viernes, 12 de abril de 2019

Lo del Manteca: la carne cara es barata



Para los desconocidos que pasan por la puerta, es una simple vivienda con una placa de bronce que en el frente homenajea al club “Tranviario Automotor”. La leyenda está adentro: a minutos de la Catedral, en 50 casi 21, un comedor de los de antes

“Decilo así… que para mí es el secreto de todo esto”, me interroga con abundancia de gestos el Manteca, mientras se seca parte de la frente con un trapo. Me lo dice un mediodía de esos de calor y chicharras prendidas, comunes a cualquier enero platense. Suenan fuerte, las chicharras, en el patio donde el calor del asado combate cualquier brisa de aire.
El trapo con el que también se seca los brazos, es un repasador que apoya religiosamente en la mesadita que tiene al lado de la parrilla, donde hay dos o tres cuchillos de distintos tamaños, algún vaso con agua o vino y hielo y un paquete de sal. Me insiste, entonces, y lanza su secreto, la llave en forma de fraseo del tesoro del bodegón: “La carne cara, es la más barata”. Lo miro: “Como escuchás: siempre es así. Los que vienen lo saben”.
Desde afuera, nada da indicios de que en esa casa de 50 entre 21 y 22, con puerta blanca de hoja doble y dos ventanas con rejas a cada costado, transpira el bodegón más céntrico que hoy tiene La Plata; a una cuadra y media del polo gastronómico que fue creciendo en plaza Malvinas, a minutos de la Catedral, ahí adentro, tan oculto como misterioso, aparece la leyenda que muchos oyeron de boca en boca: “Lo del Manteca”.


La casa tiene cerámicos naranja en el frente y una única identificación, de bronce, a la altura del marco superior de los ventanales. Es una placa de 1952: “Asociación D. S. y M. Tranviario Automotor”: Deportiva, Social y eme, intuimos, de Municipal.
Es que de la mano del bodegón con parrilla y minutas que funciona adentro, emerge el club de bochas fundado, en pleno auge comercial del transporte, por los viejos choferes de tranvías de la empresa “La Nacional” en los terrenos que a principios del siglo XX -época fundacional de la ciudad- pertenecían a la familia Tettamanti. Todo estaba en la zona: la sede de la empresa funcionaba en la vieja casona del actual Colegio de Agrimensores (51 entre 20 y 21); y los talleres tranviarios, en los galpones de ladrillo a la vista que hoy se usan como depósito de chatarra de Control Urbano, en 49 entre 20 y 21. Si algún “Pincha” con conocimiento de historia llegó hasta acá con la lectura, de seguro habrá detenido en el apellido Tettamanti: sí, el mismo que le cedió a Estudiantes parte de esos terrenos, al fundarse el club en 1905, para que jugara de local en el descampado donde hoy se levanta la plaza Malvinas.
Lo primero que se ve al entrar al club, pese a la tenue luz que acompaña la bienvenida, es un mueble marrón con estanterías donde se lucen viejos trofeos de conquistas de los tranviarios, la mayoría de bochas. El espacio funciona como una casual sala de espera. Tiene un banco largo de madera y un semipúblico celeste y verde de Telefónica, aún en uso, donde lo único que resalta es el número de una remisería amiga, escrito con fibra negra para llamar cuando la noche se hace madrugada y manejar es un mangar para el tubito de alcoholemia de los de afuera.
De ahí al salón principal, donde hay una barra y el grueso de las mesas, se llega haciendo equilibrio por un pasillo amplio que apila botellas vacías de Vasco Viejo y Norton y vacíos cajones de cervezas. A un lado, se esconde la cocina que expulsa las minutas y las fritas, papas deliberadamente cortadas en largas tiras y anchas como en los bodegones de antes; y a la derecha, el emblema del lugar, la cancha de bochas que es la otra excusa de unión social adentro del famoso “Tranviario”.


Las noches, de martes a sábado, pueblan la barra amigos bebedores –casi todos mayores de 50- que relatan anécdotas entre vasos de Gancia con limón, algún Fernet con Cinzano y muchas cervezas, en especial cuando el calor pide algo fresco que no sea agua con hielo. Entre los gritos y el bullicio, el Manteca va y viene del patio del fondo con la bandeja llena de chorizos y morcillas -pacientemente cortadas en porciones según la cantidad de comensales exacta de cada noche- y unas cuantas tandas más de pechito de cerdo, costillar de hueso grande, vacío y tapa de asado para los que optaron por el menú fijo parrillero.
La comida y la atención no tienen complejidades: los días clásicos son aquellos en los que el “Mante” prende la parrilla (jueves y viernes, mediodía y noche, y los sábados al mediodía) y cobra un menú fijo de 350 pesos que incluye papas fritas, ensalada mixta (cebolla, tomate y verde), carne de ternera y cerdo, como si fuera un tenedor libre: comés hasta “reventar”. Antes, los martes de noche, la semana gastronómica se inicia con una tanda de pollo con guarnición; y los miércoles repite, pero la carne muta de pollo a pescado frito, siempre con papas, ensalada o puré, a no más de 200 pesos por persona.
Me insiste el Manteca, fanático futbolero que no esconde su afinidad por el Olimpo bahiense y defiende el origen bonaerense y seleccionado de sus carnes y achuras: “Acordate de eso siempre: la carne cara siempre es la más barata”.

 * Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

viernes, 8 de marzo de 2019

La última cena de Edgardo



"Cena en Edgardo, lo más clase B. Cabezas de jíbaro, amigos y Fernet..." ("Lluvia dorada", Sergio Pángaro, 1999)

Cierra "Lo de Edgardo", un bodegón histórico del barrio Meridiano V. Crónica de una de las últimas noches, entre canciones de Sergio Pángaro, mesas al tope y las exquisitas milanesas rellenas con papas y huevo frito

Quizás, con los años, la estampa de Edgardo (la que ves acá: pantalón negro y bastón obligado en mano por un prontuario de lesiones de su paso juvenil por las inferiores de Estudiantes) bajando del auto, ayer, después de estacionarlo a las apuradas sobre el empedrado manchado por unas pocas hojas secas, forme parte de alguna antología urgente sobre lo que era el barrio que todavía resiste los cambios más abruptos; sobre lo que era Meridiano V y, más aún, sobre lo que era La Plata en esta porción de 71 entre 17 y 18 que hasta esta noche seguirá detenida en el tiempo como la máquina de divagar en el pasado jamás inventada, salvo en la ficción de McFly o en alguna distopía de literatura occidental.
Fue la anteúltima vez, ayer viernes, que Edgardo Ricci pasó la puerta de "su" casa para abrir el bodegón que es el surco inevitable de Meridiano V. Lo es desde los tiempos en que todavía el Provincial cruzaba camino a Mira Pampa por los andenes que hoy decenas de pibes usan para jugar sábados y domingos. Sello de tres generaciones de platenses durante seis décadas: abuelos, padres y nietos, como en estas últimas y eternas noches de febrero, compartieron mesas entre este centenar de cuadros, camisetas y fotos que hacían de "Lo de Edgardo" un restaurant con un museo de vida latiendo en cada rincón.
Si bien, puertas adentro, Ricci hace (me resisto a conjugar en pasado) inocultable su pasión por Estudiantes y la camiseta blanca de Aguirre Suárez usada en Manchester se distingue entre tantos emblemas, no faltan los recuerdos acumulados de cientos de clientes: banderines de Olimpo o San Carlos, viejas glorias en remeras de Cambaceres y Aldosivi, tics de automovilismo y otros deportes, botellas de marcas ya inexistentes, mulitas embalsamadas, frascos reciclados para amontonar antiguas monedas y siempre un tango de fondo saliendo vaya uno a saber de qué grabador (no, acá nada de mp3 o Spotify). Un archivo de memorias en poco más de 80 metros cuadrados, que suma, en un rinconcito, las famosas cabezas de jíbaro, tradición de la tribu shuar amazónica.


Hay un brevísimo letrero fileteado sobre la ventana izquierda que lo sintetiza todo, de piel y de alma: "No nos queremos parecer a nada más que a Meridiano V". Lo firma el propio Ricci, que ya cuenta 80 y desde los veintipico, como ladero de su padre, comandó el negocio (el viejo Bar Americano) que compraron con la indemnización después de que los despidieran del Provincial con el desguace del Plan Larkin, en el ’61.
La frase es un aforismo de guerra que sirvió para resguardar este secreto bien platense de los vientos modernos que "santelmizan" estos refugios como si el mercado gastronómico fuera un molde uniforme para copiar y pegar. Ni siquiera la letra que lo hizo popular entre los porteños, del Sergio Pángaro de Baccarat ("Lluvia dorada", 1999), amigo de la casa y cliente fiel en su etapa de estudiante y músico platense, pudieron doblegar la costumbre de antaño de este lugar. Acá la estirpe de transformación a la San Telmo pierde por goleada. Y es el propio Edgardo el que te lo remarca en cada sobremesa, como si su pasado como ferroviario del Provincial reviviera cada noche para dejar en claro las coordenadas obligadas a respirar al entrar al bodegón.
Las persianas americanas apenas dejan ver, desde adentro, el cartel manuscrito que es el único señuelo para los que vienen de afuera y desconocen lo que en el interior se esconde, sobre todo porteños y turistas que llegan atraídos por las sugerencias gastronómicas de suplementos dominicales: “Restaurant Edgardo”. Sencillito, escrito en rojo, letra cursiva. ¿Para qué más?
El lugar tenía otras características propias. Eran mandatos irreductibles de Ricci, condiciones que, salvo contadas excepciones para amigos y fieles, cumplía a rajatabla aunque los costos fueran perder un nuevo cliente ajeno a esas reglas: un horario rígido de apertura, donde él o alguno de los ayudantes te recibía detrás de la ruidosa cortina de metal; y la puerta siempre con llave, como una casa abierta al público curioso que caminaba por la 71 pero restringida para los pocos elegidos que aceptaban los “marcos legales” que su dueño imponía.


Hubo una época, no tan lejana pero más cerca en el tiempo a ese 1977 que vio pasar el último ramal del La Plata-Avellaneda, donde Meridiano V sólo era el barrio de la estación abandona del Provincial. Un par de bares de antes, con tragos ligeros y baratos, como el de 18 y 71 o el aguantadero de La Copetona, en 17 entre 70 y 71; y “Lo de Edgardo”, claro. No mucho más. No había centros culturales, ni cervecerías de venta rápida, ni negocios pintorescos con comida al disco donde la radicheta y el berro son “colchones verdes”. Era el empedrado, la estación del TALP a San Isidro, esos pocos bares y las milanesas rellenas, con papas y huevo, que sólo se comían en lo de Edgardo Ricci. Las que comimos anoche por última vez.
De eso no se vuelve. Hoy es la última chance de cortarlas y ver caer el queso tibio entre el doble bife de carne. A eso le vamos a decir nostalgia, desde el domingo, en el catálogo de anécdotas platenses.

 * Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

miércoles, 9 de enero de 2019

El Rodeo, clásico de la parrilla al paso


En la esquina del Correo, 51 casi 4, se huele a carne en una vereda que nunca pasa desapercibida. Cita eterna de oficinistas, estudiantes, bodegueros y curiosos que la pueblan de lunes a sábado a local lleno

El minúsculo espacio existente entre la pared lateral y la barra devuelve un pasillito que se alarga hasta la cocina y su televisor, que elevado resiste diariamente en una batalla desigual contra el calor del negocio, siempre vibrando con algún partido de fútbol de fondo.
La barra conforma una larga mesada perpendicular que mira de frente a la parrilla y deja al cliente en la posición de quien descubre un gran ventanal que refleja el paisaje más esperado, con achuras y grandes vacíos y bondiolas en cocción exacta.
Entre las butacas y las mesas, en no más de dos metros de ancho, se sumergen decenas de parroquianos y parroquianas a la espera del corte a punto; un abanico de manos levantadas, sobre la cabeza de aquellos sentados, buscando un chori con criolla para comer a la pasada o los que esperan la porción de asado para llevar al laburo o a la casa.


Nada impide que el enjambre se repita todos los días, mediodía y noche. La ubicación y los precios lo hacen un lugar distintivo del centro platense: abundancia, buena carne al paso, sin espera y con precios populares. ¿Qué otra combinación podría ser mejor?
Pero El Rodeo tiene algo mucho más perturbador, diría hasta vicioso, que actúa como anzuelo; una costumbre de época de antiguos y ya inexistentes bodegones: clientes fijos, de la casa, de esos que vuelven día por medio y van construyendo una amistad que no encuentran en ningún otro lado más que en esas mesas, tanto con otros clientes como con los mozos y los parrilleros. Ellos: Alejandro, Darío y Eduardo, históricos de un lugar que los mantiene como si su permanencia fuera el otro gran secreto del éxito irrepetible de El Rodeo en pleno centro de la ciudad.
La parrilla tuvo distintas etapas y ninguna se alejó de esa emblemática manzana de 51 entre 4 y 5 que supo ser epicentro de luces y grandes consumos del platense de clase media alta. “Empezamos en el ’80 y fuimos modificando según las circunstancias. Pero nunca salimos de acá”, resume Mariano, hijo del histórico hacedor de El Rodeo. El local tuvo sus ampliaciones sobre el espacio lindero que hoy ocupa un gran maxi-kiosco y, en los 2000, una sucursal con “salón familiar” en la esquina de 5 y 51 para los que buscaban la comodidad que no otorgaba el emblemático reducto al paso.


El mote de "al paso" hace el resto y es marca de identidad. Se puede saborear un vacío al pan o una bondiola al limón con provenzal (XL, por 100 mangos); o un choripán también por 60. Todo regado en una jarra de vino tinto o blanco de la casa que no superará los 75 pesos el medio litro.
Las porciones (para dos y de buen comer) de bife chorizo y vacío; o combinadas como dos medias porciones, sumando un chorizo con morcilla y una ensalada mixta (puntea la de radicheta, cebolla y ajo) que, con un vino a medias o una cerveza, promediará 400 pesos entre dos. Una propuesta ineludible.
Así se abre camino entre la multitud de ofertas gastronómicas de la zona, al paso y sin espera, "El Rodeo", marca a fuego del sanguchito de carne en el centro de La Plata.

 Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.