’50, y el descenso hizo el resto. Ni siquiera la rápida recuperación relanzó a Estudiantes a su lugar de siempre. Volvimos a Primera y el ‘55 inauguró una década en la que año a año contamos migajas para evitar la siempre latente caída a la B.
Pero la nostalgia de aquellos buenos tiempos no podían suprimirla. La escuela de la pegada excelsa, del fútbol de “galera y bastón” que habían fundado aquellos “Profesores” en el final de los ’20 y continuado los Infante, Pelegrina y compañía décadas después, seguía latiendo en ese aire sesgado del sentir patrimonial del fútbol criollo.
Continuamos latiendo y recreamos aquella forma. Pero mutamos. “Muta o mueras”, dice el léxico popular más lunfardo. Evitamos el descenso, sobre la hora, en un olvidable 1961; y la AFA nos dio el hándicap de anularnos el del ’63.
Ahí el click: tras años de pruebas con DT’s que obedecían al “riñón”, exjugadores “de la casa” que habían hecho historia en el Club (Zozaya, Viola, Negri, Antonio, Lauri, entre tantos), una dirigencia -Mangano a la cabeza- rompió ese patrón histórico y se fijó en un joven exjugador, de apenas 37 años, que llegaba de un breve y destacadísimo paso por… Atlanta. El quiebre refundacional de la historia de Estudiantes vino de la mano de un juninense de adopción porteña que poco tenía que ver con nuestra “escuela”; más bien nada…. ¿Herejía? No, evolución.
Mangano y Zubeldía pensaron y potenciaron, en el lugar exacto y a la hora indicada (en una de las tantas coincidencias no casuales que marcan la historia de Estudiantes), el trabajo grupal por sobre las formas y los moldes impuestos para, así de impensado, revolucionar de una vez y para siempre el status quo del fútbol nuestro. No era fácil: se propusieron llevar a los humildes al paraíso; adaptar por izquierda y de forma cooperativa, los métodos de estudio, el trabajo, el ensayo y error, para que un equipo de deportistas, “el todo”, sean mucho más que la suma de las individualidades y llegar al objetivo. Se obsesionaron por lograr, con laburo y humildad, una identidad única y tan propia como aquella de los años fundacionales para desterrar la hegemonía que tenían los que siempre lo ganaban todo… Fue la llegada al poder de los postergados de siempre.
Y lo lograron. Plasmaron y refundaron una escuela que perdura: la concientización de que el esfuerzo grupal podía suplir la pereza pícara de las individuales que solo la jerarquía de los “grandes” tenía por propio imperio económico. Tuvimos la “conciencia de clase” necesaria de saber qué hacer y de qué manera según el lugar que ocupábamos en la jerarquía futbolística. Estudiantes mutó por un objetivo de máxima y nos constituimos en una vanguardia de quiebre, que abrió un surco novedoso para la historia. Mutó, pero jamás cambió su identidad histórica, como no se cambian los colores ni los principios institucionales…
Ahí es cuando aparece la grieta. Y valen los apodos de los clubes como ejemplo: Boca, Estudiantes o Central, por citar algunos, le deben su mote de mayor identificación a la resignificación de la carga negativa del mensaje que el rival de siempre usaba para humillarlos. Por eso el orgullo del hincha de ser y llamarse “Bostero”, “Pincharrata” o “Canalla”.
De la misma forma que lo apodos, empezamos a constituirnos, a ser, a identificarnos, pero acá equivocadamente, desde la pesada lupa que ya no intuía romanticismo y gallardía en nuestras formas, sino simplemente un pragmatismo (malintencionado) cuyo único fin era ganar. Como si ésta no fuera la norma común a cualquier competidor en cualquier deporte. “Muta o mueres”, claro.
Nada había cambiado en nuestra identidad, de aquellos “Profesores” y el legado continuado de Infante, Pelegrina u Ogando, que ahora se resumían en los Verón, los Conigliaro o los Bocha Flores. Sólo se cometió el pecado de subir al ring, prepararse y disputarles la batalla… y ganárselas; con otras formas y otras búsquedas, pero siempre dentro del maniqueísmo propio de la ley y el reglamento.
Lo que sintetizamos en la charla de tablón con el improperio “empezamos a joder”; como tantos otros equipos que fundaron huella (no de nuestra trascendencia con la conquista única en Inglaterra) a lo largo de la historia y con quienes en la trinchera de la resistencia y el grito de guerra nos identificamos: el Ferro de Griguol, el Newell’s de Bielsa, el Vélez de Bianchi –o Clough y su revolución con el modesto Nottingham al que también etiquetaban de “antifútbol” porque no podían vencerlo- que aún sus supuestas “escuelas” fueron atravesados por la misma cuña estigmatizante: la de los “líricos” y cultores de cansina intelectualidad que se identificaron y se apropiaron de las formas y los métodos de trabajo y estudio que aplicaron los equipos de los que siempre renegaron. Como si el fútbol bien jugado (sic) tuviera una norma única, un programa unívoco y pudiera reconocerse desde lo estético. Vaya paradoja: si hasta el propio Rinus Michell -DT de la “Naranja Mecánica” y maestro de Cruyff- declaró en pleno Mundial del ’74: “¿El origen de lo que ustedes llaman el fútbol total?... Lo inventó Osvaldo Zubeldia en Estudiantes de La Plata”.
¿Cuál es Estudiantes, entonces? Vale preguntarnos…. ¿El oxímoron del “fútbol lindo”, lirismo que desde afuera nos quisieron imponer como principio de gallardía mientras otros disfrutaban los títulos bajo un inerte pretexto de mandato autocumplido en ‘20 y los ‘30? ¿El trabajo minucioso de laboratorio y el pragmatismo que impuso de cuajo Zubeldía y sus alumnos en los ‘60? ¿El fútbol de toque goleador de los ’70 que le disputó la gloria al River de Labruna; el bicampeón de los ochenta; o la última revolución de Sabella, que, en otra vuelta de tuerca, reinventó después de un equipo súper ofensivo de Simeone la mística del club en la era moderna?
Todos. Así fue como llegaron al club los Zubeldía, los Simeone o los Sabella, que aunque de pasado como jugador en el Club, su etiqueta y formación fue forjada en la escuela de River y Passarella…
Porque Estudiantes se nutrió, se nutre y se nutrirá de cada una de las “escuelas” para ampliar las marcas que lo identifican: el trabajo, la humildad, la minuciosidad y la voluntad -siempre con el grupo por sobre las individualidades- de no dejar nada librado al azar para llegar al objetivo, que es jugar mejor que el rival y ganarle siempre. Las tácticas, los esquemas y las formas, tres o cuatro en el fondo, o un mediocampo con o sin laterales, serán sólo una mera circunstancia de una estrategia global que nos identifica. Todas nos sirven y nos servirán si la dinámica del partido lo exige para ser mejor que el rival. Pragmatismo.
Lo interpretó y ejemplificó como nadie, nuestro último gran gurú, Sabella, en el 2010 victorioso. Con un plantel plagado de figuras fuimos el lugarteniente del “fútbol bien jugado”, la posesión de la pelota y la explosividad en ataque en el equipo subcampeón del Clausura mientras el “lirismo hegemónico” le colgaba esa bandera al Argentinos de Borghi. Y nos reinventamos tras la partida de Sosa, Boselli y otros: mutamos para constituirnos en “los cultores de la presión y el cerrojo defensivo” con el campeón del Apertura 2010 y el récord favorable de goles en contra. Fuimos de Guardiola a Mourinho en menos de seis meses… modesto ejemplo que resume parte de nuestra identidad y nuestra forma de ser adentro de la cancha.
Quizás el problema esté de raíz, en cómo la historia fue macerando, por etiquetas, una idea, poco acabada y errónea, sobre nuestro ADN y nuestra forma de ser. Quedamos presos, y reproducimos, una discusión enfocada en patentes usadas maliciosamente para contar un relato que se aleja de nuestros principios fundacionales. El “Animals”, el “bidón”, los alfileres, la viveza, son apenas una herramienta que usamos como bandera, “grito de guerra” y resistencia, en un momento oportuno, más como excepción que como regla. Y nada más. Es como el mote, decíamos: nos da orgullo ser “pincharratas” porque honrábamos a Montedónica cuando el “triperío” nos gastaba con el primer hincha de nuestra historia, que se la rebuscaba laburando para sobrevivir pinchando ratas en un mercado de la fundacional ciudad de La Plata.
Una buena pregunta, como cierre, y que alguna vez bien delimitó el periodista Walter Vargas: ¿por qué somos nosotros mismos los que alimentamos una apología del mal gusto sobre la identidad de nuestro club cuando siempre fuimos todo lo contrario?
Que lo inventen los que siempre nos combatieron porque les ganamos y los superamos.
Que para nosotros sea apenas un grito de guerra.
Y nada más.
 

jueves, 2 de noviembre de 2017

Del VAR al "Gol de la Casilla"

Entre las quejas que se multiplican por la eliminación de la Copa y el -bien/mal- uso del VAR, emerge el increíble recuerdo de hace 85 años, con incidencia arbitral y que también tuvo a River como protagonista. Sucedió en La Plata, contra Estudiantes y durante el campeonato de 1932. Fue el “gol de la casilla”.
El Millonario, con Peucelle y Bernabé, ganaba 2 a 0 y Zozaya –delantero de Estudiantes- tomó una pelota cerca del arco rival. Su tiro pegó en el travesaño y De Ángelis, el juez, vio que el rebote picó afuera y no lo cobró. Fue tal el reclamo de los jugadores y el público pincha, convencidos de que la pelota había entrado, que el árbitro suspendió el partido momentáneamente y se refugió en el vestuario, las “casillas” de antaño.
La leyenda cuenta que la feroz “presión” de los dirigentes albirrojos dentro de la casilla torcieron la voluntad de De Ángelis, que al rato decidió volver a la cancha, reanudar el partido y cobrar aquel gol de Zozaya que él aseguraba nunca había sido. El juego terminaría 3 a 3 y sería protestado al tiempo por los dirigentes de River. Pero nada cambiaría el resultado.
El “gol de la casilla” de los años '30, como el VAR de los tiempos modernos.

jueves, 11 de mayo de 2017

La importancia de la identidad


Se puede decir que la identidad es un rasgo distintivo que delimita ciertas características, algunas comunes, en sociedad, y otras muy propias y personales; que la identidad es un conjunto de pautas o conductas, nunca estáticas, que se van configurando y alimentando por la propia dinámica cultural de las personas que la ejercen y le inyectan esas características.
En el fútbol, o en los clubes, hay identidades mucho menos permeables, fijas, las que hacen a una forma de ser histórica que a medida que se construye va transmitiendo esos mismos valores de generación en generación, reafirmando la identidad de sus antecesores. La camiseta, los escudos, hasta los apodos, nacen y permanecen: es la identificación primaria y la razón de ser. “La vida por los colores”, reza el himno.
Los colores en nuestro club fueron los mismos desde siempre: desde principios de 1906, y en homenaje a los bravos ex colegiados del Alumni imbatible, el rojo y blanco a bastones marcó el destino de Estudiantes, otro tanto su apodo (“Pincharrata”) y también sus escudos, pese a algún recurrente cambio en homenaje, para siempre retornar a los modelos fundacionales.
Es loable para fundamentar la idea algún que otro ejemplo europeo, allí donde el mercado y el marketing transforman al fútbol como en ningún lado. El Madrid es el Real y siempre lo será “merengue”, completamente de blanco; lo mismo el Barcelona, siempre de azul en sus medias y en sus pantalones, salvo contadas excepciones; o mucho más al Bilbao, empilchado a tono con pantalones y medias negras. ¿Alguien recuerda un Bilbao de shorts blancos? Acá, se ve, el conjunto y la indumentaria lo es un todo, desde la camiseta hasta los botines.
Lo mismo que reclamamos hoy como identidad de Estudiantes: siempre como regla y no como excepción, los bastones en el pecho, pantalón negro y medias oscuras (aunque también supo haber años gloriosos de medias blanca), sean negras o algunas veces grises, como en los tiempos fundacionales de indumentaria genérica común a muchos equipos: allí están las fotos de Los Profesores, más atrás la de los campeones del amateurismo, o más acá los dorados ’60 o el bicampeón de los ’80 para atestiguarlo.
Los casos citados arriba de Europa, pese a las siempre recurrentes, pero excepcionales, terceras equiparaciones, siguen una norma estricta para la vestimenta de sus representados. Decimos: si hay excepciones, deberían ser eso: excepciones a una regla que debería ser cumplida, sin ambigüedades, casi como un mandato estatutario no escrito. Estudiantes no sólo es su manto a bastones rojo y blanco, lo es con su rico en gloria pantalón negro y medias a tono. ¿Cuántas veces, sino, vemos a Boca con pantalón amarillo, al Real difiriendo del blanco o un Barcelona jugando con su clásico remera azulgrana y pantalones blancos o rojos? Nunca o contadas excepciones a la regla. Si cuando por reglamento merengues o culés deben adecuar sus pantalones y medias por un color igual a un rival eventual, la vestimenta la modifican por completo: que alguien cite, sino, algún caso de Real Madrid con pantalón blanco o Barcelona con otro color por fuera del azulgrana.
En el club, de seguro muchas veces por órdenes reglamentarias, se sucede desde 2012 o 2013, un recurrente cambio en la indumentaria que nos identificó y nos identificará, sin necesidad ni obligación: ¿acaso Boca, por reglamento o por pedido de los jueces ante alguna similitud en los tonos de la ropa, modifica sus pantalones (eventualmente, sí sus medias, optando el amarillo sobre el azul) cuando Estudiantes visita la Bombonera o, por caso, cuando lo hace River en cada clásico? Jamás. ¿Por qué Estudiantes lo haría entonces, como el último sábado, debiendo jugar de blanco sin que ninguna reglamentación lo obligase siendo que el rival viste de azul oscuro y medias amarillas?
Sobran ejemplos en este torneo: Independiente visitando a Rafaela con pantalones azules y los santafesinos usando su camiseta tradicional junto a pantalones negros; otro tanto cuando Rosario Central juega con River, y tanto uno como el otro no dejan de usar sus tradicionales pantalones azules o negros.
Estudiantes debería tener una política institucional mucho más rígida y menos contemplativa con relación a estas modificaciones que, en otros clubes, no se cumplen nunca cuando la reglamentación no lo obliga. Debería jugar de visitante utilizando siempre su camiseta tradicional con pantalones negros y medias del tono (vale, acá, la mención a la vestimenta usada, correctamente, en el empate último en Avellaneda, siendo Independiente el obligado a modificarla), sin que ninguna norma o juez lo impidiese porque así lo permite la reglamentación. Y, repetimos, salvo excepciones, debería jugar de local con su camiseta tradicional y tratando de respetar a rajatabla la utilización de sus pantalones negros salvo que se enfrente a un equipo que, eventualmente, tenga éstos de ese mismo tono, como puede suceder cuando a La Plata llegan River, Newell’s, Atlético Rafaela, Belgrano o, eventualmente, Colón.
¿Por qué hacerlo, como hoy sucede más como regla que como excepción, ante Boca, Tigre, Central o, como algunas veces, Godoy Cruz? Ningún juez puede obligar al cambio cuando otros equipos no lo cumplen.
Hay fotos, recuerdos gloriosos, de Estudiantes usando su camiseta titular con pantalones blancos (el título frente a Toluca, la Copa contra Palmeiras o aquella noche de la palomita de la Bruja padre contra Racing en el Monumental por la similitud, con la Academia, con la remera a bastones y el monocromo de la televisación en blanco y negro). Pero siempre como excepción lejana, nunca como regla.
Que la identidad del ADN nos guíe también a la hora de vestirnos.

martes, 8 de noviembre de 2016

Nada de "pachorra"

La final de la Sudamericana parecía un recuerdo lejano: habían pasado tres meses, el equipo con Astrada divagaba en torneo y Copa y el timonazo de la dirigencia puso proa a un pincha con raigambre en River como ayudante de Passarella: Sabella se hacía cargo en marzo de 2009 de un equipo sin rumbo y ya nada sería igual.
Tuvo la pizca de lo imprevisible del fútbol, en pleno arranque, cuando empató en el minuto 51 un clásico que parecía sentenciado (aquel de Sánchez Prette). Y le dio el sentido de pertenencia necesaria a un equipo que se armaba de memoria: identidad; valor al esfuerzo en equipo; y la preponderancia de lo colectivo por sobre lo individual, siempre. Ni más ni menos que el secreto de laboratorio de aquel equipo de Zubeldía trasladado generacionalmente de su mano. Trasladado tanto adentro, en resultados, como afuera de la cancha, en el respeto por el rival: aquella imagen del plantel subcampeón del Metro ’68 aplaudiendo, cara a cara, al San Lorenzo victorioso en el Monumental, es la foto de los Desabato o los Verón, con hidalguía, respetando la coronación del Barcelona en Dubai, ese partido que fue "casi perfecto". Los valores que transmitió Sabella en su preponderante y bisagra paso por el Club, ese donde lo logró todo, como jugador y como técnico.

sábado, 5 de noviembre de 2016

El candombe platense en la llamada porteña


Llegó noviembre y, con este mes, la octava edición de la llamada de candombe independiente que año a año se hace en Monserrat, el denominado “barrio del tambor”. La esquina de Tacuarí y México aguarda ya la clásica preparación de centenares de tambores que serán “templados” para afinar los cueros al calor de las fogatas.
El desfile de llamadas es una fiesta popular que se realiza en Montevideo, durante la época de Carnaval. Nuestro país continúa esa tradición replicando, año a año, estas celebraciones.
De este lado del charco, las comparsas desfilarán hoy, desde las 16, a lo largo de seis cuadras. Participarán 35 agrupaciones de nuestro país y de Uruguay; y con la presencia de cinco vértices platenses: Raíz Afro y Lonjas 932, desde Tolosa; La Cuerda, en la juntada de 48 y 115; Oieloó, desde Parque San Martín; y La Minga, entre Circunvalación y Meridiano V.
“Es candombe, no murga”, aclaró un candombero y diferenció el género de lo coreográfico-teatral, mientras hacía sonar el “chico”, el “repique” y el “piano”, los tres tipos de tambores, del registro más agudo al más bajo, con los que forma la percusión la cuerda en la comparsa de candombe; conformada por personajes como el “gramillero”, la “mama vieja”, el “escobero” y las vedettes, símbolos que representan el origen de esta música, un medio de comunicación y de resistencia originaria de los esclavos africanos que desembarcaron en los conventillos de la Montevideo colonial.

La Cuerda, en La Plata
Todas las historias sobre el origen conducen a La Cuerda, la más antigua de las formaciones platenses contemporáneas del ritmo afrouruguayo. Ubicada primero en 1 y 38, después detrás del Colegio Nacional, en los primeros años del siglo XXI La Cuerda marcó el rumbo de las comparsas futuras. Entre reuniones y ensayos improvisados, surgiría la Lonjas 932 de Tolosa, en 2004, y luego La Minga. Tiempo después, Tambores Tintos, Kilombo 14, Eribó y otras. Ahora ya son tradicionales en La Plata la llamada autogestionada del 25 de mayo en Tolosa; o los desfiles de Carnaval en Meridiano V. La ciudad que vibra al ritmo del tambor hoy traslada la percusión a Buenos Aires.
 
Lonjas 932, orgullo de Tolosa
“El nombre Lonjas 932 salió de cómo le decimos al cuero del tambor (la lonja). Y el numero 932 corresponde a donde nos juntábamos en aquel momento a ensayar: la esquina de 9 y 32”, cuenta el Tío Nelson, patriarca de una de las comparsas con más historia de la ciudad.
“Tocábamos el estilo Cuareim -junto al Ansina, los dos ritmos más representativos del candombe uruguayo- y, como esa comparsa se llama Cuareim 1080, que es la dirección del conventillo Medio Mundo de Montevideo de donde fueron sus primeros integrantes, les copiamos el estilo del nombre también”, dijo entre risas.
La Lonjas nació en 2004 como resultado de un taller de candombe dirigido por Leo Gianibelli. De allí, los cinco integrantes de aquel grupo se fueron a Montevideo y a la vuelta de esa experiencia ya tenían cuerda con nombre propio.
Más de diez años después, Lonjas comienza a marcar el paso del tambor en Tolosa, ya en 9 y 528, en cada ensayo de los sábados a la tardecita.

* Publicado el 5 de noviembre en el Diario Hoy.

miércoles, 26 de octubre de 2016

"Gimnasia, Estudiantes, unidos adelante..."

Lo que era un clásico más del Nacional 1975, se transformaría, por propia desidia dirigencial, en un antecedente ineludible de la rivalidad de pinchas y triperos.
Aquel día de octubre del ’75, del que se cumplen 41 años, amaneció húmedo y lluvioso. Llovió en la previa y los hinchas aguantaron estoicos en los tablones de la cancha del Lobo. Y nadie creía posible una suspensión, más después de que se diera vía libre al partido de Reserva, salvo los dirigentes, que minutos antes del juego de Primera anunciaban la postergación del clásico “de común acuerdo”. Sobraban razones económicas, dirían.
El hincha no entró en razón y descargó la bronca. Primero fue una fuerte silbatina, después corridas, invasión de la cancha, tablones quemados... y hasta las barras se unieron en hartazgo e intentaron llegar juntas a la zona de palcos al grito de “Gimnasia, Estudiantes, unidos adelante”.
“Y pegue. Y pegue. Y pegue, Lobo, pegue”, bajó de la popular del Pincha, en pleno “combate” contra la represión policial del lado local.
“Asesinos, asesinos”, se solidarizaron los triperos cuando la policía y los gases invadieron a garrote limpio la visitante del Bosque.
Aquel día que unió a pinchas y triperos en una época de fuerte violencia institucional en la previa al Golpe. La tarde que “la canción fue la misma”.

 

viernes, 9 de septiembre de 2016

6 y 54


Qué sería de esa muchedumbre que se ve abajo a la izquierda, hoy, un día de semana, cortando el tránsito en la esquina del Club de Ajedrez para ver las novedades informativas en la pizarra de La Nación, la web de ayer; en las persianas (acá bajas, seguro en señal de duelo por el fallecimiento de algún personaje de trascendencia) donde a Walsh después le contarían la historia de los fusilados peronistas que marcaron su vida social y literaria.
La Plata.

miércoles, 13 de julio de 2016

Ford


En un rejuntado de hojas, que la persona que tengo al lado insiste llamar diario, las palabras son como el esperanto de bandera roja: no existen.
Acá son verdes; así, apiladas, juntitas, cada una de éstas, sin nada más que significar.
Y en el mismo rejunte que se hace llamar "diario", las posibilidades siempre son otras: los milicos no se autohomenajean; los viejos de antes siguen guardados; y la caravana es un evento de la Ford conmemorando los años felices de la marca.
Y, acá nomás, se los ve brindando.
 

lunes, 27 de junio de 2016

Derrota

No es maldición ni pesadilla. No se le caen los anillos a Pizzi, pese al verso incómodo de la verba: primero anula, después juega. Saca el manual de la última final, lo copia y centra en anular al mejor de los 22: marca escalonada, presión cerrada por espalda y de frente, variantes en la fricción para quemar amonestaciones del mediocampo. No se le caen los anillos para simular "la idea" defensiva de hace un año atrás; ni para que parte de esa marca pueda ser de Sánchez o Vargas.
No se le caen las ideas al conductor nuestro para chapear variantes a una experiencia que se repetía y te daba la chance. Privilegio de pocos el de Martino.
Nivel superlativo de los defensores (Otamendi y Funes Mori, otro tanto Romero y Mercado, el mejor Mascherano en cada relevo otra vez), nunca tuvo un "plan B" para evitar la fotocopia en rendimiento y resultado de 2015; ni para sacarle a sus jugadores la presión con la que -evidente- jugaron anoche, más los penales asomaban de fondo. Lo "mental" hizo el resto. Ahí tampoco hubo técnico.
Chile no era Venezuela, Bolivia o Panamá. Es mérito del rival el Messi aislado de ayer que así y todo es figura porque no hay ninguno como él. Crack único que hasta nos dio el enorme handicap para el fútbol de hoy de dejarnos 11 contra 10 buscándolo a Díaz. Es desmérito del DT nuestro no saber aprovechar ni acompañarlo. Ahí tampoco hubo técnico: 20 goles en cinco partidos, ninguno en 120 minutos en el único partido de peso.
El "consuelo" es el de la derrota definitiva del #LirismoApropiador que se aggiornó en la previa más por culto al verso y paraguas abierto, que otra cosa. Ni eso les sirve.
Pero las copas se siguen guardando en vitrinas ajenas; y con lo mejor de "la nuestra", en serio, imponiendo condiciones con el bidón y la garra en la mano. Como ayer Chile, como en la foto.
 

jueves, 2 de junio de 2016

La canción es la misma


Lo que era un partido más del calendario del Nacional ‘75, con poco para gestar en la larga historia del clásico platense, fue moldeado en el tiempo con cisma de rasgos distintivos; y, acaso, irrepetibles. El hartazgo comulgó a pinchas y triperos contra dirigentes y la policía; contra todo un sistema organizativo y especulativo que repetía el desplante al hincha. Y que tuvo la respuesta del tablón bajo la misma camiseta y con el mismo grito de batalla: “Gimnasia y Estudiantes, unidos adelante…”

Un domingo de fines de octubre del ‘75. 40 y tantos años. El interzonal del Torneo Nacional que haría bicampeón anual a River, ponía en juego otra fecha del cruce de clásicos: Gimnasia y Estudiantes iban por la revancha en el Bosque: se jugaba “el honor” de la gastada del lunes a la mañana, la “sinrazón” de los colores hasta el próximo partido, la patriada de siempre que dice igualar coyunturas y actualidades deportivas cada vez que los unos y otros platenses se enfrentan.
La Plata había amanecido destemplada, con humedad e indicios de lluvia desde la primera mañana; en la ciudad y en varias zonas del Gran Buenos Aires y la Capital Federal, que pusieron en duda, desde el mediodía, la disputa de otros partidos de esa misma fecha del fútbol oficial de AFA.
“¿Llevamos paraguas o no?” Un posible inicio de diálogo ajeno, apurado, efímero y de último momento, en cada barriada platense desde que, aprontado el domingo, el indicio de tormenta mutaba en lluvia persistente pero tenue. El impermeable y el paraguas bajo el hombro al salir para la cancha todavía se habituaban rasgos socioculturales del fútbol argentino. Nadie lo simulaba en la mente como hipotética punta de lanza casera contra rivales o árbitros de turno.
La expectativa por el partido no trascendía el límite de hinchismo que cualquier clásico de estos impone por presencia de la historia. Sí lo hacía algo más trascendente la posición expectante que Estudiantes mantenía en su grupo clasificatorio (“Que Estudiantes se tenía fe, lo demostró la popular, muy compacta y más poblada que otras tribunas”, sinceró Mercurio en El Día) en la pelea mano a mano por uno de los dos cupos a la fase final, con River (campeón vigente del Metropolitano) y Huracán, otro gran animador de los torneos de época. Es decir: se perfilaba una convocatoria regular que apenas si alcanzaba el promedio general histórico y que, con el transcurso de la tarde y los chaparrones aislados, hizo que muchos eligieran la transmisión de radio Provincia (sin la existencia aún de las FM, la emisora de cabecera del hincha de Estudiantes y Gimnasia domingo a domingo) a la presencia en directo de la cancha. Los dirigentes de Gimnasia, con el presidente Venturino a la cabeza, presagiaban ya entrada la tarde que no sería la convocatoria que, creían, el partido tendría. El clima no ayudaba. Y no era un buen punto de partida.
Entre pocos e influyentes dirigentes de ambos clubes se iba delineando, en uno de los palcos de la platea techada, la “conveniencia” tácita de que el clásico pudiera ser suspendido y reprogramado para el martes o miércoles por la noche. De esta forma, lograrían sumar la recaudación que esperaban obtener en la semana previa: junto con las visitas de Boca y River a las canchas del Bosque de los clubes platenses, el clásico era (lo sigue siendo hoy, del torneo oficial a los partidos de verano, de repercusión extendida este verano por la mediatizada pelea del final entre los jugadores) “el” partido de recaudaciones extraordinarias que permitía una buena entrada de dinero por venta de populares.
Pero sólo en ese selectivo grupo se imponía la decisión. Y más cuando, pese a la llovizna, se autorizó que a las 14 se jugara el partido de Reserva como previa de la Primera. Ahí asomaba el decreto “no escrito” para la tribuna y el hincha de a pie que a último momento, en la sobremesa del almuerzo, había decidido ir al Bosque: al jugar la Reserva y no preservar la cancha para el partido principal programado para las cuatro de la tarde, no había razones para que el choque de fondo corriera riesgos de suspensión.

“De común acuerdo”
¡Cómo será la cañada si el perro la cruza al trote!, comulga el popular refrán. El diario El Día aceptó a modode editorial en la edición del lunes la “equivocación de los dirigentes”. Y fue por más, poniendo en órbita “otras” posibles causas de la suspensión: “¿o acaso es que (los directivos) suponían que los que habían aguantado a pie firme el aguacero iban a aceptar que se les privase de su fiesta (…) porque los directivos necesitaban ponerse a cubierto de los riesgos de una recaudación menos sustanciosa que lo calculada?”
Media hora antes del inicio previsto para el partido principal, pasadas las 15:30, se produjo el pico de lluvia: de intermitente, el agua que caía tomó gran intensidad y en pocos minutos convirtió en un lodazal la zona del mediocampo y las áreas de ambos arcos. Ese atenuante clave, sin embargo, no fue excusa condicionante para los cronistas que cubrieron el clásico: se sostuvo que la cancha no impedía jugar el encuentro y que, aún en peores condiciones que las de aquella tarde, se habían jugado partidos en Gimnasia. Las motivaciones olían distinto: entre populares y plateas no se habían vendido más de diez mil entradas, según había trascendido en la previa, un número más que menor para un partido de tamaña importancia.
Los hinchas llevaban casi dos horas en los tablones soportando la lluvia. La impaciencia sólo se atenuaba con el juego intenso del preliminar. Al promediar el partido de Reserva, el árbitro lo terminó dos minutos antes por el descontento que mutó en incidentes (le apuntaron con un piedrazo desde la tribuna del Lobo) bajo la excusa de que sus fallos arbitrales, interpretaban los triperos, habían beneficiado a Estudiantes; y al confirmarse por los altoparlantes la suspensión del partido principal después del “acta acuerdo” firmado por las comisiones directivas de ambos clubes. La decisión se daba en simultáneo con el cese de la lluvia y un clima, de a poco, mucho más benévolo, que incluso traslucía las primeras apariciones de sol. La prematura suspensión del clásico tras dos horas de hinchas empapados y a la intemperie, y que ésta se decidiera sin que mediara una aparición pública del árbitro Barreiro, que aceptó lo decidido por los dirigentes sin siquiera salir a la cancha a mostrar el pique de la pelota en las zonas anegadas, hicieron el resto.

“Asesinos, asesinos”
El locutor del estadio confirmó que se postergaba el clásico a las cuatro menos cuarto. Se insinuaba algo de sol, la lluvia había amainado, pero ya no habría juego. Octubre del ’75: las tres A operando, lo peor de los rancios al mando de la Bonaerense y los militares probándose el traje que se pondrían en seis meses.
Los primeros en reaccionar fueron los hinchas de Gimnasia. Al intento de agresión contra el árbitro de Reserva, de la tribuna popular le siguió un grupo que en minutos se perfiló por la ochava de acceso a la techada al grito de “Gimnasia y Estudiantes, unidos adelante…”. Pinchas y triperos, todos en uno; y la historia oral, que cuenta en su lado B que muchos de la barra de Gimnasia abrieron un portón para que entre el grupo de pinchas que los apoyaban. Hubo insultos (“Que se vaya Venturino”, coreaban) para el presidente e intentos de agresión. En las filas inferiores de la platea, otro grupo descolocó varias hileras completas de asientos y los arrojó a la cancha. Los que ya estaban en los jardines arremetieron contra el cuarto de intendencia, el buffet, las instalaciones de tenis y se colaron al palco oficial y al sector de prensa.
Todo lo que quedaba en pie, se descargaba a fuerza de bronca. En otro sector de la popular del Lobo, prendieron fuego a algunos tablones y la policía ingresó a desalojar con gases y porras de goma. La escena se completaba con los de Estudiantes apoyando a los triperos desde la, todavía, colmada popular: “Y rompa. Y rompa. Y rompa Lobo, rompa…”, tronaba.
Se apostó enseguida otro grupo de policías, ahora para reprimir y disuadir la tribuna visitante que se había “solidarizado” contra la respuesta de la fuerza hacia los triperos. Ingresaron por la parte inferior. Los pinchas respondieron derribando parte del alambrado para guarecerse del humo de los gases; y apedreando la cabina de transmisión de radio Provincia, que aún en esa época estaba por encima del hueco de la salida lateral de la tribuna de avenida 60, sobre la mitad de la cancha. Ahí se unieron los tripas en apoyo a los albirrojos: “Asesinos, asesinos…”, bajaba el grito desde la local.
Una hora después de suspendido el partido, y con la cancha tomada por los gases lacrimógenos que se propagaron con el viento por todos los sectores, los hinchas se habían retirado. Algunos se juntaron en el centro y apedrearon las dos sedes. El partido se jugaría a las 48 horas y en horario nocturno, como si buscaran exorcizar la unión de los colores y esa misma canción de repudio que, espontánea, surgió para la “batalla” en las dos tribunas: “Gimnasia y Estudiantes, unidos adelante…”
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La bronca unió a las hinchas *
Tanto devanarnos los sesos para saber bien a ciencia cierta quién es el gran culpable de la cosa y resulta que los hinchas atronaron la cueva de las grutas, los claustros de las facultades de la avenida 60 y el barrio del Mondongo, con el estentóreo estribillo de acuerdo para silbar a dúo: “Aquí están, estos son, los que hunden la nación…”
El fanataje estaba desalmado, mufado y empapado. Habían formado $4.400 y algunos tirado el talón que les servirá para el miércoles (sic). La reacción ante la suspensión fue explosiva. No bien el locutor chapó el micrófono, mientras se abrazaban en el centro los terceristas pinchas que habían ganado un match a garrón duro, y en cuanto las gradas oyeron “¡Atención! ¡Atención! De común acuerdo…” una rechifla de órdago ahogó La Voz del Estadio. Romanos y cartagineses se ponían de acuerdo para silbar a dúo. Desde ese momento, tomó la iniciativa el piberío menssana para reafirmar su disgusto en forma contundente. La ira iba in crescendo, encaminada a recriminar a los dirigentes. Escuché la insólita clarinada: “Gimnasia y Estudiantes, unidos adelante…” y opté por abandonar la cancha cuando el tiempo “abría” y la bronca estaba en su apogeo. Leeré qué pasó pues no soy cronista policial; simplemente, un entristecido comentarista.
*Extracto de la columna publicada por “Mercurio” el 27 de octubre de 1975 en el diario El Día.
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Aquel Nacional ’75 de la atajada de Fillol a Verón
El clásico se jugó a las 48 horas, el martes 29 de octubre. El empate de esa noche lo puso a Estudiantes segundo en el grupo con Huracán, jugadas nueve fechas del torneo. Se clasificaría luego entre los dos primeros de su zona para al octogonal por el título, que se le escurrió en aquel histórico partido jugado en Vélez (el campeonato se definía con partidos en cancha neutral) en el que Fillol le sacó un “gol hecho” al Verón padre después de una elástica palomita desde adentro del área chica. Hasta El Gráfico se animó a compararla con “la atajada del siglo”. Podía haber significado la ventaja inicial para Estudiantes; y asegurarse el título de campeón si ganaba y se quedaba con el partido: la ventaja se hubiera hecho indescontable, con tres puntos de diferencia sobre River y con sólo dos por jugarse. Pero es historia. El Pincha también erraría un penal y el Millonario lo ganaría en el ST con un gol de Reinaldi. El 1-0 llevó al equipo que dirigía Labruna a ser el único puntero a falta de una fecha. Se consagró campeón en la última del torneo, en Rosario, ganándole sobre la hora a Central, cuando la igualdad llevaba la definición del Nacional a un desempate con el Pincha de Bilardo.

* Publicado en el número de mayo de Revista La Pulseada.