miércoles, 21 de septiembre de 2011

El arte, fin en sí mismo


Cuanto menos, la nota De Garage deriva como disparador para ensayar nuevas hipótesis ya escritas y reafirmadas, nunca comprobadas. O sí, pero sin absolutos: el universo paralelo de Mister América no lo es, no lo será. No hay espacios cerrados inconmovibles o inmutables. Todo está abierto a la jactancia de nuevas posturas si éstas implican no huir del paraíso para nadie autofundado por Astarita y su séquito.
Con el agua al cuello fue el inicio y la ruptura al fin; el surco necesario de lo instantáneo; lo que permanece el ser humano en los atriles inherentemente incómodos o el precio a pagar de toda búsqueda de experiencia sensorial no ordinaria. Si Con el agua... es el último punto efímero de incomodidad terrenal de MA, Despojado empieza cuando baja la marea, turbia, que conlleva la reconstrucción como equilibrio de fuga. Insano y Rebelde, estados de ánimo coyunturales y abstractos y aún así necesarios, se materializarán con Superación, la prana que surge como mantra final de "esa saga de estados del ser".
Cuando el rock enfilaba hacia su propio iceberg, sintetizará Graziano, de fines de los '90 a Cromañón, Astarita le ponía los últimos ladrillos al submundo de exilio interno de la banda: ese paraíso para nadie más que Mister América.

martes, 13 de septiembre de 2011

Papeles tristes y sed


Volvió. Eléctrico aún cuando navegaba con los amigos de Lincoln por la ruta argentina número 7, ayer, domingo, después de haber almorzado una napolitana con Baggio de litro sabor naranja en un bar del ACA, en el centro del pueblo pensado a pasajeros 50 km de Junín, su primera comida, aquella, desde el asado-cena del viernes a la noche.

Corrida en micro a Luján del centro a la banquina, el trip sumó el avistaje del accidente en la unión del Acceso Oeste y la 7, autostop de cinco minutos (tres autos) en el corte de la bajada y arribo con éxito al lugar el sábado 15 horas, tras congestionamiento ricotero que en barra acechaba el interminable gris bonaerense.
Entrar por un Rosas, 20 pe o mangos, viajar a dedo, luego auto, con moebius nocturnos pos recital de dos de la mañana a cinco, Junín-Lincoln-Junín para cargar los tucumanos que esperaban acostados sobre la tierra seca de la zanja, con un sobreviviente del cotidiano conurbano con el que terminó abrazado reinterpretando la lucha de clases aún por gastar, sólo unidos por los discos que descreían del Pioneer que los cobijaba y la bandera de "Porco Rex" que acompañó alumbrando la luneta del auto, jarra en mano de gaseosa, uva y alcohol, no tiene precio.
Me contó y dijo.

- "Te das cuenta", parece descubrirlo, con la mirada más que con la boca. Los que cantan a su lado "Maldición..." no dejan grietas de silencio.
El nómade que conoció en el cruce de Luján se hace el que entiende, busca las coordenadas. Sólo los altos de estatura pueden ofrecer alguna respuesta entre la uniformidad de cabezas.
- "Habla de droga: co-ca-í-na".
Nada lo sorprendía. Pero no lo notaba, lo intuía: narices, sifones, dientes con envidia de lengua y ladrones de cerebros, eran algunas de sus pistas.
Si uno llega en ese espacio temporal a un recital, pongamos el del Indio, otro tal vez aunque las pruebas digan lo contrario, creerá que toda poética comienza en el bolsillo del saco y termina con la última arremetida de la tarjeta. Aunque no es todo, Bang Bang!, partes de Gulp! y (casi) todo Oktubre, el Indio tienta cantar odas disponibles a cada uno de sus pericos.
El primer tiro fue por el semáforo del cruce. Cristian, el conductor de Matanza, insistía con rescatarse. Lo hacía con el convencimiento de estar seguro. Tenía la mirada tan firme y curtida que no había manera de contradecirlo. Vino, Fanta, jarrón hervidor que por las noches calienta lo del mediodía, mucho hielo, amiguo...
"El resto cuando lleguemos. No quiero saber nada, sabés, amiguo... cuando estás del otro lado. La conocí y pasé. No vuelvo".
Hubo dos y tres seguidos dentro del auto, con la vista hacia atrás ayudados por el polarizado del parabrisas. Cuatro y cinco llegaron después.
"No mires para afuera. Date vuelta, pegate al asiento y usá la billetera".
Al costado del auto, entre el surco que forma la tierra mojada por la humedad del lago, agotador, paranoico, insustituible, se corporizan una multitud de piernas -de remeras negras, gorros, camperas deportivas largas hasta las rodillas, vaqueros, algún que otro saco- que luego a oscuras imitarán la procesión del silencio, de los muertos, pero vivos, que vienen de la batalla con la sabiduría de la misión cumplida.
El parador "El Puente" suelta un cartel verde poco visible desde la banquina, metros después del desvío que lleva al Autódromo. La leyenda resalta sobre el paredón de musgo de los baños, detrás de lo que eran los surtidores de nafta de una segura YPF; apenas se ve, no sólo por el musgo sino por el salto intermitente de los muchos que cantan el segundo tema de Luzbelito que mueve de una F-100 que custodia un chico raquítico, de musculosa cortada, ya gris, con una cara de anteojos sin pelo. Cada dos, uno sostiene el plástico arrancado de las botellas de gaseosa (la parte de abajo) con el que forman un vaso largo, más ancho e inestable que los de vidrio. Cada vibración de las zapatillas instala un empujón que hace volcar los hielos del interior de la copa.
La caravana de autos, percibible tan de cerca como a la distancia, es heterogéna, amplia, policlasista. Una producción casual para sociólogos o antropólogos. La masa conforma un Estado paralelo e itinerante que encuentra asiento donde se lo convoque. Tienen todos un horizonte, el mismo que cantan y cantarán con distintos acordes hasta entrado el domingo. Forman una unívoca marca en la larga línea gris: los desangelados, de antes y ahora, de cualquier barrio del Conurbano y los hijos del campo en camionetas que identifican su gusto por Solari con extensas calcomanías; familias de cuatro o cinco, con peatones perdedores que encuentran futuro en estos días descolgados del almanaque de la sobrevivencia; pendejos de inciertos amaneceres y tipos hechos que esperan la recompensa de su futura pareja; los que cambian el vicio cotidiano de los animadores del juego por perdones para su lengua. Y bocas flojas. Muchas.
- "Ponelo de esta forma".
Cristian estaciona el auto. Con la palma de la mano apenas cerrada sostiene un nylon y se apura; con la izquierda señala la hoja oscura. Respira la impaciencia que hace minutos le desconocía. Quiere entrar con el amontonamiento.
- "Poné llave, subí los vidrios... vamos".

* Publicado originalmente en Manjares en la Azotea.

jueves, 25 de agosto de 2011

El gato del poder


La frase le pertenece ahora a Luis Ventura, periodista de espectáculos (sic), ex técnico, devenido comentarista deportivo de fútbol y actual punta de lanza contra Graciela Alfano, quien trajo a la memoria dispersa del argentino promedio su lugarteniente como amante de uno de los jerarcas de la última dictadura: Emilio Eduardo Massera.
La sospecha, que ya no es tal, trascendió en uno de los tantos documentos desclasificados del Servicio de Inteligencia chileno. Por sus canjes (?), Alfano recibía "costosos regalos": joyas, tapados, autos y hasta inmuebles, que se investigará si pertenecían a militantes políticos desaparecidos. Y más que eso: se aseguró un lugar en el devaluado cine nacional de la época: de las 18 películas que la tuvieron como protagonista, 15 fueron filmadas entre 1977 y 1982. Junto a otras modelos y mujeres del ambiente, formó una morbosa División Alegría de complicidad para los ratos libres de los milicos entre secuestros, picanas y torturas.


La historia tuvo su lugarcito en la ficción. Cristian Bernard y Flavio Nardini escupieron en 76-89-03 la parodia de tres adolescentes obsesionados con la vedette Wanda Manera, canon del modelaje en los años de la dictadura. En el transcurrir de la rutina, los jóvenes encuentran en el baúl de un auto la cantidad de dinero suficiente con la que, creen, podrán comprar el anhelo primario de conocer puertas adentro al gato del poder.

sábado, 30 de julio de 2011

Montevideo


La ciudad tilda de bizarra. Pero antes es un manicomio sin cura ni enfermos; un gran Bordaland al aire libre; como un domo sin techo con el río como único rebote: hay pocos semáforos y el peatón puede jugar a la Pantera Rosa sin riesgos; los baños de los bares son mixtos; la policía en la calle no deja verse; nadie camina con el celular en la mano... Y hasta te sucede de caer de improviso al Barrio Sur y quel "Lobo" Núñez y su hijo te inviten un asado en el corazón del tamboril afro-uruguayo.

miércoles, 29 de junio de 2011

Y el planeta perdió el equilibrio


El grande de Córdoba fue siempre Taaaaalleres. No por convocatoria ni destino natural, y aún siendo fundado varios años después que Belgrano. Fueron los equipos de la segunda mitad de la década del '70 los que formatearon por años a la "T" en esa dirección.
Incluso también, y es digno de mención, siendo el Cele el primero en mediar en los Nacionales representando a la provincia. Pero las buenas campañas y la constancia de su clásico en el mano a mano con los grandes de Buenos Aires, transformaron el deseo en obligación: Córdoba, la de la prosperidad agropecuaria, el desarrollo industrial, metalúrgico y automotriz, la estabilidad laboral y luego el Cordobazo, se debía el título. Y Talleres era la matriz necesaria para redimir, de una vez, los logros que Santa Fe ya había obtenido atada a los fuertes de Rosario y el Interior: Central y Ñuls.
Córdoba no podía ser menos. Debía y no podía: 4to. en el '74; semifinalista en el '76 y el '78, apenas eliminado por River e Independiente; 3ro. en el '80; ni siquiera arrodillando a los Rojos, de local, en la Boutique y con todo a favor, la noche que ocho fueron más que once y el empate con trucos de Bertoni y Bochini privaron a la provincia del título oficial que a nivel nacional nunca llegaría.

Farré, de celeste, como Ghiggia en el Maracanazo, y el gol del histórico empate en River

Talleres era sinónimo de Córdoba. Valencia, Galván y Baley representaban a la Selección en mundiales consecutivos. Y hasta la AFA reconocía esos méritos y lo ascendía vía decreto a los torneos que los porteños jugaban anualmente, ese Metropolitano luego constituído como el certamen oficial de Primera. La mano que también beneficiaría a Instituto y Racing al poco tiempo. Nunca a Belgrano.
De allí, especulemos, la sinonimia con los piratas. Belgrano (el Celeste, como el mar que navegaban los corsarios), el excluído de la fiesta grande, fue forjando su propio cuento, como aquellos que le ganaron el mote popular al club a fuerza de buscar, en terrenos aledaños a su prehistórica cancha, los materiales necesarios para jugar los días de partidos: alambres, varillas y postes. "Pirateadas" que, narra la historia, contaba con la inequívoca devolución de cada uno de los elementos al terminar cada match.
Muecas del fútbol, todo lo pirateaban menos algo: el decreto de privilegio triplicado para sus vecinos, el original, no traia la contraseña. Optó, entonces, por el camino más largo.
Córdoba se mostraba con el trío conocido: Talleres, Instituto y Racing, que hasta se le animó al desafío de aquel estigma provincial trepando a la definición del Nacional '80 ante Central. Hasta que los Piratas llegaron. Primero en 1991, eliminando a Banfield en la definición del Reducido que lo ponía en Primera tras años de grises y lo cruzaba, trascendente como aquello, con su primo de la "T" pero en versión color. Aquel Celeste vestido de Topper y Yastá en el pecho, el de medias y pantalones negros, de Sodero, Heredia, Luis Sosa, Spallina y Monserrat; el Diablo, el de la Selección, campeón en San Lorenzo y... en River.

Como Boca y Estudiantes en la Libertadores, Belgrano tuvo su "descapocable"

Se fueron y volvieron. Del '96 a 1998, con las finales ante Aldosivi; las reválidas ganadas frente Quilmes en 2000 y 2001; y el que era su último regreso tras el descenso de 2002, con los dos partidos de la compinche Promoción venciendo a Olimpo en el invierno de 2006.
Hubo tercera. Y fue la vencida. La más difícil. Pero perpetua, inocua, indeleble. No alcanzó contra Racing y Central, cerca, ahí. Otra vez ahí. Y de nuevo el estigma. La ruleta de rivales lo cruzaba, apenas por nombre esta vez, con la peor de las encrucijadas.
"¿Será de dio', cuuuuuliaaao? ¡Racing, Rooooosario... ahoraaaaaa River!". Sentir vital de cualquiera de sus hinchas. Era cara o cruz, contra el grande de los grandes, el que nunca había descendido.
Hubo momentos para ello, dos, tiempos en el que los planetas parecieron acomodarse como siempre decretó la historia del fútbol argentino: el penal que dibujaba un Pavone confiado, duro, aguerrido, dispuesto al gol y la posterior goleada, que quedó apenas en eso, tirito y manos de Olave; o el huidizo mano a mano de Pereyra, lejos de su picante apodo para definir, que terció el recuerdo de Bustos en Avellaneda, cuando a poco estuvo de enmudecer 36 meses antes como el Monumental.
El final integra desde hace horas los libros de las mejores hazañas, esas que más cuestan y, por consiguiente, más se disfrutan; como los labios esquivos que alguna vez dejan de resistirse. Y allí Belgrano, que encuadernó su página más trascendente de eso que, azaroso, dieron en llamar lo más importante de los menos importante de la vida. Ni ellos deben tener noción del desequilibrio causado.

jueves, 23 de junio de 2011

El sueño de todos: ¡Campeón!


Ahora que volvió tras 16 años, unos apuntes anecdotarios sobre Russo y un fotógrafo platense que escribí en 2006 cuando le dimos vuelta la final a Boca.

Bilardo lo volvió a reconocer después de más de siete años, una tarde en el Country, en uno de los tantos entrenamientos que llevarían a Estudiantes a lograr la estrella del '82. El tipo, algo cambiado, con varios kilos encima producto de festejos, casamiento, trabajo y vida doméstica, tenía que hacer una producción fotográfica para El Día.
- "Necesito a todos los jugadores sentados en el travesaño", le sugirió al entrenador con algo de vergüenza. Sabía que el equipo de Bilardo era puntero del campeonato y hasta ahí venía con el arco invicto.
- "No, no, no... 'tas en pedo".
El técnico no ocultó su habitual nerviosismo, que profundizaba ahora por el sinsentido escuchado.
- "Mirá si el domingo nos cagan".
Ante la insistencia la producción finalmente se hizo. El costo del convencimiento fue no romper la nueva costumbre, aunque ninguna cábala mal aplicada, desobediente, podría romper la campaña de los Ponce, los Sabella y los Trobbiani.
Unos días después, Bilardo se enteró de la buena nueva, tras un agónico triunfo ante Argentinos.
- "¿Es verdad que lo jodiste al Gordo el domingo y le tocaste la panza?".
No eran aún épocas de desbordes y pasiones mediáticas. El Country mostraba su habitual tranquilidad. El "5" dejó de correr, se secó la cara y se acercó al técnico.
- "Sí, hace mucho que lo hacemos".
- "Entonces lo quiero acá todos los jueves. De acá hasta el partido con Talleres. Pero que no falte. Y no seas pelotudo de olvidarte". Bilardo no dejaba pasar ninguna.
El Gordo, claro, declarado Pincha como era, habitué de la ochava de 115 en los '60 y los '70, no dudó: todo sea por el campeonato y por Estudiantes.
Con el tiempo la rutina daría los resultados esperados. Y tal vez el Narigón todavía crea que el título fue el producto exacto de la comunión entre la mano derecha del capitán de su equipo y la naciente panza de un reconocido fotógrafo del diario El Día.
Russo volvería a La Plata ya como técnico de Lanús para repetir la suerte del bicampeonato de comienzos de los '80; y, lo más importante, le daría continuidad a la rutina con el fotógrafo para subir a Primera en el '95.
Perplejo quedé el miércoles, esperando a la gente de Estudiantes en la entrada local de Juan B. Justo, con la Topper del '83 entre la piel y un largo pullover, intuyendo que el sueño era posible, que las fotos amarillas del Gráfico y los videos con pocas ganas de rebobinarse podían volver a tener presente, cuando un apurado ayudante del cuerpo técnico de Vélez salió de la sala de prensa encarando a los gritos a mi viejo.
- "Gordo, apurate que Miguelito te espera en la confitería. Ta' hace más de una hora. Dale que somos campeones".
El, ansioso, se metió entre todos, se fue sacando los botones de la ajustada camisa y esperó el encuentro con la mano de Russo para volver a gritar como manda la historia: "Estudiantes campeón".

PD: Sobre el tema, dos recomendaciones: Lágrimas y Estudiantes, entre los mitos y la modernización.

martes, 7 de junio de 2011

Futuras tintas derramadas en Capital

Foto: Florencia Del Gesso

Pérez - Pura Vida - Viernes 3 de junio de 2011

Será en la Inrock, la Rolling, alguna que otra página recomendable de discos en alternancia de catálogo "independiente". Proceso natural de cualquier proyecto platense y aledaños con visión de ruptura.
Hace tiempo, largo, Pérez dejó de ser el secreto a voces de La Plata. Y una infidencia del que escribe: alguna vez de 2008, los descubrí como teloneros de la banda que había ido a ver y que nunca escuché intentando entender, detrás de escena, qué eran esos sonidos que había sentido minutos antes de los que nunca nadie me había susurrado nada.
La expectativa de la vuelta en Pura Vida tenía, entre tantas, una explicación temporal: no se presentaban desde el año pasado por la salud de su cantante. Y suena a obviedad: la convocatoria del viernes no refiere a la máxima del "tocar poco y acumular convocatoria", apenas un recurso de las bandas "consagradas" en términos de mainstream. Pérez volvió. Se los esperaba. Y convirtió una perdida madrugada de principios de junio con calles resbaladizas y fríos deleznables, en esas noches fundacionales que los tiempos de éxitos y críticas dulces del futuro pondrán por su propia inercia en la lista de sus mejores hitos.
Privilegios de unos cuantos pocos, el grupo de Sagasti, Lambert, Zabaljáuregui y Goldztein, los que desde su myspace nos provocan patentándose desde la "canción popular melodramática", entró en clima con la aún inédita "Chicos y chicas", tema de trance pos punk en guitarras nostálgicas justas para iniciar el camino de la hora y pico del directo. Acompañada por esa voz de Sagasti que parece surfear en paralelo cada una de las melodías para balancear la atmósfera melancólica con inspiraciones en clave pop.
Desde la intro, le siguió otra no editada ("Ola", luego "Hojas nuevas", de segura inclusión en el próximo trabajo), "Más", "Equilibrista", "Bailarinas" y "Ganas" (con "Puedo aguantar", el paso beatle del disco: "Y ahí estás, entre luces de menta y de mentol, te ves tan resuelta, desde la ranura de mis ojos te miro...").
Entre alguna Isenbeck o charlas que iban de la salida del baño a la barra del Vikingo, continuaron "Alguna vez", "Babia" (grado 0 en sintonía Radiohead: "Voy a pedirte que me acompañes, esta vez va a ser mejor, ya fue, nadie nos ve... no quiero saber cómo es, podemos escapar...") y los impredecibles "No era necesario", ahí donde el fraseo del cantante juega a imitar los saltos innatos del antiguo Citroën de la publicidad que acompaña la canción en YouTube, y "Libros y gente", el cierre de cada nuevo show que el público le impuso a la banda a fuerza de hit.
Ese público que tararea como leyenda temas que por ese gesto se percibirían desde afuera como envejecidos, cuando apenas si asoman al ruedo, porque comulga la cadencia inocente de Sagasti como genuina; la convicción de creer que detrás de todo esto no hay ningún plan a futuro: nada más que buenas canciones para pasar el momento, el aquí y ahora. Esa actitud que se desprende de las mejores costumbres de la inocencia juvenil, como arrancada a personajes de las películas de Acuña (Nadar solo, Como un avión estrellado...), de que todo lo bueno no puede sino estar por venir, ya, ahora. Tan simple y modesto como el apellido genérico con el que se dan a conocer como queriendo ocultarse: Pérez.

* Publicado originalmente en Manjares en la Azotea.

miércoles, 18 de mayo de 2011

El aroma de las masas


El perfume de la tempestad
Indio Solari y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado
(2010)

En tanto el mito trepaba alrededor de Los Redondos, hubo múltiples axiomas que se transformaron en manifiesto. Axiomas que Solari esmeriló estratégicamente para marginar siempre la obra del personaje; el arte del hombre; a Carlos del Indio. "Yo hablo a través de la estética, de la poesía; trato de no confrontar con mi obra", decía, palabras más o menos, inoculado de asepsia ante la posibilidad de tener que "explicar algo" sobre el arte redondo: las letras, la música, la producción, el detrás de algo.
Eso era Redondos. Diez años pasaron. ¿A través de qué nos habla hoy el Indio con el disco verde que completa la trilogía? Una hipótesis: si la obra y la multiplicidad de interpretaciones que interactuaban entre el personaje y las bandas vagaban libremente haciendo infinitas lecturas del fenómeno ricotero, hoy Solari parece hablarnos, o decir, mucho más en directo que por el espejo de una nueva obra.
¿Implica eso que su arte en formato CD no tenga ya más que decirnos? Nada más alejado. Aún con tres discos en seis años (desde el luzbelitiano y perpetuo Tesoro de los inocentes, a El perfume de la tempestad), el detrás de escena de cada convocatoria con Tandil como bandera no puede menos que eclipsar todo lo que venga.
Hoy Solari, su mito, su arte, el del hombre que en el escenario es un Jekyll con nick "Indio", nos interpela a través de su convocatoria: un vehículo de arte popular, de masas, que logra convertir una ciudad (me permito una licencia de diciembre hasta acá) en un Woodstock de 48 horas, con 80 mil personas interpelando a su modo aquel axioma iniciático del trip redondo, dejando que la vivencia y la poesía de Solari sean la herramienta para el viaje particular de cada uno de los ricoteros, de los antiguos y los nuevos. Aún sin entrar al estadio...
Con El perfume de la tempestad, de guiños redondos indisolubles en tracks como "Ceremonia en la tormenta" o "Black russian", Solari vuelve a la carga con su inalterable ambivalencia. Juega con esas posturas, tan contraculturales y posmodernas a la vez -posmodernas como norma indivisible de “no traducir la obra a códigos ideologizados”; prueba el gusto de lo prohibido; el aroma de la tempestad; el perfume del cambio. El Indio nos grita "Todos a los botes". Suplicio, prédica, que, como principio ambiguo que busca cuidarse de no confrontar con la obra, no sabemos aún si es una tempestad que augura nuevas estéticas en el futuro del artista o la esperanza de que el cambio social pueda traducirse más allá de las imaginarias revoluciones de antaño.

* Un escrito para el número tres de Estructura Mental a las Estrellas.

lunes, 2 de mayo de 2011

Siempre nos quedarán las hojas (amarillas)


A dónde va?
Qué?

El destino
dónde los anhelos?
Van?

Si perdemos cuando encontramos
y tenemos cuando perdemos

Surcan
¿Sabes?
Si anhelamos
cuando efímero
ahí damos cuenta

Van detrás de las hojas
amarillas
Sigo
abstraídas de tu camino
(otoño)

Corrés esa sombra
Mirás
(verano)

Van detrás de labios
que veo, lejos
Consuelo
las hojas
ciegan, enamoran
Las sigue
apresurado, ansioso
Doy cuenta
cuando las busca
aún doradas
(invierno)

Ese final
eran tus huellas
Las veo
(primavera)

Las flores
¿abrazan?

miércoles, 20 de abril de 2011

67



Los años. O 67: el año.
El de Estudiantes. El de "la primera vez" de los que la jugaron por afuera y la remaron contra todo; contra los Boca y los River, los que por mandato ganaban a fuerza de árbitros, nacionales o extranjeros, a fuerza de ser "los elegidos": "Los chicos", como lugar común para muchos.
Hubo una tarde. Fundacional. Una que prefirió espiar hacia otro lado. Primero, clasificación y paseo a Gimnasia: 3 a 0 y a semifinales. Después, el eterno 4-3 a Platense. Goles ahí y en la final, la primera de todas, en la histórica goleada a Racing del Gasómetro. El mismo rival al que le recordamos con ironía qué es eso de "padres e hijos".
Y vendrían varias. Muchas. Inéditas para los tiempos que corrían. Acostumbradas, luego. Con Racing también, justo Racing, ese del invicto, de José, Perfumo, Basile y el Celtic; el campeón del mundo. Y vos ahí, para hacer bronce, cuando ni pensabas que tu apellido cruzaría la frontera 40 años y se grabaría en esos brazos que le ofrendaron al cielo la Copa en el Mineirao.
Y la Libertadores, la del '68, el año del Mayo Francés, los Beatles... la contracultura, las verdades demolidas... y Estudiantes. Sí: Estudiantes en la historia. En ese empate que fue victoria en el Monumental con tu chilena, cabalgando y aguantando el empuje de los que se creían invencibles y cayeron vencidos. Una vez más. Por vos y diez más que nos llevaron a la inédita final contra el Palmeiras de San Pablo.
Y ahí, sí. No hay videos ni imágenes que puedan ponerte a la par de aquel grito de Maradona a los ingleses con Víctor Hugo de fondo. Sólo algún recuerdo cuadro por cuadro blanco y negro de El Gráfico y no mucho más. O sí: el boca en boca de los que estuvieron. El boca boca de padres, abuelos, tíos mayores. La noche que nos tatuamos eso de "la mística" que ahora quiere ser monumento, la del 0-1/2-1 en siete minutos en los tablones de 57 y 1. La que cuentan los padres como ese inequívoco relato de medianoche.
- Vos no lo viste.... yo sí.
- Pero lo vi a la Bruja....
- La Brujita. Este es "Bruja". Y mirá: gambeteó, pasó a uno, a dos, de derecha a izquierda... los colgó a todos en la escoba. Fue Maradona antes de Diego; fue el gol a los ingleses antes de México. Y fue la Copa. La primera de todas. Antes que todos los "grandes". Antes que Boca, antes que River. Fue Verón. Fue la Bruja. Es Verón, la Brujita. Estudiantes. ESTUDIANTES, flaco, así, con mayúsculas.