sábado, 30 de abril de 2022

Moconá: las cataratas "ocultas" de Misiones

Un lucero por la panorámica ruta 2 en el corredor verde misionero: el río Uruguay acompañando el paso forastero a lo largo de 300 kilómetros, hasta los saltos del monumental escalón natural de agua que corona el Moconá en la frontera oriental de Argentina y Brasil

“Es que era así. Hasta hace unos años, nomás, llegar al Soberbio era una aventura”, me dice Vini. Se sirve el enésimo mate en un Termolar de dos litros que algún pariente habrá comprado enfrente, en Brasil, hace décadas. Irrompibles y con pico cebador, como el snobista Stanley de hoy que popularizó el Instagram de Messi. Mate con yerba en polvo, extra tamizada, como se toma “del otro lado”: en Río Grande do Sul.
Veinte horas y la tarde ya acostumbra noche a esta altura en la espesura verde del camping del arroyo Paraíso, donde estamos. Es el momento en el que decenas de insectos, silenciados por el ardor del turismo vespertino, se anuncian y pechean la noche silbando en la oscuridad. Vini se recuesta sobre la reposera, convida otro mate a su novia y acomoda unas latas de cerveza Skol que le llegan en balsa desde Brasil, cruzadas desde El Soberbio.
“Esperame que acomodo”, insinúa y me grita a distancia, agachado sobre el único frezzer que tiene la improvisada proveeduría.
“Imaginate lo que te cuento que había que caminar kilómetros largos por la ruta. Todavía era de tierra, así, ves –me señala el piso colorado del quincho- y había que hacer dedo porque cuando llovía los micros ni entraban: se quedaban allá en Soberbio, donde terminaba el asfalto. Los que vivimos en la selva nos criamos así: yendo y viniendo a la escuela casi ocho kilómetros por día, escuchando los relatos de mi abuela de lo que era caminar hasta Soberbio, que en ese momento era lo último que había. De ahí para acá, nada”, ejemplifica, ya agitado, y hace un ademán ligero, ahora, apuntando al este con la mano que tiene libre.

Hacia la travesía
El Soberbio es la ciudad de apenas 6.000 habitantes que durante años moderó de punto último de posta para emprender la aventura final hasta descubrir los desconocidos y pocos explotados Saltos del Moconá. Eran más de 70 kilómetros, desde allí, por la ruta 2 a través de un camino pedregoso, zigzagueante y de tierra colorada, que sólo permitía el paso de autos altos bien equipados o, directamente, de camionetas 4x4.
Viajar por esa ruta es bucear entre la esencia virgen de la selva y la cultura misionera hibridada por un portuñol que traspasa generaciones de un lado y otro de la frontera del Uruguaí. Colonos europeos, de Alemania, Polonia, Suiza, hasta de países eslavos, descendientes de originarios guaraníes y mestizos que cruzan todas las razas.
El rojo abrasivo de la tierra de los valles, el verde del follaje característico de la yerba en zonas cada vez más explotadas y menos selváticas, el celeste del cielo, se sumergen en cuadros que priorizan caballos y bueyes con carretas, infinidad de camionetas y camiones con la producción maderera local y peatones sobre la banquina que indican la alta densidad poblacional de los campos misioneros con innumerables minifundios de pequeños productores autónomos. Todo muy Bragentina…
Pero la reactivación económica posterior a la “crisis del 2001”, con el dólar devaluado al triple entre las presidencias de Duhalde y los primeros años de Kirchner, motivaron el auge del turismo interior de los argentinos y transformaron para siempre la zona a través de un planificado consenso gubernamental. La ruta provincial 2 es, desde hace diez años, una trocha panorámica y asfaltada en su totalidad hasta la propia entrada del Parque Provincial Moconá -desde el idílico pueblito de Azara en el límite de los yerbatales con tierra correntina- que invita a recorrer sus 300 kilómetros para adentrarse en los misterios de la “Ruta de la Selva” (foto) y su naturaleza tan caótica como exótica.
Arribando a la cuesta final que compensa la ruta 2, por la garita de los Guardaparques, un mirador a la vera del camino permite divisar una amplia terraza natural de vegetación, donde uno descubre que llegó hasta el punto máximo de una sierra, frente a la cual se despliega un gran valle selvático de copas de árboles y, de fondo, el siempre presente río Uruguay.
Esos otros tiempos, aquellos que me contaba Vini en la calma de una noche de selva sin más luz que la de los caprichos cíclicos de la luna, todavía obligaban al turista curioso de ocasión a caminar más de una hora con el agua hasta las rodillas, por el arroyo Yabotí, para poder conocer los misterios del Moconá y ver la sucesión de cataratas ladeadas sobre el margen argentino del cauce. Si el Uruguay no estaba lo suficientemente bajo, se hacía imposible llegar a ver los saltos de este lado de la frontera, donde el río cae longitudinalmente por una falla geológica milenaria que hundió el suelo: el curso del río se quiebra en ese punto para descubrir un suntuoso escalón natural de piedra que absorbe su propia agua.
Los años, además, modificaron la aventura para siempre: la muerte de una turista en la excursión a las piedras superiores desde donde se divisaban antiguamente las cascadas, originó que hoy solo se permita, del lado argentino, abordarlas por abajo, subiendo el lecho del río Uruguay en lancha. Entrando al estrecho y profundo cañón natural de 50 metros de ancho que se forma entre las paredes de piedra basáltica, se llega desde los muelles que la empresa concesionaria de turismo tiene sobre las barrancas del parque provincial, ese que integra la reserva de biosfera Yabotí, el terreno de selva subtropical más extenso de suelo argentino. Al navegarlo, uno parece nadar en un túnel cinematográfico que lo depositará en alguna escena brumosa con Willem Dafoe surcando en lancha algún arroyo de Vietnam en la canónica “Pelotón”.
Solo las Cataratas del Iguazú, intuyen todos demodé, pudieron eclipsar durante décadas la pletórica búsqueda de estos saltos escondidos en el alto del río Uruguay, donde confluye -como en una pulseada de colosos- con el imponente Guazú que baja desde las Cataratas. El progreso de la infraestructura vial aceleró la llegada del gran turismo ocasional que visita año a año la provincia; y mucho más en tiempos de pos cuarentena.
La excursión en lancha hacia la boca más angosta del Uruguay es un recorrido de diez minutos, entre saltos de agua en el margen izquierdo y una decena de turistas del lado brasileño, a la derecha, fotografiando el canturriar de las cascadas sobre la ladera seca del Moconá. A la imponente pintura del agua arremolinada y la espuma salpicando los infinitos arco iris que se forman, se inyecta la estruendosa orquesta de cientos de cascadas que caen a no más de 15 metros de altura.
El regreso ya es en horas de la tarde. Hubo almuerzo en forma de picnic, con un infaltable chipá so’o –un exquisito pan de maíz, relleno con carne y queso y repleto de proteínas- y varios tererés para paliar el calor. Ahí me reencontré con Vini para dar un último chapuzón en el remanso selvático que propone el arroyo Paraíso, con su serpenteante y sepia geografía y las tempranas sombras que se forman por la omnipresencia del sol, que le hace fuerza a la flora para penetrar en la tupida vegetación.

Protesta laboral
Desde diciembre y durante las fiestas de fin de año, laburantes del Parque Provincial Moconá reclamaron por aumentos de sueldo para equiparar los salarios a la canasta básica. Con jornadas de ocho horas diarias para la recepción de turistas, los trabajadores se nuclearon en asamblea para denunciar la “precarización laboral” del Ministerio de Turismo. Es que a las ocho horas diarias de servicio se les suma el tiempo del viaje de ida y vuelta desde la localidad de El Soberbio, de donde son la mayoría de ellos, hasta el parque. “70 kilómetros que se hacen en una hora mínimo, por lo que, en la práctica, terminamos trabajando más diez horas diarias en promedio”. Un sueldo básico de un trabajador del parque no superaba, a marzo de 2022, los 50.000 pesos.

Corredor Turístico Verde del Litoral
Está conformado por cuatro extensas áreas: el Parque Nacional Iguazú y los Saltos del Moconá, en Misiones; los Esteros del Iberá, en Corrientes; El Impenetrable Chaqueño y el Bañado de la Estrella, en Formosa. Unidas por una visión ecoturística, dice el folleto, “son un polo de desarrollo que alienta la conservación de las especies que en ellas habitan”. Sus objetivos son la preservación de las masas selváticas, de las nacientes y cuencas de ríos y arroyos y el mejoramiento de la calidad de vida de los habitantes de la zona. La Reserva de Biósfera Yabotí y el Parque Provincial Moconá son parte del corredor verde de Misiones.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

martes, 5 de abril de 2022

Malvinas


Lo primero que huelo con Malvinas es el puré: la papa pisada apenas con un tenedor, sobre un deforme y rayado plato violeta de plástico, mezclada con leche y manteca. Casi nunca caliente.
La razón detrás de ese enfriamiento prematuro, pensaba ya de grande y en tiempos no tan adolescentes, era que el almuerzo tibio aceleraba los tiempos regulares de la ingesta. De esta forma, la que decía ser "mi seño" terminaría más rápido con aquel trauma. También podía tratarse de un pequeño cuidado hacia los nenes disfrazados en prolijo celeste, de esa primera salita de jardín, para que no se quemaran al comer. Pero esta hipótesis quedaba siempre descartada, por mi, por su poca fidelidad con la realidad.
Es que jamás comí ese puré. Ni tampoco pude volver a comer otros. Ni comidas que tuvieran esa consistencia y estuvieran salpicadas con eso que tanto repelo como mezcla: leche y manteca.
La edad, además, lacera como aguja hipodérmica en el tamiz de la memoria. Vivencias de energías mensurables que inoculan recuerdos y configuran infancias y adolescencias. Traumas, karmas, algo así, explican ahora en términos "de psiquis".
Por eso, por la edad, nunca llegué a relacionar Malvinas con el escaso recorrido de las sinonimias hegemónicas que contextualizaron esa guerra: el Mundial de Fútbol de España con Menotti, Maradona y todos los otros habilidosos compañeros de equipo que, decían, nos harían bicampeones mundiales; o la marcha de sindicalistas y laburantes de los días anteriores al desembarco en las Islas, para echar a los milicos, en el enclave porteño de manifestación: la Plaza de Mayo.
No: nunca pude; naturalmente, por eso de la edad. Estaba por cumplir cuatro años, que se celebrarían el mismo día de la rendición. Los recuerdos de amiguitos y velitas son más gratos y posteriores.
Y, entonces, Malvinas siempre será ese puré. Ese jardín de avenida 7 casi 62 con nombre de prócer. Y esos almuerzos obligados de papa pisada con sabor a nata y manteca tibia que me negaba a comer, cerrando la boca con quejas de capricho, aunque la que se hacía llamar "la seño", no sin ayuda de superiora, intentara infructuosamente metérmerlo a la fuerza. Y las arcadas posteriores: era el olor de la papa, la manteca y la leche, todo pisado y tibio. Todo el puré que ni a los 40 pude volver a comer.
Y llegaba mi abuela, la checoslovaca que siempre tenía un strudel de manzanas a mano, o mi vieja, Pity, a buscarme. Y yo corría hasta la vereda, siempre salpicada de agua por la irreverencia de las baldosas acanaladas de color ocre, abrazando el aire para contarle todo lo mala que era la maestra que se hacía llamar "la seño". La joven que siempre será una señora, por decantación generacional lógica, que enseñaba en pleno Proceso y zamarreaba a mis compañeritos para que comieran ese puré de papá, manteca y leche que también era su trauma. Como su vida: tibia y violenta como el puré que me hacía llorar y me daba arcadas en ese invierno de 1982.

sábado, 19 de febrero de 2022

Jineteada y tradición gauchesca en Altamirano


A sólo 60 kilómetros de La Plata, el pequeño pueblo del partido de Brandsen vivió el domingo su “gran fiesta gaucha”. La primera tras el aislamiento obligatorio impuesto por la pandemia. Más de dos mil lugareños y bonaerenses vibraron entre ritmos tradicionalistas, folklore, jinetes y potros de la vida gauchesca

Hay una jerga, que escucharé sentir durante toda la tarde, que uno desconoce. Modos, costumbres, cotidianeidades que configuran una estética visual, corporal, hasta en las maneras del decir, de pronunciarse. Pero no hay apariencias: son tradiciones, entiendo, que se replican de generación en generación en las familias que le ponen el cuerpo a este evento en la primaveral tarde de febrero, en Altamirano, a poco más de 60 kilómetros de la capital bonaerense.
Entonces, entro, y me encuentro con tropilleros (cuidadores de caballos que también ayudan cuando vence el tiempo de la monta), jinetes (los que montan los caballos), decenas de potros (baguales o “salvajes”, al estilo de aquellos caballos patagónicos de la película de los ’90 de Alterio y Sbaraglia, y pingos), palenques (las postas numeradas desde donde parten los jinetes) y aperos (el conjunto de accesorios que viste al caballo en su montura o recado: estribo, cincha o faja, sudadera, encimera, alfombra, bastos o almohadillas, cabezal, guatana, entre tantos más). Y las distintas categorías de concurso, claro: crina limpia, grupa, bastos…


Un domingo entre jinetes
Llegué a Altamirano casi de casualidad; como todo “bicho de ciudad”, bah, que no tiene, en el radar de la agenda diaria, “eventos gauchescos” en el señalador. Una visita ocasional de miércoles, a Brandsen, dio con un pequeño afiche y su cronograma de fin de semana: “1ra. Fiesta de las Emociones. Domingo 13 de febrero 2022”. Que en efecto, sabría después, era la segunda gran fiesta de jineteadas de Altamirano tras la organizada, también a beneficio de la Escuela Primaria N°4 del pueblo, en las semanas previas al ASPO. Coordinada, como esta vez, por Marcos Chiclana, su familia y amigos.
Así, hay toda una liturgia que me va contagiando a medida que me acerco al predio: un amplio sector, delimitado como triángulo entre el acceso asfaltado a Altamirano (que corre paralelo a las vías del FFCC Roca que se despliega entre Mar del Plata, Chascomús y Constitución) y un camino rural de tierra con rumbo norte hacia el río Samborombón.
La entrada al predio está sobre una tranquera perpendicular a la calle lateral de la escuela primaria. Hay, a la izquierda, un pequeño tráiler guarecido del sol del mediodía con sombrillas. Las cuatro personas, con sobrada amabilidad, toman mate y explican los alcances de la jornada. Ahí se canjean los bonos a beneficio de la EP4 que permiten el acceso. Algunas familias numerosas, incluso, “piden precio” para guardarse algún mango y gastarlo en la barra de la improvisada cantina.
El acceso a pie hasta el escenario tiene más de cien metros de largo, con autos y -sobre todo- camionetas con carros-jaula para trasladar a los animales, estacionadas prolijamente a los costados dejando el espacio necesario para que el lugar no quede taponado si alguna ambulancia sale de emergencia por contingencias con los jinetes al montar los potros.
Detrás del escenario, que corona, en el centro, el predio alambrado donde se realiza la jineteada, se genera un ancho espacio bendecido con las sombras de árboles varios de la llanura bonaerense. El sol, a esta hora de la tarde, ya quema como en el verano, pese a la necesaria brisa que matiza y ayuda a los concurrentes. Allí están, clavadas sobre estacas, y a 45 grados para que se cocinen con el calor parejo de los leños, las vaquillonas, los lechones y los corderos, justo detrás del tablón extendido que oficia de cantina. Se venden vinos, cervezas, gaseosas, aguas, fernets de litro con Coca. Y todos esos cortes de carne por kilo o al pan.


La dolce vita
Nada de escenarios fellinescos que puedan representar, entre estas hectáreas del partido de Brandsen, el espíritu hedonista que incita el italiano en su película. Pero hay un “vigor republicano”, de solidaridad común, que trasunta la ausencia de conflictos de clase: unos y otros, propietarios y “gauchos”, se complementan a beneficio de la escuela. Y son partes necesarias del evento. De principio a fin. El “sueño” del fin de la grieta…
Los concursos tienen jurados (o “comisarios” de prueba) y empiezan antes del mediodía. El primero es la rueda de grupa, categoría en la que los jinetes montan sobre un cuero de oveja, relleno en el centro y cocido para darle forma de triángulo, atado al cuerpo del animal. Con una mano sostienen el rebenque; y, con la otra, las riendas, obligados a no charquear, a no tocar al caballo con las manos. Los movimientos nerviosos del animal “salvaje”, sumado a la fuerza que necesariamente hacen los propios jinetes, generan una gran polvareda, muchas veces, que es celebrada con gritos y aplausos por los espectadores que se amontonan alrededor del alambrado del predio.



La tarde, después del almuerzo pese a que éste se prolonga hasta que se pone el sol aun habiendo mate y bizcochuelo, será el tiempo de la jineteada con bastos, donde, a diferencia de la primera, el jinete usa estribos y está obligado, durante la jineteada, a no perderlos nunca ni sacar los pies de ellos. En estas competencias, que suelen durar entre 8 y 12 segundos, los jinetes no usan espuelas, tan criticadas por las asociaciones protectoras de animales ya que, con sus espigas de metal, se pincha y golpea al caballo para dirigirlo cuando se intenta domarlo.
Hay un sinfín de gauchos con la liturgia de pies a cabeza: visten prolijas bombachas de campo con alpargatas o botas de potro, cinturón, faja, camisa, chaleco y, por supuesto, el facón con escuche cruzado a la altura de la cintura. Muchos beben y comen carne sobre el pan o sobre tablas de maderas, mientras esperan el turno de la monta y comentan las vicisitudes del resto de sus compañeros ocasionales. No hay ensaladas porque nadie vende. Pero muchos la traen armada en su propia conservadora, donde también suelen colar hielo y bebidas varias. Otro punto muy favorable del éxito del evento, éste: cada familia puede traer su propia vianda sin que nadie lo prohíba.
El escenario tiene la animación constante de un locutor que explica y relata cada una de las salidas de los jinetes, con sus nombres, su origen, su especialidad. Allí me entero que la convocatoria colmó todas las expectativas, con jinetes llegados de todos los rincones de la Provincia de Buenos Aires. Algo que podría originar, a esperanza de los organizadores, que la convocatoria de la jineteada anual de Altamirano tenga trascendencia provincial y, ¿por qué, no?, nacional.
El locutor está asistido por un coplista campero que, con su guitarra, ameniza el evento y los tiempos que se generan entre una monta y otra mientras los tropilleros y ayudantes de campo acomodan a los potros en los palenques. Imposible que no exista algún bagual corcoveando, que se niegue a que lo aten al palenque antes de la monta.
“Estamos muy contentos con la respuesta de la gente. Nos emociona. Nos sobrepasó. Fue extraordinario. La primera fiesta (NdR: febrero de 2020, antes del inicio de la cuarentena obligatoria) tuvimos un marco buenísimo, de mil y pico de personas, pero hoy debe haber habido más de dos mil. El doble”, me cuenta Marcos Chiclana, organizador y coordinador del evento, ya cuando el sol se oculta y suenan las primeras cumbias de la banda del Muñeco Valdez.
“El broche del final de los potros salió muy bueno. Lo mismo las montas especiales: todo muy lindo y en familia”, agrega, ya cerrando, y acomoda su sombrero en un rostro que no puede disimular la alegría y el cansancio a sol de la jornada.
Pero es domingo. 21.30. Y fin de fiesta: el lunes a la vuelta de la esquina.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

domingo, 5 de diciembre de 2021

La prehistoria del clásico platense


Hitos de la era amateur, con partidos no tan amistosos y una rivalidad que hoy encuentra a pinchas y triperos en el clásico 223 de su historia

La historia oficial empezó el domingo 27 de agosto de 1916 cuando por primera vez Estudiantes y Gimnasia se enfrentaron en un partido por el campeonato de primera división de la por entonces  Asociación Argentina de Football (AAF). Ganó Gimnasia 1 a 0 con un gol en contra del defensor albirrojo Ludovico Pastor. Pero hay que retroceder diez años en el tiempo para conocer la verdadera génesis.
Se sabe, el derby que enfrenta a los principales clubes de fútbol local nace de las ramas de un mismo árbol, de un tronco común a partir de un desprendimiento forzado por la situación. Corría 1905 y Gimnasia se vio obligado a liberar la denominada Plaza de Juegos Atléticos ubicada en 1 y 47, cuyos terrenos habían sido cedidos por el gobierno para la construcción de la Universidad Nacional de La Plata. Esto provocó un cisma entre los asociados, que se dividieron entre los que proponían salir a buscar un nuevo predio para instalar la cancha de fútbol y otros que se inclinaban por resignar las actividades deportivas y limitar la institución a la faceta social. En efecto, el segundo grupo impuso su parecer y llevó al club a abandonar la liga de fútbol. En tanto, el otro sector optó por la escisión y dio vida al Club Atlético Estudiantes, fundado el 4 de agosto de ese año.
Gimnasia sólo volvería a la práctica del deporte en 1915, cuando a raíz de un conflicto interno varios jugadores de Estudiantes abandonaron la institución para pasarse a las filas del Club Independencia. Poco tiempo después, esta institución terminaría fusionada con Gimnasia que, ese mismo año y en una campaña inigualable, consiguió el ascenso a primera división.
Así, entonces, llegamos al debut clásico del 27 de agosto de 1916: en la fecha 14 del campeonato, Gimnasia y Estudiantes se vieron las caras por primera vez. En el encuentro, arbitrado por Hugo Gronda, y disputado en el predio de 1 y 57, se enfrentaron viejos amigos y ex-compañeros con los colores trocados: en la escuadra gimnasista había cuatro ex Estudiantes: Emilio Fernández -el arquero récord que jugó en Argentina representando tanto a Gimnasia como a Estudiantes-, Ángel Bottaro, Diómedes Bernasconi y Américo Girotto. Por su parte, en el equipo albirrojo se alistó Edmundo Ferreiroa, el único jugador que tras un breve paso por el plantel de Gimnasia había decidido pegar la vuelta a Estudiantes.
Promediando el primer tiempo sobrevino el autogol de Ludovico Pastor. Algunos relatos de la época adjudicaron la desgracia a un percance: el zaguero había jugado con un par de botines prestados en el vestuario ya que al llegar a la cancha advirtió que había olvidado los suyos.

Un sport popular
Pero el Pincha se tomaría revancha rápidamente al ganar el primer amistoso programado para la temporada del ´17 -1-0 con un gol de Juan José Lamas, de penal- y el único choque pautado por el campeonato oficial, jugado el 1 de julio de ese año. Fue otra vez victoria albirroja, pero ahora con goleada (3-0) y un gol incluido de Américo Girotto, que la temporada anterior había vestido la casaca albiazul. El primer registro local de lo que con el tiempo se conoció como la "ley del ex". Los tripas no le perdonaban su vuelta a Estudiantes y hasta intentaron cobrarse el vuelto agrediéndolo en pleno partido.
Era tan alta la expectativa por el clásico que el fervor popular se mimetizaba, incluso, en las prácticas empresariales de los medios: el diario El Día puso pizarras fijas, en el frente del inmueble de diagonal 80, para dar “una información lo más precisa posible de las incidencias culminantes que nos transmitirán desde la cancha cada veinte minutos”. Un antecedente informativo que precedió a las transmisiones radiales de los partidos de fútbol.
Habían sido años, además, donde los que no tenían el mango para las entradas se las ingeniaban para ver el partido de trampa, trepando a los techos de los cuarteles de avenida 1, invadiendo las copas de los árboles linderos a la cancha y hasta los carros de los vendedores ambulantes. El pueblo se negaba a que intentaran “aristocratizar un sport evidentemente popular”, como decía la prensa de la época.

La tangana de 1917
En aquellos años fundacionales se gestó la rivalidad que llega hasta hoy, a pesar de que las hinchadas no puedan verse las caras en un mismo estadio. La pica iba en aumento y tuvo una raíz inquebrantable que se afirmaría en tierra el 16 de septiembre de 1917. Programado, en principio, para el 30 de agosto y a beneficio del Sportivo Platense, el segundo amistoso del ’17 -que, en efecto, era el cuarto enfrentamiento de la historia entre ambos -quedó trunco por unas semanas. Pero ambas instituciones se pusieron de acuerdo, finalmente, y celebraron la brega postergada a beneficio del Centro de Cronistas.
La cancha, otra vez, lució atiborrada: ambas graderías, la platea oficial y el rastel que circundaba la cancha de calle 1, colmadas de gente de ambos bandos con sus clásicos sombreros. Fue la tarde en que se pusieron en juego doce medallas de oro donadas por el interventor de la Provincia, José Luis Cantilo, quien debía entregarlas en persona al final del juego.
Sin embargo la condecoración quedó en eso, en apenas una idea. La motivada rivalidad por los enfrentamientos en cancha entre los viejos compañeros de equipo trepó al excelso aquella tarde. Y todo se resumió en una escena de pujilato. Ovidio Duarte Indart, el goalkeeper pincha, descolgó un tiro de Capparelli. Tomó la pelota e hizo un firulete en el aire buscando la reacción de Roberto Felices. Enojado por la gastada, el delantero tripero intentó robársela, con más fuerza y vehemencia que la habitual. Indart, rápido para el llamado, no se quedó atrás: despejó la pelota y resolvió el entrevero con una trompada a la mandíbula que desmayó a Felices.
La batalla seguiría adentro y afuera del predio: mientras los jugadores discutían y amagaban seguir la trifulca con el partido ya suspendido, los hinchas entraron a la cancha, rompieron las barandas de contención -aún no existía el alambrado olímpico-, arrancaron las redes de los arcos y quemaron varios escalones de las pequeñas gradas. Tal fue la magnitud de la tangana entre las hinchadas, que hasta hubo una guardia policial de vigilia durante toda la noche, en 1 y 55, para evitar más incidentes.
La Comisión Directiva de Gimnasia condenó a Estudiantes “con una manifestación de desagrado” por el comportamiento de su público y a su arquero, Duarte Indart, inhibiéndolo para mantener “relación alguna con la institución”. Estudiantes resolvió, al unísono, cortar relaciones con Gimnasia. Sería el último amistoso de confraternidad entre pinchas y triperos hasta 1948.
¿Las medallas? El Centro de Cronistas resolvió exhibir los premios -nunca adjudicados por la suspensión y el 0-0 final- en la tienda Gath & Chaves de la tradicional esquina de 7 y 50.

Un faltazo épico
La fecha inicial del torneo de Primera de 1919 pautaba por calendario un inusual nuevo enfrentamiento platense. Domingo 16 de marzo y, otra vez, en el field de Estudiantes. Hubiera sido el último enfrentamiento entre ambos. Luego los albirrojos se desafiliarían de la AAF, para sumarse, en 1924, a la disidente Asociación Amateurs de Football, en la que ya jugaba Gimnasia.
Hubiera sido porque al clásico le faltó el árbitro, ausente sin aviso. Las hipótesis más aventuradas vieron esa tarde al citado Piovano paseando sobre avenida 7; otros, en la estación de trenes de 1 y 44 con un delegado de Estudiantes que le habría insinuado la conveniencia de volverse para suspender el pleito; o que se había perdido entre las apuestas del hipódromo local. Chismes, dirían. Para muchos otros cronistas, los delegados de ambos clubes sabían de la posible ausencia del referee y, por eso, trataron de suspender el partido antes de la reacción enardecida de la multitud. Hubo hasta una idea de jugar con un juez local y de hacer el partido de forma amistosa. Tampoco lo lograron.
Lo cierto es que, en aquel 1919, no hubo clásico. Y  pasarían cinco años hasta un nuevo enfrentamiento entre pinchas y triperos.
El árbitro, va de suyo, jamás llegó…

El gol olímpico que no fue
La historia no oficial, en tanto, confirma que el delantero de Gimnasia, Luis Rimassa, se adelantó en el tiempo al famoso wing quemero Cesáreo Onzari. Había sido el que quedó en la leyenda como autor del primer gol olímpico de la historia, en octubre de 1924 en el marco de un Argentina-Uruguay.
El 15 de junio de 1924, por la novena fecha del campeonato, Estudiantes y Gimnasia volvían a la tradicional lidia tras el impasse de seis años por el quiebre de la asociación oficial -la hoy AFA- que bifurcó a los equipos platenses por distintos caminos. Se jugaban 40 del primer tiempo cuando Rimassa pateó un córner quirúrgico, combado e inusual con la otrora pelota de tiento, que penetró en el arco sin que Bologna, el arquero de Estudiantes, pudiera desviar la pelota. Tampoco hacía falta: el árbitro, Enrique Diez, anuló el gol de inmediato, como marcaba el reglamento. El intenso partido terminaría igualado 1-1.
Pero la Internacional Board había producido una trascendente modificación reglamentaria antes de ese clásico: los tiros de esquina dejaban de ser indirectos, siendo válido, a partir de ese momento, el gol convertido en forma directa por un remate desde el córner.
En Argentina nadie sospechaba ni tenía notificación del cambio de normativa; tampoco el árbitro y menos aún Rimassa. La noticia de la variante reglamentaria llegó semanas después y Onzari aún tiene los lauros de la historia que le corresponderían al delantero de Gimnasia.

Bajo "Ley Marcial"
Lo más ilustre del fútbol argentino se podía resumir, hacia el final de la década del ’20, en un rectángulo de juego donde se disputó un clásico de La Plata. De un lado, la histórica línea delantera pincha de “Los Profesores” -Lauri, Scopelli, Zozaya, Ferreira y Guaita-, Armando Nery o el destacado centro-half, Francisco Pérez Escalá. Los triperos, con otros internacionales, como el goleador Morgada, Pancho Varallo o José María Minella, el marplatense de trascedente campaña en el Lobo, River y en el Seleccionado.
El último choque de la era amateur, en 1930, tuvo cinco goles y todos en el primer tiempo: cuatro rojiblancos y uno albiazul; también una doble suspensión: la del 31 de agosto, por la exactitud del match con la fiera tormenta de “Santa Rosa”, que obligó a postergar los partidos de la zona metropolitana; y la del 6 de septiembre, por el golpe militar del general nacionalista ultracatólico, José Uriburu, contra el gobierno de Hipólito Yrigoyen.
Pudo haber existido una tercera, dispuesta por la jefatura policial de la Provincia, por entender el organismo que no contaba con los efectivos necesarios “para asegurar el orden”. Pero hubo acuerdo entre la fuerza y los directivos de ambos clubes, veinticuatro horas antes: el partido se jugaría bajo “Ley Marcial” el 14 de septiembre de 1930.
“El cuerpo encargado de asegurar el orden comunicó más tarde al Club Atlético Estudiantes que las medidas tomadas para asegurar el orden estaban comprendidas dentro de la Ley Marcial, prohibiéndose en forma absoluta la portación de armas y que los concurrentes serían revisados antes de entrar al field. Como pueden advertir los aficionados, es innecesario recordarles la severidad de tales disposiciones y la necesidad de conservarse dentro de una absoluta corrección”, se leería en los diarios de aquella época.
Estudiantes y Gimnasia, mens sanas y pinchas, reescriben la historia, 105 años después del primero de todos. El partido número 223 -entre oficiales y amistosos- en el que se cruzarán los tradicionales rivales, con el mismo fervor de sus tiempos fundacionales. 

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Begum 0221.

domingo, 7 de noviembre de 2021

La vuelta del Candombe a las calles de Tolosa


Llama un resplandor
Ya están en la esquina
Templando el tambor
Y corre la lija
Y crece el barullo
Y arranca la clave
Parece que largó...
“El Tambor”, Jaime Ross

El regreso del desfile de llamadas terminó con la espera tras año y medio de pandemia y aislamiento obligatorio. El barrio de Villa Rivera, desde la esquina de 3 y 522, fue testigo del 16to. llamado anual para que las cuerdas de tambores de La Plata, Berisso y Ensenada copen la fundacional tolosana

No es casual la fecha elegida desde 2004 por un variopinto grupo de jóvenes platenses con iniciativas y amantes de la cultura candombera. Fue el año del primer llamado del popular Candombe del 25, una de las expresiones culturales más reconocidas de la región: fue un 25 de mayo de 1838, “fecha patria”, durante los años rosistas, cuando se autorizó oficialmente el desfile de comparsas y cuerdas de negros y mulatos por las calles de Buenos Aires. La población negra representaba, en ese entonces, casi el 25% de la densidad poblacional de la hoy capital argentina…
Esta expresión popular de la cultura afrodescendiente -ineludible genealogía social de los esclavos negros forzados al continente americano en la época colonial- se celebra en La Plata todos los 25 de mayo. No pudo ser en 2020, cuando comenzaba la segunda etapa de la ASPO; y tampoco en el inicio de 2021, ya que desde abril se habían vuelto a limitar los encuentros sociales como consecuencia del exponencial aumento de contagios por covid.
Pero fue ayer, nomás, en noviembre, para cerrar el año con una tradición que va camino a cumplir dos décadas y fue declarada de interés cultural por el Concejo Deliberante de La Plata.


Historia candombera
“Es candombe; no, murga”, me aclara un candombero de la Lonjas 932 de Tolosa, que me hace una mueca irónica y ríe, mientras se entrelaza una cintas blancas, desde el tobillo hasta la pantorrilla –referencia directa a los latigazos con que se sometía a los esclavos- sobre unas calzas negras que le cubren ambas piernas. Estamos sobre la ancha vereda de calle 3, altura 523, del lado de los viejos galpones ferroviarios de Tolosa y la guarda del FFCC Roca. Nos rodean innumerables tambores, cada uno con los colores característicos de las agrupaciones, varias parrillas al ras del piso con chorizos y hamburguesas –“no carnívoras” y de las otras- y un sinfín de termos, mates y botellas varias de cerveza, fernet y agua. La fiesta no ahorra condimentos.
De 522 a 524, las comparsas se agrupan en tandas, sobre el paredón, para compartir los fuegos y el templado. Hay mucha madera, palets, cajones de verdura y pollo, leños. Ese llamador del alma que siempre es el fuego envuelve la ronda de tambores para templar las lonjas –los cueros- y lograr el punto justo de afinación antes de colgarse el instrumento. Las brasas que se vayan acumulando se echarán sobre un costado para mantener la temperatura de las parrillas o darle calor a los discos de arados, llenos de carne y verduras.
Vuelvo a la frase: en realidad, el Ñato me estaba diferenciando el género musical de lo coreográfico teatral, mientras hacía sonar y afinaba el “chico”, el “repique” y el “piano”, del registro más agudo al más grave, tambores con los que forma la percusión la cuerda del candombe. Conformada, además, por personajes ancestrales como el “gramillero” o curandero con sus yuyos; la “mama vieja”; el “escobero” que barre las malas vibras y las mufas; y las “vedettes”, como cuerpo de baile, símbolos que representan el origen de esta música de ineludible resistencia contracultural. Se suman los portaestandartes y los banderilleros, que encabezan y abren la calle para que cada comparsa desfile.


El desfile
Varias comparsas de la región –esta vez no hubo agrupaciones de otras provincias ni del Uruguay- salieron pasadas las 15.30, emancipadas en mil colores. La procesión se mantuvo por calle 3, hacia el corazón del centro de Tolosa, donde el empedrado aún comulga para mantener las tradiciones. Aibá, La Cumbre, La Cuerda, el Candombe del Parque y Oieló, el Rejunte de Tambores, La Minga, Lonjas 932, Afro Raíz, Tambores Tintos e Influencia Negra, mostraron sus números y sus formaciones y le dieron al barrio, a la ciudad, los tonos y el ritmo por antonomasia de la resistencia a mano y tambor.
Cuando cayó la tarde, la fiesta y la música siguieron con los grupos en el galpón del Villa Rivera, el club insignia del popular barrio tolosano de las "Mil Casas". A la jornada no le faltaron invitadas e invitados: Matías Mormandi, el Tincho Acosta, Doña Flor y sus Rítmicxs y la Murga Retirada.
“Son muchos años de continuidad y trabajo. Y el barrio lo acepta, siempre”, me dice el Goma cuando le pido que me resuma el espíritu que se vive con cada nueva Llamada. El Goma, un emblema del candombe platense, maestro docente de muchos en el arte del tambor. Integrante de La Cuerda, la primera comparsa de La Plata y fundadora de este espíritu candombero de la ciudad. Ya llevan 21 años…
El Colo está más allá. El Colo, otra alma tamboril de Lonjas 932, faro tolosano del candombe y, junto a La Cuerda, una de las más antiguas.
“Salir con el tambor es una religión; una pasión. Hay que colgarse y tocar el tambor para sentirlo y gozarlo. Es un momento donde el tambor te transporta…”, me dice, mientras le gana la ansiedad y se reúne, dentro del patio del club, en todas las charlas que la pandemia había postergado.
La 932 –el nombre resume la esquina donde iniciaron todo- se junta desde principios de los 2000. Ahora en 9 y 528, en la esquina de la toma eléctrica.
Cae la noche y en el patio del Rivera suena Jaime. “No hay que olvidarse… el tambor”, se escucha resumir a Ross en su popular oda al candombe. Que así sea, siempre: Tolosa, empedrado y Candombe del 25. El barrio del tambor.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

domingo, 24 de octubre de 2021

Arana: la mayor tragedia de la aviación local

Fue la noche del 13 de junio de 1988. Hubo ocho muertos y un solo sobreviviente. Misterios y conjeturas detrás de caída del bimotor “Dove De Havilland” que se precipitó en las afueras de La Plata tras despegar del aeropuerto local. Conmoción en la calma pueblerina de la capital bonaerense, en aquellos agitados meses de hiperinflación y levantamientos carapintadas

Los relatos de época de los vecinos de Arana son coincidentes; vecinos de la por entonces vieja “Estación Arana”, la misma que hasta hacía pocos años, asomados en presente de aquel invierno de 1988, aún veía pasar, por el terraplén ferroviario de calle 30, los trenes que unían la capital provincial con Pipinas y pueblos como Correas, Bavio, Arditi o Payró.
“Vimos venir la avioneta de modo rasante sobre un gran galpón de la zona. Hasta que la vi caer a tierra”, narraba un tal Fuentes, testigo directo del mayor accidente de la aviación platense, ante el apuro privilegiado del cronista de ocasión. O un tal Taborda, otro quintero de esa zona hoy expandida del Gran La Plata: “Vi al avión como ladeándose de un costado al otro, a baja altura, hasta que hubo una violenta explosión, que fue el ruido de la avioneta al tocar y chocar con tierra. No me lo olvido más. Fue terrible”.
El lunes 13 de junio de 1988, pasadas las 18.30 y ya anocheciendo en un benévolo invierno de La Plata, un avión particular pedía pista para decolar y despegar del Aeródromo Provincial, sobre avenida 7 y 610. Lo comendaba su dueño, el comisario Néstor Benito Ibáñez. Era un antiguo y legendario bimotor Dove De Havilland. Británico, fechado en 1949, matrícula LVY-AJ.
Viajaban el piloto y ocho pasajeros. Hubo un solo sobreviviente. Los otros ocho tripulantes, incluyendo Ibáñez, fallecerían en el acto con el destructivo impacto del bimotor al golpear una hélice contra la tierra de la rural calle 132, mientras el piloto buscaba evitar lo que íntimamente sabía inevitable.
El avión despegó desde la pista de avenida 7 con dirección sur hacia el poblado de Parque Sicardi. Una maniobra habitual para cualquier máquina de corto alcance que vuela desde el aeropuerto local. Pero fueron apenas unos minutos: el piloto advirtió, enseguida, con el avión apenas despegado del asfalto, la falla inexorable de uno los motores. Recién entraba a sobrevolar las casas bajas de Arana. Pidió emergencia y pista inmediata a la torre de control del Aeródromo. Fue en vano: al intentar volver y con la aeronave piloteando a baja altura, sabiendo la inminencia de la tragedia, Ibáñez quiso un último recurso: aterrizar sobre la huella de tierra de calle 132 a la altura de 645. La maniobra hizo golpear la hélice del Havilland contra el piso. Y el fuselaje se quebró, literalmente, en dos partes. Hubo cuerpos calcinados, otros explotados por la fuerza del impacto. Acá nomás, en Arana. Y un solo sobreviviente: Walter Córdoba, de 42 años.

La crónica del después
El acontecimiento conmocionó a la ciudad y fue crónica diaria de medios gráficos y radiales en las sucesivas semanas, mientras se ordenaban las primeras medidas de investigación a cargo del reconocido juez federal, con competencia penal y electoral, Manuel Humberto Blanco: “El Negro Blanco”.
Conjeturas y misterios que envolvieron a la trágica trama: ¿Hacia dónde iba el vuelo? ¿Fue autorizado como despegue de prueba? ¿Qué relación tenían, entre sí, algunos de los tripulantes? Preguntas olvidadas que con el tiempo perdieron fuerza de respuesta.
Las pericias judiciales preliminares, en base a testimonios de testigos y personal de mantenimiento que conocía la experiencia del comisario piloto, indicaban una presunta falla del avión antes del despegue. Decían que el De Havilland había sido reparado por el propio Ibáñez en las adyacencias del Aeródromo, donde permanecía estacionado rutinariamente; que, incluso, en el momento del acarreo de la nave por la pista, indicadores del tablero habían comenzado a marcar anomalías en modo precautorio; y hasta que al avión “le había costado despegar”. Otros atestiguaron que esos trabajos mecánicos eran “chequeos de rutina” para aeronaves de ese calibre antes de cualquier despegue, porque “los cilindros invertidos de estas naves obligan a limpiar los escapes de la persistente salida de aceite”.

Un motor fallido y una carga mal distribuida
No hubo dudas de que el avión se estrelló, minutos después de despegar del aeródromo, con el funcionamiento de uno solo de sus dos motores. Falla que, de ninguna forma, confirma la hipótesis del accidente ya que es habitual que estos bimotores puedan desplazarse y llegar a aterrizar con el funcionamiento pleno de solo uno de estos. Ante esto, coincidían expertos aeronáuticos, es clave que el piloto mantenga el equilibrio de carga y de pasajeros dentro de la aeronave para no cambiar “el centro de gravedad” y que el avión se voltee hacia alguno de los costados y pierda el equilibrio.
En los días subsiguientes, abonando esta hipótesis, el propio diario El Día brindó un informe donde narraba la experiencia de dos de sus periodistas y un fotógrafo. Volvían desde Rosario hacia el aeropuerto de La Plata, en 1978, tras cubrir el título de Quilmes en el Campeonato Metropolitano, en un modelo similar al Dove De Havilland. Habían llegado con el funcionamiento de uno solo de sus motores -en “vuelo de emergencia”, con el “motor plantado”, como suele decirse en la jerga aeronáutica- aunque respetando el equilibrio de carga previsto para estos casos, para llegar a destino y no morir en el intento…

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Los ocho fallecidos y el único sobreviviente tras precipitarse el bimotor británico la noche del 13 de junio en Arana. Accidentes aéreos que antecedieron a la catástrofe del “Dove De Havilland” que despegó del aeródromo local. La pareja de jóvenes que abordó el avión a último momento cambiando para siempre el destino de sus vidas…

“La primera persona con la que tomo contacto al llegar es un hombre de unos 50 años (sic) –NdR: tenía 42 al momento del accidente- de nombre Walter Córdoba, quien se encontraba afuera del avión con restos de una butaca en su espalda”, relataba el doctor Jorge Nakane, del servicio de emergencias número 10 del San Juan de Dios. Fue el primero en llegar al lugar. Y uno de los primeros en ser abordado por los pocos cronistas que había. Otros tiempos: no existía internet ni las redes; ni el cable. Y las FM’s se dedicaban exclusivamente al mercado de la música: todavía en la década del ’80, la información se propagaba a ínfima velocidad…
La descripción nos ahorra subjetividades. Nakane se trasladó, junto a su equipo médico, desde el hospital de 25 y 70 apenas dieron aviso de la catástrofe. Ya era de noche. Llegaron en minutos a Arana, a la zona donde se había precipitado el avión, sobre la huella de tierra de calle 132 a la altura de 645. Allí estaba lo poco reconocible que quedaba del Dove De Havilland, con su fuselaje quebrado, detrás del Destacamento Policial que fuera ex centro clandestino de detención, tortura y exterminio (CCDTyE) durante los años de la última dictadura. El del infausto “Circuito Camps”.


Walter Córdoba fue llevado de urgencia al Policlínico San Martín de avenida 1. Tenía politraumatismos graves, con fracturas en una de sus manos, en la cadera y en el cráneo. Sin embargo, los médicos de guardia eran optimistas. “A pesar de que su estado es reservado, y está compensado hemodinámicamente, el hombre ingresó aquí en estado de lucidez”, confesaban.
Mientras Córdoba era atendido de urgencia en el Policlínico y comenzaban a salvarle la vida, los cuerpos de los ocho fallecidos -algunos calcinados, otros literalmente explotados por la fuerza del impacto del avión a tocar tierra en el supuesto aterrizaje de emergencia- eran llevados a la morgue judicial del cementerio local. Eran: Néstor Benito Ibáñez, de 43 años, comisario de la Policía Bonaerense, piloto y dueño de la aeronave matrícula LVY-AJ; su esposa, Nelly Rosa Chamaún; Juan Daniel Simón, de 25 años, y su novia Claudia Pachiarotta, de 23, ambos de City Bell; Rolando Jesús Ruiz, de 44, y sus dos hijos, de 8 y 5 años, respectivamente, Milagros e Ignacio; y Alejandro Fondarez, el último pasajero.

El “misterio” de la pareja de City Bell
Los primeros indicios judiciales indicaron que Juan Daniel Simón y Claudia Pachiarotta no conocían ni al dueño de la aeronave ni a ninguno de sus ocupantes. Y que ambos no tenían planeado viajar el lunes 13 de junio de 1988 en el De Havilland que se estrelló  al salir del aeródromo de 7 y 610. ¿Cómo llegaron y qué hacían adentro de la máquina?
Al joven de 25 años, que trabajaba como empleado judicial, sólo lo unía al futuro acontecimiento su “pasión” por volar y ser piloto. El padre lo había ayudado con dinero fresco para terminar un curso privado y completar las horas de vuelo que precisaba para obtener el carnet oficial de piloto, en el Aero Club local. Esa tarde, la del 13 de junio, se contó en las páginas del diario El Día, la pareja se trasladó hasta el Aero Club del camino a Punta Lara para “pagarle por adelantado” al dueño del avión instructor. Pero no lo encontraron. Enseguida pensaron en ir a buscarlo al aeropuerto local, en la otra punta de la ciudad. Se trasladaron hasta allí pero tampoco lo encontraron. ¿Por qué abordaron, entonces, el Dove de Havilland comandado por Ibáñez?
Ibáñez trabajaba en la misma dependencia que Claudia Pachiarotta, pero se aseguraba, en aquellos días de 1988, que no se conocían. Esos primeros indicios hicieron dudar a los investigadores de que la pareja pensara abordar el avión, ya que, además, habían dejado en el auto estacionado de ambos una cartera con una gran cantidad de australes; e, incluso, Simón no había sacado el pasacasete desmontable del frente del tablero, algo usual para la época.

Las características de los Havilland
Un instructor, dueño de una aeronave similar a la de Ibáñez en el Aeródromo Provincial, conocía al piloto. No dudaba de su experiencia como comandante de aviación y su pericia para intentar volver al aeropuerto y aterrizar a la aeronave con la emergencia ya declarada. “Por eso creo que es difícil pensar que quiso aterrizar en esa calle de tierra o sobre el campo arado, siendo que los testigos contaron que el avión se iba tambaleando de un lado hacia el otro. Pienso que perdió sustentación y se clavó en el lugar que cayó”, narraba Héctor Bohringer, dueño y piloto experimentado del De Havilland, días después del hecho.
La velocidad máxima de estos aviones era de 338 km/h a 2440 metros; y la de crucero, 288 km/h. Eran aviones de gran consumo, con casi 150 litros de autonomía total (75 litros de nafta por motor) en una hora de vuelo. Allí se entiende la gran cantidad de combustible derramado que se encontró alrededor del campo en las cercanías del fuselaje quebrado, lo que dificultó las tareas de emergencia por el peligro que implicaba, debido al alto grado inflamable, para los rescatistas, bomberos y médicos que llegaron de urgencia.
El Dove De Havilland fue diseñado terminando la Segunda Guerra Mundial. Fue el primer avión bimotor liviano de transporte con características de mantenimiento y equipo comparables, económica y técnicamente, con otras aeronaves de primera línea.  Estaba fabricado, íntegramente, con aleación de aluminio y voló por primera vez en 1945. Desde el fuselaje –oval- nacían las alas bajas cantilever y rodaba sobre un tren de aterrizaje triciclo retráctil. Lo propulsaban dos motores DH Gipsy Queen 70 Mk II de 355 HP. Las facilidades de época, para los pasajeros, incluían baños, calefacción y ventilación de cabina. Eran naves de gran confort.
En Argentina, el Estado compró cerca de 50 aviones de estas características. Más de una veintena, a pesar de que se les asignó matrícula civil, fueron directamente transferidos a la Fuerza Aérea Argentina y a diversos organismos públicos.
Durante muchos años, hasta 1968 inclusive, fue el avión de transporte y enlace de las unidades del interior del país, particularmente de destacamentos aeronáuticos militares. Pero un año después fueron declarados “bienes en desuso”, desprogramados y reemplazados por unidades más modernas.
Néstor Ibáñez había comprado el Dove De Havilland DH.104 matrícula LVY-AJ a mediados de 1978. El resto es historia conocida y contada en estas páginas…

1975: el helicóptero que se vino a pique en 32 y 8
El Partido de La Plata y sus alrededores fueron escenario de varios accidentes aéreos, tanto de aviones como de helicópteros. Uno de los más recordados se produjo en diciembre de 1975, cuando muy temprano en la mañana un helicóptero que empezaba a decolar –en ese entonces, la ciudad tenía allí un helipuerto- perdió altura y chocó con una torre de alta tensión. De inmediato, cayó sobre el patio de una casa, en boulevard 32 entre 8 y 9. Murieron los tripulantes, el comisario inspector Carlos Vagge y el oficial de la policía bonaerense Mario Wallace. El helicóptero se incendió y sólo un milagro y la rápida emergencia evitó que las casas aledañas también se incendiaran…

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

domingo, 3 de octubre de 2021

Los viejos “nuevos” inéditos ricoteros


El Indio Solari presentó en su cuenta oficial dos históricos temas nunca editados que habían sido grabados y mezclados para incluir en Luzbelito, el disco de estudio de 1996: “Quema el celo” y “Rock de las abejas”, festejados durante esta semana por los fans que ya peinan canas

A 25 años de la salida de Luzbelito, disco de quiebre en la carrera del grupo más convocante de la historia del rock argento, el Indio Solari puso en órbita dos viejas gemas del universo “pirata” ricotero: “Quema el celo” y “Rock de las abejas”.
Festejados durante décadas por los fans que compraban y grababan los recitales para poder escuchar los temas no editados oficialmente, Solari ahora “liberó” las grabaciones de los dos temas que fueran registrados durante las sesiones en Brasil, en 1995, y que habían quedado afuera de la selección final.
El Indio anunció la publicación, este jueves, en su Instagram. Y subió las dos canciones inéditas a su canal oficial de YouTube. Tuvo más de cinco mil visitas en una hora.

La historia de los temas
Los Redondos habían viajado a San Pablo para trabajar en la salida del sucesor de Lobo Suelto/Cordero Atado (1993). El disco que publicarían en 1996, originalmente, había sido pensado por el dúo compositor para ser registrado con todos aquellos temas inéditos que tanto se tocaban en vivo, pero que jamás habían sido llevados a la edición final.
Imposible no acordarse de las viejas versiones de estos temas, que eran seguidos y pasados de mano en mano por los ricoteros en un sinfín de casettes. Desde la versión de “Rock de las abejas”, en Paladium 1986, o la de “Quema el celo”, que se conseguía en una canónica grabación de consola del recital de Garage, “pirateada” durante los recitales de diciembre de 1988 en esa disco de La Plata de calle 10 entre 58 y 59; y también en algunos shows de 1994, como anticipo de esa idea inicial del grupo (en realidad, más ponencia de Skay que del Indio) de hacer un disco grabando esas viejas gemas de los primeros años de existencia de la banda. Idea que finalmente no se concretaría y llevaría a la edición de Luzbelito, un disco mucho más oscuro, conceptualmente, que lo que aportaban los festejados inéditos.
Los dos temas tienen el aporte de vientos del grupo Metaleira Mantequeira. Fueron mezclados y editados junto a ellos en esa experiencia en San Pablo. La orquesta de vientos había sido sugerida al trío histórico de Los Redondos por el músico y productor Néstor Madrid, quien estaba radicado en Brasil. En Luzbelito, el grupo de vientos aporta, además, en las versiones de Blues de la libertad y Mariposa Pontiac / Rock del país.


A mediados de abril –y ahora sabemos que de manera para nada aleatoria- el grupo que acompaña al Indio en su versión solista (Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado) había hecho las versiones de “Rock de las abejas” y “Quema el celo” durante el concierto que se transmitió vía streaming desde las huellas patrimoniales de la laguna Epecuén.

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viernes, 17 de septiembre de 2021

El arquero platense récord en la Selección


El legendario Emilio Fernández tiene un récord único, imposible de superar: arquero en las dos veredas de las pasiones futbolísticas platenses, fue uno de los primeros futbolistas en debutar y representar en el Seleccionado tanto a Estudiantes como a Gimnasia

En 1913, mientras el club de calle 53 se preparaba para edificar su campaña victoriosa en el torneo de Primera, llegaría la primera convocatoria de albirrojos para la Selección Argentina: fue el 27 de abril, en un amistoso organizado entre la Asociación Uruguaya de Fútbol y la disidente Federación Argentina de Fútbol. El match se jugó en el Parque Central de Nacional de Montevideo con derrota Albiceleste 0-4. Esa tarde, dijeron presentes tres figuras del fútbol pincharrata: Emilio Fernández, Ludovico Pastor (sí, el mismo defensor del gol en contra en el primer clásico de la historia, aquel de 1916) y Carlos Galup Lanús, junto a Molfino y Polin, en el medio; y Canavery, Pozo, Santoro, Max Winter y Roldán, en la línea de cinco delanteros.
¿La anécdota? Durante décadas, este amistoso –como tantos otros similares- fue ignorado por la FIFA, ya que la entidad con sede en Europa no contabilizaba los partidos de selecciones o combinados nacionales organizados entre federaciones disidentes. La unión definitiva de la AFA en la década de 1930 llevaría al reconocimiento de estos amistosos y los partidos se anexarían a los historiales oficiales…
El idilio de Emilio Fernández con Estudiantes terminaría de cimbronazo y el símbolo del arco albirrojo cruzaría de vereda, no sin acusaciones de “traición” y pedidos de desafueros morales. En efecto, no sería sino la indeclinable decisión de Emilio y de otros cinco compañeros pincharratas lo que daría origen al clásico local que, desde 1916, define y divide el pulso del balompié en nuestra ciudad.
Los “refuerzos” de jerarquía (Bottaro, Bernasconi, Girotto, Naón y Ferreiroa) que venían de ganar el título en Primera, con Fernández a la cabeza, pegaron el portazo y mudaron su pasión por la pelota de Estudiantes al Club Independencia, en 1914. Luego llegaría la fusión de Independencia con Gimnasia, la vuelta del Lobo al fútbol asociacionista y su ascenso a Primera durante el torneo de Intermedia de 1915.
Ya con Gimnasia en Primera, llegaría, entonces, la primera convocatoria de un tripero para integrar el plantel seleccionado: Emilio Fernández, el hombre récord que ya había debutado siendo parte de Estudiantes, fue convocado para atajar con la Albiceleste el 15 de agosto de 1916 en un triunfo de Argentina (3-1) ante Uruguay. Un amistoso en la cancha de Racing, en Avellaneda, ante más de 15.000 hinchas.
Unos meses después, Fernández tendría la segunda y última convocatoria y otra vez frente a los charrúas. Fue el 1 de octubre de 1916. Argentina goleó esta vez 7-2 y el hombre récord de Gimnasia y Estudiantes hasta atajó un penal.

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miércoles, 11 de agosto de 2021

El olvidado hotel tilcareño de los campeones '86


La leyenda del último Mundial victorioso para Argentina nació en un caluroso enero jujeño de 1986: una impetuosa pretemporada en Tilcara, a casi 2.500 metros de altura, para recrear el clima a vivirse en el DF. El Hotel Turismo, hoy, y el mito de la promesa incumplida a la Virgen

La geografía del Angosto del Perchel, en el extremo norte del departamento de Tilcara, sorprende incluso a quienes ya conocen ese montaje montañoso y transicional rumbo a la Puna: un monumental accidente geográfico, que estrecha al mínimo la Quebrada sobre el Río Grande, formando un pucará natural que, estratégicamente, fue usado como frontera de resistencia desde las invasiones incaicas hasta las batallas por la independencia contra los realistas españoles de principios del siglo XIX.
En ese, por entonces, inhóspito paisaje de la Quebrada de Humahuaca, en enero de 1986, catorce jugadores seleccionados por Carlos Bilardo, su cuerpo técnico y algunos asistentes, viajaron a Tilcara para simular una pretemporada con el clima y la altura que, desde mayo, vivirían en el Distrito Federal mexicano. Una quimera con final feliz, y la Copa del Mundo en manos de Maradona, que apenas en ese círculo íntimo se creía posible a meses del Mundial…

El Hotel del Turismo
Un pequeño pueblo que hacia la década de 1980 apenas superaba, regularmente, los 2.000 habitantes, alojó a la Selección de Bilardo en la aventura del verano de 1986. Se hospedaron en el Hotel del Turismo, único alojamiento de esa amplia zona de la Quebrada con instalaciones medianamente aptas para recibir a futbolistas profesionales y a una altura similar a la capital mexicana; desde siempre ubicado en la trocha principal tilcareña, la calle Belgrano, que desemboca en las orillas del recurrentemente seco Río Grande, salvo en las contadas pero abundantes crecidas.
35 años después de aquella épica, pocos son los recuerdos de la inédita visita de los de Bilardo. Las generaciones actuales ni siquiera recuerdan los nombres de aquellos campeones del mundo que, cinco meses antes del 3-2 a Alemania en el Azteca, estuvieron en ese insólito punto del norte argentino, conviviendo entre hojas de coca y bica para no apunarse, tamales, cabritos y empanadas criollas.
Sin los jugadores argentinos del fútbol europeo (Maradona, Valdano, Burruchaga y Passarella) porque sus campeonatos no tienen receso invernal, el entrenador diagramó una procesión de la “Armada Brancaleone” con lo mejor del fútbol local. Que no era poco: valiosos talentos de los últimos campeones del fútbol nuestro: Bochini, Giusti y Clausen, por Independiente; Batista y Borghi, de Argentinos; Ruggeri y Héctor Enrique, por River; Garré, de Ferro; y los créditos pincharratas de su campeón ’82: Brown y Trobbiani, sin Russo, descartado por una lesión de último momento. Se sumaban Oscar Dertycia (Instituto) y Jorge Comas (Boca), dos que quedarían al margen de la lista final que viajó a México. Todos ellos rumbo a Tilcara, por avión hasta San Salvador y el tramo final, en colectivo, por la vieja ruta 9 Panamericana aún con largos cursos de ripio.
En el Hotel del Turismo donde se alojó el plantel no hay recuerdos. Se diría, incluso, que el mito sólo pervive porque aquella guardia inicial de jugadores, entrenando entre el viento y el calor seco de la Puna, quedaría en la gloria mundial cinco meses más tarde.
“El poco recuerdo que había, que era casi nada, se fue yendo con las distintas gerencias del hotel y el paso de los años, que fueron dejando de lado lo poco que había de fotos, anécdotas o algún presente que pudo haber quedado de esos días”, me confirma, entre lamentos, uno de los empleados, 35 años más tarde.
El ambiente invita igual al orgullo de cada uno de los empleados que hoy tiene el viejo Hotel Turismo, apasionados en rememorar, aunque sea con recuerdos orales, aquel paso del plantel de Carlos Bilardo; mas no sea a partir de “lo que me contó mi viejo que le dijo mi abuela…”, en palabras de otro empleado que ni siquiera había nacido cuando Maradona tocó la gloria en México ’86. Para los lugareños, sin embargo, sobre todo los más jóvenes, a más de 30 años, aquellas historias suenan a un apéndice utópico de cualquier leyenda de OVNIS y el viejo Zerpa que pronosticaba la invasión final en el antiguo canal 9 de Romay.
El hotel fue reformado con el paso de los años y, hoy, es uno de los alojamientos más económicos de esa zona turística, con habitaciones dobles desde los 2.000 pesos la noche. Tiene una amplia explanada en su entrada y balcones que, desde el contrafrente, permiten una vista privilegiada de las montañas y el paisaje que devuelve la Quebrada de Humahuaca.
Aquel reducido plantel de 14 jugadores se entrenaba desde muy temprano en una improbable, a ojos de hoy, cancha de tierra junto a créditos de la zona que oficiaban de sparrings para completar los 22 dentro de la cancha. Fueron diez intensos días donde la Selección de Bilardo jugó dos partidos (ambos los ganó por goleada) contra un combinado local entre los dos clubes más representativos de la ciudad de Humahuaca (37 kilómetros al norte de Tilcara): Comercio y Ciclón del Norte.
El hotel se había transformado, en aquellos días, en el epicentro del sueño de ese puñado de futbolistas amateurs de la Quebrada que, meses después, contarían haber sido compañeros de cancha de los campeones del mundo de México. Ni más ni menos… Se entrenaban en doble turno, en Tilcara, en la única cancha “en condiciones” del pueblo. Y los dos amistosos se había decidido jugarlos en el predio del Estudiantes de Humahuaca, de las pocas canchas de esa zona montañosa con algo de césped.

El mito de la Virgen
En marzo de 2018, antes del Mundial de Rusia, varios integrantes del plantel campeón ’86 viajaron a Tilcara para cumplir la supuesta promesa jamás cumplida. ¿Cuál? Aquella que afirma que no volvimos a ser campeones del mundo porque, durante la gira tilcareña de enero de 1986, se le habría prometido, a la virgen de Copacabana del Abra de Punta Corral, regresar con la Copa. Si se ganaba el Mundial, sería ofrendada y bendecida. Algo que jamás sucedió hasta este último viaje, auspiciado por Coca Cola, en la previa de la Copa del Mundo de Rusia. Nacía, así, “la maldición de Tilcara” y un mito que perduró por más de 30 años.
Vuelvo a la puerta del hotel. Saludo al conserje por los datos, intento no hacer promesas imposibles de cumplir y me aclara.
“Pasó, en realidad, que alguno de los jugadores dijo en alguna charla informal que le iban a pedir ayuda a la Virgen, ‘esa famosa que tienen acá’, para ganar la Copa. Pero nunca fueron a la iglesia a prometer nada. Es parte de la leyenda”, me sugiere y confirma, coincidiendo con los testimonios posteriores de los Pumpido, los Tapia y parte de la comitiva iniciática a aquel Tilcara 1986.
El resto es mito, como todo lo que rodea al hoy concurrido Hotel del Turismo, con una mayoría de peregrinos y trotamundos que ni siquiera imaginan, mientras lo caminan y habitan, la historia que sus espacios reservan para contar.

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martes, 20 de julio de 2021

El último romántico del periodismo gráfico


El diario La Idea, en Córdoba, aún se imprime con la vieja técnica del linotipo de plomo móvil; con moldes, colocando las piezas letra por letra, desde su fundación en 1923. La historia de Ubelino Castro y la pasión de tipógrafo que lo acompaña desde la adolescencia

La casa donde funciona La Idea está a metros de las vías del viejo ferrocarril, sobre la calle San Martín, en una de las tantas esquinas centenarias reconocibles en Cruz del Eje, antiguo bastión ferroviario del norte cordobés; la ciudad, reconocida como productora de miel y aceitunas, identificada, además, con su extenso embalse, único de su tipo en nuestro continente, en el corazón norte de las Sierras Cordobesas, que la corona con una extensa laguna que es atracción turística en los meses de verano.
El pueblo donde, hace décadas, cuenta la leyenda corroborada en cada esquina de esta idílica comarca, a la manera de "La guerra de los mundos" de Wells, algún pícaro hizo correr un rumor, de boca en boca, sobre una grieta que detonaría al embalse en cuestión de horas. El pánico corrió como la llama sobre el pasto seco en Cruz del Eje, todavía sin la refutación instantánea que como diáspora nos traiciona el segundo a segundo del WhatsApp o el SMS, y en menos de dos horas el pueblo fue evacuado, entre gritos, desesperación y huidas, hacia fincas vecinas como San Marcos Sierra o Capilla del Monte. Nadie supo nunca cómo ni por qué, pero el pueblo, lo sabemos hoy, jamás se inundó y, dice el mito lugareño, que el invento del embalse inundando todo tuvo relación con un casamiento que algún "despechado" quiso hacer evitar...


El último linotipista
Entrar a la casa histórica donde se imprime La Idea es bucear en un museo no declarado de hojas, rollos de papeles de impresión, cajoneras repletas de letras de distintas fuentes y caracteres, sellos de impresión con imágenes de antiguos presidentes y figuras destacadas de la vida política, o viejas ediciones del diario que se acumulan como en cualquier hemeroteca. La máquina tipográfica, una alemana Werk Augsburg, se escucha crujir con cada pasaba del rodillo, movida a mano para hacer presión sobre la tinta por Ubelino Castro Cuello, el famoso "último linotipista".
Ubelino no había cumplido ni 14 años cuando entró a trabajar a la misma imprenta donde hoy nos cuenta su historia, en un mediodía soleado y seco de un sábado cualquiera de febrero. La Idea no sólo es "el decano del periodismo del noroeste cordobés", como difunde su letrero azul en la entrada, sino también el único diario de Argentina de circulación regular que sigue editando sus páginas con linotipos móviles de plomo.


"Se hace así, ves", me muestra Ubelino y toma al azar, de una de las cajoneras tipográficas, un grupo de letras que ubicará artesanalmente de derecha a izquierda y al reverso dentro de un molde, acomodadas hasta formar la oración, para después entintarlas y esperar el paso de las planchas de hojas por los rodillos. Ni más ni menos que la vieja técnica tipográfica estándar de la industria imprentera usada desde finales del siglo XIX hasta casi los años '80 del último siglo.
La impresión requiere un minucioso esfuerzo del tipógrafo para evitar errores y tener que reimprimir la página. Con paciencia de orfebre, el trabajo demanda colocar cada pieza de metal, compuesta de caracteres, números y símbolos, dentro del molde hasta conformar la plancha con cada palabra, cada oración, cada párrafo, que le dará el significado final a la hoja a imprimir.
El periódico tiene, ahora, una tirada mensual de menos de 500 ejemplares, con temas locales y columnas de opinión. Se imprimen por la vocación y resistencia de Castro, quien aspira a mantener el oficio hasta, al menos, el año del centenario del diario, en 2023. Los ejemplares los reparte el propio Ubelino, de mano en mano, entre los comerciantes y vecinos cruzdelejeños, junto a su hijo Fito e integrantes de una asociación civil que apoya al diario –declarado en interés nacional en los 2000- para evitar su desaparición.


Su fundador fue Nicolás Pedernera, en 1923, con la impronta de la marca libertaria y socialista de los diarios de difusión de época. Y su hijo, Temístocles, continuó con la tradición de La Idea hasta 2004, ocho décadas después de la fundación. Ante la inminencia de un posible cierre, Don Ubelino, que aún trabajaba como tipógrafo en la rotativa del periódico, se hizo cargo del proyecto con un grupo de voluntarios de la ciudad para evitar que el diario centenario, marca a fuego de Cruz del Eje, quedara en el olvido.
"Las ganas que tendré de que esto no se termine que hasta me vine a vivir al edificio del diario", cuenta Ubelino. Sus hijos, Fito y Nelson, aprueban con un gesto, mientras le sacan fotos a sus manos entintadas. La misma habitación, el mismo lugar, me cuentan también, donde supo dormir hasta el presidente Arturo Illia, otro símbolo de Cruz del Eje, en cada uno de sus regresos al pago de nacimiento...
Desde hace algunos años, la asociación "Amigos del diario La Idea" impulsa la necesidad de restaurar la casa donde funciona la imprenta y vive Don Ubelino, transformarlo en un museo del circuito turístico de la ciudad y empezar a enseñar el oficio de linotipista a nuevos aprendices del entrañable tipógrafo. Desde 2017, trabajan junto a una cátedra de la carrera de Archivología de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. Entre tanta vocación por mantener la memoria y su historia, buscan recuperar, conservar y digitalizar, parte del archivo del diario, que posee ejemplares -de publicaciones anteriores a la fundación de La Idea- desde 1916.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.