domingo, 15 de julio de 2012

7 de junio


Periodismo era agarrar las tarjetas del PRODE de la agencia Luisito y jugar en el patio de mi abuela a comentar los partidos que la boleta indicaba cada domingo. Porque se jugaban todos ahí, de tarde, a la misma hora, lloviera o no fuera a la cancha, como sucedió en el apretado final de las últimas temporadas. Entonces, la imaginación de precoz relator radial que llevaba iba de un estadio a otro: del Bosque a Tucumán o de Santa Fe a La Boca; hasta que llegara mi abuelo del ritual de salchichas y chucrut que acompañaba con Imperial en La Modelo de 5 y 54, no sin antes obedecer la rutina de espiar algún salto de caballo del Club de Ajedrez de la esquina.
Después vino la Repman roja que le pedí a mi viejo como regalo de cumpleaños para ver el Mundial '90. Es que era así: se veía oyendo. Cuando la maestra no miraba y se distraía corrigiendo, nos sentábamos alrededor de ese aparato de antena corta para saber quién era un tal Higuita o la figurita difícil del arquero de Checoslovaquia que me faltaba para llenar el álbum.
Esas tardes alumbraron también otro descubrimiento: entre alfiles y tablas, a cien metros de aquella cervecería de inocentes visitas preadolescentes, un fusilado vivía y habría quien escucharía y narraría aquella masacre. Ahí supe, con ingenuidad, que iba a ser periodista.

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