martes, 20 de julio de 2021

El último romántico del periodismo gráfico


El diario La Idea, en Córdoba, aún se imprime con la vieja técnica del linotipo de plomo móvil; con moldes, colocando las piezas letra por letra, desde su fundación en 1923. La historia de Ubelino Castro y la pasión de tipógrafo que lo acompaña desde la adolescencia

La casa donde funciona La Idea está a metros de las vías del viejo ferrocarril, sobre la calle San Martín, en una de las tantas esquinas centenarias reconocibles en Cruz del Eje, antiguo bastión ferroviario del norte cordobés; la ciudad, reconocida como productora de miel y aceitunas, identificada, además, con su extenso embalse, único de su tipo en nuestro continente, en el corazón norte de las Sierras Cordobesas, que la corona con una extensa laguna que es atracción turística en los meses de verano.
El pueblo donde, hace décadas, cuenta la leyenda corroborada en cada esquina de esta idílica comarca, a la manera de "La guerra de los mundos" de Wells, algún pícaro hizo correr un rumor, de boca en boca, sobre una grieta que detonaría al embalse en cuestión de horas. El pánico corrió como la llama sobre el pasto seco en Cruz del Eje, todavía sin la refutación instantánea que como diáspora nos traiciona el segundo a segundo del WhatsApp o el SMS, y en menos de dos horas el pueblo fue evacuado, entre gritos, desesperación y huidas, hacia fincas vecinas como San Marcos Sierra o Capilla del Monte. Nadie supo nunca cómo ni por qué, pero el pueblo, lo sabemos hoy, jamás se inundó y, dice el mito lugareño, que el invento del embalse inundando todo tuvo relación con un casamiento que algún "despechado" quiso hacer evitar...


El último linotipista
Entrar a la casa histórica donde se imprime La Idea es bucear en un museo no declarado de hojas, rollos de papeles de impresión, cajoneras repletas de letras de distintas fuentes y caracteres, sellos de impresión con imágenes de antiguos presidentes y figuras destacadas de la vida política, o viejas ediciones del diario que se acumulan como en cualquier hemeroteca. La máquina tipográfica, una alemana Werk Augsburg, se escucha crujir con cada pasaba del rodillo, movida a mano para hacer presión sobre la tinta por Ubelino Castro Cuello, el famoso "último linotipista".
Ubelino no había cumplido ni 14 años cuando entró a trabajar a la misma imprenta donde hoy nos cuenta su historia, en un mediodía soleado y seco de un sábado cualquiera de febrero. La Idea no sólo es "el decano del periodismo del noroeste cordobés", como difunde su letrero azul en la entrada, sino también el único diario de Argentina de circulación regular que sigue editando sus páginas con linotipos móviles de plomo.


"Se hace así, ves", me muestra Ubelino y toma al azar, de una de las cajoneras tipográficas, un grupo de letras que ubicará artesanalmente de derecha a izquierda y al reverso dentro de un molde, acomodadas hasta formar la oración, para después entintarlas y esperar el paso de las planchas de hojas por los rodillos. Ni más ni menos que la vieja técnica tipográfica estándar de la industria imprentera usada desde finales del siglo XIX hasta casi los años '80 del último siglo.
La impresión requiere un minucioso esfuerzo del tipógrafo para evitar errores y tener que reimprimir la página. Con paciencia de orfebre, el trabajo demanda colocar cada pieza de metal, compuesta de caracteres, números y símbolos, dentro del molde hasta conformar la plancha con cada palabra, cada oración, cada párrafo, que le dará el significado final a la hoja a imprimir.
El periódico tiene, ahora, una tirada mensual de menos de 500 ejemplares, con temas locales y columnas de opinión. Se imprimen por la vocación y resistencia de Castro, quien aspira a mantener el oficio hasta, al menos, el año del centenario del diario, en 2023. Los ejemplares los reparte el propio Ubelino, de mano en mano, entre los comerciantes y vecinos cruzdelejeños, junto a su hijo Fito e integrantes de una asociación civil que apoya al diario –declarado en interés nacional en los 2000- para evitar su desaparición.


Su fundador fue Nicolás Pedernera, en 1923, con la impronta de la marca libertaria y socialista de los diarios de difusión de época. Y su hijo, Temístocles, continuó con la tradición de La Idea hasta 2004, ocho décadas después de la fundación. Ante la inminencia de un posible cierre, Don Ubelino, que aún trabajaba como tipógrafo en la rotativa del periódico, se hizo cargo del proyecto con un grupo de voluntarios de la ciudad para evitar que el diario centenario, marca a fuego de Cruz del Eje, quedara en el olvido.
"Las ganas que tendré de que esto no se termine que hasta me vine a vivir al edificio del diario", cuenta Ubelino. Sus hijos, Fito y Nelson, aprueban con un gesto, mientras le sacan fotos a sus manos entintadas. La misma habitación, el mismo lugar, me cuentan también, donde supo dormir hasta el presidente Arturo Illia, otro símbolo de Cruz del Eje, en cada uno de sus regresos al pago de nacimiento...
Desde hace algunos años, la asociación "Amigos del diario La Idea" impulsa la necesidad de restaurar la casa donde funciona la imprenta y vive Don Ubelino, transformarlo en un museo del circuito turístico de la ciudad y empezar a enseñar el oficio de linotipista a nuevos aprendices del entrañable tipógrafo. Desde 2017, trabajan junto a una cátedra de la carrera de Archivología de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. Entre tanta vocación por mantener la memoria y su historia, buscan recuperar, conservar y digitalizar, parte del archivo del diario, que posee ejemplares -de publicaciones anteriores a la fundación de La Idea- desde 1916.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

sábado, 10 de julio de 2021

"La última curda" del Malayunta de 25


La curda que al final
termine la función
corriéndole un telón
al corazón...
Roberto Goyeneche

Quienes lo vivieron y frecuentaron, aseguran que el local de avenida 25 casi 61 nunca tuvo otro rubro que no fuera “mostrador y copas”. El sábado cerró para siempre y, con él, décadas de historias platenses entre amigos, trucos, timbas y charlas de vermouth y picadas

Hay un aura indisimulable, aún hoy, en esa zona sur del cuadrado de La Plata. Lo demuestran y atestiguan sus calles, su empedrado, la avenida 25 desde Parque San Martín hasta la antigua entrada del San Juan de Dios, llegando a 71, todavía sin divisiones ni rambla, ancha, con el asfalto de antaño que permite la trampita del giro en “U” sobre la misma arteria.
Un aura sureño, arrabalero en el sentido estricto del significado pero no de su significante, marca del lado B platense, que era el espejo sincrónico del bar de 25 entre la Brandsen (hoy, plaza Perón) y calle 61; vecino de medianera de un conocido taller mecánico que también peina canas, que hasta el sábado pasado vio (dicen, porque hay tantas verdades como parroquianos) más de 70 años de tragos, charlas y apuestas interminables de matutinas, vespertinas, nocturnas, junto a los burros de La Plata, San Isidro o Palermo...


“Todavía la 25 era de tierra, no pasaban ni autos y el arroyo que la cruzaba (NdR: altura de calle 58) no estaba ni entubado. Había un puentecito peatonal que apenas servía para caminar y que pasara una bici. Imaginate los años que tenía”, me cuenta Marcelo, un par de días después, ya en otro bar pero de calle 70, redoblando la apuesta por la longeva historia.
Me hace enseguida unos ademanes. Sigue el relato y ríe: “¡Si hasta de afuera, en esos años, el bar se parecía a una bicicletería!”, ilustrando la costumbre por las dos ruedas de los laburantes y changarines que conformaban la clientela habitual de este tipo de boliches.
Los parroquianos no le escapaban a la ginebra o la caña mañanera antes de la jornada laboral; o a la cerveza y el vino en vaso de la tardecita después de la diaria extenuante, allí donde el saludo y la copa invitada para prolongar la charla ofician como sello de identidad y pertenencia, casi como una ley a cumplir para ser aceptado en estos tugurios que son inocuos, por mandato patriarcal, a la presencia femenina.
El bar tuvo distintos nombres: “Malayunta”, el legendario y, para muchos, más recordado, junto a otros que se resumían en la comodidad de los apellidos u apodos de sus locatarios ocasionales. Por eso fue “Lo de Pretti” y más adelante “Lo de Ozornio”, “Lo de Perri” o “Lo de Juan”, por el nombre de pila del último en gestionar el fondo de comercio del legendario reducto que, para muchos, empezó a despachar copas aún antes de los años ’50. Quizás el bar con mayor antigüedad y continuidad de La Plata.


La Posta de 25
Juan es Cabanay. Fue dueño del bodegón junto a su compañera Patricia hasta el primer sábado de este frío julio de 2021. Habían tomado el bar hacía casi seis años y en la última época ya lo habían rebautizado como “La Posta de 25”, como le soplaba a la vista el letrero colgado sobre el obligado bicicletero de la vereda.
Pasarán los años y el de boca en boca dirá que la salida fue más prematura de lo prevista, después de que la familia dueña del inmueble decidiera no renovar el contrato y abrirlo a la inversión inmobiliaria del dinero ágil; también que hubo un brindis largo, entre los íntimos y los de siempre que se fueron enterando del cierre, con picadas y empanadas, y que se vio, de fondo, un triunfo de Argentina contra Ecuador en la Copa América de Brasil. No hubo ni tiempo para el último truco, porque el domingo temprano se terminaba de vaciar la mudanza.


“Ya está. No hubo forma de convencerlos”, me confía Juan, mientras me brinda la tablita con pizzas y Messi se hace más figura, define el partido y ya pensamos en la inminente semifinal con Colombia que tendremos que ver en otro lugar. ¡Que la cábala no se quiebre!
Aquejado por la cuarentena obligatoria después de la pandemia, en marzo del año pasado, Juan y Patricia le habían sumado delivery con comidas para llevar y la barra abierta para los conocidos que se le animaban al poco estricto protocolo de la pandemia, entre trucos sigilosos a media persiana y copas hasta bien entrada la noche. También prendían la parrilla a la canasta, cuando varios aseguraban presencia en noches de partidos o naipes. Y le habían sumado un pool, reconocible desde afuera a través del gran ventanal, del lado de la vieja rockola -de esas de botones sin pantalla táctil- que administraba los ánimos musicales del lugar yendo del cuarteto o el tango, al rock argentino y la balada melosa más clásica.


Las decenas de habitués de la última etapa lo vivirán como un cimbronazo, como quien tiene que cambiar una rutina que siempre se presume interminable. Ahí están Lito, Daniel, Fernando, Hernán, Alfredo, Tucho, Boli, el Pelado o aquel otro de boina que hacía del silencio un dharma y siempre pedía blanco con soda…
Pero no. Cambiarán los nombres y los reductos, eso sí, pero la cultura del codo y el vaso en la barra de estaño buscará nuevos e inciertos horizontes; surcará el rito del que está solo y espera que siempre llegue la charla cómplice del cliente amigo.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

domingo, 20 de junio de 2021

De Montoneros, crimen y globos pinchados


En La Plata, hace 35 años, en un Estudiantes-Huracán, Gregorio Noya era el primer muerto de la última dictadura en una cancha; la tarde que la JP cometía una osadía imperdonable para la Junta: mostrar banderas de Montoneros en la visitante del estadio de 1; hubo cacería policial y militar adentro y afuera: uno de esos balazos mataría a Noya por la espalda (*)

“Vayamos a la platea, mejor, cerca de los locales”.
Algo intuía Noya; jamás ese final. Se lo sugirió al hijo entre el típico almuerzo apurado de un domingo de otoño con fútbol y el viaje a La Plata.
El razonamiento conservaba algo de lógica paterna ineludible: había escuchado que ese 16 de mayo de 1976, los pinchas buscarían emboscar a los quemeros para quedarse con algún “trofeo”. Lo repitió, incluso, ya sentado en el tren que los dejaría en La Plata: que la barra del Globo estaba al tanto de todo y que era preferible evitar “quilombos”.
Pero los cruces no serían entre las hinchadas, ni siquiera como insinuación.
“Mejor, así. Entramos por otra puerta, sin la barra, y después salimos enseguida”, convenció a su hijo.


Los pocos relatos que existen son coincidentes: la Juventud Peronista tenía más que buena simpatía dentro de la hinchada de Huracán. Por eso planearon el viaje juntos y llegaron a La Plata en varios camiones. Se estaban por cumplir dos meses del Golpe de Estado y Montoneros, ya declarada “ilegal”, mantenía su clandestinidad desde septiembre de 1974.
En la previa del Ducó, la barra había acordado cómo sería el ingreso a la cancha y quiénes lo harían, esta vez, cuidando cada detalle de los bolsos con las banderas largas.
“Las blancas van acá, ¿ven?”, prepoteó uno. “Todas confundidas entre las rojas más finas”.
Los tirantes de color se desplegarían antes de empezado el partido, sobre los paravalanchas. Los que sabían el plan, conocían el dato desde mucho antes: los jóvenes de la JP custodiarían y estarían a cargo esa tarde de todos los bolsos pesados. El eventual enfrentamiento entre las barras de ambos equipos sonaba a coartada.



Con la breve excepción de la edición del lunes 17 del diario La Prensa, los medios gráficos publicaron, sin filtros, el parte que el gobierno militar difundió sobre “los episodios sucedidos en La Plata”; un comunicado escueto, con responsabilidades ajenas, previsibles, para cerrar el caso: Gregorio Noya, argentino, de 38 años, domiciliado en avenida Riestra al 5900 de la Capital, había sido alcanzado por una bala disparada por “delincuentes subversivos, mediante la utilización de armas de fuego de forma indiscriminada”, que habían respondido al accionar del ejército y la policía cuando éstos intervinieron para impedir “que un grupo de sujetos que se hallaba en el exterior del campo de juego elevara, mediante la utilización de globos, una inscripción similar a la secuestrada”.
“Montoneros”, en letras negras sobre fondo blanco, se leía en la primera bandera, la que se alcanzó a ver antes del entretiempo del partido, minutos después de las cuatro y cuarto de la tarde de ese domingo 16 de mayo, desplegada desde la parte superior de la torre de iluminación hacia el alambrado, sobre el sector lateral que une la tribuna con la platea en la esquina de calle 57.
La crónica de La Prensa puso dudas sobre el origen de los incidentes –aunque refería “presuntamente a la acción de un grupo de personas subversivas” (sic)-, narró los episodios a partir del relato de testigos y bajo el previsible amparo del potencial: “Los incidentes comenzaron cuando efectivos policiales se dirigieron a una de las torres de iluminación ubicada sobre la tribuna que da espaldas a la avenida 1, de la que pendía una improvisada gran bandera del tamaño de una sábana en la que en gruesos caracteres se podía leer el nombre de una organización terrorista. Dicha bandera, que se hallaba en el lugar desde las 14.30, fue descolgada mientras se jugaba el partido por un policía de civil al que secundaban otros uniformados (…) A las 16.20, cuando los futbolistas se hallaban en el descanso, se escucharon una serie de detonaciones de armas de fuego que provenían de la calle 1 (…) En ese momento, se observó el ascenso de un atado de globos inflados con gas, con los colores celeste y blanco, que tenía como misión elevar por sobre el estadio otra bandera de un grupo subversivo, la que habría quedado enganchada en los árboles de la calle. Allí intervinieron efectivos policiales que se enfrentaron con un grupo de personas que pretendía desengancharla”.
La tapa de El Día muestra el que, quizás, sea el único documento fotográfico que exista sobre los hechos. Se lo observa a Noya recostado sobre una camilla que fue alcanzada desde el sector de los bancos de suplentes. Ante los gritos y las señas de los plateístas que lo acompañaban en el parte superior, minutos después de haber recibido el tiro, los auxiliares subieron por el alambrado la única camilla disponible en el estadio, la que usaban los médicos para los futbolistas lesionados.
“Incidentes” o “confuso episodio”, el uso tácito para deslindar eventuales responsabilidades oficiales, los medios en general (Clarín sólo publicó un recuadro sobre un “herido de bala” y nunca confirmó el crimen) cerraron el caso, el martes 18, con el informe oficial emitido por la Policía Bonaerense al mando de Camps. A Noya lo habían asesinado “delincuentes subversivos” que comenzaron a tirotear a la policía en el exterior de la cancha mientras intentaban infiltrar una bandera con “el nombre de una agrupación terrorista” (sic).



Un sobreviviente de la dictadura, que participó de la operación de agitación y propaganda para infiltrar las banderas en la cancha de Estudiantes, se reencontraría décadas después con el luctuoso episodio a partir de los documentos de la DIPPBA, desclasificados por la Comisión Provincial por la Memoria, que dan cuenta de aquella jornada del 16 de mayo de 1976. Lo tenían “marcado” por “Monto” en el legajo 13.168, redactado el 27 de agosto de 1981 por la Comisión Asesora de Antecedentes de la ex Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.

Nombre: Adolfo Vicente Bergerot.
Nombre de guerra (sic): “Fito”.
D.N.I: 11.367.754.
C.I: 10.221.449.
Nacionalidad: Argentino.
Nacido en: Capital Federal.
Fecha: 8 de diciembre de 1954.
Profesión: Estudiante.
Conclusiones: “Registra antecedentes ideológicos marxistas que hacen aconsejable su no ingreso y/o permanencia en la administración pública. Militó en Mendoza y La Plata en la Juventud Universitaria Peronista (JUP), funcionando, por última vez, en las Tropas Especiales de Infantería (TEI)”.

Bergerot fue detenido y secuestrado. Estuvo desaparecido. Luego fue “blanqueado” y puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Se exiliaría en España y participaría de la Contraofensiva Montonera hasta romper con la Organización.
“El objetivo era izar la bandera, retirarnos y usar la cancha por la concentración de gente para poder hacer propaganda. Era una pancarta que decía ‘Videla asesino. Montoneros’. La idea era que subiera en el entretiempo, o en algún momento del partido, así toda la gente la veía”, relata. (1)
Según los informes de inteligencia de la Policía Bonaerense, el segundo grupo estaba conformado por estudiantes de las facultades de Medicina y Veterinaria de la Universidad Nacional de La Plata: entre ellos, claro, el propio Bergerot.
“En el momento en que los dos compañeros están -uno enganchando la bandera y otro los globos- llegan cinco o seis patrulleros y se ponen a tirar. Lo que había pasado era que un momento antes, adentro de la cancha, no sabemos quién, había hecho lo mismo pero en la tribuna de Huracán…”, confirma Bergerot sobre la acción de propaganda en 1 y 57. (1)
La bandera contra Videla y su dictadura nunca llegaría a desplegarse y a Bergerot lo cercarían un día después del acto proselitista: la policía falsearía las actas obligándolo a declarar que había estado presente en las afueras del estadio para justificar su detención.
“Yo mismo había trazado los planos: cómo era la cancha, cómo había que ubicarse, cómo había que llegar, cómo había que retirarse… Pero por cuestiones personales no pude estar. Había viajado a Mercedes a ver a mis viejos y me detuvieron a la mañana siguiente. Sabía que eso podía pasarme. Lo entendía y así fue: me interrogaron y me torturaron”.
El acta falseada y su posterior detención estaban redactadas de antemano.


No sería la primera vez en que se aprovecharía un evento deportivo para denunciar a la dictadura. Tres años tardó “el gran golpe” de Suiza, en un partido amistoso que la Selección Argentina disputó contra Holanda en el estadio Wankdorf de Berna. “La gran revancha del Mundial”, lo vendieron como propuesta publicitaria, para ser transmitido en vivo y en directo para todo el país en ese mismo ’79 de la Contraofensiva, al cumplirse un año de la obtención de la Copa del Mundo de Fútbol de 1978.
Televisado por ATC, colgados estratégicamente en las tribunas cabeceras, se pudieron leer dos carteles ideados por los exiliados políticos, también con letras negras en imprenta: “Videla Asesino”, armado letra por letra para evitar los controles censores del estadio; y “Los militares son miseria y represión”. Los mensajes se vieron durante buena parte del partido pese a los esfuerzos de los técnicos de control del canal estatal, que apenas pudieron tapar la denuncia con un sobreimpreso oscuro publicitando un show de Les Luthiers. Se lo puede chequear, hoy, a mano en YouTube. El objetivo se había cumplido.

“Como la protesta no iba a pasar desapercibida para los televidentes, Enrique Quintana, embajador en Suiza, el contraalmirante Carlos Lacoste y el resto de la comitiva argentina presente en el estadio intimaron a los organizadores que sacaran las banderas y carteles o, de lo contrario, la Selección no saldría a disputar el segundo tiempo. Un grupo de policías se metió en la tribuna donde estaban los hinchas para adueñarse de los carteles, pero se encontraron con una gran resistencia latinoamericana, ya que los argentinos fueron respaldados por uruguayos, chilenos, bolivianos y paraguayos presentes en la tribuna, más algunos suizos. Todos juntos mantuvieron en alto el reclamo de justicia”. (2)

La bandera blanca con las diez letras en negro que reproducía el nombre de la Orga era similar a aquellas. Pero, en La Plata, debía ser camuflada para esquivar el cacheo previo de la policía.
“Se cuelga cerca de la ochava. Va atrás de la de ‘Globo Campeón’”.
El Hugo, de injerencia en la estructura de la Juventud Peronista, dio instrucciones y la ubicaron tapada con la otra más grande que se sostenía entre la torre de iluminación y el alambrado lateral, en el mismo sector de la antigua entrada de la esquina de 1 y 57.
Pasadas las cuatro y cuarto de la tarde de ese 16 de mayo de 1976, desplegada desde la parte superior de la torre, un grupo de personas izó la bandera con la inscripción quemera. Segundos después surgiría la insignia escondida: “Montoneros”.

Noya le acercó la mano al hijo apenas recibido el balazo. Los dos estaban de espaldas, en las filas superiores de la platea de 1, junto al resto de los hinchas que ya habían empezado a refugiarse al notar el despliegue de la policía. No había arrancado aún el segundo tiempo.
Sí la cacería: policías de civil y algunos uniformados se movilizaron sobre el pasillo de ingreso de la visitante, arrancaron la bandera y detuvieron a dos personas, presuntamente las encargadas del izamiento, entre corridas e intercambio de disparos.
Todavía faltaba la segunda parte del plan, sobre 57 y 1: hacer ingresar una bandera similar, desde la calle y por sobre la cancha, amarrada con globos. La operación que décadas después confirmó el propio Adolfo Bergerot.
Los forcejeos y disparos se trasladaron, de los tablones del sector de Huracán, a la esquina. La policía hizo un rápido cerrojo y disparó sobre los sospechosos de colaborar con la remontada de la segunda bandera. Algunos de los militantes se escondieron sobre la copa de los árboles, procurando que la operación se completara desenganchando los globos. Pero fueron vistos. Les dispararon desde la vereda de avenida 1 hacia arriba. La altura de los árboles coincidía con la ubicación de las últimas filas de la platea.
“Me dieron en la espalda”, alcanzó a decir Noya.


“Estudiantes de La Plata-Huracán, balazo calibre 9 policial ingresado por la espalda y disparado por personal que venía a reprimir un acto de suelta de globos organizado por los Montoneros: Impune”.
Gregorio Noya emerge como el fallecido número 98 en el listado de “Salvemos al Fútbol” sobre las más de 330 muertes por la “violencia en el fútbol argentino”, desde la primera reconocida, de 1922. Es uno de los miles de asesinatos impunes que quedaron del accionar represivo de la última dictadura; la primera en un estadio de fútbol.
La denuncia de la ONG tiene un hilo conductor ineludible en la investigación del periodista Amílcar Romero: a mediados de la década del ’80 publicó el revelador “Muerte en la cancha”, donde describe, entre otros, el reportaje que le realizó, años después del asesinato, al hijo de Noya para la indagación de fuentes y la posterior publicación.


Las crónicas del partido marcaron la figura del juvenil arquero visitante, Eduardo Jurkevicious, mérito directo para que el Pincha de Bilardo no pudiera quitarle el invicto al Huracán puntero en el durísimo cruce de candidatos del Metropolitano 1976.  Lo revela la -inédita para la época- cantidad de expulsados que tuvieron los 90 minutos: tres por Estudiantes, dos por el Globo.
Con el 0-0 como chapa definitiva, se anunció por los altoparlantes que la policía cerraría los accesos de las dos tribunas para evitar la desconcentración del público: serían palpados de armas y se revisarían sus documentos de identidad; uno por uno.
Los “sospechosos”, a arbitrariedad militar, y aquellos sin DNI, fueron demorados y trasladados a dependencias policiales de la zona. Mientras tanto, las radios que cubrían el partido instaban a los familiares de los hinchas, retenidos en el interior del estadio, a concurrir a la puerta con las identificaciones de sus parientes para que fueran autorizados a retirarse. Así de grotesco e inimaginable.
Ya de noche, pasadas las 20 y abiertas las puertas para que los hinchas desconcentraran en fila de a dos, Noya comenzaba a ser intervenido en un hospital cercano. Agonizaría y moriría después del mediodía del lunes 17 de mayo de aquel 1976.
Con culpables, sin condena.

Notas
- Diarios El Día, La Prensa, Clarín y La Nación
- Revista El Gráfico
- Web de ONG Salvemos al Fútbol: http://salvemosalfutbol.org/
- Romero, Amílcar. “Muerte en la cancha”. Buenos Aires, Nueva Alianza, 1986.
- Bergerot, Adolfo. “El archivo y el testigo”. La Plata, Comisión Provincial por la Memoria, 2018: https://www.youtube.com/watch?v=5pVaCGdDyGw&ab_channel=Comisi%C3%B3nporlaMemoria 
- “Bandera en Berna”. La Plata, Comisión Provincial por la Memoria, 2021: https://m.facebook.com/cpmemoria/videos/2606976546277196/?refsrc=https%3A%2F%2Fm.facebook.com%2Fcpmemoria%2Fvideos%2Fbandera-en-berna%2F2606976546277196%2F&_rdr 
(1) Bonomi, P. y Sahade, J. “Una tardecita de fútbol”. La Plata, Revista Puentes, Año 8, N°25, Dossier Documentos #12: De lo secreto a lo público, 2008: https://studylib.es/doc/6653938/12.-una-tardecita-de-f%C3%BAtbol
(2) “Escrache en Berna”. Buenos Aires, Diario Página/12, 2012: https://www.pagina12.com.ar/diario/deportes/subnotas/188553-57989-2012-02-29.html

(*) La crónica original, ampliada para este trabajo, fue publicada en la revista Animals! como parte de un concurso de investigación sobre Deporte, Violencia y Política de la FPyCS de la UNLP, en 2015.


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domingo, 6 de junio de 2021

Todo por amor en un legendario bar platense

El viejo reducto de los hermanos Aguilar en Meridiano V, administrado desde el fin del aislamiento estricto por Eduardo y Claudia, comenzó una campaña para ayudar a personas en “situación de calle”

La atmósfera es inquebrantable y se repite en decenas de bares similares donde la bohemia es una causa de vida cuando se apagan los ánimos y baja el sol. Pocos como Ross y Luna lo sintetizaron en, no más de un minuto, en “Hit”: amigos, truco, tragos, vivir jugado, al límite, sin retaguardia, sin paso atrás, expuesto a la soledad…
El bar se distingue sobre la mano izquierda de calle 70, llegando a 24, por un antiguo toldo de chapa clara que se abre y se cierra según juegue el sol o la lluvia. Al entrar, entre cortinas tornasoladas verdes, sobresalen, en cada una de las mesas, un cenicero, un servilletero que indistintamente nos marca Coca Cola o Quilmes a cada lado y un alcohol en gel, raspón ineludible de los tiempos pos marzo 2020.
Detrás de la barra, formada en “L” sobre dos heladeras Villar desenchufadas, ya sin uso, hay varias botellas de Hesperidina, cañas Padilla, anís 8 Hermanos, vodkas y whiskys ligeros que permiten la medida del habitué a sólo 100 pesos; la infaltable tablita para alguna picada; y, hoy sábado, una amplia fuente de empanadas caseras, cortadas a cuchillo con la mano única de Claudia, listas para repartir en el obligado formato delivery.
Otros tiempos, la pandemia y el distanciamiento obligatorio formatearon todos estos clásicos reductos -habituados al ruido y a la charla infinita entre copas- y se adaptaron con otros ritmos y costumbres. El viejo bar de Oscar, ahora de Eduardo y Claudia, se abre al invierno dando una mano para personas en “situación de calle” con desayunos gratuitos. Ante la necesidad, la solidaridad que nunca falta.
“Empezamos el lunes pasado. Lo veníamos hablando con Edu, mi marido, que tenemos el bar, de poder hacer desayunos para gente que esté en ‘situación de calle’. Nos llena el alma y nos gusta la idea. Y gracias a los vecinos que donan, a los clientes que siguen viniendo y colaboran mucho, hacemos meriendas también”, enfoca Claudia. Mientras la grabo en la cocina, sumerge las empanadas en grasa para completar uno de los tantos pedidos del día.
“Como mucha gente no sabe o no conoce, además empezamos a salir a repartir los desayunos. Hoy –por ayer- después de las 7 estuvimos por la zona del San Juan de Dios, por el Hospital San Martín, y entregamos casi veinte viandas con café y paquetitos de galletitas”, agrega.
- ¿Qué se encuentran cuando salen a la calle?
- Hay mucha gente… te da mucha tristeza, sinceramente. Pero la gente es muy agradecida…
- ¿Vienen muchas personas?
- De a poco, sí. Muchos se fueron enterando por el cartel y por los comentarios o los mensajes que se van mandando. Y, además, muchos otros que conocen la iniciativa se acercan a donar. La gente del barrio es muy atenta, muy agradecida. Hoy nos trajeron yerba, galletitas, de todo…
¿El barrio? La bajada de la 70, entre 23 y 24, arteria troncal del paso del Meridiano V al San Juan de Dios. Allí, desde las 7.30, de lunes a sábado, Eduardo y Claudia le meten el cuerpo al frío ayudando a los que más lo necesitan: café caliente, un bizcocho, tostadas recién horneadas, gratis y con la mayor solidaridad.

Un proyecto presentado en Diputados
Los primeros días de abril, se presentó, en la Cámara de Diputados de la Nación, el proyecto de ley Integral para Personas en Situación de Calle, como parte de una reunión informativa de las comisiones de Derechos Humanos y Garantías, Acción Social y Salud Pública de la cámara baja.
La iniciativa propone la creación, en el ámbito del Ministerio de Desarrollo Social, de una coordinación interministerial que aplique políticas transversales de salud, vivienda y trabajo para la gente en ‘situación de calle’.


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martes, 25 de mayo de 2021

Bohemia


Vivir jugado, un poco en el límite, el café, los amigos, jugar truco, una mesa de casino, tomar copas, gente que vive así, muy expuesta, sin retaguardia, sin paso atrás, expuesta a la soledad, a la enfermedad, a la muerte, la bohemia...

domingo, 16 de mayo de 2021

Pinchas y Diablos en el Ascenso


A horas del partido por la Copa de la LPF, el primer gran choque de Estudiantes e Independiente de la historia, el de la Intermedia 1911. Llegaron con un punto de diferencia a la última fecha y el Pincha se aseguró el ascenso goleándolo en Avellaneda. El puntapié de un duelo que se hizo un “clásico” dentro del fútbol argentino

¿Se imaginan en 2021 un torneo de la B con Estudiantes, Boca e Independiente? Impensado hoy, así fue la temporada 1911 en el fútbol de AFA, con Pinchas y Diablos como protagonistas directos durante las 18 fechas del certamen buscando llegar al círculo superior de la por entonces Argentine Association Football.
El ente oficial había creado, en esa temporada, la Intermedia Extra, división que pasaba a ser el segundo escalón del fútbol asociacionista, entre la Primera de Liga y la Segunda División. Estudiantes e Independiente se sumaron junto a Boca y otros equipos como Banfield y Ferro. Un año histórico para el fútbol de AFA otrora porteño, aquel 1911, que vio el último logro en Primera División del legendario Alumni y una irregular campaña de Boca que cerca estuvo de descender a la tercera categoría. Boca en Segunda y con riesgos de descenso. Otros tiempos…
Afiliado a la AFA, nuevamente, desde 1908, una vez inaugurado el campo de juego de 1 y 55, al Pincha se le había negado el ascenso un año antes, a manos de Racing. Con la construcción de la platea oficial de madera en marcha, llegar a Primera era el gran objetivo de la gestión del presidente Silvestre Oliva.
Lo conseguiría contra Independiente, un 12 de noviembre de 1911, en la vieja cancha del Rojo en el barrio de la Crucesita, en Avellaneda. Miles de hinchas albirrojos se trasladaron, cuentan las crónicas, hasta General Mitre y Lacarra para ver el histórico ascenso, nada menos que contra Independiente y en su propia cancha.

Era cara o cruz. El Pincha llegaba puntero con un poroto de diferencia: 28 contra 27. Le alcanzaba con el empate para ser campeón, pero se despachó con un furibundo 3-0, goles de Ricardo González Bonorino y el restante de Oscar Hirschi. Sí, el hermano del Luis Jorge que desde 1970 es homenajeado con el nombre del estadio de 1.
A 110 años de aquel fundacional Estudiantes-Independiente, Pinchas y Rojos seguirán escribiendo, esta tarde, con el lápiz de la historia, un duelo que ya es un clásico de las grandes definiciones: del ascenso de 1911, la final de la Competencia del ’17, pasando por los cruces en la Libertadores ’68, las semis del Nacional ’77, las finales de 1982 y 1983 hasta la última eliminatoria de la Copa Argentina 2014.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

sábado, 1 de mayo de 2021

Mercedes: entre pulperías y vinilos


Una escapada ineludible a sólo 150 kilómetros de la capital bonaerense. La antigua ciudad cobija con su amabilidad pueblerina y un ambicioso circuito que evoca lejanos tiempos de cabalgatas, tragos pulperos y guitarreadas de fondo; y la mejor tradición de los bares nocturnos

Fundada a mediados del siglo XVIII como destino inevitable del combate de la Buenos Aires hispánica contra los “malones” de resistencia aborigen, Mercedes se constituyó como fortín en la franja natural que imponía el río Luján. Su escudo heráldico no permite dudas: se destacan, en el margen superior, el año de su constitución oficial como Guardia de Luján (1752); y su esencia fundacional, cortando la insignia transversalmente, con trazos que simulan el curso del río en líneas ondeadas. Sobre su margen derecho, se dibuja el antiguo fuerte de la guardia fronteriza destacando el mangrullo de vigilia; en el izquierdo, el soldado de caballeriza a la carrera, lanza en mano y preparado para la defensa.
De aquel fuerte a esta ciudad, nos metemos en el añorado verde mercedino por el acceso secundario, que se abre desde el distribuidor de la autovía 5 siguiendo la ruta provincial 41. Cruzando el puente, el camino nos lleva hasta el ingreso girando a la izquierda por la avenida 40, que conforma el imaginario límite norte del casco histórico de Mercedes.


El acceso de la 40 corona su bienvenida con unas típicas arcadas arboladas, paralelo a la vieja vía del ferrocarril Belgrano hoy en desuso. Tomamos por la estación –convertida en centro cultural municipal- hasta el cruce principal con la 29, en la esquina de La Fonda. Como gran parte del inquieto circuito gastronómico, este restaurant emerge sobre una amplia casa centenaria de ladrillos a la vista, restaurada en su fachada pero conservando su estilo original.
Lo mismo sucede con el antiguo bodegón Vieja Esquina, del siglo XIX, en la intersección de 28 y 25, a sólo metros de la plaza principal. Como aquel jugador 12 que simboliza el aporte al equipo de la hinchada de Boca, los mercedinos le llamaban “juzgado 11” –la ciudad tiene diez- por su cercanía con los tribunales y su inefable punto de reunión de jueces, fiscales y abogados. Aunque el bodegón conserva la arquitectura y los recuerdos históricos, la esencia original del mostrador, las picadas, los gancias y los fernets, le dieron paso a los tiempos modernos, con una amplia carta y platos de cervecería típica.

De la Basílica a la noche del vinilo
Desde el cruce con la calle 40, la 29 se nos abre hacia el centro y su casco histórico. Destacan su arboleda, el pulcro cuidado de sus veredas y las sombras largas que oscurecen la arteria aún en pleno mediodía soleado.
La avenida nos lleva, hacia el sur, hasta la plaza principal, en 29 y 24. Allí se nos sitúa el punto fundacional exacto donde hace más de 250 años se pararon los primeros pobladores y hoy es obvio espacio del monumento a San Martín. La plaza tiene el equilibrio exacto para saborear un mate, con límites precisos de sol y sombra gracias a la continuidad de la espesa vegetación urbana que es un devenir característico del pueblo. Levantamos la vista y la Basílica de Mercedes, sobre el límite sur de la plaza, manifiesta el paisaje con su estilo neogótico. Construida a principios del siglo XX, la catedral mercedina actual fue declarada Monumento Histórico Nacional en 2010.
Entrada la tardecita, podemos caminar sobre la calle 24 hasta la esquina de 23 –como lee, un platense bien podrá ubicarse es esta ciudad con direcciones numéricas que van de dos en dos, con las pares, de oeste a este; y las impares, de norte a sur- para entrar en otro túnel del tiempo musical llamado Bar Vinilo.


En otra esquina restaurada de viejos ramos generales con ladrillos a la vista y largos y angostos ventanales, el bar, que ya festeja su primera década y se adecuó a los tiempos pandemiales con protocolos y mesas a la calle, nos recibe con su mentor, Quique Fauri.
Diez mil o más vinilos atesorados, quién sabe, este melómano obsesivo supo ser un faro del ambiente musical en la pequeña Mercedes. Dueño de un conocido local de discos, aquel emprendimiento atacado por un imprevisto incendio mutaría luego de lugar y de rubro: así nació el mítico Bar Vinilo, un espacio más propio de la cosmopolita Buenos Aires que de la tranquilidad arrabalera de Mercedes. Pero allí está. Y por eso convoca a tantos turistas, porteños o platenses, que viajan hasta Mercedes exclusivamente para disfrutar de un bar temático y de una noche que no consiguen en sus propias huestes urbanas.


Restaurado y ambientado cuidadosamente como un viejo bodegón, respetando la tradición del pueblo, el lugar abunda de recuerdos, nostalgias y piezas invaluables del coleccionismo, desde discos clásicos hasta cuadros, objetos, fotos y viejos juguetes. Un viaje en el tiempo donde encontramos, como si fuera una hemeroteca musical, colecciones completas de la primera época del rock nacional o de los grandes grupos del siglo XX, del rock, al jazz y al progresivo. De Manal, Almendra o el Club del Clan, a los Rolling, Zappa o Zeppelin.
Mientras disfrutamos en la barra de alguna cerveza tirada, vinos o tragos de antaño como el vermut con fernet, cinzano y soda, Fauri labura a la par de sus hijos –como barmans o dj’s-, nos abre el tocadiscos y no duda en hacer sonar el grupo que le acabamos de sugerir. Le decimos que a esa hora de la noche cuaja Connan Mockasin. Lo pone. Y no escatima, con su humildad característica, en sumarlo a la lista de favoritos y nuevos descubrimientos.
Si la sugerencia no tuviese formato vinilo, sonará amplificado en la computadora que resguarda detrás de las largas hileras de discos, prolijamente alineados y con celofán individual. Hay miles y el espacio no le alcanza. Los hay por todos lados. Muchos exhibidos, incluso, en repisas y a la vista siguiendo una exquisita línea de tiempo que nos invita a conocer el origen del rock argento. No hay detalles que quedan de lado para que el cliente sepa que está en un lugar único, distinto al resto.
Vinilo supo ser visitado hasta por Manu Chao, atraído durante una gira por el “boca a boca” que circula como mito de un boliche de los de antes que sería leyenda si se trasladara a cualquier circuito gastronómico del ambiente porteño. Pero Vinilo resiste en Mercedes y bien que hace. Vale la pena manejar 150 kilómetros para disfrutar de una noche rodeado de la mejor música.


La Pulpería de Catarina
De la esquina de 29 y 40, pero cruzando la vía del FFCC Belgrano hacia el norte, llegamos conduciendo por la 29 hasta al límite esperado con el río Luján. Antes del puente que nos presenta el verde espeso del Parque Municipal Independencia, sobre el margen izquierdo, encontramos la llamada “última pulpería”, la casa histórica de Cacho Di Catarina.
El lugar, que se mantiene casi inalterable desde 1830 cuando el camino –la hoy calle 29- era la única huella de tierra de entrada a Mercedes, guarda decenas de conocidas anécdotas: sus interiores sirvieron de escenario en Don Segundo Sombra, película que en 1969 llevó al cine la célebre novela de Ricardo Güiraldes; durante años, además, el abuelo de Catarina conservó por herencia de los dueños originarios la captura oficial que pesaba sobre el “gaucho bandolero” Juan Moreira, habitual cliente del boliche. Data de 1869.


El inmueble, de color blanco, mantiene sus anchos ladrillos originales a la vista en estructuras de adobe. Tiene una galería central de chapa irregular iluminada con tenues farolas amarillas, sobre el lateral que da hacia el camino, apoyada en durmientes de madera y con pisos de tierra, a la derecha de la única entrada, de puertas doble hoja. Todavía se conservan los palenques, que muchos lugareños aún usan para atar sus caballos en cada visita, junto a la arboleda que le da la necesaria sombra de la siesta al lugar.
El viejo almacén fue adquirido en 1910 por el abuelo de Don Cacho Di Catarina, que junto a su madre nacieron y vivieron ahí mismo. La pulpería sería comprada en 1930 por Domingo Antonio Di Catarina –padre de Cacho- y su esposa, la hija del primer dueño, Salvador Pérez Méndez. Al morir Domingo Antonio en 1959, su hijo Cacho tomó posesión del lugar durante 50 años, hasta su muerte en 2009. Hoy, después de recuperarse de la inundación récord de 2015 que casi obliga a su cierre definitivo, el popular bodegón mantiene su raigambre histórica y es administrado por la familia de la sobrina de Don Cacho, quien no tuvo hijos ni había dejado descendientes. Abren de jueves a domingo y despachan lo clásico: picadas, panes caseros, pasteles, empanadas y el inevitable asado a la leña, regado de vinos, vermuts u ocasionales cervezas.
Entrar a esta “última pulpería” de los Di Catarina será viajar a un cuadro típico de Molina Campos: hay una larga barra de aluminio, al bajar el escalón de ingreso, que sirve de pileta de enjuague de vasos; mesas de viejo roble; bancos de madera con patas abiertas. Cuelgan cuadros de antiguas publicidades, recuerdos en fotografías que el propio Cacho Di Catarina fue recolectando a lo largo de sus 50 años, camisetas de fútbol –una es la “5” de Chacarita del propio Cacho, de su época de fútbol senior- y un sinfín de documentos antiguos como patentes y carteles. En la parte superior se destacan un universo de artículos de campo: cinturones, rebenques, cueros, chalecos y largos estantes con viejas botellas de caña y ginebra ya oscurecidas con el paso de los años y las capas de tierra que el espacio superior acumula sin preguntar. Pero nadie se atreve a tocarlas. Es parte de este museo histórico que aún sigue con vida. La leyenda de La Pulpería de Catarina es tal que hasta el Correo Argentino le puso dedicar una estampilla de tirada reducida. Orgullo nacional.

Cómo llegar
Desde La Plata, y para evitar el exceso de los peajes porteños, conviene tomar la salida de calle 44, pasando el Cruce Etcheverry, hasta la intersección entre la ruta 215 y la 6. Por esta, se toma hacia Cañuelas y luego hasta Luján, donde se empalman los últimos 30 kilómetros a Mercedes.

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sábado, 17 de abril de 2021

El otro clásico "sin público"


Fue en 1972. Si bien el domingo la brega local se disputará, por primera vez, sin gente en las tribunas, hace cinco décadas se vivió una situación casi similar: un caluroso miércoles de diciembre, en Quilmes, el derbi platense tuvo apenas un puñado de hinchas en las tribunas. Sí: no fue nadie…

Uno de los tantos sinsentidos organizativos de la AFA a lo largo de su historia se dio en el final de la temporada 1972. San Lorenzo ya era bicampeón y el primer equipo en meter doblete de Metropolitano y Nacional el mismo año. Pero aún faltaba definir los descensos. Y, para eso, la AFA había dispuesto que los últimos seis equipos del Campeonato Metropolitano jugaran todos contra todos, en una rueda, a fin de año, para definir quiénes bajaban. Los últimos dos se irían a la “B”.
Estudiantes y Gimnasia terminaron 13ro. y 15to, respectivamente, y quedaron obligados a jugar el insólito Reclasificatorio. Fue la primera y única vez que debieron enfrentarse oficialmente en un torneo que definía, de manera directa, los descensos a Segunda. ¿El sinsentido? Los puntos de las 34 fechas del Metropolitano se “arrastraban” en la suma total de unidades y se adicionaban a la tabla del Reclasificatorio: a Banfield, el último del torneo, se le habían descontado 34 puntos, y Lanús, anteúltimo, había sacado sólo 12 en los 34 juegos. Antes de empezar, por simple cálculo matemático, los descensos de los dos sureños ya estaban decretados. El Reclasificatorio carecía de sentido…
Es ese contexto, el sábado 23 de diciembre y en cancha neutral, en el viejo estadio de Quilmes, jugaron Pinchas y Triperos. De seguro, la lidia local con menor cantidad de público de toda la historia, a sabiendas de la posición que ocupaban los dos equipos y de que los descensos del Grana y del Taladro ya estaban definidos. El clásico se jugaba lejos de La Plata para completar el fixture y, además, Estudiante presentaba un equipo repleto de juveniles…


Ni siquiera el tiempo le jugó una buena pasada, esa tarde, al olvidable duelo donde poco hubo en juego: el partido debió ser suspendido durante el segundo tiempo porque más que cancha, el césped de Quilmes se había transformado, por la lluvia, en un lodazal potrero, digno de las mejores montas. Continuaría a los cuatro días, el miércoles 27 de diciembre, y el Pincha lo lograría igualar (2-2) con una corajeada del pibe Oscar Suárez. Se festejó, entre la grey albirroja, casi como un triunfo aquel empate, ya que el Pincha presentó un combinado de pibes de Tercera, Cuarta y Quinta División. El plantel titular ya había sido licenciado pensando en las Fiestas…
La imagen de esa calurosa tarde de miércoles, cuando se recuperaron los 28 minutos –dos tiempos de 14’- que faltaban disputarse después de la suspensión del sábado, es digna de mención: tribunas vacías en la vieja cancha de Quilmes de Guido y Sarmiento, los juveniles de Estudiantes intentando empatar el partido contra los profesionales triperos y Gimnasia jugando con una inusual camiseta azul marino, con un ancho bastón blanco en el pecho (ver foto), que desde el modelo alternativo homenajeaba al Ajax holandés campeón de Europa y del mundo.
Los estoicos hinchas que se animaron a viajar dejaron en boleterías, entre plateas y generales, apenas 1.630 pesos de época. Para tener dimensión de la insípida concurrencia, fue sólo el 2% de lo que se recaudaría meses después en el primer partido de la temporada 1973. Y en la reanudación del miércoles, apenas se vendieron 220 pesos. Algo lógico, sabiendo que sólo se completaban los 28 minutos, en Quilmes, y un día laboral por la tarde.
Estudiantes y Gimnasia, en Quilmes, casi sin testigos en las tribunas. Fue en 1972. Ayer como hoy, en 2021…


La historia del pibe Suárez
Surgido de la cantera pincha, fue uno de los juveniles categoría ’52 que debutó durante el Nacional de 1971 por una recordada huelga de profesionales que obligó a los equipos a completar el campeonato con jugadores de inferiores. Jugó en Estudiantes hasta el Metropolitano 1975, cuando, sin lugar en el equipo de Bilardo, fue transferido a Temperley. Allí, fue una de las revelaciones del Celeste en el Nacional, que clasificó entre los ocho mejores y se metió en la Ronda Final por el título. Hizo 8 goles en 16 partidos. El pibe que tanto prometía en Estudiantes, se había destapado en Temperley con destellos inolvidables como el doblete que le metió al River bicampeón de Labruna. Suárez ya era titular indiscutido, había encontrado su lugar en el mundo. Por eso el club le compró el pase a Estudiantes durante el receso de verano. Un presente de ensueño para el juvenil, que sin embargo nunca debutaría en los torneos de 1976. A los meses, durante una gira conjunta que Temperley y Talleres hicieron por Zaire, contrajo malaria. El Celeste jugó sólo cuatro partidos en África y regresó de la gira en febrero del ’76, antes del inicio del Metropolitano. Hubo otros futbolistas contagiados, pero sobrevivieron. Suárez agonizó, internado, en el hospital Gandulfo de Lomas, hasta su repentina muerte, el 19 de febrero. Tenía 23 años.

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jueves, 15 de abril de 2021

Los antecedentes coperos del clásico platense


Pinchas y Triperos juegan el domingo el derbi 181 desde que empezaron a enfrentarse en 1916 por los torneos asociacionistas. Será el 8vo. partido oficial por copas de AFA en 105 años de historia. Los antecedentes coperos: de la Competencia del ’24 al Torneo Centenario ’93

No habrá lugar el domingo –y lo celebramos- para que la prensa hable del “clásico 162” del historial, recorte hegemónico del periodismo, nacido en los ’70, que empezó a contabilizar para los historiales los partidos oficiales de los campeonatos regulares tomando como partida el cisma clave de la Liga Profesional de 1931. De un plumazo, y lejos de la tradición histórica que bien supieron narrar los diarios El Día y El Argentino con crónicas y coberturas que hoy se tornan envidiables, dejaban de lado, así, los quince años previos de la llamada “era amateur”.
No habrá lugar para hablar del clásico 162, decía, porque, además, el del próximo domingo no será un clásico más del antiguo campeonato por puntos a una o dos ruedas, sino que, como no sucede desde aquellos choques del invierno del ’93 por la Copa Centenario, Estudiantes y Gimnasia volverán a jugar casi tres décadas después por una copa de AFA.
Antes de llamarlas por el genérico de “copa”, los conocidos “Concursos por Eliminación” fueron una marca distintiva en la organización de los torneos anuales de la asociación oficial –la hoy AFA-. Su nombre no dejaba espacio a las dudas: mientras se disputaba el torneo habitual por puntos, todos contra todos, con el trofeo “Copa Campeonato” en juego, se organizaban distintos concursos por eliminación directa a lo largo del año calendario y se ponía en juego la “Copa Competencia”. Existía el clásico “concurso de Campeonato” y, paralelamente, los equipos de cada divisional disputaban, por eliminación, el “concurso de Competencia”.
La primera copa que enfrentó a Pinchas y Triperos en la historia del derbi fue la Competencia de 1924. Compartieron la Zona C. Pero sólo disputaron la revancha, jugada el domingo 23 de noviembre de 1924. Fue 2-2 con goles de Zoroza y Morgada, para Gimnasia, y Bellomo (2), para Estudiantes. El partido de ida estuvo programado inicialmente para el 29 de mayo, luego se postergó para el 30 de noviembre y, finalmente, no terminaría disputándose, ya que Estudiantes había licenciado al plantel. Gimnasia ganaría los puntos en el escritorio, sin jugarlo.
De la Copa Competencia 1924 saltamos a 1932, cuando se enfrentaron un inusual día jueves por el Grupo A de la Copa Beccar Varela, en cancha neutral. La prensa la supo llamar “la copa falluta”, por ser un torneo organizado como cierre de temporada, en pleno verano, que no generó el entusiasmo de los hinchas y de la mayoría de los clubes, que optaron, en muchos casos, por poner elementos juveniles o habituales suplentes con sus planteles ya licenciados o de vacaciones. El escenario fue el Viejo Gasómetro y vio triunfo tripero, 2-1, con gritos de Palomino y Naón. Lauri había empatado transitoriamente para el Pincha.


De la Competencia Británica a la Centenario
Los duelos de 1945 por la Copa de Competencia quedarían marcados por una particularidad única: fue el clásico más largo de toda la historia. Duró ¡139 minutos! Y, ni así, pudo desempatarse. El partido se jugó a eliminación directa, por la primera ronda de la Competencia Británica. En los 90’ empataron 2-2. El reglamento preveía un alargue de 30 minutos. Como volvieron a igualar (3-3), debieron disputarse otros 30 minutos de alargue. A falta de once para el final, y como aún persistía la paridad, el árbitro terminaría suspendiendo la brega por falta de pelotas. La serie tendría su desempate, programado para el feriado 1 de mayo en la cancha de Gimnasia, que ganaría Estudiantes, 2-1, con goles de Pelegrina y Chiarini en contra, para clasificarse a cuartos de final.
El último antecedente copero nos lleva al invierno de 1993, cuando la AFA organizó la Copa Centenario para celebrar los cien años de la fundación del fútbol oficial. Fue la última vez que pinchas y triperos se enfrentaron por copas nacionales a eliminación directa. El partido de ida se jugó el 26 de junio de 1993, en el Bosque. Gimnasia ganó 1-0, con gol de Guillermo Barros Schelotto, un partido que sólo duró 60 minutos por un recordado piedrazo arrojado desde la hinchada de Estudiantes al árbitro Juan Carlos Biscay, que determinó la suspensión del derbi. La revancha fue el domingo 4 de julio, en 1 y 55, y el 0-0 final terminaría clasificando al Lobo para la ronda de ganadores.
Sumando los torneos internacionales, la última vez de mata-mata fueron los cruces victoriosos para los albirrojos de la Sudamericana 2014, cuando Estudiantes eliminó al Lobo tras un 0-0 en el Bosque y ganar la revancha, 1-0, en el Ciudad de La Plata, con un recordado gol de Diego Vera.

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jueves, 1 de abril de 2021

"Profesionalismo": ¿90 años de qué?


Nueve décadas atrás, el Boca de una leyenda -Mario Fortunato- ganaba el último campeonato oficial de la ya unificada amateur AAAF, en pelea final mano a mano con Estudiantes de La Plata. Pocas semanas después, llegaría la grieta quizás definitiva del “fútbol nacional”: amateurismo, de un lado; profesionalismo, del otro. Los “grandes” de Buenos Aires comandaban el cisma y, a casi 40 años del inicio de la oficial, creaban una liga paralela a la nacida en 1893 por influencia británica.
Me animo a las comillas para hablar del fútbol “argentino” porque, tanto ayer como hoy aunque con matices innegables, la etiqueta de nacionalidad del fútbol nuestro se sumerge como mandato inexpugnable dentro de las fronteras de la centralidad porteña. Desde esta perspectiva, el territorio de lo “nacional” se circunscribe a Buenos Aires y sus alrededores; a la pampa húmeda y su zona de influencia. Lo fue y es para quien normaliza el negocio del fútbol a nivel mundial: la FIFA, que desde siempre reconoció como institución rectora de “lo argentino” a la liga metropolitana (Buenos Aires, Conurbano y La Plata) que se jugaba con el sello de la hoy AFA.
La geopolítica interna del país, se ve, condicionó al fútbol desde principios del siglo XX; la marca de su puerto principal como salida central al “mundo”, también, tanto fronteras adentro como afuera. Se puede inferir, así, que la arquitectura de una necesaria identidad popular se hermanaba con el reconocimiento del país en el exterior, que acreditaba los rasgos culturales de la urbe arrabalera porteña y su capital: el tango, triunfando en el continente insignia, y el fútbol, con Argentina llegando a la final del Olímpico del ‘28, del Mundial del ’30 y de varios Sudamericanos.
“Buenos Aires pasa a ser la ciudad del tango y del fútbol (…) Los éxitos futbolísticos en los Juegos de Ámsterdam, así como la aceptación y el triunfo del tango en París, demuestran que sólo Buenos Aires (y, por ende, Argentina) es capaz de producir ‘cosas nuestras’ aceptadas y reconocidas por todo el mundo. El tango y el fútbol aparecen entonces como las contribuciones argentinas en la construcción, de esa época, de un espacio global corporal del tiempo libre que trasciende las fronteras nacionales (…) Y los grandes clubes de fútbol de Buenos Aires han de convertirse en ‘nacionales’ a pesar de la tradición futbolística de otras ciudades como Rosario y La Plata”.(1)

La extensión de la “frontera”
Hubo algunos mínimos atisbos de reconocimiento, en los albores del fútbol como identidad colectiva, cuando la AFA, de aún denominación inglesa con “football” en lugar del castellanizado fútbol, amplió las “fronteras” de lo argentino reconociendo a la liga rosarina, a la que incorporó oficialmente para que se enfrentara contra el campeón porteño en la disputa anual del llamado Campeonato Argentino -Copa Ibarguren- desde 1913. Porteños contra rosarinos jugando por el título “argentino”.
Los límites de la nacionalidad futbolística, en la práctica, se abrían dentro de la pampa húmeda, contemplando a los clubes rosarinos y, sólo años después, a los santafesinos. Pero poco más. De hecho, de esas competencias organizadas en el circuito productivo de los puertos Buenos Aires/Rosario salían los representantes argentinos que jugaron las primeras copas internacionales contra los uruguayos. Una estructura similar, aunque en un país disímil por extensión y federalismo, a lo que sucedió hasta mediados del siglo XX en Brasil con los torneos organizados entre clubes de Río y San Pablo. Pero con una diferencia no menor a la nuestra: esas competencias nunca serían reconocidas oficialmente con el rango de “título nacional”, pese a su prevalencia regional, por la Confederación Brasileña de Fútbol.
Un abismo, este, con la historia oficial del fútbol nuestro, que, desde siempre, designó a sus “campeones nacionales” por la Copa Campeonato que exclusivamente jugaban unos pocos –pero trascendentes, claro- clubes ubicados dentro de Buenos Aires y su área metropolitana: que la creciente popularidad del fútbol “nacional” en las dos primeras décadas del siglo XX y su identidad se narraran desde la ciudad capital faro del exterior, hicieron el resto.
Recién entre 1939 y 1948 se dio una primera apertura “efectiva”, sumando a las entidades más representativas de Rosario y Santa Fe como afiliadas a AFA, que empezaron a competir de forma regular en los concursos porteños: primero fue Newell’s y Rosario Central; luego Unión y después Colón. Pero no sería hasta 1967 -pese a la disputa irregular de competencias como la Copa República- y la creación del Nacional, cuando, por primera vez, y después de siete décadas, se organizaría un torneo evidentemente “argentino y federal”, con representación regular e institucional de la mayoría de las provincias. Fue cuando los “grandes” del interior empezaron a tener visibilización a nivel nacional y aparecieron los primeros títulos en Primera de los equipos rosarinos; o los subcampeonatos de Talleres (1977), el Racing cordobés (1980) y el Unión santafesino (1979). El albiazul cordobés tendría otras grandes campañas: 4° en 1974; semifinalista en 1976 y 1978; y 3° del Metropolitano 1980, cuando se ganó en la cancha el derecho a jugar anualmente el torneo de Primera de los porteños gracias a la Resolución 1.309.
No fue sino hasta 1986, a casi un siglo de la fundación de la AFA, al formarse una segunda división más “federal” -Nacional B- que los equipos del interior tuvieron mayor acceso a la liga grande de la Primera asociacionista, cuando la B Metropolitana pasó del segundo al tercer nivel de los equipos directamente afiliados. Aún ello, la disparidad continúa hasta nuestros días. Algo más de 50 equipos del área metropolitana porteña compiten, en el ascenso, por dos plazas anuales a la Primera B Nacional –la puerta de acceso al fútbol grande- a la par de centenares de equipos de 22 provincias que juegan, desde el Federal A hasta el C, por las mismas plazas en sus distintas y extenuantes ligas regionales, con largos viajes y altos costos.
Bienvenido el revisionismo en el fútbol también, que desde 2013 nos empezó a enseñar, como se debe, a partir de nuevos e inquietos historiadores, que la historia era una sola: rentado o no, el “fútbol argentino” oficial, aún el quiebre ineludible de 1931, había comenzado a finales del siglo XIX. Nada había cambiado en ese 1931 pese a la imposición de una liga “profesional” con sólo 18 clubes que dividió bruscamente al fútbol entre 1931 y 1934, cuando, a fuerza de poder y convocatoria, los “grandes” le crearon a la AFA un torneo paralelo, que no era reconocido por la mismísima FIFA, para legalizar lo que estaba más que extendido en la práctica cotidiana, con el capital incorporado al negocio y al mercado de la transferencia de futbolistas.
Quizás el nuevo y verdadero cisma, a 90 años del inicio del blanqueo profesional, sea, de una vez y para siempre, un fútbol federal y equitativo, tanto para los clubes híperprofesionales como para los cientos de equipos del “interior amateur”, con real y proporcional acceso a los torneos grandes de AFA. La Copa Argentina es un paso; que la liga de Primera División realmente “nacional”, sea el siguiente.

Notas
(1) Archetti, Eduardo (1995). Estilo y virtudes masculinas en El Gráfico: la creación del imaginario del fútbol argentino.
- Revistas El Gráfico y Caras y Caretas
- Memorias y Balances de la Asociación del Fútbol Argentino.

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