miércoles, 22 de julio de 2020

Cuando La Plata fue toda mundialista


Uruguay 1930 marcó un hecho jamás repetido en la historia del Seleccionado: la presencia simultánea de pinchas y triperos en un plantel argentino durante una Copa del Mundo. Un hito del que se están cumpliendo 90 años


Buenos Aires se sacudía un 12 de julio de 1930 con un impactante accidente tranviario cuando la formación intentaba cruzar el Puente Bosch sobre el Riachuelo: hubo casi 60 muertos y una gran conmoción nacional. Yrigoyen todavía ejercía la presidencia mientras se cocinaba la primera asonada cívico-militar y, en Montevideo, el Seleccionado Nacional jugaba el primer partido de su historia en una Copa del Mundo.
Hace nueve décadas, en un invierno tan crudo como este, se jugaba un Mundial que, en esa necesaria retrospectiva de la historia, se volvería legendario para el fútbol de nuestra ciudad.

Ferreira y Varallo
La cita por la conquista de la Jules Rimet había empezado el 13 de julio con la goleada de Francia contra México (4-1) y el gol de Laurent con el primer grito de la cita mundialista. 48 horas más tarde, en el Parque Central de Nacional, Argentina salía a la cancha para su debut y dos jugadores de La Plata configuraban el once ideal del fútbol argentino: Estudiantes y Gimnasia, de la mano de Manuel Ferreira y Francisco Varallo, decían presente en el primer partido de la historia de los mundiales. Allí se los ve en la foto, juntos, con la pelota en manos del capitán albirrojo de Trenque Lauquen: “el Nolo”, a la derecha; “Pancho”, a su izquierda, al lado de Natalio Perinetti, ídolo del mejor Racing de “La Academia”.
Esa tarde en la cancha de Nacional, en el barrio de Blanqueada, Argentina le ganó 1-0 a Francia y alistó a: Ángel Bossio; Ramón Muttis y José Della Torre; Pedro “Arico” Suárez, Luis Monti y Juan Evaristo; Natalio Perinetti, Francisco Varallo, Manuel Ferreira (c), Roberto Cherro y Mario Evaristo. Los dirigían la dupla de entrenadores y técnicos, Olazar y Tramutola.
No fue el único partido, aquel del triunfo contra los franceses, en el que pinchas y triperos jugaron como compañeros desde el arranque: Ferreira y Varallo también coincidieron como titulares en el 3-1 contra Chile que cerró la fase inicial; y en la recordada final con derrota (2-4) frente a Uruguay. Varallo, además, dijo presente e hizo un gol en el 6-3 frente a México, el 19 de julio en el recién inaugurado Estadio Centenario, partido que “El Nolo” se perdió por aquella increíble anécdota de decidir viajar a Buenos Aires ¡en pleno Mundial! para rendir un examen de su otra pasión: la carrera de escribanía.
Además de aquel gol de “Pancho” que inscribió al Lobo en la historia del primer Mundial, Estudiantes revalidaría esas cartas teniendo presencia por duplicado en el 6-1 de Argentina a Estados Unidos de semifinales. Fue la tarde del 26 de julio de 1930, cuando firmaron planilla Manuel Ferreira y Alejandro Scopelli, reemplazante justamente de Varallo. Dos pinchas titulares en un partido de Copa del Mundo. Algo que sólo volvería a suceder 80 años más tarde, en Sudáfrica 2010, cuando Clemente Rodríguez y Juan Sebastián Verón salieron entre los “11” en el 2-0 frente a Grecia de la zona de grupos.
Tres partidos mundialistas, tres encuentros compartidos entre un tripero y un pincha. Un hecho anclado en aquel lejano 1930 de furibunda rivalidad rioplatense; años de duelos bravos, tanto adentro como afuera de la cancha, entre argentinos y uruguayos en Juegos Olímpicos, Mundiales y Copas Américas.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

domingo, 21 de junio de 2020

Infante, leyenda de las dos veredas


Hoy cumpliría 96 años. Goleador letal de Estudiantes, inventor de la “rabona” para la FIFA, el “Beto” se dio un gusto único: de larga simbiosis con la historia albirroja, se retiró sin embargo con la del Lobo. Un caso único entre los goleadores nativos: jugar con los dos colores de su ciudad natal…

Identificado como pocos con la historia albirroja pre-Zubeldía, huella indeleble en el largo derrotero de conquistas de la institución, el “Beto” Infante es el único de la larga lista de los diez grandes goleadores de AFA que supo vestir las dos camisetas de los clásicos rivales de una ciudad. En este caso, de La Plata. ¿Se imaginarían a Palermo con la de River? Algo similar…
Nacido un 21 de junio de 1924, la leyenda cuenta que fue tan grande el peso de la cuna tripera de su familia, sobre todo la del padre, que pese a su lineal identidad pincharrata –es uno de sus tres máximos artilleros, con 191 gritos entre ligas y copas- recaló para retirarse en Gimnasia en 1961 después de haber jugado durante quince temporadas en la Primera de Estudiantes. Quería, claro, satisfacer, de una vez, aquel sueño paterno…
En 2014, la FIFA hizo justicia con la leyenda futbolística platense y patentó para siempre la jugada que lo hizo conocido mundialmente, la que en tiempos modernos replicarían Borghi, Di María, Ronaldinho o el Ronaldo portugués: ese gesto excelso de romanticismo por antonomasia, la famosa “hachita". Fue un 19 de septiembre de 1948, contra Central y en 1 y 55. Tomó un rebote después de un tiro de Gagliardo, sobre la izquierda del área, y, diestro él, como la pelota le quedó para la zurda, cruzó el pie derecho por detrás del tobillo izquierdo y sacó un zapatazo de “rabona” que se clavó en el ángulo del arquero canalla, Botazzi.

La jugada sin nombre
Lo cuenta de manera exacta el periodista Fabián Mauri, en una vieja nota de la revista Un Caño: “Nadie sabía cómo llamar a la efectista invención de Infante: sencillamente no tenía nombre. Existe una leyenda urbana que asegura que el martes siguiente al gol apareció en El Gráfico una producción fotográfica en la que se veía al delantero vestido con guardapolvos escolar, ejecutando la jugadita con el título ‘El infante que se hizo la rabona’. La leyenda concluye que es, a partir de esa publicación, que la bendita ‘rabona’  encontró al fin su nombre”.
Sin embargo, como señala el periodista en otro extracto, en ninguna edición de la revista de ese 1948 se hizo una producción semejante y queda el beneficio de la duda de ediciones posteriores donde, quizás, se haya homenajeado a la proeza del “Beto” haciéndolo vestir de infante antes de hacerse la rabona de la escuela… Quilosá. Pero para todos, y para él, siempre fue “el gol de hachita”, por la manera de golpear la pelota en el gol.
Infante brilló en Estudiantes en la famosa línea de Gagliardo, Negri, Infante, Arbios y Pelegrina. Ganó las copas Escobar y República del 44/45 y también jugó en la Selección. Se dio el gusto de estar el Mundial de Suecia ’58 (aquel del 1-6 con Checoslovaquia y el primer baño de realidad para el orgullo del fútbol nuestro) y hasta le hizo el gol del triunfo a España, en una victoria amistosa de Argentina, en Madrid, en 1952. Este: https://www.youtube.com/watch?v=887cuZe9HBU.
Seducido por mandato paterno, el final de su carrera lo encontró en el Lobo. Se dice que para cumplir el sueño de siempre de su viejo, de verlo franjeado de azul con la histórica camiseta blanca tripera. Jugó 16 partidos y gritó seis goles. Una gran marca, también en Gimnasia, para un jugador ya de 37 años.
Como entrenador, muchos lo recuerdan enseñando y rodeado de pibes en la escuelita de fútbol del Sagrado Corazón, en los años ’80, en el patio de calle 57, mientras le contaba infinidad de veces a los curiosos infantes que iban a aprender con él, su hazaña, la de haber inventado, para siempre, el gol de “hachita”.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 90 Líneas.

miércoles, 3 de junio de 2020

133


El Lobo celebra 133 años de historia y extiende los festejos con la confirmada continuidad en Primera y la expectativa por el posible sí de Maradona; los hitos de una institución que nació en 1887 de la mano de los vientos fundacionales de nuestra ciudad capital

Cuando la nueva metrópoli de Buenos Aires todavía no cumplía ni un lustro de existencia, en La Plata, un grupo de personas, reunidas en un comercio de avenida 7, fundaban el hoy Club de Gimnasia y Esgrima La Plata, el 3 de junio de 1887. Fue Saturnino Perdriel, su primer presidente, quien presidió aquella histórica asamblea de la que participaron más de cincuenta socios fundadores. 
Desde tiempos fundacionales, el club se dedicó a deportes exclusivos “de salón” (por caso, durante gran parte de 1897 pasó a llamarse “Club de Esgrima”, ya que a diez años de su creación esta era su única actividad) para la época. 
Recién en 1901 llegaría la primera gran bisagra de su historia, cuando el club tomó los terrenos cedidos por el gobierno provincial en la hoy Facultad de Ingeniería, en 1 y 47, para constituir el primer campo de deportes de la ciudad –la Plaza de Juegos Atléticos- y convertirse en precursor de la práctica del fútbol. Así, en abril de 1901, dos combinados (Azules versus Colorados) de socios del club se desafiaron en ese terreno, dando el puntapié inicial para el deporte más popular.
Varios años representando al club en duelos locales, llevaron, finalmente a Gimnasia a debutar en el torneo asociacionista organizado por la hoy AFA. Fue en 1905 y por un breve período, cuando la dirigencia inscribió equipos en el torneo de Tercera División; y un combinado de Juniors en Cuarta. Pero en agosto de ese mismo año, pocos meses después, el gobierno provincial les exigiría los terrenos en avenida 1 y calle 47 y el Lobo descuidaría la práctica del fútbol por casi una década. Su último partido lo jugaría como local en la hoy plaza Malvinas, en 20 y 51, en una derrota 1-3 contra Villa Ballester
Después, la historia más conocida. El alejamiento del fútbol por casi una década, la vuelta a las actividades en espacios cerrados y, diez años después, el regreso al fútbol asociacionista, tras la fusión con el Club Independencia que había cobijado a los “disidentes” pinchas, y el ascenso a Primera en 1915.
Un repaso, año por año, por los acontecimientos más importantes:

1916
Tras el ascenso a Primera, debuta en el torneo de la máxima categoría. Hace un valorada campaña: termina 4to, debajo del Racing de “La Academia”, Platense y River. Y gana el primer clásico platense de la historia, que se juega el 27 de agosto, 1-0, con gol en contra del albirrojo Ludovico Pastor.

1924
Luego de años de ser local en el barrio Meridiano V, en calle 12 y 71, inaugura el hoy Juan Carmelo Zerillo, el 26 de abril de 1924. El primer partido de fútbol se jugó un día después, contra Estudiantil Porteño, por el torneo de Primera. La cancha también se utilizaría, esos años, para la práctica del rugby, disciplina en la que el club presentó equipos en las décadas del 20 y del 30.
El Lobo realiza en 1924 la primera gran campaña en el fútbol grande de la Asociación de esa temporada: termina segundo, a dos puntos del campeón San Lorenzo. Pierde un solo partido a lo largo de todo el torneo y finaliza invicto como local.

1929
Gana su primer título oficial, Derrota, en la final, a Boca y obtiene el Torneo Estímulo (luego homologado como Campeonato de Primera). Fue el 9 de febrero de 1930, en la vieja cancha de River, 2-1, con goles de Maleanni.

1933
El equipo de “El Expreso”, la primera y recordada gran campaña en la Liga Profesional. Llega a la fecha 26 como puntero, dos puntos por encima de Boca, y es claramente perjudicado en el choque clave contra San Lorenzo; la tarde que los jugadores triperos realizaron la famosa sentada y Gimnasia es goleado 7-1, cuando el árbitro Rojo Miró suspende el partido. Culmina como puntero la primera rueda y finaliza en el podio del campeonato.

1962
El famoso “Lobo del ‘62” que, de la mano de Adolfo Pedernera en el banco, se mantiene invicto a lo largo de 15 partidos (11 victorias y 4 empates). Era puntero a falta de cuatro fechas, pero dos sorpresivas caídas contra Vélez, de local, y contra Atlanta, en Villa Crespo, lo privan de su primera vuelta del profesionalismo.

1970
Aquel equipo de Gatti, Rezza, Castiglia, Onnis y compañía. Termina segundo en su zona y se clasifica para las semifinales, después de 13 triunfos, 3 empates y 5 derrotas. Es el equipo más goleador del campeonato, con 46 gritos, pero pierde la serie con Central, 3-0, tras la recordada huelga del plantel profesional que obliga a la CD a presentar jugadores juveniles en el cruce clave rumbo a la final.

1979
El básquet del club hace historia y se consagra bicampeón 78/79 de la Liga Metropolitana tras ganarle a Obras Sanitarias, en Buenos Aires. Fue el 16 de diciembre de 1979. Metcalfe es figura y anota 37 puntos en el partido decisivo contra el “Tachero”.

1994
Se consagra campeón de la Copa Centenario 1993, que la AFA organiza por única vez para celebrar los 100 años de su fundación. Elimina en la primera ronda a Estudiantes (1-0 y 0-0) y luego borra a Newell’s, Argentinos y Belgrano. Como ganador de la ronda de ganadores, define la copa como local, en 60 y 118, donde vence a River, 3-1, el 30 de enero de 1994, con goles de Guerra, el Moncho Fernández y Guillermo.

1994/2001
Los años de Timoteo. Para muchos, el máximo exponente de la historia del fútbol de club. Un antes y un después. Llegó en 1994, reemplazando a Perfumo, en una apremiante situación en la tabla del descenso, y en apenas ocho meses lo puso en las puertas de su primera liga del profesionalismo, en aquel Clausura 1995. Fue subcampeón en tres oportunidades (Clausura 95 / Clausura 96 / Apertura 98) y otras dos veces terminaría 3ro, siendo siempre protagonista, en una época de equipos fastuosos como el Vélez campeón del mundo, el River tricampeón de Ramón Díaz y el Boca histórico de Bianchi. 

2003
El subcampeonato en el Torneo Clausura 2002, con Ramaciotti como entrenador, lo clasifica, por primera vez, para disputar la Copa Libertadores de América. Debuta el 12 de febrero de 2003, con un empate, 0-0, en Calama, Chile, ante Cobreloa. Llega con chances a la última fecha, pero pierde su único partido, con Olimpia en Paraguay, y se queda en la puerta de la clasificación a octavos.

2017
La dinastía Casamiquela logra el Tetracampeonato en la Liga Nacional de Voley Femenino. Vence a Vélez en el Polideportivo, 3-0, y levanta la copa de campeón por cuarta vez en la historia, sumando más gloria a esa ráfaga exitosa de títulos obtenidos en 2000, 2001 y 2003.

2018
Alcanza la final de la Copa Argentina de Fútbol, de la mano de Pedro Troglio. Elimina a Boca y a River, entre otros, y pierde por penales la final contra Rosario Central, en Mendoza.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en El Editor Platense.

jueves, 14 de noviembre de 2019

La consolidación de un momento histórico



Parecía una quimera, un deseo apenas realizable en la mente pasional de cualquier habitante de la grey pincha; que, como toda mueca irracional, no contempla la frialdad pragmática de lo posible. Lo deseado, en estos casos, siempre deberá ser…
Y fue. Un 8 de noviembre, cuando decenas de miles marcharon una vez terminado el último oficial fuera de 57 y 1; después de 14 años y de más de 300 partidos de localías en el “exilio” obligado. Se consumó, así, esa quimera de tendencia irrealizable en un país con este contexto económico y social, apuntado por el gobierno que termina de la peor forma.
Estudiantes volvió a donde se creía jamás volvería; a la tierra que habita desde siempre, desde que en el verano del '06 le cedieron las tierras del por entonces extenso bosque platense: hubo idas y vueltas, amagos y retrocesos, luchas intestinas, mezquindades políticas, la idea de mudanza a Ensenada, convencimientos, ante las dificultades económicas y políticas, de que el Estadio de 32 se afianzaría, con sus títulos bajo el brazo, como la “nueva casa”…
Pero cuando “el otro Verón” (la “Brujita” para los sub-40; el hijo del gran ídolo “Juan Ramón” para padres y abuelos), el “11” de ahora (ese al que la canción de cancha le agradece en eternos “Muchas gracias, Brujita…, por los títulos, por la Libertadores, por aquel 7-0”) busque un refugio, sabrá que quedará por siempre en la historia más grande de un capítulo irrepetible del club que ama.

lunes, 30 de septiembre de 2019

Lo de Seba: picnic en El Dique


Como tantos otros, empezaron al costado de un camino. Primero fue un chulengo, más tarde un tráiler. Hoy es referencia inevitable de las parrillas de la región. Mediodías al sol en "Lo de Seba", con amigos y en familia

No hay un mediodía en “Lo de Seba” que el código lugareño no devuelva una postal jamás intermitente. Siempre la misma. Recurrente: una larga fila de comensales, que hacen equilibrio de manera paralela al alambrado y la entrada de autos, esperan ser atendidos en la barra –una gran tabla de madera- para llevarse algunos de los sánguches de bondiola o vacío que salen de a centenares a lo largo de cada jornada.
Se puede pensar que el primer gran guiño de "Lo de Seba" es su ubicación; por el verde, dentro mismo de uno de los parques municipales ensenadenses más atractivos, el “Martín Rodríguez”. La parrilla, ahora una gran casona de madera ampliada con dos salones e indistinguible a ojo de los que tienen el recuerdo del viejo tráiler rutero, se abre sin dificultades para los que llegan en auto desde El Dique y entran por el Camino Vergara.


Ubicada sobre 43 y el cruce de la 127, el crecimiento exponencial de la parrilla fue de la mano de la bonanza económica de los primeros años de esta década. Era, y es, una parada ineludible de los cientos de laburantes de la Refinería y la Petroquímica. El clásico sánguche al paso para cortar el turno del mediodía con un vaso de gaseosa o una cerveza siempre permitida.
El parque municipal abierto al público le da al lugar un aura difícil de conseguir dentro del casco urbano platense: comer y pasar el mediodía hasta que cierre (las 16 o 17), como en una casa de campo, al estilo de esos retiros tan en boga hoy vendidos como “recorridas campestres”. Bueno: acá no hay recorrida y el cliente es el que saborea su propia aventura. Uno puede elegir el sánguche al paso; sentarse en alguna de sus mesas, esperando ser atendido por moz@s que -inevitablemente y siempre con alguna escusa amable- tardarán en llegar y con las “disculpas” del caso; o, quizás la más atrayente, llevarse una vianda propia de bebidas y pasar la tarde en el parque sumando achuras y porciones de carne del propio restaurante. En "Lo de Seba" se puede. Y eso lo hace único. Llegás y sabés que vas a volver…


Las porciones son abundantes, ideales para compartir entre dos personas. El vacío a punto pica entre lo más granado. Se recomienda acompañar con las papas fritas que también son una especialidad del lugar; o con una buena porción de chinchulines al limón. Para los díscolos de la parrilla, también habrá alguna minuta en forma de milanesas –supremas y napolitanas- con guarnición para no quedarse con las ganas.
Una reseña de "Lo de Seba" no puede no terminar sin rememorar una leyenda. Leyendas que, como muchas, importan más por el mito que por la propia veracidad del relato: hubo una tarde, un feriado de calor promedio, que el boliche parrillero se transformó, de repente y a la vista de muchos, en un gran tenedor libre para decenas de muchachos. Venían a sumar fuerzas de movilización a un acto de la zona. Entraron, pidieron permiso, saludaron. Fueron segundos que no llegaron a minutos para que todos saciaran el hambre y la sed, sirviéndose, como autoservicio, sánguches y gaseosas de la parrilla y la heladera, mientras los parrilleros aprobaban con pasividad y con un guiño cómplice de lealtad…

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

lunes, 26 de agosto de 2019

Ahumados

Losada se propone algo tan intenso como previsible. Y ahí lo perturbador: nos interroga -a nosotros, espectadores- sobre lo que siempre estuvo pero nadie vio; sobre aquello que nadie quiere mirar. Pero que está. Y perturba.
Una pensión. Tres inquilinos. Un dueño que no es tal pero ejerce la función de poder sin ninguna autoridad (ese otro giro foucaultiano de la obra, si la pensamos, por antojo nomás, desde ese refugio filosófico): un pelado avejentado que usa chupete para olvidar el pucho, que modera ese estado opresivo de los convivientes que sobreviven en una vieja pensión del cuadrado platense sin mas lujo que la mera existencia. Hay un televisor con algunos canales a antena que esperan alguna "palabra del Gobierno"; una radio a pilas de la que sólo funciona la FM; un ajedrez miserable con fichas gastadas; crujientes muebles de pino barato; y un detrás de escena que sólo escuchamos pero no vemos, recurso teatral más que cautivador.
Qué es sino esa obscena frase donde uno de ellos, enfrascado en los oscuros giros que propone la trama, en silencio, se (nos) pregunta: ¿cómo no vamos a volvernos locos si estamos viviendo bajo estas cuatro paredes con personas a las que odiamos?
Todos lo miran. Los protagonistas comulgan, sin poder evitarlo, con ese encierro autogenerado que tendrá el irreparable destino de la locura. No hay dinero, no lo buscan. Prefieren la excusa como comodidad, a lo imprevisible del afuera.
Pero hay algo de la calle que los perturba, que los inmoviliza respirando lo poco que los mantiene vivos a lo largo de los 75 minutos de obra. Hay algo allá afuera: un poder omnipresente que, como una casa a punto de ser tomada en un cuento de Cortázar, los aleja de la realidad de las mayorías; de la de su pares; un humo negro que se presenta letal y fiero, sólo combatible con la valentía de la que carecen -salvo el Polaco, que reniega del destino al que la ficción lo lleva y huye para irremediablemente volver- los otros mortales de la pensión.
Todos, eso sí -Polaco, Gareca, Suárez Lastra, El Tanga- tendrán una naturalizada paciencia de clase, aguardando se terminen estos años de oprobio. Esperando ser encandilados por una luz que no ven desde 2015, agobiados por la ahumada realidad del afuera.
Cuando al final todos duerman y sueñen con los días por venir, se evaporarán al ritmo del opresivo humo negro que ni con máscaras pudieron combatir. Quizás, sí, con los votos de la mayoría que alejarán dentro de poco al olvidable gato...

Ahumados
(Creación Colectiva)
Dramaturgia y dirección: "Ratón" Losada.
Actúan: Giardineri (Gareca) / Aun (Rubén Suárez Lastra) / Losada (El Tanga) / Galvani (El Polaco)

sábado, 17 de agosto de 2019

Gaggiotti


Orquesta, legendaria milonga, bodegón popular, salón de encuentro tanguero que reúne a cuatro generaciones... Todo esto y más es “Lo de Raúl”. Un martes diferente en La Plata

“Vamos a Gaggiotti” es una contraseña cómplice, hace décadas, de una numerosa grey platense. La comparten cientos de jóvenes universitarios –los recién llegados de sus pagos, de seguro por primera vez- y una variopinta tribu de hombres y mujeres de 20 a casi 80 años. Ir “a Gaggiotti” es mucho más que un código del boca a boca en las noches de los martes. Es ir a milonguear, a cortar la semana, a cenar a un bodegón popular sin igual en La Plata, siempre con un 2x4, detrás, amenizando la velada.
Gaggiotti es Raúl. Argentino, de raíces italianas. Multiinstrumentista: órgano, guitarra, bajo, hoy abrazado a la marca hereditaria de su padre: el bandoneón. Fue uno de los fundadores de la orquesta de Los Cuatro Soles. Populares y exitosos, llegaron a grabar para la EMI. Hicieron innumerables giras, llegaron a disco de oro. Gaggiotti es, además, el inventor de esta pyme familiar tanguera que hace más de 30 años abre sus puertas en el salón de 23 entre 43 y 44. Hijos, nietos y demás familiares, son los encargados de mantener el legado y la vigencia del lugar, como se encarga de aclarar el propio Raúl.


La milonga
Son las 23.30, puntual, de un martes cualquiera de estos de invierno platense aún benévolo. El abarrotado salón queda en silencio unos segundos, después de una interminable seguidilla de valses que acompañaron la pasión de decenas de parejas milongueando en el centro del recinto. El silencio coincide con el momento en el que Raúl deja una de las mesas más próximas a la barra y se dispone a subir a su escenario, armado en una especie de altillo que envuelve a la legendaria cocina familiar.
“La Corchea Melódica” del barrio La Loma se dispone, entonces, con Raúl a la cabeza y los instrumentistas familiares invitados para la ocasión, a coronar la noche de tango con una hora de la mejor tradición orquestal de los Gaggiotti…


Las minutas
La cocina es el otro gran llamador de “Lo de Raúl”. Muchos llegan por sus precios, independientemente de su pasión por el tango, la milonga y la leyenda del lugar. Hay decenas de esos curiosos que llegan por primera vez. “Para ver qué es eso que dicen de las noches de Gaggiotti…”, dirán después.
Napolitanas con papas o porciones de carne al horno que no superan los 150 pesos, canelones y pastas varias a 120, empanadas grandes por 25, vinos de ¾ a sólo 100 pesos, medidas de bebidas fuertes por 80…
Una opción tradicional y con valores populares por fuera del mercado, hace de las noches milongueras de “La Corchea” un lugar ineludible de visitar.

 * Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

viernes, 5 de julio de 2019

La casa abierta del Gauchito Gil



Camino a Olmos, casi imperceptible en el cruce de 66 y 185, asoma un minutero de los de antes que ofrece platos abundantes y más que baratos, solamente al mediodía

Se puede arriesgar que quienes llegaron por primera vez años atrás lo hicieron sobre todo movidos por la curiosidad, por un "¿y ahí que hay?" implícito, o después de preguntarle a algún vecino de la zona qué era esa antigua casona de color azul marino, con techo de tejas, semioculta tras una tupida enredadera que corona la entrada de la finca. Pero en los últimos tiempos es probable que ese modo de aproximación haya cambiado, a partir de la colocación de un cartel de esos genéricos que invitan a pasar, sobre una tranquera que da a la vereda de pasto y a la 66, que a esa altura ya es más la ruta provincial 10 que la avenida que atraviesa el ejido platense. El letrero devela eventuales incógnitas: "Parrilla: atención, calidad y buen precio".


Parrilla hay siempre, y con los anexos necesarios. Es simple, abundante y rendidora. Las dos mujeres que religiosamente atienden el salón todos los mediodías de lunes a viernes -y excepcionalmente los sábados, si la afluencia de camioneros desde la cercana ruta 36 lo amerita- se limitan a ofrecer no más tres o cuatro menús. Las milanesas y los cortes asados al carbón pueden acompañarse con alguna guarnición de ensalada o papas fritas, y también se puede optar por algún guiso o estofado con pastas.


Cubiertos y vasos heterogéneos, y manteles de hule de colores varios -algunos hasta cuadriculados- visten las mesas, que están fabricadas con un pino en desuso que aporta lo suyo a la tonalidad sepia del lugar, ya de por sí bastante oscuro, aunque la resolana del mediodía insista en colarse por los dos ventanales de doble hoja de madera que dan al patio. Al fin y al cabo, lo que importa es el morfi: se come abundantemente por algo más de cien pesos, a los que debe sumárseles la bebida, en botellas grandes de vino, cerveza o gaseosa que tampoco superan los $100. En resumen, del Gauchito salen dos personas bien comidas por menos de $400.
La excursión vale la pena. Pero si aún faltara algún aval para convencernos de agarrar la 66 al fondo, pasando la terminal de la línea 307 y el predio El Cardón, y llegar con el apetito abierto hasta el salón de 185, bastará con pensar en el de la multitud de laburantes rurales y camioneros de panza exigente que lo visitan, con plena satisfacción, todos los días de la semana.

 * Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

viernes, 3 de mayo de 2019

El Bodegón: abundancia para todos


Hay un lugar en La Plata donde comés y llevar el Tupper, para lo que te queda, no es pecado sino condición necesaria. ¿La fórmula de El Bodegón de 7 y 70? Platos a precios populares para compartir y sobrevivir en tiempos del cambio y la cocina molecular

Hay toda un aura que envuelve al Bodegón de 7 y 70: la esquina del local, sin pretensiones ni cartelería gastronómica y con el olor a asado como inexorable anzuelo; el barrio, sobre la todavía empedrada avenida 7, a metros de ese límite difuso de civilización y barbarie (sic) que separa, en la 72, a Villa Elvira del pretencioso cuadrado platense; y ese secreto cada vez más difundido y conocido que lo hace un restaurante único en la ciudad por el tamaño XL de las porciones en cada una de las especialidades de la casa.
La carta –negra, de cuerina, con hojas en folios como en los viejos bares de minutas- lo anticipa d movida, apenas uno se sienta y es abordado por el único mozo a cargo de todo el salón: “Todos los platos se sirven con papas fritas”. Allí, mientas se degusta algún grisín o pan de salvado untado en la mayonesa de ajo que se sirve como entrada, empieza la titánica tarea del comensal por elegir la combinación exacta de calidad y cantidad. Será la única manera posible para que la mesa no desborde de platos y abundancia, que obligarían a buscar ocasionales invitados para comerse todo lo que te sirvieron…


Quien conoce El Bodegón sabe de memoria la fórmula nocturna de este éxito: las porciones que inundan cada plato se calcularán siempre para dos. Es una mandato irreductible, de manual, que sólo desconocen los que llegan por primera vez y se inclinan por la clásica porción individual de cualquier espacio gastronómico. La antítesis perfecta de la difundida cocina molecular, que agranda el mito a base de porciones diminutas, coloridas y sofisticadas (sic).
El que llega sin conocer, el curioso que lo ve “de pasada” y entra atraído por los aromas y la fachada de la entrada, con puertas de madera y vidrio y un pequeño zaguán en escalera para la espera, tendrá que contar con la inexorable ayuda del mozo (legendario y de años, Maxi, a cargo de las doce mesas que conforman el bodegón) que debería ser el guía para prevenir a los clientes ante el seguro y desfasado pedido. Aunque el mito, se sabe, dice otra cosa: como una estrategia ineludible, el mozo jamás te anticipará lo que se prepara en la cocina, dejará abierta la puerta de la primera impresión y escuchará la reacción que se repite noche a noche: “¡Ah, pero qué cantidad!”.
En épocas difíciles para la gastronomía, con caída del consumo y recortes en las salidas de amigos y familiares, el secreto de El Bodegón, lleno de lunes a lunes, sigue siendo mantener la identidad del morfi en tamaño y calidad. “Es que no podríamos nunca achicar los platos. Es la marca nuestra, la gente viene por eso”, se sincera Alejandro, el encargado de siempre del histórico boliche, que también hace las veces de parrillero, en una icónica imagen de lo que es la polifuncionalidad laboral característica del lugar.


La napolitana de ternera, con huevos y las obligadas fritas, entró hace tiempo en el terreno de la leyenda. Se sirven dos milanesas, una encima de la otra, que cubren el plato y se dejan caer casi diez centímetros de cada lado. Una inmensidad que solo puede empezar a comerse pidiéndole al mozo otro plato -vacío, claro- para dividir la porción en dos.
¿Otras marcas del Bodegón? La saltimbocca a la romana o el lomo a la riojana (¡casi 15 centrímetros de altura de comida); la tortilla de papas y cebolla; y los cortes a la parrilla, que si es para dos, comerán cuatro; y si es para tres, lo harán seis. Todo así: abundante y exagerado, como para no dudar en volver rápido al lugar de la faena.
Casi quince años en la esquina de lo que era una mítica tanguería, en 7 y 70, zona de fuerte raigambre de bares donde taxistas y laburantes se juegan algún peso de la diaria en una fija, hay una imagen colorida que se repite día a día para los que llegan sin el Tupperweare: los clientes pedirán la cuenta y le dirán al mozo: “Guardame todo lo que me sobró en una bandejita para mañana…”

 * Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

viernes, 12 de abril de 2019

Lo del Manteca: la carne cara es barata



Para los desconocidos que pasan por la puerta, es una simple vivienda con una placa de bronce que en el frente homenajea al club “Tranviario Automotor”. La leyenda está adentro: a minutos de la Catedral, en 50 casi 21, un comedor de los de antes

“Decilo así… que para mí es el secreto de todo esto”, me interroga con abundancia de gestos el Manteca, mientras se seca parte de la frente con un trapo. Me lo dice un mediodía de esos de calor y chicharras prendidas, comunes a cualquier enero platense. Suenan fuerte, las chicharras, en el patio donde el calor del asado combate cualquier brisa de aire.
El trapo con el que también se seca los brazos, es un repasador que apoya religiosamente en la mesadita que tiene al lado de la parrilla, donde hay dos o tres cuchillos de distintos tamaños, algún vaso con agua o vino y hielo y un paquete de sal. Me insiste, entonces, y lanza su secreto, la llave en forma de fraseo del tesoro del bodegón: “La carne cara, es la más barata”. Lo miro: “Como escuchás: siempre es así. Los que vienen lo saben”.
Desde afuera, nada da indicios de que en esa casa de 50 entre 21 y 22, con puerta blanca de hoja doble y dos ventanas con rejas a cada costado, transpira el bodegón más céntrico que hoy tiene La Plata; a una cuadra y media del polo gastronómico que fue creciendo en plaza Malvinas, a minutos de la Catedral, ahí adentro, tan oculto como misterioso, aparece la leyenda que muchos oyeron de boca en boca: “Lo del Manteca”.


La casa tiene cerámicos naranja en el frente y una única identificación, de bronce, a la altura del marco superior de los ventanales. Es una placa de 1952: “Asociación D. S. y M. Tranviario Automotor”: Deportiva, Social y eme, intuimos, de Municipal.
Es que de la mano del bodegón con parrilla y minutas que funciona adentro, emerge el club de bochas fundado, en pleno auge comercial del transporte, por los viejos choferes de tranvías de la empresa “La Nacional” en los terrenos que a principios del siglo XX -época fundacional de la ciudad- pertenecían a la familia Tettamanti. Todo estaba en la zona: la sede de la empresa funcionaba en la vieja casona del actual Colegio de Agrimensores (51 entre 20 y 21); y los talleres tranviarios, en los galpones de ladrillo a la vista que hoy se usan como depósito de chatarra de Control Urbano, en 49 entre 20 y 21. Si algún “Pincha” con conocimiento de historia llegó hasta acá con la lectura, de seguro habrá detenido en el apellido Tettamanti: sí, el mismo que le cedió a Estudiantes parte de esos terrenos, al fundarse el club en 1905, para que jugara de local en el descampado donde hoy se levanta la plaza Malvinas.
Lo primero que se ve al entrar al club, pese a la tenue luz que acompaña la bienvenida, es un mueble marrón con estanterías donde se lucen viejos trofeos de conquistas de los tranviarios, la mayoría de bochas. El espacio funciona como una casual sala de espera. Tiene un banco largo de madera y un semipúblico celeste y verde de Telefónica, aún en uso, donde lo único que resalta es el número de una remisería amiga, escrito con fibra negra para llamar cuando la noche se hace madrugada y manejar es un mangar para el tubito de alcoholemia de los de afuera.
De ahí al salón principal, donde hay una barra y el grueso de las mesas, se llega haciendo equilibrio por un pasillo amplio que apila botellas vacías de Vasco Viejo y Norton y vacíos cajones de cervezas. A un lado, se esconde la cocina que expulsa las minutas y las fritas, papas deliberadamente cortadas en largas tiras y anchas como en los bodegones de antes; y a la derecha, el emblema del lugar, la cancha de bochas que es la otra excusa de unión social adentro del famoso “Tranviario”.


Las noches, de martes a sábado, pueblan la barra amigos bebedores –casi todos mayores de 50- que relatan anécdotas entre vasos de Gancia con limón, algún Fernet con Cinzano y muchas cervezas, en especial cuando el calor pide algo fresco que no sea agua con hielo. Entre los gritos y el bullicio, el Manteca va y viene del patio del fondo con la bandeja llena de chorizos y morcillas -pacientemente cortadas en porciones según la cantidad de comensales exacta de cada noche- y unas cuantas tandas más de pechito de cerdo, costillar de hueso grande, vacío y tapa de asado para los que optaron por el menú fijo parrillero.
La comida y la atención no tienen complejidades: los días clásicos son aquellos en los que el “Mante” prende la parrilla (jueves y viernes, mediodía y noche, y los sábados al mediodía) y cobra un menú fijo de 350 pesos que incluye papas fritas, ensalada mixta (cebolla, tomate y verde), carne de ternera y cerdo, como si fuera un tenedor libre: comés hasta “reventar”. Antes, los martes de noche, la semana gastronómica se inicia con una tanda de pollo con guarnición; y los miércoles repite, pero la carne muta de pollo a pescado frito, siempre con papas, ensalada o puré, a no más de 200 pesos por persona.
Me insiste el Manteca, fanático futbolero que no esconde su afinidad por el Olimpo bahiense y defiende el origen bonaerense y seleccionado de sus carnes y achuras: “Acordate de eso siempre: la carne cara siempre es la más barata”.

 * Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.