Penalty empezó con Chacarita en marzo de 1994, en un partido contra Almagro, que se presentó en San Martín con la alternativa blanca. Se sabía, de antemano, que la marca no había diseñado el uniforme titular a bastones (rojo, negro y blanco), por lo que los jugadores locales salieron de igual tono que el visitante: veinte jugadores, veinte de blanco. Para evitar la suspensión del partido, se apeló a una "vaca" en las tribunas como último recurso. Los hinchas de Chacarita lograron juntar nueve camisetas (en su mayoría de la antigua firma: Taiyo), cada una con un número del 2 al 11. Faltaba una: la 4. La solución llegó con cinta blanca, sobre la número catorce que acercó un plateísta.
martes, 11 de noviembre de 2014
martes, 4 de noviembre de 2014
Dirección sur-norte, 62-61
Eran días de lluvia similares a éstos. Estos, los de ahora, los que ves por la ventana o imaginás desde el conducto de aire del edificio en el que te apretás en un dos piezas con otros dos o tres.
Se le podría decir "rutina": marcábamos con los dedos las gotas que se pegaban con la mugre en el vidrio del lado mojado y después salíamos al cordón con unos cuantos papeles apilados. Casi siempre eran de diario o de alguna revista de esas de domingo que traían recetas de comida o para la vida, como si tres hojas fueran a solucionar el mundo. Eran las mejores. Tenían algo que se resumía en una palabra que con Carlitos o Diego, los que capitaneaban la barra del equipo de la Tacuarí, entendimos mucho más adelante: tenían mayor "gramaje"; para nosotros, nada más que más gruesas. "Gra-ma-je", me dijo el de Plástica I en el patio del Nacional.
El mejor siempre era el papel de fotografía. Flexible lo justo, impermeable, como la mejor madera para la balsa que levantaríamos para cruzar del otro lado. No había forma, igual, de concretar semejante hazaña y doblar alguna foto blanco y negro para que nuestro buque derrote al enemigo en el bravo curso de agua empedrada. Nos conformábamos con las revistas de alguna tía que compraba La Nación o El Día y que, después leídos -miércoles o jueves, porque se leía en varios días-, lo pasaban entre semana. Así los barcos se podían armar de a uno, sin tener que estar pendiente de su inevitable hundimiento a medida que se arrastraban hasta la boca de tormenta de la esquina.
El agua caía con dirección 62, 61, sur a norte. Las grietas de los adoquines formaban oleadas como las que los veleros sufren en cada sudestada cuando, río adentro, buscan la costa uruguaya sin demasiado temor. No valía soplar ni tampoco meter mano si, simulando una ballena perdida, el barquito ponía proa al este, se anclaba y quedaba bajo la rueda del 275 que todavía pasaba por calle 11; o si, para peor, alguna rama caída simulaba la zanja de Alsina. Se libraba una estratégica batalla naval en la que nos jugábamos la supervivencia y la de nuestros imaginarios tripulantes.
Hay una tarde sin registro de calendario. Tuvo que haber sido un domingo igual a este y con suspensión de los partidos. Esos eran los días de mayor participación. El faltazo obligado a la cancha de unos u otros -pinchas o triperos- llevaba, sin almuerzo ni merienda, al ansiado round que se desafiaba en el cordón de la vereda.
Petulante, hoy abogado venido a menos, el vecino al que poco conocíamos porque iba de local y visitante, se presentó sin saludar. Sacó un playmobil sin manos ni pelo y lo puso sobre el velero de mayor "gramaje" jamás visto. El muñeco se desplegaba al ritmo del agua, altanero, como el llanero solitario en su indomable caballo. Llegó al final, invicto, arrogante y ganador. Nunca vimos nada igual. Ni siquiera le importó el triunfo; sólo hacernos saber que, si se lo proponía, jugaríamos por el segundo puesto. Siempre.
Adrián, no. Adrián se le enojaba. Le ponía cara de orto. Vivía en el conventillo de la esquina. Nadie lo decia, pero con la mirada inocente que esa edad empieza a codificar ciertos gestos de valentía, admirábamos que, en días como éstos -diferentes a aquellos cuando no había invierno brusco en noviembre, parecidos a éstos porque las gotas se pegan en la mugre de los vidrios y acá a la vuelta hay otro Adrián en conventillo o casa tomada- siguiera la carrera de su barco rojo publicitado por chocolate Águila; descalzo y desafiante, con los pies en el barro que se adhería al cordón. Nadie sabía como él de fríos, velas y ventanas sin burletes. Creíamos que jugaba con ventaja. Siempre estuvimos equivocados.
El mejor siempre era el papel de fotografía. Flexible lo justo, impermeable, como la mejor madera para la balsa que levantaríamos para cruzar del otro lado. No había forma, igual, de concretar semejante hazaña y doblar alguna foto blanco y negro para que nuestro buque derrote al enemigo en el bravo curso de agua empedrada. Nos conformábamos con las revistas de alguna tía que compraba La Nación o El Día y que, después leídos -miércoles o jueves, porque se leía en varios días-, lo pasaban entre semana. Así los barcos se podían armar de a uno, sin tener que estar pendiente de su inevitable hundimiento a medida que se arrastraban hasta la boca de tormenta de la esquina.
El agua caía con dirección 62, 61, sur a norte. Las grietas de los adoquines formaban oleadas como las que los veleros sufren en cada sudestada cuando, río adentro, buscan la costa uruguaya sin demasiado temor. No valía soplar ni tampoco meter mano si, simulando una ballena perdida, el barquito ponía proa al este, se anclaba y quedaba bajo la rueda del 275 que todavía pasaba por calle 11; o si, para peor, alguna rama caída simulaba la zanja de Alsina. Se libraba una estratégica batalla naval en la que nos jugábamos la supervivencia y la de nuestros imaginarios tripulantes.
Hay una tarde sin registro de calendario. Tuvo que haber sido un domingo igual a este y con suspensión de los partidos. Esos eran los días de mayor participación. El faltazo obligado a la cancha de unos u otros -pinchas o triperos- llevaba, sin almuerzo ni merienda, al ansiado round que se desafiaba en el cordón de la vereda.
Petulante, hoy abogado venido a menos, el vecino al que poco conocíamos porque iba de local y visitante, se presentó sin saludar. Sacó un playmobil sin manos ni pelo y lo puso sobre el velero de mayor "gramaje" jamás visto. El muñeco se desplegaba al ritmo del agua, altanero, como el llanero solitario en su indomable caballo. Llegó al final, invicto, arrogante y ganador. Nunca vimos nada igual. Ni siquiera le importó el triunfo; sólo hacernos saber que, si se lo proponía, jugaríamos por el segundo puesto. Siempre.
Adrián, no. Adrián se le enojaba. Le ponía cara de orto. Vivía en el conventillo de la esquina. Nadie lo decia, pero con la mirada inocente que esa edad empieza a codificar ciertos gestos de valentía, admirábamos que, en días como éstos -diferentes a aquellos cuando no había invierno brusco en noviembre, parecidos a éstos porque las gotas se pegan en la mugre de los vidrios y acá a la vuelta hay otro Adrián en conventillo o casa tomada- siguiera la carrera de su barco rojo publicitado por chocolate Águila; descalzo y desafiante, con los pies en el barro que se adhería al cordón. Nadie sabía como él de fríos, velas y ventanas sin burletes. Creíamos que jugaba con ventaja. Siempre estuvimos equivocados.
Derivas:
2014,
bocetos,
primera persona
domingo, 12 de octubre de 2014
Territorios
Hay
veces, ocasiones, momentos -los menos de los más, pero impermeables-
que un pedazo de historia puede ser eso, una historia, no por la
historia en sí y su trama, sino por el espacio ocupado y habitado
-nuestro causal territorio- durante su lectura.
La olvidable historia del relato es lo que refuerza la historia de su lectura; el lugar, inolvidable, donde te abordé y te abracé.
La olvidable historia del relato es lo que refuerza la historia de su lectura; el lugar, inolvidable, donde te abordé y te abracé.
Derivas:
2014,
bocetos,
primera persona
viernes, 5 de septiembre de 2014
Dal Masetto
La primera vez (la primera en serio) que
escuché hablar de este tipo no contaba 22, 23. Y hay dos virutas: o en
los entuertos de jueves que armábamos después de FM Récord con esa
cerveza que le decíamos MP, en el kiosco de 57 de un tal "Uruguayo",
asomando la cervecería Alemana; o en el pasillo verde de 50 casi 6,
codo en equilibrio entre la Farmacia Berri y el Bazar X. Ahí está la
casa, aún; el kiosco enfrente, aliado de Don Satur's, Philip's y más
cervezas; su pasillo, el ventanal frentista y, al fondo, el ascensor
testigo de prácticas hoy irrepetibles.
Entre esa banda, había un par de amigos y conocidos que ya despuntaban el lenguaje del html previo a blogs, redes y comunidades 2.0. Juntacadáveres punto algo le habían puesto a la página. Y Dal Masetto asomaba para unos cuantos.
Drama sobre drama
(...) "Otro vaso.
'Tal vez lo mató la tristeza y la impotencia. Me había olvidado del episodio, pero con el psicoanálisis volvió a aparecer todo'.
'Suele suceder'.
'No me gusta haberlo recordado'.
'¿Su psicoanalista qué le dice?'.
'Nada, nunca dice nada'.
'Ya le dirá algo algún día'.
'Eso espero'.
'Tenga fe'." (...)
Entre esa banda, había un par de amigos y conocidos que ya despuntaban el lenguaje del html previo a blogs, redes y comunidades 2.0. Juntacadáveres punto algo le habían puesto a la página. Y Dal Masetto asomaba para unos cuantos.
Drama sobre drama
(...) "Otro vaso.
'Tal vez lo mató la tristeza y la impotencia. Me había olvidado del episodio, pero con el psicoanálisis volvió a aparecer todo'.
'Suele suceder'.
'No me gusta haberlo recordado'.
'¿Su psicoanalista qué le dice?'.
'Nada, nunca dice nada'.
'Ya le dirá algo algún día'.
'Eso espero'.
'Tenga fe'." (...)
Derivas:
2014,
bocetos,
primera persona
viernes, 29 de agosto de 2014
Conurbano
Aún recurriendo al facilismo de "googlear" el nombre del libro, su autora y algún que otro dato, pocas son las críticas escritas sobre la historia en cuestión. Y todas se vuelcan insistiendo sobre el lugar común: los prejuicios sobre una autora ganadora del "Emecé" y el precio de saldo de la novela, instancia repetida en el mercado masivo de la literatura.
Después, se sabe, todo lo que venga será lectura: uno y el libro, nosotros y la historia, la implicancia con el devenir de la trama y las vivencias de personajes que, en este caso, fuerzan unidad en esteteotipos, a veces necesarios, dentro de una barriada del Gran Buenos Aires.
Entonces hay un momento en el que se aproxima el cierre del círculo, cien veinte páginas más adelante: "A veces pasan cosas así. Es sólo un instante en que todo cambia sin explicación. No son cambios que duren pero ilusionan en que todo va a empezar a andar mejor", incita la autora.
Un reencuentro, una noche de Reyes entre copas que parecía olvidada en la cotidianeidad de Turdera para Laura y Germán, el breve goce, la escapada a la Costa que se presume iniciática para la pareja, poco más; el enojo de Germán, su caminata en madrugada buscando la soledad de los bares, la ceguera inocente de Laura que prefiere oler insomnio en los gestos de una relación terminada...
Como se sospecha, la trama vuelve a los otros personajes. La autora invita a inferir el futuro de lo que omite con la facilidad de desentenderse en el nudo de la trama, cuando más actitud demandaba; y Laura y Germán, a mitad de camino. Poco y nada.
Derivas:
2014,
bocetos,
primera persona
miércoles, 6 de agosto de 2014
Despedida, dolor dulce
Lo que queda es el rito ese del
final, que apenas asomaba como una mueca más del “principio del fin” que
amagaba el Indio (bardo mediante) desde los Villa María de la curva
final de los '90. Pero fue Córdoba el último: el ahora “viejo Chateau”,
40 mil tipos que hoy se antojan la nada con los encuentros del
espectáculo y el Indio de la posmasividad solista, y “Un ángel para tu
soledad” como último acorde, anticipando lo que estaba al caer; la
soledad que los ricoteros tradujeron en el grito de guerra que ancló con
Skay en Mar del Plata al otro año: “Sólo les pido que se vuelvan a
juntar”.
Pero no se juntaron. Y está bien. Y lo compartimos entre muchos: colegas, amigos y hasta conspicuos redondos. La historia del grupo se refleja perfecta y el eventual retorno no sería más que otro callejón sin salida.
Más de uno guarda aún el recorte del “Sí” que anunciaba a Los Redondos tocando en Santa Fe en el diciembre que después se grabaría en el 19 y 20. El anticipo que quedó en eso. Días antes, el Indio, Skay y la Negra Poli firmaban una carta que ofrecían en exclusiva, y en tapa, a la revista La García (el mejor “refugio” en medios gráficos que la banda encontró en su último traspaso generacional) para contar que “la situación del país” obligaba a cancelar el show previsto para aquel diciembre. Aunque los excedía el país, claro. No es difícil oler, tanto nervio después bajo el melodrama, que la cocina del “año sabático” anunciado y la definitiva separación ya se sentía a punto hervor.
El recorte/afiche no es el único tesoro que aún queda de aquella parábola Córdoba/Santa Fe de cuatro meses; los “piratas” lo fueron y lo siguen siendo para cualquier redondo con años encima (Paladium, Stud, el Cemento con Prodan, Barco María, los Obras, los inéditos de las noches de escape en el Go! marplatense: infinitos) y batallas de días descolgados. El de ese Córdoba 2001 guarda uno casi único. “Cómo la están pasando”, pregunta Solari entre tema y tema. Para la respuesta, mejor auriculares y el “pirata” al mango hoy a la mano en YouTube. Lo sinceran de abajo: “Una cagada, Indio: no venden vino en la villa”.
Todo muy celoso, de antemano se sabía que prohibirían vender cerveza, fernet y lo que venga cerca del Estadio. Venta, no. Alcohol, sí. Y mucho. El bondi que fletó Leo en 48 casi 13 se cargó el viernes temprano. Salimos con demora de ahí mismo, sobre la vereda del Consulado italiano en La Plata. En el pasillo, después de la primera doble fila donde más de uno ya roncaba de la caravana del mediodía, se estacionaban cuatro heladeras repletas que debíamos ir saltando simulando una rayuela para llegar al fondo. La cafetera, sobre la puerta del baño, no tenía café ni agua; olía uvas. Los del fondo habían hecho el imaginable trasplante.
Varios todavía pedimos la captura de Leo. Despojado de interés en Los Redondos, organizó un almuerzo “a la canasta” en un descanso entre Rosario y Córdoba para sumar en la caja final. El cuelgue y la siesta casi nos deja sin nada: llegamos a la puerta del Chateau una hora antes, con la avanzada de la policía en pleno auge.
Para los que la evitaron, hubo un recital: el festejado arranque a puro saxo con “Golpe de suerte” (Unos pocos peligros sensatos); mucho Momo Sampler por ser el último CD editado; y los históricos al final: “Juguetes perdidos”, “Preso en mi ciudad”, “Noticias de ayer” y “Jijiji”, que no coronó la noche. Se sabía. No eran ni venían tiempos de sonrisas duras.
Pero no se juntaron. Y está bien. Y lo compartimos entre muchos: colegas, amigos y hasta conspicuos redondos. La historia del grupo se refleja perfecta y el eventual retorno no sería más que otro callejón sin salida.
Más de uno guarda aún el recorte del “Sí” que anunciaba a Los Redondos tocando en Santa Fe en el diciembre que después se grabaría en el 19 y 20. El anticipo que quedó en eso. Días antes, el Indio, Skay y la Negra Poli firmaban una carta que ofrecían en exclusiva, y en tapa, a la revista La García (el mejor “refugio” en medios gráficos que la banda encontró en su último traspaso generacional) para contar que “la situación del país” obligaba a cancelar el show previsto para aquel diciembre. Aunque los excedía el país, claro. No es difícil oler, tanto nervio después bajo el melodrama, que la cocina del “año sabático” anunciado y la definitiva separación ya se sentía a punto hervor.
El recorte/afiche no es el único tesoro que aún queda de aquella parábola Córdoba/Santa Fe de cuatro meses; los “piratas” lo fueron y lo siguen siendo para cualquier redondo con años encima (Paladium, Stud, el Cemento con Prodan, Barco María, los Obras, los inéditos de las noches de escape en el Go! marplatense: infinitos) y batallas de días descolgados. El de ese Córdoba 2001 guarda uno casi único. “Cómo la están pasando”, pregunta Solari entre tema y tema. Para la respuesta, mejor auriculares y el “pirata” al mango hoy a la mano en YouTube. Lo sinceran de abajo: “Una cagada, Indio: no venden vino en la villa”.
Todo muy celoso, de antemano se sabía que prohibirían vender cerveza, fernet y lo que venga cerca del Estadio. Venta, no. Alcohol, sí. Y mucho. El bondi que fletó Leo en 48 casi 13 se cargó el viernes temprano. Salimos con demora de ahí mismo, sobre la vereda del Consulado italiano en La Plata. En el pasillo, después de la primera doble fila donde más de uno ya roncaba de la caravana del mediodía, se estacionaban cuatro heladeras repletas que debíamos ir saltando simulando una rayuela para llegar al fondo. La cafetera, sobre la puerta del baño, no tenía café ni agua; olía uvas. Los del fondo habían hecho el imaginable trasplante.
Varios todavía pedimos la captura de Leo. Despojado de interés en Los Redondos, organizó un almuerzo “a la canasta” en un descanso entre Rosario y Córdoba para sumar en la caja final. El cuelgue y la siesta casi nos deja sin nada: llegamos a la puerta del Chateau una hora antes, con la avanzada de la policía en pleno auge.
Para los que la evitaron, hubo un recital: el festejado arranque a puro saxo con “Golpe de suerte” (Unos pocos peligros sensatos); mucho Momo Sampler por ser el último CD editado; y los históricos al final: “Juguetes perdidos”, “Preso en mi ciudad”, “Noticias de ayer” y “Jijiji”, que no coronó la noche. Se sabía. No eran ni venían tiempos de sonrisas duras.
Derivas:
2014,
bocetos,
primera persona
sábado, 2 de agosto de 2014
Oler a tigre
Alguna mente afriebrada en ricota sabrá bien la fecha, que para mi no sale de 1999 y 2000. Ya había internet, existía una página bien de culto (patriciorey.com) que permitía no extrañar las recorridas desde el 1000 de Corrientes a la caza de Pelo's y Generaciones X, los correos se mandaban por cuentas como Uol o Topmail, pero ni por asomo las dinámicas audiovisuales que todavía se hegemonizaban en la tele de cualquier comedor o living. Y, entonces, en ese '99 o 2000, una agrupación de Bellas Artes presentaba no sé qué carajo para las elecciones con un gancho en la convocatoria: podíamos ver "ese recital que había hecho el Mono" cuando Los Redó' todavía tocaban en La Plata. Y fuimos, y nos preparamos, y llegamos tempranísimo para que nada, ni nadie, pudiera afectar e intervenir los nervios durante los 30 y pico de minutos que estaban al caer. Esos minutos, que serían horas para nosotros, que encima colgaban yapa: el detrás de escena de Grafikar para el montaje de la navajita de "Ultimo bondi" y los amuletos de "Momo". Ya no hace falta hacer la cola en La Vitrola.
Derivas:
2014,
bocetos,
primera persona
viernes, 18 de julio de 2014
Yicas
Lo pronunciaba con la misma tonada; siempre. Fruncía los labios, desgastados por años de calor misionero, y amagaba una mentirosa resignación cada vez que lo contaba.
“Las yicas no eraaaaaaaaaaaan mías. Si io apenas que miraba cómo alquilaaaban ese cuartito”.
El secreto era de los iniciados, los que lo conocieron cuando laburaba la parrilla en el tablón encajado al costado de la doble puerta grande.
Cuando Mario llegaba cada mañana de Gorina, el frigorífico que le canjeaba chorizos, achuras y tapa para que el negocio le cerrara, Silvia era la última en irse. Se tenían confianza. No había desamor ni ánimos de reconciliación, pero era la única que cumplía la orden nunca ordenada de desconectar las bombitas rojas que ambientaban el bulo, entre el baño y la barra de adentro, al enfocarse imbatible la luz externa.
El secreto era de los iniciados, los que lo conocieron cuando laburaba la parrilla en el tablón encajado al costado de la doble puerta grande.
Cuando Mario llegaba cada mañana de Gorina, el frigorífico que le canjeaba chorizos, achuras y tapa para que el negocio le cerrara, Silvia era la última en irse. Se tenían confianza. No había desamor ni ánimos de reconciliación, pero era la única que cumplía la orden nunca ordenada de desconectar las bombitas rojas que ambientaban el bulo, entre el baño y la barra de adentro, al enfocarse imbatible la luz externa.
Antes de Silvia, Irma, Florencia y la hija de una de las vecinas de la GNC de la entrada, salían a las cinco, cuando llegaba el Dueño a buscar lo suyo y no había chances de rastros sobre la ruta, que era eso que suelen llamar “boca de lobos”.
El día que empezaron los aprietes con la cana de la zona (no por benevolencia con las mujeres, sino por baja de colaboraciones), supo que la forma de seguir era subcontratar el espacio para otras actividades. Lo remarcaba, incluso a grito pelado (lo que le costaba muy poco) si su noche lo exigía, generando esa falsa expectativa de la iniciativa permanente: “Ampliar el negocio; renovarse siempre. A esto le falta una lavada de cara”, sugería.
Mario lo ubicaba de la salida de Corrientes. Una casualidad de terceros los cruzó esa madrugada de poca Gendarmería en la frontera de Libres. Salía con el camión a primera hora y le subió lo suyo en la parte de atrás del acoplado. Estaban las cuatro, flacas, muy cambiadas al aspecto que Mario fue viendo con los años cada una de las mañanas que entraba con los ganchos, el carbón y la carne para activar el segundo turno del bulo. Ahí estaban: Silvia, Irma, Florencia y Paola, la más jovencita de todas, la que se enamoró del corredor de caños de Brandsen: los distanciaba la edad de padre e hija, pero la necesidad los llevó a fundar la primera GNC de la zona, cuando las conexiones truchas de gas se hegemonizaban en talleres y gomerías.
El Dueño siempre se mostró convencido, aún después de la separación que dejó una muerte de pocas explicaciones. “Método casero, hombre”, decía. “Es el futuro que viene: con lo que costará la nafta dentro de poco, cuando Sadam derroque a los yanquis tirando los ‘caza’ contra las Torres Gemelas, el que no tenga este tubito – y cada vez que lo hacía señalaba el motor- y este tanque, no tendrá piernas para juntar tantas pedaleadas”.
Husein no ganó la guerra ni los norteamericanos fueron derrotados. La parrilla, hace años, funciona sobre el terreno de la antigua GNC, ya sin bulo y con las mujeres exiliadas tras la revuelta y la repercusión en los diarios regionales.
Mi viejo aún rinde cuentas por las fotos de aquella tapa.
Derivas:
2014,
bocetos,
primera persona
jueves, 22 de mayo de 2014
Zimmerman
La
acción de salir, viajar, desplazarse, orienta un precepto -y no hace
falta hurgar en la literatura de rasgo nómade más contemporánea- que se
antoja habitual: la migración personal supone el raje instintivo y
primario para desnaturalizar el "hábito o costumbre de hacer algo
maquinalmente", según el laconismo RAE; en términos de obligación, todo
lo que no queremos.Así, se transforman cotidianos los saludos que tres o cuatro en una moto le infieren al vecino llevando cada mañana los pibes al colegio, como los reducidores de esas mismas rutas que hacen de la Caminera una AFIP paralela con anuencia provincial: cinco controles en algo menos de 300 kilómetros incitan la benevolencia recaudatoria.
Puede darse que un Zimmerman sexagenario sea descendiente de dos desconocidos hermanos empresarios de Zapallar, secuestrados cincuenta años antes por el protagonista del ensayo que venías leyendo, cuando el tipo, aquel familiar, te alzó al pasar la rotonda hasta la ciudad que corona a Solari como capitán de otro tiempo.
Pero la ricota también se pudre: es en esa misma novela donde se tientan de actualidad inconclusa los mismos quilombos sociales de ayer.
"En las áreas algodoneras el cultivo de algodón es reemplazado por el cultivo de cereales, especialmente maíz y trigo, que requieren una menor cantidad de mano de obra y cuyos precios son más remunerativos. La consecuencia social de este proceso es la desocupación creciente y la aparición de villas miseria en los alrededores de las ciudades chaqueñas y santafesinas (...) La economía doméstica tradicional crea, así, nuevas ataduras con el mercado donde el indígena concurre periódicamente a ofrecer sus productos y cambiarlos por mercancías que la nueva sociedad ha hecho indispensables para al nativo".
Roberto Carri, "Isidro Velázquez: Formas prerrevolucionarias de la violencia".
Derivas:
2014,
bocetos,
primera persona
miércoles, 14 de mayo de 2014
Ese vocablo
Una palabra -mística- que resuena tan
intangible como su caprichosa existencia, como un legado "sobrenatural"
que no soportaría, ni siquiera, la explicación racional más ordinaria;
un modo, más necesario que común, para tratar de entender la
lógica de eso que ocurre en un momento determinado, en algún lugar, con
infinidad de situaciones. Quizás hasta sea más simplista: creer y
alcanzar lo que parece imposible.
Se la puede buscar hoy mismo. Podría estar, lo sabrán ellos, en la afonía de los citizens de Manchester reimprimiendo la historia de una ciudad en eterno colorado; o, acá a la vuelta, en el Prado montevideano, a punto el Wanderers de Francescoli de dejar sin nada a los que siempre ganan todo por allá.
O resumirse en un abrazo; el genuino que nace de los golpes que más se recuerdan por dolorosos. Difíciles, pero nunca definitivos: son los que anuncian la victoria que más se disfruta. De eso se trata el reloj del día a día: la convicción para levantarse y revertir lo escriturado. ¿"Nunca hay que dejar de creer", era, no?
Aquel gesto de 2006, contra los mismos de siempre, aunque se antojen con colores, bandas y franjas, en direcciones opuestas.
Se la puede buscar hoy mismo. Podría estar, lo sabrán ellos, en la afonía de los citizens de Manchester reimprimiendo la historia de una ciudad en eterno colorado; o, acá a la vuelta, en el Prado montevideano, a punto el Wanderers de Francescoli de dejar sin nada a los que siempre ganan todo por allá.
O resumirse en un abrazo; el genuino que nace de los golpes que más se recuerdan por dolorosos. Difíciles, pero nunca definitivos: son los que anuncian la victoria que más se disfruta. De eso se trata el reloj del día a día: la convicción para levantarse y revertir lo escriturado. ¿"Nunca hay que dejar de creer", era, no?
Aquel gesto de 2006, contra los mismos de siempre, aunque se antojen con colores, bandas y franjas, en direcciones opuestas.
Derivas:
2014,
bocetos,
primera persona
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






