martes, 25 de mayo de 2021

Bohemia


Vivir jugado, un poco en el límite, el café, los amigos, jugar truco, una mesa de casino, tomar copas, gente que vive así, muy expuesta, sin retaguardia, sin paso atrás, expuesta a la soledad, a la enfermedad, a la muerte, la bohemia...

domingo, 16 de mayo de 2021

Pinchas y Diablos en el Ascenso


A horas del partido por la Copa de la LPF, el primer gran choque de Estudiantes e Independiente de la historia, el de la Intermedia 1911. Llegaron con un punto de diferencia a la última fecha y el Pincha se aseguró el ascenso goleándolo en Avellaneda. El puntapié de un duelo que se hizo un “clásico” dentro del fútbol argentino

¿Se imaginan en 2021 un torneo de la B con Estudiantes, Boca e Independiente? Impensado hoy, así fue la temporada 1911 en el fútbol de AFA, con Pinchas y Diablos como protagonistas directos durante las 18 fechas del certamen buscando llegar al círculo superior de la por entonces Argentine Association Football.
El ente oficial había creado, en esa temporada, la Intermedia Extra, división que pasaba a ser el segundo escalón del fútbol asociacionista, entre la Primera de Liga y la Segunda División. Estudiantes e Independiente se sumaron junto a Boca y otros equipos como Banfield y Ferro. Un año histórico para el fútbol de AFA otrora porteño, aquel 1911, que vio el último logro en Primera División del legendario Alumni y una irregular campaña de Boca que cerca estuvo de descender a la tercera categoría. Boca en Segunda y con riesgos de descenso. Otros tiempos…
Afiliado a la AFA, nuevamente, desde 1908, una vez inaugurado el campo de juego de 1 y 55, al Pincha se le había negado el ascenso un año antes, a manos de Racing. Con la construcción de la platea oficial de madera en marcha, llegar a Primera era el gran objetivo de la gestión del presidente Silvestre Oliva.
Lo conseguiría contra Independiente, un 12 de noviembre de 1911, en la vieja cancha del Rojo en el barrio de la Crucesita, en Avellaneda. Miles de hinchas albirrojos se trasladaron, cuentan las crónicas, hasta General Mitre y Lacarra para ver el histórico ascenso, nada menos que contra Independiente y en su propia cancha.

Era cara o cruz. El Pincha llegaba puntero con un poroto de diferencia: 28 contra 27. Le alcanzaba con el empate para ser campeón, pero se despachó con un furibundo 3-0, goles de Ricardo González Bonorino y el restante de Oscar Hirschi. Sí, el hermano del Luis Jorge que desde 1970 es homenajeado con el nombre del estadio de 1.
A 110 años de aquel fundacional Estudiantes-Independiente, Pinchas y Rojos seguirán escribiendo, esta tarde, con el lápiz de la historia, un duelo que ya es un clásico de las grandes definiciones: del ascenso de 1911, la final de la Competencia del ’17, pasando por los cruces en la Libertadores ’68, las semis del Nacional ’77, las finales de 1982 y 1983 hasta la última eliminatoria de la Copa Argentina 2014.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

sábado, 1 de mayo de 2021

Mercedes: entre pulperías y vinilos


Una escapada ineludible a sólo 150 kilómetros de la capital bonaerense. La antigua ciudad cobija con su amabilidad pueblerina y un ambicioso circuito que evoca lejanos tiempos de cabalgatas, tragos pulperos y guitarreadas de fondo; y la mejor tradición de los bares nocturnos

Fundada a mediados del siglo XVIII como destino inevitable del combate de la Buenos Aires hispánica contra los “malones” de resistencia aborigen, Mercedes se constituyó como fortín en la franja natural que imponía el río Luján. Su escudo heráldico no permite dudas: se destacan, en el margen superior, el año de su constitución oficial como Guardia de Luján (1752); y su esencia fundacional, cortando la insignia transversalmente, con trazos que simulan el curso del río en líneas ondeadas. Sobre su margen derecho, se dibuja el antiguo fuerte de la guardia fronteriza destacando el mangrullo de vigilia; en el izquierdo, el soldado de caballeriza a la carrera, lanza en mano y preparado para la defensa.
De aquel fuerte a esta ciudad, nos metemos en el añorado verde mercedino por el acceso secundario, que se abre desde el distribuidor de la autovía 5 siguiendo la ruta provincial 41. Cruzando el puente, el camino nos lleva hasta el ingreso girando a la izquierda por la avenida 40, que conforma el imaginario límite norte del casco histórico de Mercedes.


El acceso de la 40 corona su bienvenida con unas típicas arcadas arboladas, paralelo a la vieja vía del ferrocarril Belgrano hoy en desuso. Tomamos por la estación –convertida en centro cultural municipal- hasta el cruce principal con la 29, en la esquina de La Fonda. Como gran parte del inquieto circuito gastronómico, este restaurant emerge sobre una amplia casa centenaria de ladrillos a la vista, restaurada en su fachada pero conservando su estilo original.
Lo mismo sucede con el antiguo bodegón Vieja Esquina, del siglo XIX, en la intersección de 28 y 25, a sólo metros de la plaza principal. Como aquel jugador 12 que simboliza el aporte al equipo de la hinchada de Boca, los mercedinos le llamaban “juzgado 11” –la ciudad tiene diez- por su cercanía con los tribunales y su inefable punto de reunión de jueces, fiscales y abogados. Aunque el bodegón conserva la arquitectura y los recuerdos históricos, la esencia original del mostrador, las picadas, los gancias y los fernets, le dieron paso a los tiempos modernos, con una amplia carta y platos de cervecería típica.

De la Basílica a la noche del vinilo
Desde el cruce con la calle 40, la 29 se nos abre hacia el centro y su casco histórico. Destacan su arboleda, el pulcro cuidado de sus veredas y las sombras largas que oscurecen la arteria aún en pleno mediodía soleado.
La avenida nos lleva, hacia el sur, hasta la plaza principal, en 29 y 24. Allí se nos sitúa el punto fundacional exacto donde hace más de 250 años se pararon los primeros pobladores y hoy es obvio espacio del monumento a San Martín. La plaza tiene el equilibrio exacto para saborear un mate, con límites precisos de sol y sombra gracias a la continuidad de la espesa vegetación urbana que es un devenir característico del pueblo. Levantamos la vista y la Basílica de Mercedes, sobre el límite sur de la plaza, manifiesta el paisaje con su estilo neogótico. Construida a principios del siglo XX, la catedral mercedina actual fue declarada Monumento Histórico Nacional en 2010.
Entrada la tardecita, podemos caminar sobre la calle 24 hasta la esquina de 23 –como lee, un platense bien podrá ubicarse es esta ciudad con direcciones numéricas que van de dos en dos, con las pares, de oeste a este; y las impares, de norte a sur- para entrar en otro túnel del tiempo musical llamado Bar Vinilo.


En otra esquina restaurada de viejos ramos generales con ladrillos a la vista y largos y angostos ventanales, el bar, que ya festeja su primera década y se adecuó a los tiempos pandemiales con protocolos y mesas a la calle, nos recibe con su mentor, Quique Fauri.
Diez mil o más vinilos atesorados, quién sabe, este melómano obsesivo supo ser un faro del ambiente musical en la pequeña Mercedes. Dueño de un conocido local de discos, aquel emprendimiento atacado por un imprevisto incendio mutaría luego de lugar y de rubro: así nació el mítico Bar Vinilo, un espacio más propio de la cosmopolita Buenos Aires que de la tranquilidad arrabalera de Mercedes. Pero allí está. Y por eso convoca a tantos turistas, porteños o platenses, que viajan hasta Mercedes exclusivamente para disfrutar de un bar temático y de una noche que no consiguen en sus propias huestes urbanas.


Restaurado y ambientado cuidadosamente como un viejo bodegón, respetando la tradición del pueblo, el lugar abunda de recuerdos, nostalgias y piezas invaluables del coleccionismo, desde discos clásicos hasta cuadros, objetos, fotos y viejos juguetes. Un viaje en el tiempo donde encontramos, como si fuera una hemeroteca musical, colecciones completas de la primera época del rock nacional o de los grandes grupos del siglo XX, del rock, al jazz y al progresivo. De Manal, Almendra o el Club del Clan, a los Rolling, Zappa o Zeppelin.
Mientras disfrutamos en la barra de alguna cerveza tirada, vinos o tragos de antaño como el vermut con fernet, cinzano y soda, Fauri labura a la par de sus hijos –como barmans o dj’s-, nos abre el tocadiscos y no duda en hacer sonar el grupo que le acabamos de sugerir. Le decimos que a esa hora de la noche cuaja Connan Mockasin. Lo pone. Y no escatima, con su humildad característica, en sumarlo a la lista de favoritos y nuevos descubrimientos.
Si la sugerencia no tuviese formato vinilo, sonará amplificado en la computadora que resguarda detrás de las largas hileras de discos, prolijamente alineados y con celofán individual. Hay miles y el espacio no le alcanza. Los hay por todos lados. Muchos exhibidos, incluso, en repisas y a la vista siguiendo una exquisita línea de tiempo que nos invita a conocer el origen del rock argento. No hay detalles que quedan de lado para que el cliente sepa que está en un lugar único, distinto al resto.
Vinilo supo ser visitado hasta por Manu Chao, atraído durante una gira por el “boca a boca” que circula como mito de un boliche de los de antes que sería leyenda si se trasladara a cualquier circuito gastronómico del ambiente porteño. Pero Vinilo resiste en Mercedes y bien que hace. Vale la pena manejar 150 kilómetros para disfrutar de una noche rodeado de la mejor música.


La Pulpería de Catarina
De la esquina de 29 y 40, pero cruzando la vía del FFCC Belgrano hacia el norte, llegamos conduciendo por la 29 hasta al límite esperado con el río Luján. Antes del puente que nos presenta el verde espeso del Parque Municipal Independencia, sobre el margen izquierdo, encontramos la llamada “última pulpería”, la casa histórica de Cacho Di Catarina.
El lugar, que se mantiene casi inalterable desde 1830 cuando el camino –la hoy calle 29- era la única huella de tierra de entrada a Mercedes, guarda decenas de conocidas anécdotas: sus interiores sirvieron de escenario en Don Segundo Sombra, película que en 1969 llevó al cine la célebre novela de Ricardo Güiraldes; durante años, además, el abuelo de Catarina conservó por herencia de los dueños originarios la captura oficial que pesaba sobre el “gaucho bandolero” Juan Moreira, habitual cliente del boliche. Data de 1869.


El inmueble, de color blanco, mantiene sus anchos ladrillos originales a la vista en estructuras de adobe. Tiene una galería central de chapa irregular iluminada con tenues farolas amarillas, sobre el lateral que da hacia el camino, apoyada en durmientes de madera y con pisos de tierra, a la derecha de la única entrada, de puertas doble hoja. Todavía se conservan los palenques, que muchos lugareños aún usan para atar sus caballos en cada visita, junto a la arboleda que le da la necesaria sombra de la siesta al lugar.
El viejo almacén fue adquirido en 1910 por el abuelo de Don Cacho Di Catarina, que junto a su madre nacieron y vivieron ahí mismo. La pulpería sería comprada en 1930 por Domingo Antonio Di Catarina –padre de Cacho- y su esposa, la hija del primer dueño, Salvador Pérez Méndez. Al morir Domingo Antonio en 1959, su hijo Cacho tomó posesión del lugar durante 50 años, hasta su muerte en 2009. Hoy, después de recuperarse de la inundación récord de 2015 que casi obliga a su cierre definitivo, el popular bodegón mantiene su raigambre histórica y es administrado por la familia de la sobrina de Don Cacho, quien no tuvo hijos ni había dejado descendientes. Abren de jueves a domingo y despachan lo clásico: picadas, panes caseros, pasteles, empanadas y el inevitable asado a la leña, regado de vinos, vermuts u ocasionales cervezas.
Entrar a esta “última pulpería” de los Di Catarina será viajar a un cuadro típico de Molina Campos: hay una larga barra de aluminio, al bajar el escalón de ingreso, que sirve de pileta de enjuague de vasos; mesas de viejo roble; bancos de madera con patas abiertas. Cuelgan cuadros de antiguas publicidades, recuerdos en fotografías que el propio Cacho Di Catarina fue recolectando a lo largo de sus 50 años, camisetas de fútbol –una es la “5” de Chacarita del propio Cacho, de su época de fútbol senior- y un sinfín de documentos antiguos como patentes y carteles. En la parte superior se destacan un universo de artículos de campo: cinturones, rebenques, cueros, chalecos y largos estantes con viejas botellas de caña y ginebra ya oscurecidas con el paso de los años y las capas de tierra que el espacio superior acumula sin preguntar. Pero nadie se atreve a tocarlas. Es parte de este museo histórico que aún sigue con vida. La leyenda de La Pulpería de Catarina es tal que hasta el Correo Argentino le puso dedicar una estampilla de tirada reducida. Orgullo nacional.

Cómo llegar
Desde La Plata, y para evitar el exceso de los peajes porteños, conviene tomar la salida de calle 44, pasando el Cruce Etcheverry, hasta la intersección entre la ruta 215 y la 6. Por esta, se toma hacia Cañuelas y luego hasta Luján, donde se empalman los últimos 30 kilómetros a Mercedes.

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sábado, 17 de abril de 2021

El otro clásico "sin público"


Fue en 1972. Si bien el domingo la brega local se disputará, por primera vez, sin gente en las tribunas, hace cinco décadas se vivió una situación casi similar: un caluroso miércoles de diciembre, en Quilmes, el derbi platense tuvo apenas un puñado de hinchas en las tribunas. Sí: no fue nadie…

Uno de los tantos sinsentidos organizativos de la AFA a lo largo de su historia se dio en el final de la temporada 1972. San Lorenzo ya era bicampeón y el primer equipo en meter doblete de Metropolitano y Nacional el mismo año. Pero aún faltaba definir los descensos. Y, para eso, la AFA había dispuesto que los últimos seis equipos del Campeonato Metropolitano jugaran todos contra todos, en una rueda, a fin de año, para definir quiénes bajaban. Los últimos dos se irían a la “B”.
Estudiantes y Gimnasia terminaron 13ro. y 15to, respectivamente, y quedaron obligados a jugar el insólito Reclasificatorio. Fue la primera y única vez que debieron enfrentarse oficialmente en un torneo que definía, de manera directa, los descensos a Segunda. ¿El sinsentido? Los puntos de las 34 fechas del Metropolitano se “arrastraban” en la suma total de unidades y se adicionaban a la tabla del Reclasificatorio: a Banfield, el último del torneo, se le habían descontado 34 puntos, y Lanús, anteúltimo, había sacado sólo 12 en los 34 juegos. Antes de empezar, por simple cálculo matemático, los descensos de los dos sureños ya estaban decretados. El Reclasificatorio carecía de sentido…
Es ese contexto, el sábado 23 de diciembre y en cancha neutral, en el viejo estadio de Quilmes, jugaron Pinchas y Triperos. De seguro, la lidia local con menor cantidad de público de toda la historia, a sabiendas de la posición que ocupaban los dos equipos y de que los descensos del Grana y del Taladro ya estaban definidos. El clásico se jugaba lejos de La Plata para completar el fixture y, además, Estudiante presentaba un equipo repleto de juveniles…


Ni siquiera el tiempo le jugó una buena pasada, esa tarde, al olvidable duelo donde poco hubo en juego: el partido debió ser suspendido durante el segundo tiempo porque más que cancha, el césped de Quilmes se había transformado, por la lluvia, en un lodazal potrero, digno de las mejores montas. Continuaría a los cuatro días, el miércoles 27 de diciembre, y el Pincha lo lograría igualar (2-2) con una corajeada del pibe Oscar Suárez. Se festejó, entre la grey albirroja, casi como un triunfo aquel empate, ya que el Pincha presentó un combinado de pibes de Tercera, Cuarta y Quinta División. El plantel titular ya había sido licenciado pensando en las Fiestas…
La imagen de esa calurosa tarde de miércoles, cuando se recuperaron los 28 minutos –dos tiempos de 14’- que faltaban disputarse después de la suspensión del sábado, es digna de mención: tribunas vacías en la vieja cancha de Quilmes de Guido y Sarmiento, los juveniles de Estudiantes intentando empatar el partido contra los profesionales triperos y Gimnasia jugando con una inusual camiseta azul marino, con un ancho bastón blanco en el pecho (ver foto), que desde el modelo alternativo homenajeaba al Ajax holandés campeón de Europa y del mundo.
Los estoicos hinchas que se animaron a viajar dejaron en boleterías, entre plateas y generales, apenas 1.630 pesos de época. Para tener dimensión de la insípida concurrencia, fue sólo el 2% de lo que se recaudaría meses después en el primer partido de la temporada 1973. Y en la reanudación del miércoles, apenas se vendieron 220 pesos. Algo lógico, sabiendo que sólo se completaban los 28 minutos, en Quilmes, y un día laboral por la tarde.
Estudiantes y Gimnasia, en Quilmes, casi sin testigos en las tribunas. Fue en 1972. Ayer como hoy, en 2021…


La historia del pibe Suárez
Surgido de la cantera pincha, fue uno de los juveniles categoría ’52 que debutó durante el Nacional de 1971 por una recordada huelga de profesionales que obligó a los equipos a completar el campeonato con jugadores de inferiores. Jugó en Estudiantes hasta el Metropolitano 1975, cuando, sin lugar en el equipo de Bilardo, fue transferido a Temperley. Allí, fue una de las revelaciones del Celeste en el Nacional, que clasificó entre los ocho mejores y se metió en la Ronda Final por el título. Hizo 8 goles en 16 partidos. El pibe que tanto prometía en Estudiantes, se había destapado en Temperley con destellos inolvidables como el doblete que le metió al River bicampeón de Labruna. Suárez ya era titular indiscutido, había encontrado su lugar en el mundo. Por eso el club le compró el pase a Estudiantes durante el receso de verano. Un presente de ensueño para el juvenil, que sin embargo nunca debutaría en los torneos de 1976. A los meses, durante una gira conjunta que Temperley y Talleres hicieron por Zaire, contrajo malaria. El Celeste jugó sólo cuatro partidos en África y regresó de la gira en febrero del ’76, antes del inicio del Metropolitano. Hubo otros futbolistas contagiados, pero sobrevivieron. Suárez agonizó, internado, en el hospital Gandulfo de Lomas, hasta su repentina muerte, el 19 de febrero. Tenía 23 años.

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jueves, 15 de abril de 2021

Los antecedentes coperos del clásico platense


Pinchas y Triperos juegan el domingo el derbi 181 desde que empezaron a enfrentarse en 1916 por los torneos asociacionistas. Será el 8vo. partido oficial por copas de AFA en 105 años de historia. Los antecedentes coperos: de la Competencia del ’24 al Torneo Centenario ’93

No habrá lugar el domingo –y lo celebramos- para que la prensa hable del “clásico 162” del historial, recorte hegemónico del periodismo, nacido en los ’70, que empezó a contabilizar para los historiales los partidos oficiales de los campeonatos regulares tomando como partida el cisma clave de la Liga Profesional de 1931. De un plumazo, y lejos de la tradición histórica que bien supieron narrar los diarios El Día y El Argentino con crónicas y coberturas que hoy se tornan envidiables, dejaban de lado, así, los quince años previos de la llamada “era amateur”.
No habrá lugar para hablar del clásico 162, decía, porque, además, el del próximo domingo no será un clásico más del antiguo campeonato por puntos a una o dos ruedas, sino que, como no sucede desde aquellos choques del invierno del ’93 por la Copa Centenario, Estudiantes y Gimnasia volverán a jugar casi tres décadas después por una copa de AFA.
Antes de llamarlas por el genérico de “copa”, los conocidos “Concursos por Eliminación” fueron una marca distintiva en la organización de los torneos anuales de la asociación oficial –la hoy AFA-. Su nombre no dejaba espacio a las dudas: mientras se disputaba el torneo habitual por puntos, todos contra todos, con el trofeo “Copa Campeonato” en juego, se organizaban distintos concursos por eliminación directa a lo largo del año calendario y se ponía en juego la “Copa Competencia”. Existía el clásico “concurso de Campeonato” y, paralelamente, los equipos de cada divisional disputaban, por eliminación, el “concurso de Competencia”.
La primera copa que enfrentó a Pinchas y Triperos en la historia del derbi fue la Competencia de 1924. Compartieron la Zona C. Pero sólo disputaron la revancha, jugada el domingo 23 de noviembre de 1924. Fue 2-2 con goles de Zoroza y Morgada, para Gimnasia, y Bellomo (2), para Estudiantes. El partido de ida estuvo programado inicialmente para el 29 de mayo, luego se postergó para el 30 de noviembre y, finalmente, no terminaría disputándose, ya que Estudiantes había licenciado al plantel. Gimnasia ganaría los puntos en el escritorio, sin jugarlo.
De la Copa Competencia 1924 saltamos a 1932, cuando se enfrentaron un inusual día jueves por el Grupo A de la Copa Beccar Varela, en cancha neutral. La prensa la supo llamar “la copa falluta”, por ser un torneo organizado como cierre de temporada, en pleno verano, que no generó el entusiasmo de los hinchas y de la mayoría de los clubes, que optaron, en muchos casos, por poner elementos juveniles o habituales suplentes con sus planteles ya licenciados o de vacaciones. El escenario fue el Viejo Gasómetro y vio triunfo tripero, 2-1, con gritos de Palomino y Naón. Lauri había empatado transitoriamente para el Pincha.


De la Competencia Británica a la Centenario
Los duelos de 1945 por la Copa de Competencia quedarían marcados por una particularidad única: fue el clásico más largo de toda la historia. Duró ¡139 minutos! Y, ni así, pudo desempatarse. El partido se jugó a eliminación directa, por la primera ronda de la Competencia Británica. En los 90’ empataron 2-2. El reglamento preveía un alargue de 30 minutos. Como volvieron a igualar (3-3), debieron disputarse otros 30 minutos de alargue. A falta de once para el final, y como aún persistía la paridad, el árbitro terminaría suspendiendo la brega por falta de pelotas. La serie tendría su desempate, programado para el feriado 1 de mayo en la cancha de Gimnasia, que ganaría Estudiantes, 2-1, con goles de Pelegrina y Chiarini en contra, para clasificarse a cuartos de final.
El último antecedente copero nos lleva al invierno de 1993, cuando la AFA organizó la Copa Centenario para celebrar los cien años de la fundación del fútbol oficial. Fue la última vez que pinchas y triperos se enfrentaron por copas nacionales a eliminación directa. El partido de ida se jugó el 26 de junio de 1993, en el Bosque. Gimnasia ganó 1-0, con gol de Guillermo Barros Schelotto, un partido que sólo duró 60 minutos por un recordado piedrazo arrojado desde la hinchada de Estudiantes al árbitro Juan Carlos Biscay, que determinó la suspensión del derbi. La revancha fue el domingo 4 de julio, en 1 y 55, y el 0-0 final terminaría clasificando al Lobo para la ronda de ganadores.
Sumando los torneos internacionales, la última vez de mata-mata fueron los cruces victoriosos para los albirrojos de la Sudamericana 2014, cuando Estudiantes eliminó al Lobo tras un 0-0 en el Bosque y ganar la revancha, 1-0, en el Ciudad de La Plata, con un recordado gol de Diego Vera.

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jueves, 1 de abril de 2021

"Profesionalismo": ¿90 años de qué?


Nueve décadas atrás, el Boca de una leyenda -Mario Fortunato- ganaba el último campeonato oficial de la ya unificada amateur AAAF, en pelea final mano a mano con Estudiantes de La Plata. Pocas semanas después, llegaría la grieta quizás definitiva del “fútbol nacional”: amateurismo, de un lado; profesionalismo, del otro. Los “grandes” de Buenos Aires comandaban el cisma y, a casi 40 años del inicio de la oficial, creaban una liga paralela a la nacida en 1893 por influencia británica.
Me animo a las comillas para hablar del fútbol “argentino” porque, tanto ayer como hoy aunque con matices innegables, la etiqueta de nacionalidad del fútbol nuestro se sumerge como mandato inexpugnable dentro de las fronteras de la centralidad porteña. Desde esta perspectiva, el territorio de lo “nacional” se circunscribe a Buenos Aires y sus alrededores; a la pampa húmeda y su zona de influencia. Lo fue y es para quien normaliza el negocio del fútbol a nivel mundial: la FIFA, que desde siempre reconoció como institución rectora de “lo argentino” a la liga metropolitana (Buenos Aires, Conurbano y La Plata) que se jugaba con el sello de la hoy AFA.
La geopolítica interna del país, se ve, condicionó al fútbol desde principios del siglo XX; la marca de su puerto principal como salida central al “mundo”, también, tanto fronteras adentro como afuera. Se puede inferir, así, que la arquitectura de una necesaria identidad popular se hermanaba con el reconocimiento del país en el exterior, que acreditaba los rasgos culturales de la urbe arrabalera porteña y su capital: el tango, triunfando en el continente insignia, y el fútbol, con Argentina llegando a la final del Olímpico del ‘28, del Mundial del ’30 y de varios Sudamericanos.
“Buenos Aires pasa a ser la ciudad del tango y del fútbol (…) Los éxitos futbolísticos en los Juegos de Ámsterdam, así como la aceptación y el triunfo del tango en París, demuestran que sólo Buenos Aires (y, por ende, Argentina) es capaz de producir ‘cosas nuestras’ aceptadas y reconocidas por todo el mundo. El tango y el fútbol aparecen entonces como las contribuciones argentinas en la construcción, de esa época, de un espacio global corporal del tiempo libre que trasciende las fronteras nacionales (…) Y los grandes clubes de fútbol de Buenos Aires han de convertirse en ‘nacionales’ a pesar de la tradición futbolística de otras ciudades como Rosario y La Plata”.(1)

La extensión de la “frontera”
Hubo algunos mínimos atisbos de reconocimiento, en los albores del fútbol como identidad colectiva, cuando la AFA, de aún denominación inglesa con “football” en lugar del castellanizado fútbol, amplió las “fronteras” de lo argentino reconociendo a la liga rosarina, a la que incorporó oficialmente para que se enfrentara contra el campeón porteño en la disputa anual del llamado Campeonato Argentino -Copa Ibarguren- desde 1913. Porteños contra rosarinos jugando por el título “argentino”.
Los límites de la nacionalidad futbolística, en la práctica, se abrían dentro de la pampa húmeda, contemplando a los clubes rosarinos y, sólo años después, a los santafesinos. Pero poco más. De hecho, de esas competencias organizadas en el circuito productivo de los puertos Buenos Aires/Rosario salían los representantes argentinos que jugaron las primeras copas internacionales contra los uruguayos. Una estructura similar, aunque en un país disímil por extensión y federalismo, a lo que sucedió hasta mediados del siglo XX en Brasil con los torneos organizados entre clubes de Río y San Pablo. Pero con una diferencia no menor a la nuestra: esas competencias nunca serían reconocidas oficialmente con el rango de “título nacional”, pese a su prevalencia regional, por la Confederación Brasileña de Fútbol.
Un abismo, este, con la historia oficial del fútbol nuestro, que, desde siempre, designó a sus “campeones nacionales” por la Copa Campeonato que exclusivamente jugaban unos pocos –pero trascendentes, claro- clubes ubicados dentro de Buenos Aires y su área metropolitana: que la creciente popularidad del fútbol “nacional” en las dos primeras décadas del siglo XX y su identidad se narraran desde la ciudad capital faro del exterior, hicieron el resto.
Recién entre 1939 y 1948 se dio una primera apertura “efectiva”, sumando a las entidades más representativas de Rosario y Santa Fe como afiliadas a AFA, que empezaron a competir de forma regular en los concursos porteños: primero fue Newell’s y Rosario Central; luego Unión y después Colón. Pero no sería hasta 1967 -pese a la disputa irregular de competencias como la Copa República- y la creación del Nacional, cuando, por primera vez, y después de siete décadas, se organizaría un torneo evidentemente “argentino y federal”, con representación regular e institucional de la mayoría de las provincias. Fue cuando los “grandes” del interior empezaron a tener visibilización a nivel nacional y aparecieron los primeros títulos en Primera de los equipos rosarinos; o los subcampeonatos de Talleres (1977), el Racing cordobés (1980) y el Unión santafesino (1979). El albiazul cordobés tendría otras grandes campañas: 4° en 1974; semifinalista en 1976 y 1978; y 3° del Metropolitano 1980, cuando se ganó en la cancha el derecho a jugar anualmente el torneo de Primera de los porteños gracias a la Resolución 1.309.
No fue sino hasta 1986, a casi un siglo de la fundación de la AFA, al formarse una segunda división más “federal” -Nacional B- que los equipos del interior tuvieron mayor acceso a la liga grande de la Primera asociacionista, cuando la B Metropolitana pasó del segundo al tercer nivel de los equipos directamente afiliados. Aún ello, la disparidad continúa hasta nuestros días. Algo más de 50 equipos del área metropolitana porteña compiten, en el ascenso, por dos plazas anuales a la Primera B Nacional –la puerta de acceso al fútbol grande- a la par de centenares de equipos de 22 provincias que juegan, desde el Federal A hasta el C, por las mismas plazas en sus distintas y extenuantes ligas regionales, con largos viajes y altos costos.
Bienvenido el revisionismo en el fútbol también, que desde 2013 nos empezó a enseñar, como se debe, a partir de nuevos e inquietos historiadores, que la historia era una sola: rentado o no, el “fútbol argentino” oficial, aún el quiebre ineludible de 1931, había comenzado a finales del siglo XIX. Nada había cambiado en ese 1931 pese a la imposición de una liga “profesional” con sólo 18 clubes que dividió bruscamente al fútbol entre 1931 y 1934, cuando, a fuerza de poder y convocatoria, los “grandes” le crearon a la AFA un torneo paralelo, que no era reconocido por la mismísima FIFA, para legalizar lo que estaba más que extendido en la práctica cotidiana, con el capital incorporado al negocio y al mercado de la transferencia de futbolistas.
Quizás el nuevo y verdadero cisma, a 90 años del inicio del blanqueo profesional, sea, de una vez y para siempre, un fútbol federal y equitativo, tanto para los clubes híperprofesionales como para los cientos de equipos del “interior amateur”, con real y proporcional acceso a los torneos grandes de AFA. La Copa Argentina es un paso; que la liga de Primera División realmente “nacional”, sea el siguiente.

Notas
(1) Archetti, Eduardo (1995). Estilo y virtudes masculinas en El Gráfico: la creación del imaginario del fútbol argentino.
- Revistas El Gráfico y Caras y Caretas
- Memorias y Balances de la Asociación del Fútbol Argentino.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

lunes, 15 de marzo de 2021

Nostalgias de una ciudad otrora planificada


Grises de guarda azul oscuro, amarillas con borde punzó, las baldosas formaron parte desde siempre de su trazado planificado; antideslizantes y ásperas, del vainilla acanalado al “nueve panes”, avenidas y calles del casco urbano supieron diferenciarse desde sus mismas veredas; el “buscaminas” viral que expuso, con arte, el estado actual de las calles de La Plata

La ordenanza del Código de Edificación (la 10.681) no deja lugar para la duda sobre el diseño y la estética que las veredas deben tener en el casco urbano platense: las calles, con la clásica laja antideslizante, gris granítico y mostaza, de nueve panes cuadriculados por mosaico; las avenidas, con baldosas amarillas de tono ocre y líneas acanaladas apuntando hacia el pavimento.
Hubo, detrás, decisiones que no sólo tuvieron que ver con la planificación y el cuidado estético de la ciudad, sino, también, el del peatón, al facilitarle caminar sobre veredas antideslizantes planificadas de manera reglamentada. Y la diferenciación del tipo de baldosa según la importancia de la arteria, como guía para las personas no videntes, claro.
También varía la clásica franja distintiva de la línea edilicia: guarda azul oscuro –casi negro según su antigüedad- en las calles impares; y guarda roja en tono punzó para las pares, ambas sobre la imperecedera laja de 20 por 20 -como se dijo- de nueve piezas.
¡Qué platense ya mayor de 40 no ha jugado, en alguna vereda, al “Tatetí”, con tiza blanca, facilitado por ese diseño de baldosas que el piberío también usaba en las barriadas para jugar a la escondida o a la pelota!
Pero, en general, la falla, la negligencia en los controles o la ampliación de la ciudad con las estéticas de los nuevos edificios, ha determinado que las veredas se conviertan, sobre todo a medida que uno se acerca al centro, en una variopinta gama de tonos y modelos que lejos están de cumplir la reglamentación a rajatabla. Influye, además, el artículo de la citada ordenanza municipal, el 158, que versa sobre las obligaciones de conservación de las veredas. La responsabilidad queda a cargo del propietario del terreno, excepto cuando las roturas fueran de trabajos de obras públicas. Casi una invitación ciudadana al “haga lo que pueda como quiera”, pese al incentivo lanzado en su tiempo por el municipio platense con subsidios para los pagos de la tasa SUM (Servicio Urbano Municipal) para los vecinos que decidan emprender la ¿quimera? inversión de arreglar su propio frente.


Las “otras” veredas y su identidad
Hay otras baldosas, de tono blanco para distinguir y resaltar entre las mencionadas grises y amarillas, que hace una década ya forman parte del patrimonio cultural de La Plata, Tolosa, Villa Elvira y distintos barrios. El Concejo Deliberante declaró en 2010 parte integrante del Patrimonio Arquitectónico y Cultural de la ciudad al programa “Baldosas Blancas por la Memoria, la Verdad y la Justicia”, proyecto que se realizó para recordar y mantener la identidad de los detenidos-desaparecidos asesinados durante la última dictadura cívico-militar. Hay decenas en la periferia platense y en todo el casco urbano.

Contra la desidia, el ingenio
“En La Plata llueve de abajo hacia arriba”, te dice cualquier estudiante que comienza a entender, a los pocos meses de arribado a la húmeda y lluviosa ciudad, la diaria del circuito local y las desavenencias de ser un transeúnte de las amplias veredas platenses. No es para menos: ensuciarse un pantalón recién sacado de un Lave-Rap o del lavarropas prestado de algún/a compa de facultad es parte constitutiva nuestra. Casi, se diría, patrimonio cultural de la identidad platense…
Las baldosas flojas son una marca ya identitaria que, claro, excede largamente a nuestra capital provincial. Una periodista blogger, inglesa ella, Vanesa Bell, generó tendencia en Twitter con este simple comentario en un viejo posteo que supo publicar hasta Infobae: “Por alguna razón desconocida, los porteros de los edificios de Buenos Aires ‘riegan’ las veredas. El resultado es que las baldosas flojas son el enemigo número uno de los peatones salvo que alguien sea un fanático del agua sucia que salpica hasta las rodillas”.
En La Plata, a la desidia y la falta de cumplimiento de las normas que obligan al cuidado de las aceras, le respondieron con arte: un estudiante de la Facultad de Artes de la UNLP se hizo viral, en un Torneo de Memes sobre “problemas cotidianos”, en 2019, creando un "buscaminas" –popular videojuego de los antiguos Windows- en la vía pública, con esténcil y pintura, para remarcar las conocidas bombas del jueguito de PC en cada una de las flojas baldosas platenses que explotan de agua al pisarlas. Lo hizo, en principio, sobre el trazado de diagonal 78, uniendo las sedes de la Facultad de Artes. Aún hoy persisten.
Casi como hacemos, simulando jugar una rayuela, cada vez que emprendemos el “riesgoso” cotidiano de caminar y no perecer mojado en el intento…

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

sábado, 6 de marzo de 2021

Lo que hay que ver: Snowpiercer


Basada en la película homónima del canónico Bong Joon-ho, director de la oscarizada Parasite, la segunda temporada de Snowpiercer cautiva por la bisagra de su trama: el enemigo ya no es de clase ni parece estar en el propio tren, sino en el enigmático Wilford, que al fin se nos descubre pero como invasor externo

Una distopía pos-apocalíptica adentro de un tren de mil vagones, con unos pocos “privilegiados” sobrevivientes que viajan en un rompehielos sobre rieles después de que una segunda era del frío congelara el –ahora- inhabitable planeta tierra.
Esa es la historia detrás de Snowpiercer, la serie de TNT que comenzó a ser emitida por Netflix a principios de año, en su segunda temporada: unas pruebas científicas fallidas para evitar un aumento exponencial del calentamiento global, termina generando el efecto contrario. Así, la especie humana sólo podrá sobrevivir abordando un gigantesco tren, de motor perpetuo, porque de su movimiento depende la energía que el interior necesita para mantenerse calefaccionado y no morir en el intento...
Esa historia previa, sin embargo, no se nos cuenta. Tanto en la película original de Bong Joon-ho (2013), como en la serie estrenada durante 2020, apenas sabemos de aquellos momentos finales “del mundo tal cual era” -y por supuestos en clave de tomas nocturnas- cuando millonarios, empresarios y técnicos ingenieros de alto rango están por abordar el tren que reproducirá la vida que antes se vivía en la tierra; y los “colados”, la plebe que asalta el convoy antes del congelamiento definitivo y es forzada a hacinarse en el fondo.
La trama de la serie, con el hándicap temporal a favor respecto de las casi dos horas del film de Joon-ho, nos muestra todos los rasgos clásicos de las historias distópicas de sobrevivientes: la manipulación, la negociación, la mentira o la lucha por el poder (¿Cuál?: el de tomarlo vía revolución o el de sobrevivir en el tren hasta que la tierra, alguna vez, vuelva a ser un lugar habitable) están a la orden del día allí adentro como en toda sociedad de hegemonías.
Lo interesante en la serie, a diferencia de la película y del cómic original francés (Le Transperceneige, 1982) del que Bong Joon-ho toma la historia, es cómo se manifiesta esa lucha permanente de clases en cada uno de los capítulos: la segunda temporada nos devela, enseguida, que la progresión social no supone, al final, el asalto “revolucionario” de los esclavos del fondo contra los privilegiados de la sociedad de consumo de la parte delantera. Mantener el tren a salvo parece “hermanarlos”: tanto la clase alta como el suburbio que sobrevive no sin canibalismo en la cola, podrían perecer, sin distinción de acumulación primitiva ni herencias del “viejo mundo”, si los tres ingenieros conductores de la máquina (se destaca Jennifer Connelly, en el papel de Melanie, de quién se conocerá su pasado inmediato con el enigmático Wilford) no mantienen el equilibrio social necesario dentro del “Snowpiercer” hasta que el mundo vuelva a ser habitable.
Entre unos y otros, además, una casta de funcionarios y oficiales oficia de sección intermediaria represiva para mantener el equilibrio “natural” (sic) y las normas impuestas por los explotadores. Todo esto no sin un juego permanente de premios y castigos que sirven para reproducir ese orden y evitar el inevitable caos.
Si es que vence, adentro mismo del tren, un movimiento “contrarrevolucionario” ejecutado por los que mandan, será no sin la anuencia estratégica del propio Layton (Daveed Diggs), paradójicamente, el líder de los rebeldes del fondo, que durante la primera temporada aborda los primeros diálogos con Melanie, la voz imperativa que actúa como un Gran Hermano adentro del rompehielos.
Es por eso que la vuelta de tuerca de la segunda temporada –que para es tomada como una claudicación de su trama- es la “hermandad” de unos y otros para pensar en “el día después de mañana”. Pero, a la inversa de un ajedrez donde se sacrifican los peones, es la “reina” (Melanie) la que asumirá el rol y el riesgo de intentar salvar a la especie humana, ya sin distinción de clases. Salvarse ella, salvar al tren, del ataque de Wilford.
La sobrevivencia de unos y otros, quizás, sea condición necesaria para perpetuar el sistema de injusticias en el mundo nuevo que vendrá…

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

miércoles, 17 de febrero de 2021

Stud Free Pub, más que una buena historia


Los ‘80 y la escena rockera de posdictadura, esa que luego el mainstream consagraría a nivel nacional, revisitada en un imprescindible documental de hora y media sobre el bar porteño que le abrió el escenario a Sumo, Redondos, Soda, Los Abuelos o Los Fabulosos… Mítico

Lo primero es la ¿sorpresa? -de ninguna manera, porque se sostiene en un minucioso laburo periodístico de años de producción y recopilación de archivo- que nos devuelve esa hora y media de audiovisual que queremos nunca termine: entrevistas actuales a Charly García, al Indio Solari, a Ricardo Mollo, a ex Sumos o a Zeta Bosio. Todos dando testimonio con una soltura no habitual. Se los ve cómodos; con la complicidad necesaria de quien se esmera ante la cámara al sentirse parte de todo eso que el Topo Raiman –mentor, director del documental y actual baterista de Los Pericos- les propuso como idea. Protagonistas directos que van revisitando -algunos con mayor participación, como Mollo, Zeta o el lugarteniente del Luca argentoposeuropeo, Timmy MacKern- esa escena cultural porteña de los ’80 que tuvo al rock como faro catalizador insignia. El mainstream y la masividad de mercado llegaría después, a los pocos años. Pero el Stud Bar ya estaba a salvo…

Una buena idea para una mejor historia
Dirigido por el Topo Raiman y producido por Damián Originario, “Stud Free Pub: una buena historia” nos introduce, sin pausas ni ambigüedades, en ese territorio nocturno de mediados de los ’80 donde todo estaba por explorarse, donde cada noche se antojaba como la continuidad de un goce que no debía interrumpirse nunca; en loop, como en un moebius. Lo hacen en una hora y media con una lograda armonía en la trama secuencial que dejan al espectador con ganas de más. La carencia –lógica- de archivo audiovisual, en una época de escasos registros privados, se suple, sin embargo, con inserts sonoros y un impecable y abundante archivo gráfico de revistas y diarios, más recreaciones teatrales de época que nos permiten un viaje directo al corazón de una noche cualquiera del Buenos Aires contracultural de posdictadura.
“Stud…” funciona como una necesaria crónica de ese under liberador de almas que fue la noche de la primera democracia. Es la efímera historia de uno de los tantos galpones del Bajo Belgrano usados antaño como caballeriza para la guarda de caballos y yeguas –ubicado a pocas cuadras del Hipódromo de Palermo- que en 1982 mutó a pequeño bar para que no más de 100 habitués empezaran a sobrevivir, no sin excesos y amistades, las madrugadas de jueves a domingo con la música y el placer con excusa de fondo.
La trama reparte la historia en dos grandes núcleos que, aún sin entreverarse, forman comunión a lo largo del documental, sintetizando ese mismo espíritu de época donde dueños y músicos mutaban en espectadores y artistas; y viceversa. Por un lado, los viejos cráneos detrás del mítico Stud Free Pub -Claudio Izsac, Raúl Romeo y Carlos del Río-, quienes tienen largos pasajes a lo largo de la película brindando testimonio mientras van recreando, por la Buenos Aires actual, ese viaje que repetían cada noche de lujuria por avenida Libertador hacia el boliche de Bajo Belgrano, en el cruce con el final del emblemático túnel a la altura del 5500. La nostalgia por lo que fue y ya no es se deja ver –sin los clichés del sentimentalismo naif- en el diálogo de ellos tres, mientras relatan decenas de anécdotas del reducto rockero que en 1985 no pudo renovar el alquiler y se hizo leyenda de libros y casetes, con grabaciones “piratas” como aquel “Stud ’85” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota donde truenan versiones canónicas de irreverencia pop de “Mi genio amor” o “De aquellos polvos, futuros lodos”. El local y su terreno mutaron con los años en tierras aptas para el incipiente negocio inmobiliario de la zona y hoy contiene a una torre de más de 20 pisos.

Otro mundo, quizás mejor...
Para los platenses sub-50 de hurgar identificaciones que no hayan vivido aquellas noches del “Stud”, bien se recrea en el doc cómo se ingresaba por un amplio patio lateral, otrora cochera, que servía para la previa, con algunas mesas y sillas, en la antesala de la habitación principal donde funcionaba el primer escenario, de no más de 15 metros cuadrados, la barra y los baños. Quizás, de antojo nomás, lo pueda comparar con estimadas casonas alternativas de La Plata de esta última década, como lo fue la entrañable Sala Tupé, en 7 casi 72, o la Galería Cósmico de 10 y 71.
“Stud Free Pub. Una buena historia” logra lo que busca: empatía e identificación tanto en los protagonistas como en el espectador, que en muchos casos fue ese mismo público de aquellas noches de los ’80 de un bar recinto que contuvo el afecto del under más irracional con un cuidado estético poco característico para esos antros de época.
Entre los invaluables del archivo que revivimos en esa hora y media de recuerdos, se nos invitan escenas memorables, con condimentos surrealistas, como la primera nota en tele a Sumo hecha por Tom Lupo; el debut de la formación originaria de Fricción; o un pintoresco monólogo de deriva de Miguel Abuelo durante el casamiento del reconocido periodista, Pipo Lernoud. También, la llegada de un gerente multinacional al antro de Libertador al 5500 para, ni más ni menos, ver y fichar en su discográfica a la banda de un jovencísimo Gustavo Cerati: Soda Stereo. Y, para los platenses, el recuerdo de viejas grabaciones, con los testimonios actuales, del rockabilly de Los Casanovas, la banda de la que la leyenda, más que el mito, dice, era devoto Luca Prodan…
Todo eso, sí, fue el Stud Free Pub en no más de cuatro legendarias temporadas. Tecno, rock, punk, new wave, fusión, rockabilly, pop… Todos conviviendo a la vez, quizás sin saberse parte del germen contracultural que venían a gestar. Todo en un pequeño reducto que albergó a no más de 400 personas por noche. Suficientes para escribir una de las primeras páginas de la cultura alternativa que se abrazó a los aires -sin pausa, pero aún en cuentagotas- que la recuperación democrática empezaba a dejar filtrar.
Otra Buenos Aires, otro mundo: quizás mejor…

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

miércoles, 13 de enero de 2021

El frío del mundo


Oimiakón, ubicado en un permafrost del oriente siberiano a 7.000 km de la capital rusa, es, oficialmente, el lugar habitado con menor temperatura del planeta. Conocé el poblado donde se sobrevive a temperaturas promedio de -50 grados

Me llamó la atención, hace varios meses, una actualización de un meteorólogo que sigo en Twitter. Era época de cuarentena estricta y el tiempo para leerlo -todo- estaba al alcance de la mano en un teclado: “Oimiakón es, oficialmente, el pueblo más frío de la tierra”, rezaba una actualización del tal Picazo (@picazomario).
¿Permafrost? “Hielo permanente”, nos responde Wikipedia, no sin cierta obviedad. Menos de mil habitantes viven en este lugar de suelo congelado y días de sol de hasta 28 horas, según la estación del año, donde los termómetros han registrado, alguna vez, el récord de alcanzar los -71,2 grados. Fue en 1926.
No es, sin embargo, la temperatura más fría registrada a lo largo de la historia en el planeta que todavía respiramos. Hubo otra marca menor en la Antártida, en una base de nombre Vostok, en 1983, cuando el medidor clavó en los -89,2ºC. Pero hablamos, acá, de lugares habitados de forma regular durante todo el año y, en eso, Oimiakón continúa en la vanguardia de la fría estadística...
Un pueblo donde no hay agua corriente por la sencilla cuestión de que todo sería en vano: las cañerías se congelarían y el agua potable jamás llegaría a destino. El agua se consume del legendario río Indiguirka, que atraviesa el pueblo, un largo cauce de casi dos mil kilómetros que rompe el oriente siberiano de norte a sur. ¿Qué hacen los que allí viven? Sacan el agua de los congelados bloques de hielo y los derriten para su consumo. Por las cañerías sólo surcan aguas calientes, que provienen de las calderas que cada casa tiene instalada de forma obligada.
La dieta es, mayormente, a base de carnes (pescado, sobre todo). Las frutas y las verduras son consumibles pero tienen la restricción interna de su altísimo costo, por la distancia de Oimiakón hacia los centros de distribución más próximos. Hay que manejar más de quince horas por una autopista invadida por la nieve para poder acceder al pueblo. Una aventura que es una quimera por la llamada autopista de Kolymá.

La ruta de los huesos
La ruta M56 de Kolymá, antes conocida por los rusos como la Kolymá Highway, tiene su sobrenombre más conocido y legendario rumbo hacia Oimiakón: "La ruta de los huesos".
Pensada y ampliada por el gobierno ruso en la década del '30 para abrir fronteras "civilizatorias" hacia el oriente, la trocha carga con la leyenda de la muerte: se dice que cada metro de ampliación costó la ida del mundo terrenal de un obrero, que eran enterrados debajo de los cimientos de la propia ruta. Obreros que fueron tomados, en su mayor extensión, de los gulags soviéticos, esos "correccionales" rusos como campos de concentración donde iban a sobrevivir presos "comunes" y opositores políticos al llamado Estado Socialista. De allí su infausto apodo.
La misma ruta que supo recorrer el legendario Ewan McGregor (sí, el jovencito rapado protagonista de la célebre "Trainspotting") en su serie de documentales iniciados en 2004: "Long Way Round" y que, en 2019, tuvo su continuación con "Long Way Up" uniendo todo el continente americano, desde el sur profundo de Argentina en Tierra del Fuego hasta Alaska.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.