sábado, 30 de julio de 2011
Montevideo
La ciudad tilda de bizarra. Pero antes es un manicomio sin cura ni enfermos; un gran Bordaland al aire libre; como un domo sin techo con el río como único rebote: hay pocos semáforos y el peatón puede jugar a la Pantera Rosa sin riesgos; los baños de los bares son mixtos; la policía en la calle no deja verse; nadie camina con el celular en la mano... Y hasta te sucede de caer de improviso al Barrio Sur y quel "Lobo" Núñez y su hijo te inviten un asado en el corazón del tamboril afro-uruguayo.
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miércoles, 29 de junio de 2011
Y el planeta perdió el equilibrio

El grande de Córdoba fue siempre Taaaaalleres. No por convocatoria ni destino natural, y aún siendo fundado varios años después que Belgrano. Fueron los equipos de la segunda mitad de la década del '70 los que formatearon por años a la "T" en esa dirección.
Incluso también, y es digno de mención, siendo el Cele el primero en mediar en los Nacionales representando a la provincia. Pero las buenas campañas y la constancia de su clásico en el mano a mano con los grandes de Buenos Aires, transformaron el deseo en obligación: Córdoba, la de la prosperidad agropecuaria, el desarrollo industrial, metalúrgico y automotriz, la estabilidad laboral y luego el Cordobazo, se debía el título. Y Talleres era la matriz necesaria para redimir, de una vez, los logros que Santa Fe ya había obtenido atada a los fuertes de Rosario y el Interior: Central y Ñuls.
Como Boca y Estudiantes en la Libertadores, Belgrano tuvo su "descapocable"
Se fueron y volvieron. Del '96 a 1998, con las finales ante Aldosivi; las reválidas ganadas frente Quilmes en 2000 y 2001; y el que era su último regreso tras el descenso de 2002, con los dos partidos de la compinche Promoción venciendo a Olimpo en el invierno de 2006.
Hubo tercera. Y fue la vencida. La más difícil. Pero perpetua, inocua, indeleble. No alcanzó contra Racing y Central, cerca, ahí. Otra vez ahí. Y de nuevo el estigma. La ruleta de rivales lo cruzaba, apenas por nombre esta vez, con la peor de las encrucijadas.
"¿Será de dio', cuuuuuliaaao? ¡Racing, Rooooosario... ahoraaaaaa River!". Sentir vital de cualquiera de sus hinchas. Era cara o cruz, contra el grande de los grandes, el que nunca había descendido.
Hubo momentos para ello, dos, tiempos en el que los planetas parecieron acomodarse como siempre decretó la historia del fútbol argentino: el penal que dibujaba un Pavone confiado, duro, aguerrido, dispuesto al gol y la posterior goleada, que quedó apenas en eso, tirito y manos de Olave; o el huidizo mano a mano de Pereyra, lejos de su picante apodo para definir, que terció el recuerdo de Bustos en Avellaneda, cuando a poco estuvo de enmudecer 36 meses antes como el Monumental.
El final integra desde hace horas los libros de las mejores hazañas, esas que más cuestan y, por consiguiente, más se disfrutan; como los labios esquivos que alguna vez dejan de resistirse. Y allí Belgrano, que encuadernó su página más trascendente de eso que, azaroso, dieron en llamar lo más importante de los menos importante de la vida. Ni ellos deben tener noción del desequilibrio causado.
Incluso también, y es digno de mención, siendo el Cele el primero en mediar en los Nacionales representando a la provincia. Pero las buenas campañas y la constancia de su clásico en el mano a mano con los grandes de Buenos Aires, transformaron el deseo en obligación: Córdoba, la de la prosperidad agropecuaria, el desarrollo industrial, metalúrgico y automotriz, la estabilidad laboral y luego el Cordobazo, se debía el título. Y Talleres era la matriz necesaria para redimir, de una vez, los logros que Santa Fe ya había obtenido atada a los fuertes de Rosario y el Interior: Central y Ñuls.
Córdoba no podía ser menos. Debía y no podía: 4to. en el '74; semifinalista en el '76 y el '78, apenas eliminado por River e Independiente; 3ro. en el '80; ni siquiera arrodillando a los Rojos, de local, en la Boutique y con todo a favor, la noche que ocho fueron más que once y el empate con trucos de Bertoni y Bochini privaron a la provincia del título oficial que a nivel nacional nunca llegaría.
Talleres era sinónimo de Córdoba. Valencia, Galván y Baley representaban a la Selección en mundiales consecutivos. Y hasta la AFA reconocía esos méritos y lo ascendía vía decreto a los torneos que los porteños jugaban anualmente, ese Metropolitano luego constituído como el certamen oficial de Primera. La mano que también beneficiaría a Instituto y Racing al poco tiempo. Nunca a Belgrano.
De allí, especulemos, la sinonimia con los piratas. Belgrano (el Celeste, como el mar que navegaban los corsarios), el excluído de la fiesta grande, fue forjando su propio cuento, como aquellos que le ganaron el mote popular al club a fuerza de buscar, en terrenos aledaños a su prehistórica cancha, los materiales necesarios para jugar los días de partidos: alambres, varillas y postes. "Pirateadas" que, narra la historia, contaba con la inequívoca devolución de cada uno de los elementos al terminar cada match.
Muecas del fútbol, todo lo pirateaban menos algo: el decreto de privilegio triplicado para sus vecinos, el original, no traia la contraseña. Optó, entonces, por el camino más largo.
Talleres era sinónimo de Córdoba. Valencia, Galván y Baley representaban a la Selección en mundiales consecutivos. Y hasta la AFA reconocía esos méritos y lo ascendía vía decreto a los torneos que los porteños jugaban anualmente, ese Metropolitano luego constituído como el certamen oficial de Primera. La mano que también beneficiaría a Instituto y Racing al poco tiempo. Nunca a Belgrano.
De allí, especulemos, la sinonimia con los piratas. Belgrano (el Celeste, como el mar que navegaban los corsarios), el excluído de la fiesta grande, fue forjando su propio cuento, como aquellos que le ganaron el mote popular al club a fuerza de buscar, en terrenos aledaños a su prehistórica cancha, los materiales necesarios para jugar los días de partidos: alambres, varillas y postes. "Pirateadas" que, narra la historia, contaba con la inequívoca devolución de cada uno de los elementos al terminar cada match.
Muecas del fútbol, todo lo pirateaban menos algo: el decreto de privilegio triplicado para sus vecinos, el original, no traia la contraseña. Optó, entonces, por el camino más largo.
Córdoba se mostraba con el trío conocido: Talleres, Instituto y Racing, que hasta se le animó al desafío de aquel estigma provincial trepando a la definición del Nacional '80 ante Central. Hasta que los Piratas llegaron. Primero en 1991, eliminando a Banfield en la definición del Reducido que lo ponía en Primera tras años de grises y lo cruzaba, trascendente como aquello, con su primo de la "T" pero en versión color. Aquel Celeste vestido de Topper y Yastá en el pecho, el de medias y pantalones negros, de Sodero, Heredia, Luis Sosa, Spallina y Monserrat; el Diablo, el de la Selección, campeón en San Lorenzo y... en River.
Como Boca y Estudiantes en la Libertadores, Belgrano tuvo su "descapocable"Se fueron y volvieron. Del '96 a 1998, con las finales ante Aldosivi; las reválidas ganadas frente Quilmes en 2000 y 2001; y el que era su último regreso tras el descenso de 2002, con los dos partidos de la compinche Promoción venciendo a Olimpo en el invierno de 2006.
Hubo tercera. Y fue la vencida. La más difícil. Pero perpetua, inocua, indeleble. No alcanzó contra Racing y Central, cerca, ahí. Otra vez ahí. Y de nuevo el estigma. La ruleta de rivales lo cruzaba, apenas por nombre esta vez, con la peor de las encrucijadas.
"¿Será de dio', cuuuuuliaaao? ¡Racing, Rooooosario... ahoraaaaaa River!". Sentir vital de cualquiera de sus hinchas. Era cara o cruz, contra el grande de los grandes, el que nunca había descendido.
Hubo momentos para ello, dos, tiempos en el que los planetas parecieron acomodarse como siempre decretó la historia del fútbol argentino: el penal que dibujaba un Pavone confiado, duro, aguerrido, dispuesto al gol y la posterior goleada, que quedó apenas en eso, tirito y manos de Olave; o el huidizo mano a mano de Pereyra, lejos de su picante apodo para definir, que terció el recuerdo de Bustos en Avellaneda, cuando a poco estuvo de enmudecer 36 meses antes como el Monumental.
El final integra desde hace horas los libros de las mejores hazañas, esas que más cuestan y, por consiguiente, más se disfrutan; como los labios esquivos que alguna vez dejan de resistirse. Y allí Belgrano, que encuadernó su página más trascendente de eso que, azaroso, dieron en llamar lo más importante de los menos importante de la vida. Ni ellos deben tener noción del desequilibrio causado.
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jueves, 23 de junio de 2011
El sueño de todos: ¡Campeón!

Ahora que volvió tras 16 años, unos apuntes anecdotarios sobre Russo y un fotógrafo platense que escribí en 2006 cuando le dimos vuelta la final a Boca.
Bilardo lo volvió a reconocer después de más de siete años, una tarde en el Country, en uno de los tantos entrenamientos que llevarían a Estudiantes a lograr la estrella del '82. El tipo, algo cambiado, con varios kilos encima producto de festejos, casamiento, trabajo y vida doméstica, tenía que hacer una producción fotográfica para El Día.
- "Necesito a todos los jugadores sentados en el travesaño", le sugirió al entrenador con algo de vergüenza. Sabía que el equipo de Bilardo era puntero del campeonato y hasta ahí venía con el arco invicto.
- "No, no, no... 'tas en pedo".
El técnico no ocultó su habitual nerviosismo, que profundizaba ahora por el sinsentido escuchado.
- "Mirá si el domingo nos cagan".
Ante la insistencia la producción finalmente se hizo. El costo del convencimiento fue no romper la nueva costumbre, aunque ninguna cábala mal aplicada, desobediente, podría romper la campaña de los Ponce, los Sabella y los Trobbiani.
Unos días después, Bilardo se enteró de la buena nueva, tras un agónico triunfo ante Argentinos.
- "¿Es verdad que lo jodiste al Gordo el domingo y le tocaste la panza?".
No eran aún épocas de desbordes y pasiones mediáticas. El Country mostraba su habitual tranquilidad. El "5" dejó de correr, se secó la cara y se acercó al técnico.
- "Sí, hace mucho que lo hacemos".
- "Entonces lo quiero acá todos los jueves. De acá hasta el partido con Talleres. Pero que no falte. Y no seas pelotudo de olvidarte". Bilardo no dejaba pasar ninguna.
El Gordo, claro, declarado Pincha como era, habitué de la ochava de 115 en los '60 y los '70, no dudó: todo sea por el campeonato y por Estudiantes.
Con el tiempo la rutina daría los resultados esperados. Y tal vez el Narigón todavía crea que el título fue el producto exacto de la comunión entre la mano derecha del capitán de su equipo y la naciente panza de un reconocido fotógrafo del diario El Día.
Russo volvería a La Plata ya como técnico de Lanús para repetir la suerte del bicampeonato de comienzos de los '80; y, lo más importante, le daría continuidad a la rutina con el fotógrafo para subir a Primera en el '95.
Perplejo quedé el miércoles, esperando a la gente de Estudiantes en la entrada local de Juan B. Justo, con la Topper del '83 entre la piel y un largo pullover, intuyendo que el sueño era posible, que las fotos amarillas del Gráfico y los videos con pocas ganas de rebobinarse podían volver a tener presente, cuando un apurado ayudante del cuerpo técnico de Vélez salió de la sala de prensa encarando a los gritos a mi viejo.
- "Gordo, apurate que Miguelito te espera en la confitería. Ta' hace más de una hora. Dale que somos campeones".
El, ansioso, se metió entre todos, se fue sacando los botones de la ajustada camisa y esperó el encuentro con la mano de Russo para volver a gritar como manda la historia: "Estudiantes campeón".
PD: Sobre el tema, dos recomendaciones: Lágrimas y Estudiantes, entre los mitos y la modernización.
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martes, 7 de junio de 2011
Futuras tintas derramadas en Capital
Foto: Florencia Del Gesso
Será en la Inrock, la Rolling, alguna que otra página recomendable de discos en alternancia de catálogo "independiente". Proceso natural de cualquier proyecto platense y aledaños con visión de ruptura.
Hace tiempo, largo, Pérez dejó de ser el secreto a voces de La Plata. Y una infidencia del que escribe: alguna vez de 2008, los descubrí como teloneros de la banda que había ido a ver y que nunca escuché intentando entender, detrás de escena, qué eran esos sonidos que había sentido minutos antes de los que nunca nadie me había susurrado nada.
La expectativa de la vuelta en Pura Vida tenía, entre tantas, una explicación temporal: no se presentaban desde el año pasado por la salud de su cantante. Y suena a obviedad: la convocatoria del viernes no refiere a la máxima del "tocar poco y acumular convocatoria", apenas un recurso de las bandas "consagradas" en términos de mainstream. Pérez volvió. Se los esperaba. Y convirtió una perdida madrugada de principios de junio con calles resbaladizas y fríos deleznables, en esas noches fundacionales que los tiempos de éxitos y críticas dulces del futuro pondrán por su propia inercia en la lista de sus mejores hitos.
Hace tiempo, largo, Pérez dejó de ser el secreto a voces de La Plata. Y una infidencia del que escribe: alguna vez de 2008, los descubrí como teloneros de la banda que había ido a ver y que nunca escuché intentando entender, detrás de escena, qué eran esos sonidos que había sentido minutos antes de los que nunca nadie me había susurrado nada.
La expectativa de la vuelta en Pura Vida tenía, entre tantas, una explicación temporal: no se presentaban desde el año pasado por la salud de su cantante. Y suena a obviedad: la convocatoria del viernes no refiere a la máxima del "tocar poco y acumular convocatoria", apenas un recurso de las bandas "consagradas" en términos de mainstream. Pérez volvió. Se los esperaba. Y convirtió una perdida madrugada de principios de junio con calles resbaladizas y fríos deleznables, en esas noches fundacionales que los tiempos de éxitos y críticas dulces del futuro pondrán por su propia inercia en la lista de sus mejores hitos.
Privilegios de unos cuantos pocos, el grupo de Sagasti, Lambert, Zabaljáuregui y Goldztein, los que desde su myspace nos provocan patentándose desde la "canción popular melodramática", entró en clima con la aún inédita "Chicos y chicas", tema de trance pos punk en guitarras nostálgicas justas para iniciar el camino de la hora y pico del directo. Acompañada por esa voz de Sagasti que parece surfear en paralelo cada una de las melodías para balancear la atmósfera melancólica con inspiraciones en clave pop.
Desde la intro, le siguió otra no editada ("Ola", luego "Hojas nuevas", de segura inclusión en el próximo trabajo), "Más", "Equilibrista", "Bailarinas" y "Ganas" (con "Puedo aguantar", el paso beatle del disco: "Y ahí estás, entre luces de menta y de mentol, te ves tan resuelta, desde la ranura de mis ojos te miro...").
Entre alguna Isenbeck o charlas que iban de la salida del baño a la barra del Vikingo, continuaron "Alguna vez", "Babia" (grado 0 en sintonía Radiohead: "Voy a pedirte que me acompañes, esta vez va a ser mejor, ya fue, nadie nos ve... no quiero saber cómo es, podemos escapar...") y los impredecibles "No era necesario", ahí donde el fraseo del cantante juega a imitar los saltos innatos del antiguo Citroën de la publicidad que acompaña la canción en YouTube, y "Libros y gente", el cierre de cada nuevo show que el público le impuso a la banda a fuerza de hit.
Entre alguna Isenbeck o charlas que iban de la salida del baño a la barra del Vikingo, continuaron "Alguna vez", "Babia" (grado 0 en sintonía Radiohead: "Voy a pedirte que me acompañes, esta vez va a ser mejor, ya fue, nadie nos ve... no quiero saber cómo es, podemos escapar...") y los impredecibles "No era necesario", ahí donde el fraseo del cantante juega a imitar los saltos innatos del antiguo Citroën de la publicidad que acompaña la canción en YouTube, y "Libros y gente", el cierre de cada nuevo show que el público le impuso a la banda a fuerza de hit.
Ese público que tararea como leyenda temas que por ese gesto se percibirían desde afuera como envejecidos, cuando apenas si asoman al ruedo, porque comulga la cadencia inocente de Sagasti como genuina; la convicción de creer que detrás de todo esto no hay ningún plan a futuro: nada más que buenas canciones para pasar el momento, el aquí y ahora. Esa actitud que se desprende de las mejores costumbres de la inocencia juvenil, como arrancada a personajes de las películas de Acuña (Nadar solo, Como un avión estrellado...), de que todo lo bueno no puede sino estar por venir, ya, ahora. Tan simple y modesto como el apellido genérico con el que se dan a conocer como queriendo ocultarse: Pérez.
* Publicado originalmente en Manjares en la Azotea.
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miércoles, 18 de mayo de 2011
El aroma de las masas

El perfume de la tempestad
Indio Solari y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado
(2010)
En tanto el mito trepaba alrededor de Los Redondos, hubo múltiples axiomas que se transformaron en manifiesto. Axiomas que Solari esmeriló estratégicamente para marginar siempre la obra del personaje; el arte del hombre; a Carlos del Indio. "Yo hablo a través de la estética, de la poesía; trato de no confrontar con mi obra", decía, palabras más o menos, inoculado de asepsia ante la posibilidad de tener que "explicar algo" sobre el arte redondo: las letras, la música, la producción, el detrás de algo.
Indio Solari y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado
(2010)
En tanto el mito trepaba alrededor de Los Redondos, hubo múltiples axiomas que se transformaron en manifiesto. Axiomas que Solari esmeriló estratégicamente para marginar siempre la obra del personaje; el arte del hombre; a Carlos del Indio. "Yo hablo a través de la estética, de la poesía; trato de no confrontar con mi obra", decía, palabras más o menos, inoculado de asepsia ante la posibilidad de tener que "explicar algo" sobre el arte redondo: las letras, la música, la producción, el detrás de algo.
Eso era Redondos. Diez años pasaron. ¿A través de qué nos habla hoy el Indio con el disco verde que completa la trilogía? Una hipótesis: si la obra y la multiplicidad de interpretaciones que interactuaban entre el personaje y las bandas vagaban libremente haciendo infinitas lecturas del fenómeno ricotero, hoy Solari parece hablarnos, o decir, mucho más en directo que por el espejo de una nueva obra.
¿Implica eso que su arte en formato CD no tenga ya más que decirnos? Nada más alejado. Aún con tres discos en seis años (desde el luzbelitiano y perpetuo Tesoro de los inocentes, a El perfume de la tempestad), el detrás de escena de cada convocatoria con Tandil como bandera no puede menos que eclipsar todo lo que venga.
Hoy Solari, su mito, su arte, el del hombre que en el escenario es un Jekyll con nick "Indio", nos interpela a través de su convocatoria: un vehículo de arte popular, de masas, que logra convertir una ciudad (me permito una licencia de diciembre hasta acá) en un Woodstock de 48 horas, con 80 mil personas interpelando a su modo aquel axioma iniciático del trip redondo, dejando que la vivencia y la poesía de Solari sean la herramienta para el viaje particular de cada uno de los ricoteros, de los antiguos y los nuevos. Aún sin entrar al estadio...
Con El perfume de la tempestad, de guiños redondos indisolubles en tracks como "Ceremonia en la tormenta" o "Black russian", Solari vuelve a la carga con su inalterable ambivalencia. Juega con esas posturas, tan contraculturales y posmodernas a la vez -posmodernas como norma indivisible de “no traducir la obra a códigos ideologizados”; prueba el gusto de lo prohibido; el aroma de la tempestad; el perfume del cambio. El Indio nos grita "Todos a los botes". Suplicio, prédica, que, como principio ambiguo que busca cuidarse de no confrontar con la obra, no sabemos aún si es una tempestad que augura nuevas estéticas en el futuro del artista o la esperanza de que el cambio social pueda traducirse más allá de las imaginarias revoluciones de antaño.
¿Implica eso que su arte en formato CD no tenga ya más que decirnos? Nada más alejado. Aún con tres discos en seis años (desde el luzbelitiano y perpetuo Tesoro de los inocentes, a El perfume de la tempestad), el detrás de escena de cada convocatoria con Tandil como bandera no puede menos que eclipsar todo lo que venga.
Hoy Solari, su mito, su arte, el del hombre que en el escenario es un Jekyll con nick "Indio", nos interpela a través de su convocatoria: un vehículo de arte popular, de masas, que logra convertir una ciudad (me permito una licencia de diciembre hasta acá) en un Woodstock de 48 horas, con 80 mil personas interpelando a su modo aquel axioma iniciático del trip redondo, dejando que la vivencia y la poesía de Solari sean la herramienta para el viaje particular de cada uno de los ricoteros, de los antiguos y los nuevos. Aún sin entrar al estadio...
Con El perfume de la tempestad, de guiños redondos indisolubles en tracks como "Ceremonia en la tormenta" o "Black russian", Solari vuelve a la carga con su inalterable ambivalencia. Juega con esas posturas, tan contraculturales y posmodernas a la vez -posmodernas como norma indivisible de “no traducir la obra a códigos ideologizados”; prueba el gusto de lo prohibido; el aroma de la tempestad; el perfume del cambio. El Indio nos grita "Todos a los botes". Suplicio, prédica, que, como principio ambiguo que busca cuidarse de no confrontar con la obra, no sabemos aún si es una tempestad que augura nuevas estéticas en el futuro del artista o la esperanza de que el cambio social pueda traducirse más allá de las imaginarias revoluciones de antaño.
* Un escrito para el número tres de Estructura Mental a las Estrellas.
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lunes, 2 de mayo de 2011
Siempre nos quedarán las hojas (amarillas)

A dónde va?
Qué?
El destino
dónde los anhelos?
Van?
Si perdemos cuando encontramos
y tenemos cuando perdemos
Surcan
¿Sabes?
Si anhelamos
cuando efímero
ahí damos cuenta
Van detrás de las hojas
amarillas
Sigo
abstraídas de tu camino
(otoño)
Corrés esa sombra
Mirás
(verano)
Van detrás de labios
que veo, lejos
Consuelo
las hojas
ciegan, enamoran
Las sigue
apresurado, ansioso
Doy cuenta
cuando las busca
aún doradas
(invierno)
Ese final
eran tus huellas
Las veo
(primavera)
Las flores
¿abrazan?
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miércoles, 20 de abril de 2011
67

Los años. O 67: el año.
El de Estudiantes. El de "la primera vez" de los que la jugaron por afuera y la remaron contra todo; contra los Boca y los River, los que por mandato ganaban a fuerza de árbitros, nacionales o extranjeros, a fuerza de ser "los elegidos": "Los chicos", como lugar común para muchos.
Hubo una tarde. Fundacional. Una que prefirió espiar hacia otro lado. Primero, clasificación y paseo a Gimnasia: 3 a 0 y a semifinales. Después, el eterno 4-3 a Platense. Goles ahí y en la final, la primera de todas, en la histórica goleada a Racing del Gasómetro. El mismo rival al que le recordamos con ironía qué es eso de "padres e hijos".
Y vendrían varias. Muchas. Inéditas para los tiempos que corrían. Acostumbradas, luego. Con Racing también, justo Racing, ese del invicto, de José, Perfumo, Basile y el Celtic; el campeón del mundo. Y vos ahí, para hacer bronce, cuando ni pensabas que tu apellido cruzaría la frontera 40 años y se grabaría en esos brazos que le ofrendaron al cielo la Copa en el Mineirao.
Y la Libertadores, la del '68, el año del Mayo Francés, los Beatles... la contracultura, las verdades demolidas... y Estudiantes. Sí: Estudiantes en la historia. En ese empate que fue victoria en el Monumental con tu chilena, cabalgando y aguantando el empuje de los que se creían invencibles y cayeron vencidos. Una vez más. Por vos y diez más que nos llevaron a la inédita final contra el Palmeiras de San Pablo.
Y ahí, sí. No hay videos ni imágenes que puedan ponerte a la par de aquel grito de Maradona a los ingleses con Víctor Hugo de fondo. Sólo algún recuerdo cuadro por cuadro blanco y negro de El Gráfico y no mucho más. O sí: el boca en boca de los que estuvieron. El boca boca de padres, abuelos, tíos mayores. La noche que nos tatuamos eso de "la mística" que ahora quiere ser monumento, la del 0-1/2-1 en siete minutos en los tablones de 57 y 1. La que cuentan los padres como ese inequívoco relato de medianoche.
- Vos no lo viste.... yo sí.
- Pero lo vi a la Bruja....
- La Brujita. Este es "Bruja". Y mirá: gambeteó, pasó a uno, a dos, de derecha a izquierda... los colgó a todos en la escoba. Fue Maradona antes de Diego; fue el gol a los ingleses antes de México. Y fue la Copa. La primera de todas. Antes que todos los "grandes". Antes que Boca, antes que River. Fue Verón. Fue la Bruja. Es Verón, la Brujita. Estudiantes. ESTUDIANTES, flaco, así, con mayúsculas.
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martes, 15 de marzo de 2011
¡David, andate ya!

Cito a Emebé sin permiso
Para los que vieron Malajunta de Alivertimeaburrís, recordarán el tramo de entrevista en que David Viñas hablaba del exilio (o el no-exilio en este caso). No recuerdo textual, pero decía que no se podía ir. "Yo no soy argentino, soy porteño. Y si me apurás, te digo que ni siquiera soy porteño, soy de la esquina de San Juan y Boedo". Y recordaba "las recomendaciones de mis amigos, que me decían '¡andate ya! ¡David, andate ya!'"
Y se fue...
PD: Debe haber sido, ésta, la última entrevista que le publicaron; en la Ñ de Clarín, bajo la sugestiva recomendación del Grupo: "Un intelectual no puede ser oficialista". Y, acá, la mordaz -pero no por corrosiva, ingeniosa, cruda como el que homenajea- despedida de Asís.
Para los que vieron Malajunta de Alivertimeaburrís, recordarán el tramo de entrevista en que David Viñas hablaba del exilio (o el no-exilio en este caso). No recuerdo textual, pero decía que no se podía ir. "Yo no soy argentino, soy porteño. Y si me apurás, te digo que ni siquiera soy porteño, soy de la esquina de San Juan y Boedo". Y recordaba "las recomendaciones de mis amigos, que me decían '¡andate ya! ¡David, andate ya!'"
Y se fue...
PD: Debe haber sido, ésta, la última entrevista que le publicaron; en la Ñ de Clarín, bajo la sugestiva recomendación del Grupo: "Un intelectual no puede ser oficialista". Y, acá, la mordaz -pero no por corrosiva, ingeniosa, cruda como el que homenajea- despedida de Asís.
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lunes, 7 de marzo de 2011
Historia de un imeil para un amigo
Ellos, los que como tantos a principios de siglo tuvieron milicos y curas entre los fundadores; dogmáticos, tipos de pistola y armas levantar, el ejemplo para “la alta”. Por eso lo de la esgrima, el cuerpo sano y los floretes, y nada de conversos pibes populares con ideas foráneas. Después los cuadernos en el tiempo quisieron interpretar otra página: la de los frigoríficos, la inmigración y una supuesta mutación de valores e ideales de una vereda a la otra. Humos.
De este lado, al frente, los que resistieron; los que por mandato de la historia se opusieron, vehementes, lacónicos: la generación que rompió con esos padres de olores conservadores que ya no los representaban para hacer una ciudad de fútbol, con un club de fútbol; para eso, ni más ni menos, y rumbear a los gustos deportivos y populares de antaño.
De ahí será –caprichoso: virtuoso para unos, fatídico para otros y cuentan los años- que eso que mencionan con la certeza de lo que nada explica (el destino) puso las trascendencias futboleras en el rincón de los bastones que homenajean a los primeros campeones del fútbol nuestro.
¡Si hasta vos sabés que llegaste a mi tierra para espiar qué era eso de la gloria! ¿O no fue recién en el ’24 cuando asomaste por ese lugar que colonizamos en 1907 y coronamos meses después? Ese año en el que vos apenas si aprendías a inflar pelotas y nosotros ensayábamos las vueltas que nos espiaste siempre, como esos nenes que miran con admiración al hermano mayor; esa y todas las que vendrían. Y mirá que fueron muchas…
Y como te vuelvo a cruzar, te cuento. Te cuento que una vez hice de local en tu casa, mucho antes del Estadio, cuando me diste tu cabecera un día de semana; o la tarde que hicimos tres y te llamaba, te decía, “vení, hermano, quedate, si compartimos hasta la cuadra”, y vos hiciste de la deserción la postal de la sombra. Y no me lo contaron. Si estaba ahí, viendo correr el aire de verano entre los tablones vacíos, mientras adentro gritaba un tipo de rulos, y un Pelado que después contó hasta siete se abrazaba con amigos al lado mío, sí, al lado mío, con el sol de frente, en el lateral de calle 60.
Hubo… no me acuerdo de todos aunque duerma con canas. Pero los asumo con revistas, videos, el cuento de sobremesa de algún amigo o familiar.
Porqué, mirá, los siete son un mojón. Enorme, único, irrepetible: lo sabés. Tanto que hasta hubo un tipo de negro que pensó en vos -lo repito porque ese día me dabas la espalda en silencio y a los padres no se los desprecia- y lo terminó un rato antes. Mirá: hasta un flaco alto, rubio, con raya al medio cruzada, iba y venía, aburrido el hombre, queriendo adelantar relojes.
Te decía de la goleada. Esa, mirá, es… qué se yo: la gente, las cámaras... nunca te noté tan dolorido como ese octubre. Pero, ¿y las del ’32 y el ’48?. O cuando metieron casi siete pero en tu casa, tiempito después de la olímpica en el Gasómetro. Ni los campeones de todo quisieron ser menos y también te mostraron cinco al hilo una tarde, en el ’71.
Porque hay cosas que me ponen tímido, que contártelas parecen de tipo fanfarrón… pero… trato que me entiendas… te aprecio y nos necesitamos, que entiendas la distancia... los siete partidos... uno en cinco años. Otros me dieron un cuaderno con fotos del día que quisimos apiadarnos, te jugamos en Lanús (ese del ’45) y ni así pudiste evitar que viéramos como volvías al lugar de segunda que más cómodo te queda. O cuando pensaste, ingenuo, que 57 y 1 te tenía reservada una vuelta…
Porque, mirá, yo quise explicarte que la razón es otra cosa y que los fundamentos tienen que comprobarse, viste -un amigo en común le dice base empírica-, no sea cosa que tengas que seguir creyendo que un grito aislado puede mover una ciudad como dijo un edificio de diagonal 80. No sea cosa que tengas que convencerte que la gloria no es tu fuerte. Por eso, acá estoy de nuevo y te doy la mano. Te la di hace 65 años, cuando tropezaste y quedaste debajo mío; para siempre; desde que nos vemos la jeta pelotazos de por medio y te dije "juguemos".
¿Qué más podés pedir?
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miércoles, 5 de enero de 2011
Escanlar, el de la Montevideo enchufada

Oí de él hace cinco años por uno de sus últimos cuentos, publicado en La Mano. Pero mejor que el cuento, lo que me quedó de aquella nota fue su escupida titulada "Montevideo Bizarro", una especie de manifiesto antibucólico de todo lo que el argentino espera encontrar del otro lado del río, esa Montevideo cándida, inocente, provinciana y con humores del hippismo más demodé de Polonio. Ese que, decía, o interpreto que decía porque nunca se lo oí gritar, iban a buscar las almas desenchufadas bienpensantes y comprometidas de Palermo y el correctismo argie de clase media en general.
Ahora, en estos tiempos de más que uno se fabrica en verano, leo contar la muerte de ese "pibe cabeza". Así lo homenajeó Martín Pérez en la nota de noviembre que encontré perdida entre la pila de Radares que se acumulan al costado del Aiwa. 48 años, nada más, los de este uruguayo que supo bajar del sacro cuanto toro mitificado quisiera poner los límites absolutos de lo bueno y lo malo, de lo "progre" y la barbarie, de la cultura de izquierda adquirida por herencia y lo políticamente incorrecto.
Su víctima predilecta pareció ser el intocable Mario Benedetti; recién amanecido y terminando una de sus habituales giras de noches demolidas, gordo, peludo, sin camisa, encaró el pupitre que le habían preparado al viejo oficinista en aquel Congreso de Casa de las Américas: “Cómo se atreve a aconsejar a los jóvenes si usted nunca lo fue. Usted cree que la vida se divide en blanco y negro, usted escribe puras mentiras”.
...
"Gané un concurso de periodismo en Brecha y mirá que mezquindad: el primer premio lo declararon desierto. Me dieron la primera mención (...) No nos entendíamos. Querían que escribiera y pensara igual que ellos. Y yo leía la Cerdos & Peces”.
...
“Justo cuando dejé la facultad, el semanario Aquí publicó una entrevista a Benedetti donde decía no sé qué de los jóvenes, medio que los puteaba, decía que estaban en otra. Y yo, que había leído al viejo en libros forrados para que los milicos no supieran que lo leía, que me había emocionado con La tregua y con Montevideanos, esperaba que hubiera vuelto un poco más generoso con nosotros, con los pendejos que lo llegamos a adorar y no tuvimos más remedio que comérnosla acá y que tratábamos de conseguir todo lo que hacía en Buenos Aires, o con algún amigo que viajara a Europa. Me calentó esa soberbia de don Mario y escribí una carta diciendo todas las cosas que estaban haciendo los jóvenes y que los viejos ninguneaban desde revistas como Brecha, sobre todo.”
...
“Estoy podrido. Cada vez que un diario o una revista argentina habla de Uruguay, lo hace con una mezcla de paternalismo y ternura, de piedad y buena onda (...) Primos del otro lado del río, están equivocados. Ese Uruguay de foto sepia y calma chicha que les vendemos y que ustedes, satisfechos y sonrientes, compran, ese Uruguay no existe (...) Pero si querés venir, vení. Montevideo Bizarro te espera con las luces apagadas. No vas a encontrar nada que no hayas visto allá, corregido y aumentado. Vas a encontrar, eso sí, un Uruguay más parecido a ustedes de lo que te gustaría. Más embarrado, más berreta. Y, también, más auténtico.”
Ahora, en estos tiempos de más que uno se fabrica en verano, leo contar la muerte de ese "pibe cabeza". Así lo homenajeó Martín Pérez en la nota de noviembre que encontré perdida entre la pila de Radares que se acumulan al costado del Aiwa. 48 años, nada más, los de este uruguayo que supo bajar del sacro cuanto toro mitificado quisiera poner los límites absolutos de lo bueno y lo malo, de lo "progre" y la barbarie, de la cultura de izquierda adquirida por herencia y lo políticamente incorrecto.
Su víctima predilecta pareció ser el intocable Mario Benedetti; recién amanecido y terminando una de sus habituales giras de noches demolidas, gordo, peludo, sin camisa, encaró el pupitre que le habían preparado al viejo oficinista en aquel Congreso de Casa de las Américas: “Cómo se atreve a aconsejar a los jóvenes si usted nunca lo fue. Usted cree que la vida se divide en blanco y negro, usted escribe puras mentiras”.
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"Gané un concurso de periodismo en Brecha y mirá que mezquindad: el primer premio lo declararon desierto. Me dieron la primera mención (...) No nos entendíamos. Querían que escribiera y pensara igual que ellos. Y yo leía la Cerdos & Peces”.
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“Justo cuando dejé la facultad, el semanario Aquí publicó una entrevista a Benedetti donde decía no sé qué de los jóvenes, medio que los puteaba, decía que estaban en otra. Y yo, que había leído al viejo en libros forrados para que los milicos no supieran que lo leía, que me había emocionado con La tregua y con Montevideanos, esperaba que hubiera vuelto un poco más generoso con nosotros, con los pendejos que lo llegamos a adorar y no tuvimos más remedio que comérnosla acá y que tratábamos de conseguir todo lo que hacía en Buenos Aires, o con algún amigo que viajara a Europa. Me calentó esa soberbia de don Mario y escribí una carta diciendo todas las cosas que estaban haciendo los jóvenes y que los viejos ninguneaban desde revistas como Brecha, sobre todo.”
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“Estoy podrido. Cada vez que un diario o una revista argentina habla de Uruguay, lo hace con una mezcla de paternalismo y ternura, de piedad y buena onda (...) Primos del otro lado del río, están equivocados. Ese Uruguay de foto sepia y calma chicha que les vendemos y que ustedes, satisfechos y sonrientes, compran, ese Uruguay no existe (...) Pero si querés venir, vení. Montevideo Bizarro te espera con las luces apagadas. No vas a encontrar nada que no hayas visto allá, corregido y aumentado. Vas a encontrar, eso sí, un Uruguay más parecido a ustedes de lo que te gustaría. Más embarrado, más berreta. Y, también, más auténtico.”
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