sábado, 17 de abril de 2021

El otro clásico "sin público"


Fue en 1972. Si bien el domingo la brega local se disputará, por primera vez, sin gente en las tribunas, hace cinco décadas se vivió una situación casi similar: un caluroso miércoles de diciembre, en Quilmes, el derbi platense tuvo apenas un puñado de hinchas en las tribunas. Sí: no fue nadie…

Uno de los tantos sinsentidos organizativos de la AFA a lo largo de su historia se dio en el final de la temporada 1972. San Lorenzo ya era bicampeón y el primer equipo en meter doblete de Metropolitano y Nacional el mismo año. Pero aún faltaba definir los descensos. Y, para eso, la AFA había dispuesto que los últimos seis equipos del Campeonato Metropolitano jugaran todos contra todos, en una rueda, a fin de año, para definir quiénes bajaban. Los últimos dos se irían a la “B”.
Estudiantes y Gimnasia terminaron 13ro. y 15to, respectivamente, y quedaron obligados a jugar el insólito Reclasificatorio. Fue la primera y única vez que debieron enfrentarse oficialmente en un torneo que definía, de manera directa, los descensos a Segunda. ¿El sinsentido? Los puntos de las 34 fechas del Metropolitano se “arrastraban” en la suma total de unidades y se adicionaban a la tabla del Reclasificatorio: a Banfield, el último del torneo, se le habían descontado 34 puntos, y Lanús, anteúltimo, había sacado sólo 12 en los 34 juegos. Antes de empezar, por simple cálculo matemático, los descensos de los dos sureños ya estaban decretados. El Reclasificatorio carecía de sentido…
Es ese contexto, el sábado 23 de diciembre y en cancha neutral, en el viejo estadio de Quilmes, jugaron Pinchas y Triperos. De seguro, la lidia local con menor cantidad de público de toda la historia, a sabiendas de la posición que ocupaban los dos equipos y de que los descensos del Grana y del Taladro ya estaban definidos. El clásico se jugaba lejos de La Plata para completar el fixture y, además, Estudiante presentaba un equipo repleto de juveniles…


Ni siquiera el tiempo le jugó una buena pasada, esa tarde, al olvidable duelo donde poco hubo en juego: el partido debió ser suspendido durante el segundo tiempo porque más que cancha, el césped de Quilmes se había transformado, por la lluvia, en un lodazal potrero, digno de las mejores montas. Continuaría a los cuatro días, el miércoles 27 de diciembre, y el Pincha lo lograría igualar (2-2) con una corajeada del pibe Oscar Suárez. Se festejó, entre la grey albirroja, casi como un triunfo aquel empate, ya que el Pincha presentó un combinado de pibes de Tercera, Cuarta y Quinta División. El plantel titular ya había sido licenciado pensando en las Fiestas…
La imagen de esa calurosa tarde de miércoles, cuando se recuperaron los 28 minutos –dos tiempos de 14’- que faltaban disputarse después de la suspensión del sábado, es digna de mención: tribunas vacías en la vieja cancha de Quilmes de Guido y Sarmiento, los juveniles de Estudiantes intentando empatar el partido contra los profesionales triperos y Gimnasia jugando con una inusual camiseta azul marino, con un ancho bastón blanco en el pecho (ver foto), que desde el modelo alternativo homenajeaba al Ajax holandés campeón de Europa y del mundo.
Los estoicos hinchas que se animaron a viajar dejaron en boleterías, entre plateas y generales, apenas 1.630 pesos de época. Para tener dimensión de la insípida concurrencia, fue sólo el 2% de lo que se recaudaría meses después en el primer partido de la temporada 1973. Y en la reanudación del miércoles, apenas se vendieron 220 pesos. Algo lógico, sabiendo que sólo se completaban los 28 minutos, en Quilmes, y un día laboral por la tarde.
Estudiantes y Gimnasia, en Quilmes, casi sin testigos en las tribunas. Fue en 1972. Ayer como hoy, en 2021…


La historia del pibe Suárez
Surgido de la cantera pincha, fue uno de los juveniles categoría ’52 que debutó durante el Nacional de 1971 por una recordada huelga de profesionales que obligó a los equipos a completar el campeonato con jugadores de inferiores. Jugó en Estudiantes hasta el Metropolitano 1975, cuando, sin lugar en el equipo de Bilardo, fue transferido a Temperley. Allí, fue una de las revelaciones del Celeste en el Nacional, que clasificó entre los ocho mejores y se metió en la Ronda Final por el título. Hizo 8 goles en 16 partidos. El pibe que tanto prometía en Estudiantes, se había destapado en Temperley con destellos inolvidables como el doblete que le metió al River bicampeón de Labruna. Suárez ya era titular indiscutido, había encontrado su lugar en el mundo. Por eso el club le compró el pase a Estudiantes durante el receso de verano. Un presente de ensueño para el juvenil, que sin embargo nunca debutaría en los torneos de 1976. A los meses, durante una gira conjunta que Temperley y Talleres hicieron por Zaire, contrajo malaria. El Celeste jugó sólo cuatro partidos en África y regresó de la gira en febrero del ’76, antes del inicio del Metropolitano. Hubo otros futbolistas contagiados, pero sobrevivieron. Suárez agonizó, internado, en el hospital Gandulfo de Lomas, hasta su repentina muerte, el 19 de febrero. Tenía 23 años.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

jueves, 15 de abril de 2021

Los antecedentes coperos del clásico platense


Pinchas y Triperos juegan el domingo el derbi 181 desde que empezaron a enfrentarse en 1916 por los torneos asociacionistas. Será el 8vo. partido oficial por copas de AFA en 105 años de historia. Los antecedentes coperos: de la Competencia del ’24 al Torneo Centenario ’93

No habrá lugar el domingo –y lo celebramos- para que la prensa hable del “clásico 162” del historial, recorte hegemónico del periodismo, nacido en los ’70, que empezó a contabilizar para los historiales los partidos oficiales de los campeonatos regulares tomando como partida el cisma clave de la Liga Profesional de 1931. De un plumazo, y lejos de la tradición histórica que bien supieron narrar los diarios El Día y El Argentino con crónicas y coberturas que hoy se tornan envidiables, dejaban de lado, así, los quince años previos de la llamada “era amateur”.
No habrá lugar para hablar del clásico 162, decía, porque, además, el del próximo domingo no será un clásico más del antiguo campeonato por puntos a una o dos ruedas, sino que, como no sucede desde aquellos choques del invierno del ’93 por la Copa Centenario, Estudiantes y Gimnasia volverán a jugar casi tres décadas después por una copa de AFA.
Antes de llamarlas por el genérico de “copa”, los conocidos “Concursos por Eliminación” fueron una marca distintiva en la organización de los torneos anuales de la asociación oficial –la hoy AFA-. Su nombre no dejaba espacio a las dudas: mientras se disputaba el torneo habitual por puntos, todos contra todos, con el trofeo “Copa Campeonato” en juego, se organizaban distintos concursos por eliminación directa a lo largo del año calendario y se ponía en juego la “Copa Competencia”. Existía el clásico “concurso de Campeonato” y, paralelamente, los equipos de cada divisional disputaban, por eliminación, el “concurso de Competencia”.
La primera copa que enfrentó a Pinchas y Triperos en la historia del derbi fue la Competencia de 1924. Compartieron la Zona C. Pero sólo disputaron la revancha, jugada el domingo 23 de noviembre de 1924. Fue 2-2 con goles de Zoroza y Morgada, para Gimnasia, y Bellomo (2), para Estudiantes. El partido de ida estuvo programado inicialmente para el 29 de mayo, luego se postergó para el 30 de noviembre y, finalmente, no terminaría disputándose, ya que Estudiantes había licenciado al plantel. Gimnasia ganaría los puntos en el escritorio, sin jugarlo.
De la Copa Competencia 1924 saltamos a 1932, cuando se enfrentaron un inusual día jueves por el Grupo A de la Copa Beccar Varela, en cancha neutral. La prensa la supo llamar “la copa falluta”, por ser un torneo organizado como cierre de temporada, en pleno verano, que no generó el entusiasmo de los hinchas y de la mayoría de los clubes, que optaron, en muchos casos, por poner elementos juveniles o habituales suplentes con sus planteles ya licenciados o de vacaciones. El escenario fue el Viejo Gasómetro y vio triunfo tripero, 2-1, con gritos de Palomino y Naón. Lauri había empatado transitoriamente para el Pincha.


De la Competencia Británica a la Centenario
Los duelos de 1945 por la Copa de Competencia quedarían marcados por una particularidad única: fue el clásico más largo de toda la historia. Duró ¡139 minutos! Y, ni así, pudo desempatarse. El partido se jugó a eliminación directa, por la primera ronda de la Competencia Británica. En los 90’ empataron 2-2. El reglamento preveía un alargue de 30 minutos. Como volvieron a igualar (3-3), debieron disputarse otros 30 minutos de alargue. A falta de once para el final, y como aún persistía la paridad, el árbitro terminaría suspendiendo la brega por falta de pelotas. La serie tendría su desempate, programado para el feriado 1 de mayo en la cancha de Gimnasia, que ganaría Estudiantes, 2-1, con goles de Pelegrina y Chiarini en contra, para clasificarse a cuartos de final.
El último antecedente copero nos lleva al invierno de 1993, cuando la AFA organizó la Copa Centenario para celebrar los cien años de la fundación del fútbol oficial. Fue la última vez que pinchas y triperos se enfrentaron por copas nacionales a eliminación directa. El partido de ida se jugó el 26 de junio de 1993, en el Bosque. Gimnasia ganó 1-0, con gol de Guillermo Barros Schelotto, un partido que sólo duró 60 minutos por un recordado piedrazo arrojado desde la hinchada de Estudiantes al árbitro Juan Carlos Biscay, que determinó la suspensión del derbi. La revancha fue el domingo 4 de julio, en 1 y 55, y el 0-0 final terminaría clasificando al Lobo para la ronda de ganadores.
Sumando los torneos internacionales, la última vez de mata-mata fueron los cruces victoriosos para los albirrojos de la Sudamericana 2014, cuando Estudiantes eliminó al Lobo tras un 0-0 en el Bosque y ganar la revancha, 1-0, en el Ciudad de La Plata, con un recordado gol de Diego Vera.

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jueves, 1 de abril de 2021

"Profesionalismo": ¿90 años de qué?


Nueve décadas atrás, el Boca de una leyenda -Mario Fortunato- ganaba el último campeonato oficial de la ya unificada amateur AAAF, en pelea final mano a mano con Estudiantes de La Plata. Pocas semanas después, llegaría la grieta quizás definitiva del “fútbol nacional”: amateurismo, de un lado; profesionalismo, del otro. Los “grandes” de Buenos Aires comandaban el cisma y, a casi 40 años del inicio de la oficial, creaban una liga paralela a la nacida en 1893 por influencia británica.
Me animo a las comillas para hablar del fútbol “argentino” porque, tanto ayer como hoy aunque con matices innegables, la etiqueta de nacionalidad del fútbol nuestro se sumerge como mandato inexpugnable dentro de las fronteras de la centralidad porteña. Desde esta perspectiva, el territorio de lo “nacional” se circunscribe a Buenos Aires y sus alrededores; a la pampa húmeda y su zona de influencia. Lo fue y es para quien normaliza el negocio del fútbol a nivel mundial: la FIFA, que desde siempre reconoció como institución rectora de “lo argentino” a la liga metropolitana (Buenos Aires, Conurbano y La Plata) que se jugaba con el sello de la hoy AFA.
La geopolítica interna del país, se ve, condicionó al fútbol desde principios del siglo XX; la marca de su puerto principal como salida central al “mundo”, también, tanto fronteras adentro como afuera. Se puede inferir, así, que la arquitectura de una necesaria identidad popular se hermanaba con el reconocimiento del país en el exterior, que acreditaba los rasgos culturales de la urbe arrabalera porteña y su capital: el tango, triunfando en el continente insignia, y el fútbol, con Argentina llegando a la final del Olímpico del ‘28, del Mundial del ’30 y de varios Sudamericanos.
“Buenos Aires pasa a ser la ciudad del tango y del fútbol (…) Los éxitos futbolísticos en los Juegos de Ámsterdam, así como la aceptación y el triunfo del tango en París, demuestran que sólo Buenos Aires (y, por ende, Argentina) es capaz de producir ‘cosas nuestras’ aceptadas y reconocidas por todo el mundo. El tango y el fútbol aparecen entonces como las contribuciones argentinas en la construcción, de esa época, de un espacio global corporal del tiempo libre que trasciende las fronteras nacionales (…) Y los grandes clubes de fútbol de Buenos Aires han de convertirse en ‘nacionales’ a pesar de la tradición futbolística de otras ciudades como Rosario y La Plata”.(1)

La extensión de la “frontera”
Hubo algunos mínimos atisbos de reconocimiento, en los albores del fútbol como identidad colectiva, cuando la AFA, de aún denominación inglesa con “football” en lugar del castellanizado fútbol, amplió las “fronteras” de lo argentino reconociendo a la liga rosarina, a la que incorporó oficialmente para que se enfrentara contra el campeón porteño en la disputa anual del llamado Campeonato Argentino -Copa Ibarguren- desde 1913. Porteños contra rosarinos jugando por el título “argentino”.
Los límites de la nacionalidad futbolística, en la práctica, se abrían dentro de la pampa húmeda, contemplando a los clubes rosarinos y, sólo años después, a los santafesinos. Pero poco más. De hecho, de esas competencias organizadas en el circuito productivo de los puertos Buenos Aires/Rosario salían los representantes argentinos que jugaron las primeras copas internacionales contra los uruguayos. Una estructura similar, aunque en un país disímil por extensión y federalismo, a lo que sucedió hasta mediados del siglo XX en Brasil con los torneos organizados entre clubes de Río y San Pablo. Pero con una diferencia no menor a la nuestra: esas competencias nunca serían reconocidas oficialmente con el rango de “título nacional”, pese a su prevalencia regional, por la Confederación Brasileña de Fútbol.
Un abismo, este, con la historia oficial del fútbol nuestro, que, desde siempre, designó a sus “campeones nacionales” por la Copa Campeonato que exclusivamente jugaban unos pocos –pero trascendentes, claro- clubes ubicados dentro de Buenos Aires y su área metropolitana: que la creciente popularidad del fútbol “nacional” en las dos primeras décadas del siglo XX y su identidad se narraran desde la ciudad capital faro del exterior, hicieron el resto.
Recién entre 1939 y 1948 se dio una primera apertura “efectiva”, sumando a las entidades más representativas de Rosario y Santa Fe como afiliadas a AFA, que empezaron a competir de forma regular en los concursos porteños: primero fue Newell’s y Rosario Central; luego Unión y después Colón. Pero no sería hasta 1967 -pese a la disputa irregular de competencias como la Copa República- y la creación del Nacional, cuando, por primera vez, y después de siete décadas, se organizaría un torneo evidentemente “argentino y federal”, con representación regular e institucional de la mayoría de las provincias. Fue cuando los “grandes” del interior empezaron a tener visibilización a nivel nacional y aparecieron los primeros títulos en Primera de los equipos rosarinos; o los subcampeonatos de Talleres (1977), el Racing cordobés (1980) y el Unión santafesino (1979). El albiazul cordobés tendría otras grandes campañas: 4° en 1974; semifinalista en 1976 y 1978; y 3° del Metropolitano 1980, cuando se ganó en la cancha el derecho a jugar anualmente el torneo de Primera de los porteños gracias a la Resolución 1.309.
No fue sino hasta 1986, a casi un siglo de la fundación de la AFA, al formarse una segunda división más “federal” -Nacional B- que los equipos del interior tuvieron mayor acceso a la liga grande de la Primera asociacionista, cuando la B Metropolitana pasó del segundo al tercer nivel de los equipos directamente afiliados. Aún ello, la disparidad continúa hasta nuestros días. Algo más de 50 equipos del área metropolitana porteña compiten, en el ascenso, por dos plazas anuales a la Primera B Nacional –la puerta de acceso al fútbol grande- a la par de centenares de equipos de 22 provincias que juegan, desde el Federal A hasta el C, por las mismas plazas en sus distintas y extenuantes ligas regionales, con largos viajes y altos costos.
Bienvenido el revisionismo en el fútbol también, que desde 2013 nos empezó a enseñar, como se debe, a partir de nuevos e inquietos historiadores, que la historia era una sola: rentado o no, el “fútbol argentino” oficial, aún el quiebre ineludible de 1931, había comenzado a finales del siglo XIX. Nada había cambiado en ese 1931 pese a la imposición de una liga “profesional” con sólo 18 clubes que dividió bruscamente al fútbol entre 1931 y 1934, cuando, a fuerza de poder y convocatoria, los “grandes” le crearon a la AFA un torneo paralelo, que no era reconocido por la mismísima FIFA, para legalizar lo que estaba más que extendido en la práctica cotidiana, con el capital incorporado al negocio y al mercado de la transferencia de futbolistas.
Quizás el nuevo y verdadero cisma, a 90 años del inicio del blanqueo profesional, sea, de una vez y para siempre, un fútbol federal y equitativo, tanto para los clubes híperprofesionales como para los cientos de equipos del “interior amateur”, con real y proporcional acceso a los torneos grandes de AFA. La Copa Argentina es un paso; que la liga de Primera División realmente “nacional”, sea el siguiente.

Notas
(1) Archetti, Eduardo (1995). Estilo y virtudes masculinas en El Gráfico: la creación del imaginario del fútbol argentino.
- Revistas El Gráfico y Caras y Caretas
- Memorias y Balances de la Asociación del Fútbol Argentino.

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lunes, 15 de marzo de 2021

Nostalgias de una ciudad otrora planificada


Grises de guarda azul oscuro, amarillas con borde punzó, las baldosas formaron parte desde siempre de su trazado planificado; antideslizantes y ásperas, del vainilla acanalado al “nueve panes”, avenidas y calles del casco urbano supieron diferenciarse desde sus mismas veredas; el “buscaminas” viral que expuso, con arte, el estado actual de las calles de La Plata

La ordenanza del Código de Edificación (la 10.681) no deja lugar para la duda sobre el diseño y la estética que las veredas deben tener en el casco urbano platense: las calles, con la clásica laja antideslizante, gris granítico y mostaza, de nueve panes cuadriculados por mosaico; las avenidas, con baldosas amarillas de tono ocre y líneas acanaladas apuntando hacia el pavimento.
Hubo, detrás, decisiones que no sólo tuvieron que ver con la planificación y el cuidado estético de la ciudad, sino, también, el del peatón, al facilitarle caminar sobre veredas antideslizantes planificadas de manera reglamentada. Y la diferenciación del tipo de baldosa según la importancia de la arteria, como guía para las personas no videntes, claro.
También varía la clásica franja distintiva de la línea edilicia: guarda azul oscuro –casi negro según su antigüedad- en las calles impares; y guarda roja en tono punzó para las pares, ambas sobre la imperecedera laja de 20 por 20 -como se dijo- de nueve piezas.
¡Qué platense ya mayor de 40 no ha jugado, en alguna vereda, al “Tatetí”, con tiza blanca, facilitado por ese diseño de baldosas que el piberío también usaba en las barriadas para jugar a la escondida o a la pelota!
Pero, en general, la falla, la negligencia en los controles o la ampliación de la ciudad con las estéticas de los nuevos edificios, ha determinado que las veredas se conviertan, sobre todo a medida que uno se acerca al centro, en una variopinta gama de tonos y modelos que lejos están de cumplir la reglamentación a rajatabla. Influye, además, el artículo de la citada ordenanza municipal, el 158, que versa sobre las obligaciones de conservación de las veredas. La responsabilidad queda a cargo del propietario del terreno, excepto cuando las roturas fueran de trabajos de obras públicas. Casi una invitación ciudadana al “haga lo que pueda como quiera”, pese al incentivo lanzado en su tiempo por el municipio platense con subsidios para los pagos de la tasa SUM (Servicio Urbano Municipal) para los vecinos que decidan emprender la ¿quimera? inversión de arreglar su propio frente.


Las “otras” veredas y su identidad
Hay otras baldosas, de tono blanco para distinguir y resaltar entre las mencionadas grises y amarillas, que hace una década ya forman parte del patrimonio cultural de La Plata, Tolosa, Villa Elvira y distintos barrios. El Concejo Deliberante declaró en 2010 parte integrante del Patrimonio Arquitectónico y Cultural de la ciudad al programa “Baldosas Blancas por la Memoria, la Verdad y la Justicia”, proyecto que se realizó para recordar y mantener la identidad de los detenidos-desaparecidos asesinados durante la última dictadura cívico-militar. Hay decenas en la periferia platense y en todo el casco urbano.

Contra la desidia, el ingenio
“En La Plata llueve de abajo hacia arriba”, te dice cualquier estudiante que comienza a entender, a los pocos meses de arribado a la húmeda y lluviosa ciudad, la diaria del circuito local y las desavenencias de ser un transeúnte de las amplias veredas platenses. No es para menos: ensuciarse un pantalón recién sacado de un Lave-Rap o del lavarropas prestado de algún/a compa de facultad es parte constitutiva nuestra. Casi, se diría, patrimonio cultural de la identidad platense…
Las baldosas flojas son una marca ya identitaria que, claro, excede largamente a nuestra capital provincial. Una periodista blogger, inglesa ella, Vanesa Bell, generó tendencia en Twitter con este simple comentario en un viejo posteo que supo publicar hasta Infobae: “Por alguna razón desconocida, los porteros de los edificios de Buenos Aires ‘riegan’ las veredas. El resultado es que las baldosas flojas son el enemigo número uno de los peatones salvo que alguien sea un fanático del agua sucia que salpica hasta las rodillas”.
En La Plata, a la desidia y la falta de cumplimiento de las normas que obligan al cuidado de las aceras, le respondieron con arte: un estudiante de la Facultad de Artes de la UNLP se hizo viral, en un Torneo de Memes sobre “problemas cotidianos”, en 2019, creando un "buscaminas" –popular videojuego de los antiguos Windows- en la vía pública, con esténcil y pintura, para remarcar las conocidas bombas del jueguito de PC en cada una de las flojas baldosas platenses que explotan de agua al pisarlas. Lo hizo, en principio, sobre el trazado de diagonal 78, uniendo las sedes de la Facultad de Artes. Aún hoy persisten.
Casi como hacemos, simulando jugar una rayuela, cada vez que emprendemos el “riesgoso” cotidiano de caminar y no perecer mojado en el intento…

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sábado, 6 de marzo de 2021

Lo que hay que ver: Snowpiercer


Basada en la película homónima del canónico Bong Joon-ho, director de la oscarizada Parasite, la segunda temporada de Snowpiercer cautiva por la bisagra de su trama: el enemigo ya no es de clase ni parece estar en el propio tren, sino en el enigmático Wilford, que al fin se nos descubre pero como invasor externo

Una distopía pos-apocalíptica adentro de un tren de mil vagones, con unos pocos “privilegiados” sobrevivientes que viajan en un rompehielos sobre rieles después de que una segunda era del frío congelara el –ahora- inhabitable planeta tierra.
Esa es la historia detrás de Snowpiercer, la serie de TNT que comenzó a ser emitida por Netflix a principios de año, en su segunda temporada: unas pruebas científicas fallidas para evitar un aumento exponencial del calentamiento global, termina generando el efecto contrario. Así, la especie humana sólo podrá sobrevivir abordando un gigantesco tren, de motor perpetuo, porque de su movimiento depende la energía que el interior necesita para mantenerse calefaccionado y no morir en el intento...
Esa historia previa, sin embargo, no se nos cuenta. Tanto en la película original de Bong Joon-ho (2013), como en la serie estrenada durante 2020, apenas sabemos de aquellos momentos finales “del mundo tal cual era” -y por supuestos en clave de tomas nocturnas- cuando millonarios, empresarios y técnicos ingenieros de alto rango están por abordar el tren que reproducirá la vida que antes se vivía en la tierra; y los “colados”, la plebe que asalta el convoy antes del congelamiento definitivo y es forzada a hacinarse en el fondo.
La trama de la serie, con el hándicap temporal a favor respecto de las casi dos horas del film de Joon-ho, nos muestra todos los rasgos clásicos de las historias distópicas de sobrevivientes: la manipulación, la negociación, la mentira o la lucha por el poder (¿Cuál?: el de tomarlo vía revolución o el de sobrevivir en el tren hasta que la tierra, alguna vez, vuelva a ser un lugar habitable) están a la orden del día allí adentro como en toda sociedad de hegemonías.
Lo interesante en la serie, a diferencia de la película y del cómic original francés (Le Transperceneige, 1982) del que Bong Joon-ho toma la historia, es cómo se manifiesta esa lucha permanente de clases en cada uno de los capítulos: la segunda temporada nos devela, enseguida, que la progresión social no supone, al final, el asalto “revolucionario” de los esclavos del fondo contra los privilegiados de la sociedad de consumo de la parte delantera. Mantener el tren a salvo parece “hermanarlos”: tanto la clase alta como el suburbio que sobrevive no sin canibalismo en la cola, podrían perecer, sin distinción de acumulación primitiva ni herencias del “viejo mundo”, si los tres ingenieros conductores de la máquina (se destaca Jennifer Connelly, en el papel de Melanie, de quién se conocerá su pasado inmediato con el enigmático Wilford) no mantienen el equilibrio social necesario dentro del “Snowpiercer” hasta que el mundo vuelva a ser habitable.
Entre unos y otros, además, una casta de funcionarios y oficiales oficia de sección intermediaria represiva para mantener el equilibrio “natural” (sic) y las normas impuestas por los explotadores. Todo esto no sin un juego permanente de premios y castigos que sirven para reproducir ese orden y evitar el inevitable caos.
Si es que vence, adentro mismo del tren, un movimiento “contrarrevolucionario” ejecutado por los que mandan, será no sin la anuencia estratégica del propio Layton (Daveed Diggs), paradójicamente, el líder de los rebeldes del fondo, que durante la primera temporada aborda los primeros diálogos con Melanie, la voz imperativa que actúa como un Gran Hermano adentro del rompehielos.
Es por eso que la vuelta de tuerca de la segunda temporada –que para es tomada como una claudicación de su trama- es la “hermandad” de unos y otros para pensar en “el día después de mañana”. Pero, a la inversa de un ajedrez donde se sacrifican los peones, es la “reina” (Melanie) la que asumirá el rol y el riesgo de intentar salvar a la especie humana, ya sin distinción de clases. Salvarse ella, salvar al tren, del ataque de Wilford.
La sobrevivencia de unos y otros, quizás, sea condición necesaria para perpetuar el sistema de injusticias en el mundo nuevo que vendrá…

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miércoles, 17 de febrero de 2021

Stud Free Pub, más que una buena historia


Los ‘80 y la escena rockera de posdictadura, esa que luego el mainstream consagraría a nivel nacional, revisitada en un imprescindible documental de hora y media sobre el bar porteño que le abrió el escenario a Sumo, Redondos, Soda, Los Abuelos o Los Fabulosos… Mítico

Lo primero es la ¿sorpresa? -de ninguna manera, porque se sostiene en un minucioso laburo periodístico de años de producción y recopilación de archivo- que nos devuelve esa hora y media de audiovisual que queremos nunca termine: entrevistas actuales a Charly García, al Indio Solari, a Ricardo Mollo, a ex Sumos o a Zeta Bosio. Todos dando testimonio con una soltura no habitual. Se los ve cómodos; con la complicidad necesaria de quien se esmera ante la cámara al sentirse parte de todo eso que el Topo Raiman –mentor, director del documental y actual baterista de Los Pericos- les propuso como idea. Protagonistas directos que van revisitando -algunos con mayor participación, como Mollo, Zeta o el lugarteniente del Luca argentoposeuropeo, Timmy MacKern- esa escena cultural porteña de los ’80 que tuvo al rock como faro catalizador insignia. El mainstream y la masividad de mercado llegaría después, a los pocos años. Pero el Stud Bar ya estaba a salvo…

Una buena idea para una mejor historia
Dirigido por el Topo Raiman y producido por Damián Originario, “Stud Free Pub: una buena historia” nos introduce, sin pausas ni ambigüedades, en ese territorio nocturno de mediados de los ’80 donde todo estaba por explorarse, donde cada noche se antojaba como la continuidad de un goce que no debía interrumpirse nunca; en loop, como en un moebius. Lo hacen en una hora y media con una lograda armonía en la trama secuencial que dejan al espectador con ganas de más. La carencia –lógica- de archivo audiovisual, en una época de escasos registros privados, se suple, sin embargo, con inserts sonoros y un impecable y abundante archivo gráfico de revistas y diarios, más recreaciones teatrales de época que nos permiten un viaje directo al corazón de una noche cualquiera del Buenos Aires contracultural de posdictadura.
“Stud…” funciona como una necesaria crónica de ese under liberador de almas que fue la noche de la primera democracia. Es la efímera historia de uno de los tantos galpones del Bajo Belgrano usados antaño como caballeriza para la guarda de caballos y yeguas –ubicado a pocas cuadras del Hipódromo de Palermo- que en 1982 mutó a pequeño bar para que no más de 100 habitués empezaran a sobrevivir, no sin excesos y amistades, las madrugadas de jueves a domingo con la música y el placer con excusa de fondo.
La trama reparte la historia en dos grandes núcleos que, aún sin entreverarse, forman comunión a lo largo del documental, sintetizando ese mismo espíritu de época donde dueños y músicos mutaban en espectadores y artistas; y viceversa. Por un lado, los viejos cráneos detrás del mítico Stud Free Pub -Claudio Izsac, Raúl Romeo y Carlos del Río-, quienes tienen largos pasajes a lo largo de la película brindando testimonio mientras van recreando, por la Buenos Aires actual, ese viaje que repetían cada noche de lujuria por avenida Libertador hacia el boliche de Bajo Belgrano, en el cruce con el final del emblemático túnel a la altura del 5500. La nostalgia por lo que fue y ya no es se deja ver –sin los clichés del sentimentalismo naif- en el diálogo de ellos tres, mientras relatan decenas de anécdotas del reducto rockero que en 1985 no pudo renovar el alquiler y se hizo leyenda de libros y casetes, con grabaciones “piratas” como aquel “Stud ’85” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota donde truenan versiones canónicas de irreverencia pop de “Mi genio amor” o “De aquellos polvos, futuros lodos”. El local y su terreno mutaron con los años en tierras aptas para el incipiente negocio inmobiliario de la zona y hoy contiene a una torre de más de 20 pisos.

Otro mundo, quizás mejor...
Para los platenses sub-50 de hurgar identificaciones que no hayan vivido aquellas noches del “Stud”, bien se recrea en el doc cómo se ingresaba por un amplio patio lateral, otrora cochera, que servía para la previa, con algunas mesas y sillas, en la antesala de la habitación principal donde funcionaba el primer escenario, de no más de 15 metros cuadrados, la barra y los baños. Quizás, de antojo nomás, lo pueda comparar con estimadas casonas alternativas de La Plata de esta última década, como lo fue la entrañable Sala Tupé, en 7 casi 72, o la Galería Cósmico de 10 y 71.
“Stud Free Pub. Una buena historia” logra lo que busca: empatía e identificación tanto en los protagonistas como en el espectador, que en muchos casos fue ese mismo público de aquellas noches de los ’80 de un bar recinto que contuvo el afecto del under más irracional con un cuidado estético poco característico para esos antros de época.
Entre los invaluables del archivo que revivimos en esa hora y media de recuerdos, se nos invitan escenas memorables, con condimentos surrealistas, como la primera nota en tele a Sumo hecha por Tom Lupo; el debut de la formación originaria de Fricción; o un pintoresco monólogo de deriva de Miguel Abuelo durante el casamiento del reconocido periodista, Pipo Lernoud. También, la llegada de un gerente multinacional al antro de Libertador al 5500 para, ni más ni menos, ver y fichar en su discográfica a la banda de un jovencísimo Gustavo Cerati: Soda Stereo. Y, para los platenses, el recuerdo de viejas grabaciones, con los testimonios actuales, del rockabilly de Los Casanovas, la banda de la que la leyenda, más que el mito, dice, era devoto Luca Prodan…
Todo eso, sí, fue el Stud Free Pub en no más de cuatro legendarias temporadas. Tecno, rock, punk, new wave, fusión, rockabilly, pop… Todos conviviendo a la vez, quizás sin saberse parte del germen contracultural que venían a gestar. Todo en un pequeño reducto que albergó a no más de 400 personas por noche. Suficientes para escribir una de las primeras páginas de la cultura alternativa que se abrazó a los aires -sin pausa, pero aún en cuentagotas- que la recuperación democrática empezaba a dejar filtrar.
Otra Buenos Aires, otro mundo: quizás mejor…

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

miércoles, 13 de enero de 2021

El frío del mundo


Oimiakón, ubicado en un permafrost del oriente siberiano a 7.000 km de la capital rusa, es, oficialmente, el lugar habitado con menor temperatura del planeta. Conocé el poblado donde se sobrevive a temperaturas promedio de -50 grados

Me llamó la atención, hace varios meses, una actualización de un meteorólogo que sigo en Twitter. Era época de cuarentena estricta y el tiempo para leerlo -todo- estaba al alcance de la mano en un teclado: “Oimiakón es, oficialmente, el pueblo más frío de la tierra”, rezaba una actualización del tal Picazo (@picazomario).
¿Permafrost? “Hielo permanente”, nos responde Wikipedia, no sin cierta obviedad. Menos de mil habitantes viven en este lugar de suelo congelado y días de sol de hasta 28 horas, según la estación del año, donde los termómetros han registrado, alguna vez, el récord de alcanzar los -71,2 grados. Fue en 1926.
No es, sin embargo, la temperatura más fría registrada a lo largo de la historia en el planeta que todavía respiramos. Hubo otra marca menor en la Antártida, en una base de nombre Vostok, en 1983, cuando el medidor clavó en los -89,2ºC. Pero hablamos, acá, de lugares habitados de forma regular durante todo el año y, en eso, Oimiakón continúa en la vanguardia de la fría estadística...
Un pueblo donde no hay agua corriente por la sencilla cuestión de que todo sería en vano: las cañerías se congelarían y el agua potable jamás llegaría a destino. El agua se consume del legendario río Indiguirka, que atraviesa el pueblo, un largo cauce de casi dos mil kilómetros que rompe el oriente siberiano de norte a sur. ¿Qué hacen los que allí viven? Sacan el agua de los congelados bloques de hielo y los derriten para su consumo. Por las cañerías sólo surcan aguas calientes, que provienen de las calderas que cada casa tiene instalada de forma obligada.
La dieta es, mayormente, a base de carnes (pescado, sobre todo). Las frutas y las verduras son consumibles pero tienen la restricción interna de su altísimo costo, por la distancia de Oimiakón hacia los centros de distribución más próximos. Hay que manejar más de quince horas por una autopista invadida por la nieve para poder acceder al pueblo. Una aventura que es una quimera por la llamada autopista de Kolymá.

La ruta de los huesos
La ruta M56 de Kolymá, antes conocida por los rusos como la Kolymá Highway, tiene su sobrenombre más conocido y legendario rumbo hacia Oimiakón: "La ruta de los huesos".
Pensada y ampliada por el gobierno ruso en la década del '30 para abrir fronteras "civilizatorias" hacia el oriente, la trocha carga con la leyenda de la muerte: se dice que cada metro de ampliación costó la ida del mundo terrenal de un obrero, que eran enterrados debajo de los cimientos de la propia ruta. Obreros que fueron tomados, en su mayor extensión, de los gulags soviéticos, esos "correccionales" rusos como campos de concentración donde iban a sobrevivir presos "comunes" y opositores políticos al llamado Estado Socialista. De allí su infausto apodo.
La misma ruta que supo recorrer el legendario Ewan McGregor (sí, el jovencito rapado protagonista de la célebre "Trainspotting") en su serie de documentales iniciados en 2004: "Long Way Round" y que, en 2019, tuvo su continuación con "Long Way Up" uniendo todo el continente americano, desde el sur profundo de Argentina en Tierra del Fuego hasta Alaska.

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miércoles, 23 de diciembre de 2020

Oscar


- ¿Qué vas a tomar?
Se lo escucha a Ramón, de fondo. Saluda desde la barra, vaso de Palermo por la mitad lleno de espuma y siempre en la derecha; en la otra, el pucho, armado con tabaco de ocasión por la escasez de Phillips.
- Ey… Rulito, me dan la bienvenida.
Entro por el pasillo esquivando las cajas todavía cerradas de Carcassonne. Apoyo la bici sobre la heladera dejando un hueco estrecho. Las panzas por venir notarán la diferencia del paso. Ya adentro, levanto el gesto al pasar por el palet y me acerco a las mesas.
- ¡¿Cómo va?!, disimulo. Le contesto a Oscar: Lo de siempre. Pero con limón y sin hielo. Acá le agrego soda, le digo.
Me siento, mientras, en el rincón más oscuro y dejo el pañuelo de barbijo sobre la mesa, debajo de una tele silenciada apuntada en Crónica. Deben ser doce y pico. Es martes. Se escucha más mullido que lo normal el paso raudo, por la bajaba de la 70, del 273 cartel verde ahora modernizado como los de neón. Todavía hay sol de verano, afuera, pero ya se te pega al cuerpo abrigado la molesta humedad de abril.
Adentro estamos casi a oscuras, apenas con el tubo blanco y el brillo que llega desde la puerta del patio que te manda al baño. Es leve, pero suma, además, la franja de luz horizontal que entra entre los veinte centímetros que separan el piso de mármol del zócalo donde apoya la persiana del frente.
- Fue idea del Bocha, comento.
- ¿Qué cosa?, indaga Ramón.
- Dejar el hueco.
- ¿Por los pulmones de este?, dice Roque y lo mira a Oscar, mientras cierra la boca y extiende la negación con una mueca de labios.
Somos cinco en ese espacio, todos ubicados como las puntas de un pentágono coronado por la presencia de pie, de Oscar, siempre a la derecha del mostrador con bisagras que se levanta para ir al patio y de allí al pequeño baño. La tabla se engancha de los bordes de la Villar. El viejo refrigerador supone auspiciar de barra, ganando adeptos cuando la multitud es norma.
- Pasame los hielos.
- ¿Le pongo uno o dos?, insiste Oscar.
- Deeejá que los pongo yo, viejo, se ríe Ramón.
- ¡Este viejo no cambia más!
Ríen todos y brindan a la distancia. Se siente abrir la puerta.
- Soy, yo: Petiso, dice.
- Pasá y poné la traba, dale.
El Petiso entra. Saluda y va rápido al baño. Vuelve, deja las llaves del auto sobre la mesa y saca dos hojas escritas llenas de números y una lapicera que lleva en la oreja.
- Doble al 14, dice el que se apoya sobre el otro Villar, el que está apagado del lado del patio.
- Yo, redoblona, la de siempre.
- Esto es tuyo. De ayer. Casi me olvido: perdoná, Bochita.
El Petiso le paga 1.200 en prolijos billetes de cien que saca del bolsillo derecho, donde tiene otra birome colgada. Se queda menos de cinco minutos. Toma un agua chica y sale rápido. Se va al Cementerio.
- Pago la última, dice el afortunado. Anotale una a cada uno.
Oscar se niega.
- ¿Por qué?, reniega el Bocha.
- Tengo que cerrar… tomar los remedios. Quedan pagas.
Las cinco copas que esperan ser consumidas o los tres meses desde esas siete palabras de Oscar. Dicen que no lo vieron, más, como a Molina, ese que dejó de pisar el bar de Pierrot.

jueves, 26 de noviembre de 2020

Aquella tarde de Diego entre Pinchas y Triperos


Ya es leyenda. Y también aquel amistoso organizado un crudo invierno del ’97 a beneficio de la Cruz Roja. Maradona vino a la cancha del Lobo en helicóptero, se puso las camisetas oficiales de Estudiantes y Gimnasia en la previa y jugó un tiempo para cada uno. Tarde inolvidable para muchos que lo veían por primera vez adentro de una cancha


Los que limitan esa imaginaria línea temporal de los sub-40, quienes la superaron y me incluyo, difícilmente olviden qué estaban haciendo ayer, 13 y pico, cuando empezaron a llover los mensajes de texto en cada grupo de Whatsapp. Iván Noble lo definió ayer en un tuit: “Se acabó del todo la infancia”.
Teníamos 7, 8, 9 años, y nuestros viejos nos levantaban temprano los domingos para ver en directo los partidos del Nápoli que hacía historia en el Calcio, siempre reservado para los ”grandes del Norte”. Vimos en directo al Diego, siendo muy pibitos, haciendo esos goles que hoy recorren cualquier enlace de YouTube que recuerdan su en Italia con el modesto equipo de camiseta celeste del sur profundo. 1987, 1988, 1989, 1990…
Nos agarró con 10 años el Mundial ’90, que escuchábamos por viejas radios a pila en el patio del colegio Francisco Berra cuando no ponían un televisor colectivo en la biblioteca y suspendían las clases. Así fue la tarde de los penales contra Italia y el gol de Cani. Ese día sin necesidad de la radio. La diferencia horaria jugaba en contra para los de turno tarde y los partidos nocturnos en Italia nos caían acá a las 3 y media. A algunos nos dejaron faltar, como el viernes del partido inaugural contra Camerún.
A los 14, ya adolescentes, nos tocó el Mundial ’94, patinando “rateadas” en el patio del Nacional para ver a Maradona hacer con las piernas ese “flipper” mágico que Víctor Hugo sintetizó cuando vio la cantidad de pases, y la velocidad, que antecedieron al zapatazo de Diego en su último gol contra Grecia.
En toda nuestra infancia estuvo Maradona. Y podría seguir. Contando lo que costaba encontrar la de Diego para llenar el álbum de las Match o aquel que Puma sacó cuando estábamos en tercer o cuarto grado. Escribo de memoria. Iván Noble, tenés razón: “Se me acabó del todo la infancia”. Será, también, como dice un amigo, siempre como frase de cabecera. “Todo lo que hizo Maradona estuvo bien, sobre todo cuando estuvo mal”.


Aquella tarde del ’97 en el Bosque
Vuelvo después de esa catarsis. Tenía que hablar de aquel invierno del ’97. Para muchos era la primera vez para verlo ahí en vivo. Algunos pinchas y triperos lo habíamos visto en su vuelta a Boca del ’95, jornadas de la camiseta azul oscura marca Olan y la inolvidable franja amarilla de Diego sobre un corte de pelo casi al ras, contrastante con la histórica imagen de siempre de la melena y los rulos. En aquel Apertura ’95, el Lobo lo enfrentó una noche en Vélez. Lo mismo ocurrió para los pinchas, en las revanchas del ’96, la noche en La Bombonera que Estudiantes lo gana con dos de Palermo y enfrente estaba la Brujita Verón y Diego. Hoy, de seguro, muchos pinchas y triperos que bordean los 40 dirán que estuvieron en esos partidos. Vaya uno a saber.
Fue el 9 de junio de 1997. Invierno de los crudos. Era historia, fue leyenda, hoy es mito para los que estuvieron ese día en la cancha del Lobo. Sobreviven las anécdotas de aquella jornada: muchos hinchas, la mayoría de seguro de Estudiantes y Gimnasia, ocupando los sectores de cada uno: los pinchas en el costado lateral de 60 y los tripas en ambas cabeceras; la salida del 10 en helicóptero; el inicio del juego demorado casi una hora porque ganaba la desorganización y la gente que quería ver de cerca a Diego; una mujer (Florencia Romano) al mando del amistoso “Azules” contra “Rojos” para sintetizar el eufemismo de Estudiantes vs. Gimnasia… Anécdotas, decenas. Y sin incluir la propia, de quien esto escribe, que aún conserva el afiche y la entrada de aquel día mágico momento donde tuvimos a Maradona al alcance del alambrado.
La idea surgió para recaudar fondos para una ambulancia de “alta complejidad” de la Cruz Roja. Y Diego, cuándo no, aceptó el desafío.
Siempre dispuesto a dar una mano, el amistoso, además, le servía a Maradona en su puesta a punto mientras preparaba su segunda vuelta a Boca para jugar el Apertura ‘97. Sería, ese, su último campeonato oficial en Argentina, después de su retiro definitivo en la cancha de River.
Hubo un partido aquel día de la Cruz Roja: los equipos habituales de Estudiantes y Gimnasia en aquel Clausura ’97, con refuerzos de otros equipos. Y con Maradona, claro, un tiempo de cada lado. Terminó 2-2 y con mucha pica en las tribunas, con cantos propios de los clásicos platenses que ya anticipaban, pese a que era “Azules” contra “Rojos”, el derbi a jugarse en 1 y 55 semanas después por el campeonato oficial.
Diego jugó el primer tiempo para los “Azules”, que lo ganaban 1-0. Después lo darían vuelta los “Rojos”, ya con Maradona de “refuerzo” jugando el segundo tiempo, con goles de Giménez (figura de un Newell’s animador ese año) y De Vicente. Reggi, sobre el final, pondría el sello igualitario. 2-2.
En el segundo tiempo hubo muchos cambios y hasta el ingreso de jugadores desconocidos para la mayoría, como Castelazzi, un alto flaco de rulos que entró con la número 14 y se ganó la ovación y el recuerdo de todos los pinchas que estaban en la visitante y hasta pidieron por él como refuerzo. Había llegado de Junín, como amigo del Vasco Azcónzabal, de la liga regional. Después sobrevendría la invasión de cancha, hinchas corriendo y buscando al ídolo, y Maradona, ya visiblemente enojado por la organización desbordada, saliendo para abordar un helicóptero hacia Buenos Aires.
Fue leyenda. Es mito.

SÍNTESIS:
AZULES: Campagnuolo; Galvagni, Pereyra y Dopazo; Pablo Fernández, Majón, Manso, Piaggio y Mardona; Guillermo y Reggi.
ROJOS: Bossio; Sergio Castillo, Zapata y Azconzábal; De Vicente, Giustozzi, Verón y Bruno Giménez; Fúriga y Palermo.
Cambios: Leandro Román por Majón, Cristante por Campagnuolo, Jorge Fernández por Maradona, Oscar Olivera por Manso, Majón por Román, Maradona por La Grottería, Mauro Castelazzi por Castillo, Noguera por Bossio y José Luis Campi por Noguera.
Goles: Guillermo y Reggi (A); Bruno Giménez y De Vicente (R).
Cancha: Gimnasia.
Fecha: 9 de junio de 1997.

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viernes, 20 de noviembre de 2020

Morgada e Infante, pasión de franja y bastones


Quizás sean los dos casos emblemáticos. Leyendas de Gimnasia y Estudiantes, terminaron sus carreras en las veredas opuestas del bosque. Morgada, con la Pincha; “El Beto”, con la Tripera. Los que jugaron con las dos camisetas.

Salido de Berisso, de esa ciudad faro de principios del siglo XX que era sinónimo de prosperidad, progreso y laburo. De allí venían “los triperos”, hinchas del Lobo que aún no se reconocía con ese apodo, que bajaban en El Mondongo después de la jornada laboral. De allí vino Ismael Morgada. Jugó poquito en Independiente, un puñado de partidos en el torneo amateur de 1920. Y enseguida se marcó a fuego con la franja azul sobre la pilcha blanca.
Desde 1922 y hasta 1935, hizo en AFA 96 goles entre torneos y copas. Está en el top cinco de los que más jugaron en toda la historia. Uno de los símbolos, junto a Varallo, Minella y Maleanni, del campeón del Estímulo del ’29. Recordado goleador, además, del “Expreso” de 1933 que terminaría con la sentada de protesta la tarde de la goleada en contra frente a San Lorenzo en suelo porteño. Fue cuando el plantel tuvo esa inusual ocurrencia de época para “irse de huelga” contra los árbitros que sólo veían el guiño cómplice de los llamados “grandes”. Quiso la pirueta, que tanta identidad tripera terminara calzándose la camiseta albirroja. Sí: fue en 1937. Morgada, berissense y símbolo del Lobo, jugó cuatro partidos de los oficiales aquel año para el Pincha.
Le decía a la revista “El Gráfico” en 1929: “Yo no les tengo bronca a los pincharratas. Los muchachos de Estudiantes de La Plata son buenos amigos míos. Los que arman líos son los hinchas. Mejor sería que se suspendieran esos partidos. Originan muchas broncas. A veces estoy laburando de artista y cuando me dispongo a mandarme una versada, me gritan: ‘¡Tripero patadura!’ Calculate vos: me cortan el hilo y ya ni oigo al apunte. Todo eso es fulero”.

“El Beto”, tripero en 1961
Cruzando de vereda, el caso de Infante. Ricardo Roberto. Goleador letal de Estudiantes –en el podio histórico junto a Pelegrina y Zozaya- e inventor de la “rabona” para la FIFA con aquel gol en el arco de 57 contra Central, Infante, como Morgada, se dio ese gusto poco usual después de su larga y fructífera simbiosis con la historia albirroja: retirarse jugando para el Lobo…
Brilló en Estudiantes integrando la famosa línea delantera que incluía a Gagliardo, Negri, Arbios y Pelegrina. Ganó las copas Escobar y República del 44/45 y también jugó en la Selección. Fuemundialista en Suecia ’58 (aquel del 1-6 con Checoslovaquia y el primer baño derealidad para el orgullo del fútbol nuestro) y hasta le hizo el gol del triunfo a España, en una victoria amistosa de Argentina, en Madrid, en 1952. Este: https://www.youtube.com/watch?v=887cuZe9HBU.
Pero como alguna vez conté y la grey platense sabe de memoria, seducido por mandato paterno, el final de su carrera lo encontró en el Lobo. Se dice que para cumplir el sueño de siempre de su viejo, de verlo franjeado de azul con la histórica camiseta blanca tripera.Jugó 16 partidos y gritó seis goles en el Lobo, en 1961, cuando empezaba a macerarse el "Lobo del 62". Una gran marca, también en Gimnasia, para un jugador ya de 37 años.


Otros nombres
Por supuesto, y es demodé decirlo en las calles de La Plata, del cruce de vereda entre Estudiantes y Gimnasia nace, en sí, la gran pasión del derbi local. Fue el cisma de 1914 en el Pincha y la salida de varios del plantel amateur campeón de 1913, el que abrió la puerta al regreso del fútbol como disciplina al Club de Gimnasia y Esgrima La Plata. Emilio Fernández, el arquero pincha que hasta había debutado con la Selección siendo albirrojo, encabezó la partida de los jugadores hacia el Club Independencia que luego se fusionaría con Gimnasia.De la década de 1910 ala actualidad, el último nombre que se anotó en la lista de las dos veredas dela ciudad fue Sebastián Dubarbier, quien jugó en Estudiantes a partir de 2017 y había debutado con la del Lobo en el lejano Clausura 2006, en época de Pedro Troglio. Antes de "Duba", claro, Gastón Sessa (arquero de los dos arcos), Daniel Pighín, Lucho Malvarez, "Palito" Bertero,"Cuchillo" González, en los '80. Vidallé, el "León" Héctor Vargas, Delménico y siguen las firmas, que llegan hasta leyendas del calibre de Gagliardo y Héctor Antonio.

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