miércoles, 9 de enero de 2019

El Rodeo, clásico de la parrilla al paso


En la esquina del Correo, 51 casi 4, se huele a carne en una vereda que nunca pasa desapercibida. Cita eterna de oficinistas, estudiantes, bodegueros y curiosos que la pueblan de lunes a sábado a local lleno

El minúsculo espacio existente entre la pared lateral y la barra devuelve un pasillito que se alarga hasta la cocina y su televisor, que elevado resiste diariamente en una batalla desigual contra el calor del negocio, siempre vibrando con algún partido de fútbol de fondo.
La barra conforma una larga mesada perpendicular que mira de frente a la parrilla y deja al cliente en la posición de quien descubre un gran ventanal que refleja el paisaje más esperado, con achuras y grandes vacíos y bondiolas en cocción exacta.
Entre las butacas y las mesas, en no más de dos metros de ancho, se sumergen decenas de parroquianos y parroquianas a la espera del corte a punto; un abanico de manos levantadas, sobre la cabeza de aquellos sentados, buscando un chori con criolla para comer a la pasada o los que esperan la porción de asado para llevar al laburo o a la casa.


Nada impide que el enjambre se repita todos los días, mediodía y noche. La ubicación y los precios lo hacen un lugar distintivo del centro platense: abundancia, buena carne al paso, sin espera y con precios populares. ¿Qué otra combinación podría ser mejor?
Pero El Rodeo tiene algo mucho más perturbador, diría hasta vicioso, que actúa como anzuelo; una costumbre de época de antiguos y ya inexistentes bodegones: clientes fijos, de la casa, de esos que vuelven día por medio y van construyendo una amistad que no encuentran en ningún otro lado más que en esas mesas, tanto con otros clientes como con los mozos y los parrilleros. Ellos: Alejandro, Darío y Eduardo, históricos de un lugar que los mantiene como si su permanencia fuera el otro gran secreto del éxito irrepetible de El Rodeo en pleno centro de la ciudad.
La parrilla tuvo distintas etapas y ninguna se alejó de esa emblemática manzana de 51 entre 4 y 5 que supo ser epicentro de luces y grandes consumos del platense de clase media alta. “Empezamos en el ’80 y fuimos modificando según las circunstancias. Pero nunca salimos de acá”, resume Mariano, hijo del histórico hacedor de El Rodeo. El local tuvo sus ampliaciones sobre el espacio lindero que hoy ocupa un gran maxi-kiosco y, en los 2000, una sucursal con “salón familiar” en la esquina de 5 y 51 para los que buscaban la comodidad que no otorgaba el emblemático reducto al paso.


El mote de "al paso" hace el resto y es marca de identidad. Se puede saborear un vacío al pan o una bondiola al limón con provenzal (XL, por 100 mangos); o un choripán también por 60. Todo regado en una jarra de vino tinto o blanco de la casa que no superará los 75 pesos el medio litro.
Las porciones (para dos y de buen comer) de bife chorizo y vacío; o combinadas como dos medias porciones, sumando un chorizo con morcilla y una ensalada mixta (puntea la de radicheta, cebolla y ajo) que, con un vino a medias o una cerveza, promediará 400 pesos entre dos. Una propuesta ineludible.
Así se abre camino entre la multitud de ofertas gastronómicas de la zona, al paso y sin espera, "El Rodeo", marca a fuego del sanguchito de carne en el centro de La Plata.

 Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Canción urgente para concluir


Concluyeron, eso que suelen llamarse los especialistas, que fue exactamente a las 2 de la mañana. Un 5 de mayo. Concluyeron, con certeza, por la identificación de una cámara exterior del negocio asegurador de esa cuadra, que trepó a la terraza después de las 12. La nena ese día cumplía dos años.
Concluyeron, también, que la primera identificación cercana fue una moto de marca nacional que vieron abandonada, la mañana de ese 5 de mayo de 2019, sobre el puesto de diarios de la esquina de 13 y 48; la segunda, aunque al principio no sin cierta duda por la alterada caligrafía manuscrita, un papel blanco escrito con una Uniball Signo 0.7 tinta azul (la obsesión del él) que una mujer mayor encontraría mientras acomodaba la canasta con panes que pacientemente vende en esa esquina de los Tribunales de La Plata con el primer trajín de abogados.
Concluyeron, como la mujer, que nadie lo había visto a él hasta el ladrido de rutina de un perro blanco. En la desesperación del hambre por abandono, el animal había empezado a ladrar mientras buscaba restos de algo en los arbustos encadenados que el centenario edificio tiene sobre calle 48.
Concluyeron, además, aunque varios meses después, que la enfermedad que decía joderlo no era tal. Él nunca lo sabría. Desde que un íntimo le había recomendado en Facebook ver una serie de nombre Breaking Bad, la que, contaba siempre con entusiasmo, se había devorado “las cinco temporadas en menos dos semanas”, lo obsesionaba la idea que funcionaba como motor de esa trama: la vida gris y chata del protagonista que se ve incentivado a rehacer su rutinaria coyuntura de profesor de química en un secundario del sur estadounidense cuando, por error, le diagnostican una enfermedad terminal que no era tal. Tanto para White, el protagonista de esa ficción, como para él pero en el real world, el tiempo arreciaba y cada minuto hacía del mundo un espacio un poco más finito de ser vivido.
Los dolores en la cintura los había empezado a sentir cuando cambió la bicicleta. De una playera, a la inglesa imitación de doble caño. Y se iban acentuando, por espacios intercalados, según las cuadras que caminaba o, sobre todo, cuando jugaba al fútbol los lunes. Eran pinchazos; esporádicos, es cierto, pero, aun así, todo eso lo traumaba. Siempre encontraba la excusa para evadirse y no pedir el turno que tanto le reclamaban. “Es una huevada. Tenés que ir”, le insistían. “Vas. Te ven. Dos placas. Una pelotudés. Y listo”. Pero nada lo convencía.
La ansiedad por ese trastorno que no solucionaba le acentuó otros rasgos típicos que él se encargaba de exorcizar, entre amigos, con algún que otro meme que le llegaba al teléfono ironizando esas disfuncionalidades: poner los billetes siempre del mismo lado y con los valores de mayor a menor, corregir la ortografía de los mensajes de texto que recibía, dejar la pasta de dientes siempre apretada, que el papel higiénico cayera hacia adelante o poner el despertador puntualmente en un horario múltiplo de cinco. Ni más ni menos: un TOC.
Concluyeron, por intuición y urgencia judicial, que él se creía enfermo, agobiado por una simbiosis que transitaba los extremos de padecer el mínimo dolor en cualquier lugar del cuerpo y encadenarlo al diagnóstico que no tenía, que sólo fluctuaba en su imaginación como una barrera de contención hacia todo lo que fuera externo y que lo dañaba, día a día, sin ningún tipo de coraza.
Concluyeron, no hasta tener ese papel que la señora de la esquina encontró y le entregó al fiscal, dos o tres días después del hecho, que lo que lo agobiaba era otro tipo de incertidumbre: la del futuro y un presente que, pese a sus esfuerzos, no podía nunca terminar de resolver; un pequeño manuscrito que jamás creyó ni se propuso dejar como señal o testimonio de nada: no intuyó que esa madrugada, la del 5 de mayo de 2019, lo tenía en uno de sus bolsillos y que el desenlace iba a ser como fue, aunque no lo supiera nunca.
Concluyeron, entonces, que escribió, en ese papel encontrado prolijamente en letra manuscrita con una Uniball Signo de tinta azul, tantas pero tantas palabras, para contarle a la nena cómo iban transcurriendo los días, las horas, las semanas, desde que había conocido el primer juzgado de familia preguntando por ella. Lo agobiaba, además, el temor a que con él se fuera su memoria, y por ende la de los días sin ella, como si todo lo sólido también se fuera a desvanecer en el aire.
Concluyeron que en el cuaderno donde había un sinfín de papeles amontonados como ese se sucedían uno a uno los días de su ausencia mientras crecía, imaginándose que ya ni siquiera podría reconocerla. Llevaba 22 meses sin verla, sin sentirla.
No quiso esperar más.
Y, concluyeron, que así eligió concluir como una canción urgente.

* Este texto integra la antología "Textos 2" de La Comuna Ediciones.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Bacci, el mito viviente


Setenta años del bodegón pizzero que en diagonal 79 casi 1 une a cuatro generaciones de platenses. La historia de la ciudad bien podría narrarse desde cualquiera de las anécdotas que atestiguan sus mesas

La leyenda que recae sobre la famosa Casa Bacci es tal que tiene tantos amantes como detractores. Y no está mal que ocurra, si de gustos y tipos de masa hablamos. Están los que dirán (arriesgo, una minoría) que la pizza jamás puede ser un bizcochuelo salado, en elocuente alusión a la conocida altura de esta icónica pizza platense; y los que no pueden resistir (apuesto, una mayoría) al gusto único de comerse una al corte de espinaca o muzza recargada, servida en una saturada barra de hombres al paso (taxistas, changarines, universitarios, glovers) con moscato e hielo.
Los mitos sobre Bacci, su historia y su presente, van y vienen más vivos que nunca. Porque si al local de diagonal 79 lo sobrevuela la necesaria nostalgia del paso de los años, apuntalada en una estética inamovible de luces blancas, botellas de vino ilegibles, cuadros oscurecidos de grasa y cartelería en desuso, no es menos cierto que su presente a local abarrotado de martes a domingo la hacen hoy, quizás, el espacio gastronómico con más comensales en el cuadrado platense.


Anécdotas, mitos: un simple googleo de un foráneo sobre Bacci, el que intenta siempre alguna data más para comer barato, lo llevará a dar con Barreda. Dice el cuento que, en esas mesas, una noche de noviembre de 1992, el múltiple femicida confesaba su cuádruple crimen ante la vista de un incrédulo abogado al que había convocado no sin moscato y muzzarellas.
Fundada a fines de los ’40, Bacci tuvo su primera versión y más conocida cuando maceraban la rentabilidad del verano platense transformando la pizzería en un exclusivo negocio de helados. Cuando sobrevolaban los primeros calores de diciembre, la barra principal perdía voluntariamente su tabla de madera, donde cruje cada porción, dejando ver los baldes de helado. Así, durante años, en tiempos donde el local aún ocupaba la mitad del espacio de hoy y era vecino de la célebre rotisería de los Palumbo, en el portal de entrada al barrio Mondongo.
Discusiones entre comensales, convivencia pacífica entre albirrojos y basureros -aunque por simbiosis histórica de sus viejos dueños siempre fue una pizzería más tripera que pincha- Bacci también encierra su lado B en tintas de afinidades políticas. Muchos militantes, universitarios, de base o cuadros formados, solían tener cierto privilegio del vip de la mesa del fondo, bien ocultos del resto, cuando el anonimato era la mejor manera de seguir en carrera por las diagonales de la ciudad en los años que antecedieron al tsunami de la dictadura. Mitos, leyendas, verdades…
Los mediodías suelen mostrar la cara más solitaria de Bacci, con esperada ausencia familiar y mucho tipo solo que deja correr el tiempo y los gestos melancólicos con la única compañía de una rústica frapera de aluminio y su vecino preferido, la botella de tinto o moscato que siempre indaga en el gesto cómplice del ocasional cliente sentado al lado.


Pero si el secreto es que, de izquierda a derecha o de amantes a detractores, Bacci tiene la exclusividad de ser una pizza única por volumen y tipo de masa (alta y de dos centímetros, sobre todo de noche cuando la fermentación descansa desde el mediodía), lo es mucho más por su precio y su carácter inexorablemente popular. Y no solo porque Julio, el de rulos, cuente tantos años como mozo del lugar como porciones ofrecidas sin cargo a los que pasan y piden sin temer un mango. Bacci es el refugio donde una familia no tipo, las de varios integrantes (las que abundan, tanto adentro como afuera en las noches del lugar), todavía pueden salir a comer afuera.
Padre y madre con cuatro hijos que pidan una muzzarella grande, otra especial de jamón, alguna gaseosa y unas cervezas o un moscato, no consumirán más de 700 pesos para el esforzado bolsillo del laburante de media baja.
Eso también la hace única: popular y cada vez más legendaria.

Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

sábado, 27 de octubre de 2018

Don Mario, posta de camioneros


De la nada, como tantos otros que se le animaron al chulengo y poco más. Así empezó Mario en el imaginario cruce de la 256, en Etcheverry, con la ruta 215.
Lo primero fue dejar el restorán que está a unos metros, camino a Brandsen, para independizarse y armar el proyecto sobre un terreno propio. Empezó con una base de material, lonas naranjas -para refractar el sol y reemplazar paredes- y una extensa parrilla abierta al cielo, a la vista de todos; y poco más: mesas de pino, tablas, vasos y sillas, una de cada barrio y color...


Aunque el cartel ahora la haga más visible desde la propia banquina, la mejor e ineludible referencia son los camiones (los de larga y de reparto) y colectivos que ensayan una parada de recambio y, en segundos, se llevan el XL de chorizo, vacío o bondiola, siempre adornado por algunas de las dos salsas que son la marca de la cocina de este misionero de origen en el transporte y el camión: la criolla de cebolla y tomate o la fuerte de ajo y verdeo.
La clave suena sencilla: todo a la parrilla, con cortes económicos y al pasar, para el ocasional laburante de tranco acelerado o la familia sin pretenciones exóticas pero con apetito. Las porciones de vacío, asado, pechito de cerdo o matambre a la pizza (la especialidad), siempre abundantes, suelen ir bien, para dos, con alguna ensalada o guarnición de papas. Para los disidentes” que van con las minutas, también espera alguna pasta o guiso ocasional (mondongo o lentejas) en temporada invernal.


La carta es el mayor enigma. Pero no hay misterios. Así se estila en los asadores ruteros. Una entrada con chorizo, morcilla y chinchulines, con porción y media de parrilla, guarnición de fritas o mixta, más un vino, para dos, no superará los $250 por persona.
Abierto mediodía y noche, Mario da indicios del secreto: Atender al público como en la casa; que se sientan cómodos; el asado... que no es la tirita finita: acá es grande y con hueso; del sabroso.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

miércoles, 22 de agosto de 2018

¿Qué perdemos sin La Colonial?



El 31 de julio pasado recibí dos mensajes similares: uno, desconocido, tres horas más tarde que el primero. Era de texto; el otro, del grupo de Whatsapp donde el hedonismo y el morfi son temas inherentes al autocorrector: “El Bebe nos espera en la Colonial a los de siempre. Puso algo en Facebook. Cierra”, me decían.
Escueto y al mentón. Así de corta para un martes sin grandes planes más que sobrevivir otras 24 horas. El rumor corrió rápido entre los de siempre. No entendí de dónde venía. Obligó a las repreguntas.
- ¿Cómo que cierra?
- Lo agarra un primo o alguien cercano que le quiere cambiar la cara (sic). Algo así, me respondió el supuesto desconocido, que resultó ser alguien que me había agendado una noche hablando a la salida del baño.
La Colonial, “El” Colonial para casi todos, se mantenía como un enclave en 4 y 60 y se destacaba en la agudísima oscuridad de esa zona siempre postergada por el alumbrado público. Las tenues luces del boliche perdían fuerza, además, hacia el exterior, por los largos cortinados blancos anudados al medio en cada una de las ventanas.


La entrada tenía (ya es hora de ese tiempo verbal) grandes distintivos, como marcas de piel. Uno era el pizarrón de precios hecho a mano con tiza blanca, siempre con el menú del día al frente. Podía ser tapita al horno con papas, guiso carrero, mondongo a la española o canelones con estofado, con precios que no superaban los 160 pesos y porciones abundantes para, incluso, compartir entre dos. El letrero se apoyaba sobre las rejas de estilo colonial que se abrían hacia la calle como antesala de las puertas de madera. Todo ese “marketing” se acentuaba con el fileteado del cartel que reza “Pizzería Colonial” y aún sobresale sobre la vereda de 60; y, del otro lado, por un viejo indicador de vialidad pegado a la pared que le pone nombre propio a la calle 4, de nomenclatura desconocida para la mayoría de los platenses: Manuel Belgrano.
El lugar había cumplido 40 años ininterrumpidos en esa esquina de paso hacia El Mondongo o Berisso; y casi sin ningún tipo de modificación. Era “De Francisco Ramón Figueira”, como aclaraban en el frente de la carta menú que aún conservo. El padre del Bebe lo gestionó durante más de tres décadas y pasó la posta entre manos familiares. Su hijo se había puesto el proyecto al hombro casi cinco años atrás, hasta esta noche de julio en la que se confirmaría que el futuro había llegado hace rato.
Digámoslo sin eufemismos: “Un lugar más abierto, para otro tipo de público, modernizado y con una lavada de cara”, me imagino que me sugerirían ahora si en plan de reportero busco alguna señal de la nostálgica vuelta de página mientras reforman su interior. Una época que se refuerza con el boom de la sobreproducción cervecera artesanal -como gusto, hobby o rescate personal- combinada con una pendiente económica tan actual como profunda y que, de una u otra forma, salpica a este tipo de lugares. Elige tu propia aventura, pero La Colonial ya no será como era. Un refugio menos en La Plata.


La última noche, la del 31 de julio que se hizo 1 de agosto bien de madrugada, fue sin embargo festiva. Nos encontramos todos; los de siempre. Hubo vino, claro; el “De la casa”, que vaya uno a saber de qué damajuana prontuariosa vendría. Mientras se servía a todos sin consultar, el Bebe se ocupaba de ir entre las mesas, sin ahorrar abrazos, convencido y remarcando que serían “sólo algunas refacciones”, como si sobrevolara un tardío arrepentimiento al inminente final de su “Colo”.
Algo de ese ruido único, que cobijaba en La Colonial a solitarios con alma que preferían un lugar amable y con morfi barato, se ancló para siempre el 31 de julio, por más que el cartel casero colgado sobre la reja diga ahora: “Estaremos cerrados durante todo el mes de agosto por refacciones”.
Perderemos usar el semipúblico celeste que ya nadie levantaba pero recibía llamadas de otra época, verlo al Bebe con el guardapolvo azul sugiriéndonos el menú del día. También ir a comer solo y encontrar la complicidad del que llegó antes, que te convidaba, sobre el mantel de hule, la jarrita de medio de tinto que había comprado a 50 pesos; los abrazos y el respeto de pinchas y triperos, pese a que el reducto, por mandato familiar albirrojo, sirvió de festejo de tantísimas vueltas olímpicas de Estudiantes. Pero, sobre todo, perderemos un refugio de resistencia gastronómica, social y cultural, donde los buenos siempre se encontraban, sin wifi ni Twitter de por medio, en uno de los últimos bodegones platenses donde se comía abundante y barato.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

jueves, 2 de agosto de 2018

Lo de Tita


La formalidad dice almacén "El Pato". Bah, no lo dice: no hay carteles, no hay indicadores. Lo saben todos los que van desde siempre, lo sabemos los que lo fuimos descubriendo cuando se nos ocurrió entrar de pasada hacia Brandsen

Para todos es "Lo de Tita". Un ramos generales del viejo paraje Pato Gómez (parada obligada entre la estación del ex Provincial y el pueblito De La Vega) que luce su irregular fachada de colores y humedad frente a la entrada más occidental de los terrenos de El Rodeo, sobre la ruta 215. Lo dice el pequeño cartel de chapa enlosada clavado a la izquierda de la puerta: “Lugar Histórico: 1900”.
El almacén es una reliquia de la zona. Ni la construcción de la autopista, que en la mano que va de La Plata a Brandsen desemboca imaginariamente dentro del negocio, pudo con él. No es casual, en efecto, que el pequeño indicador siga en pie debajo del letrero lumínico de los cigarrillos Jockey Club.
El secacopas circular de rejillas de plástico, erguido sobre la derecha coronando el mostrador, invita enseguida a sumarse a cualquiera de las charlas que pueda haber en la barra o en las mesas. Lo mismo que uno siente al llamado curioso de la oscuridad proyectada hacia el enigmático interior de este tipo de negocios.


“Acá siempre hay un amigo”, me dice uno que se sienta mirando hacia el mostrador, con la espalda apoyada sobre el lado que da, a escasos metros ahora, a la ampliada 215. Es de Olmos y es invierno. Por eso ese refugio, que goza del abrazo de la petisa estufa que funciona a garrafa. “Vengo siempre aunque me quede un poco lejos”, me agrega. “Fijate que el que no saluda acá no mama; vengas en moto, como vos, o a caballo, como hacen varios parroquianos por costumbre y para no gastar nafta”.
De las visitas esporádicas de transeúntes y lugareños “vive” principalmente “Lo de Tita”. Un almacén con lo justo y necesario para sobrevivir en las afueras de Gómez (sus clientes son gente de campo, otros originarios de la zona y platenses que buscan allí un remanso) sin tener que sumar kilómetros hasta Etcheverry o Brandsen: fideos, galletitas, harinas, fiambres, alguna que otra verdura y mucho alcohol. Mucho: vinos, cervezas, grapas o algunas de las tantas bebidas que acarician el bolsillo y son la excusa de la ronda de todos los días.
Como todos estos tugurios, esa oscuridad palpable desde afuera es una invitación a un túnel del tiempo. El cartel de puchos clavado bien alto, transversal a la ruta, es lo de menos. Hay otra calcomanía idéntica de Jockey pegada hace décadas en los vidrios de algo que se asemeja a una vieja boletería de trenes, que acá se usa para pagar cada trago; un infaltable San Cayetano con las ramitas del caso, encajado entre dos grandes tarros de pickles que sugieren el pruebe ligero; y una referencia ineludible al territorio bonaerense: un cuadro de Mouras, el del TC de Carlos Casares, cuando era el indiscutido “1” de la categoría.


“Servite, nene”, me sugiere, casi como orden y con condescendencia al paso de los años, el tipo alto, de botas y chaleco, que compartía la mesa a la que me había sumado casi al entrar.
Tita corta el fiambre en una máquina de mano, lo pesa en una “Libra” de esas pre-digitales y lo acompaña con pan casero. La tabla con embutidos se absorbe en minutos y trae otra ronda, para seguir comiendo, de moscatos, tintos con soda y Cinzanos con Branca.
“La última”, gritan a coro.
Se ríe, Tita. No les cree. Mañana actuará en la misma escena, todos los días, a toda hora, como salida de una París-Texas nativa pero acá nomás de La Plata.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en Tuco.

martes, 17 de julio de 2018

Nolo supo

Quizás fue en su imaginación o en los libros enciclopédicos que alguno de sus descendientes le leyeron. Esos tomos que se imprimían en alardes bibliotecas y hoy se fuerzan por entrar en algún "hilo" de Twitter.
Hay algo que la historia contó, igualmente, matriz de verdad durante tantas décadas y que hoy podemos saber que jamás sucedió; que fue solo imaginación o un suceso que se esgrimió como sentencia de fuerza del relato oral del que ya no quedan testigos.
Pero Nolo no lo supo nunca.
Decía él, Nolo, que no lo supieron entender, que pocos podían usufrurtuar el orgullo deportivo de ser jefe de grupo y llegar a las instancias finales de dos torneos mundiales con los bravos uruguayos. "Los de antes, eh", vociferaba. Los que contaban a favor cada choque contra algún combinado europeo. "Estos de ahora pierden uno cada dos", se mufaba.
No lo supo nunca, Nolo, que aquel barco que debía devolverlo a Montevideo para jugar las rondas finales del primer Mundial, jamás anclaría en destino. En su destino. Fue una creencia que él alimentó como mito; o una pesadilla de la que nunca quiso saber el irremediable final.
Y los uruguayos lo sabían.
Sabían, aquel invierno de 1930, que las clases no podían ser suspendidas en Argentina aún la exigencia fuera a pedido del mayor símbolo del Seleccionado de aquel país. Y conocían, también, el ímpetu del Nolo, que por ninguna circunstancia iba a dejar de rendir esa prueba de la carrera de
Escribanía por la que tanto esfuerzo llevaba traducido en tiempo, a la par de su Selección y los partidos en Estudiantes de La Plata.
Ni tener la cinta de capitán del equipo de fútbol de su país en la primera Copa del Mundo, iba a torcer la decisión: debía viajar a rendir aquel examen, desde Montevideo a Buenos Aires, en plena competencia. Y, por consiguiente, perderse el partido de primera ronda contra México.
La confianza que había en el plantel de los criollos argentinos de que, hasta la segura final con Uruguay, el camino estaba allanado por la inferioridad de los rivales, hizo el resto.
Y los uruguayos lo sabían.
El vapor de la Carrera era la única vía de comunicación de ambos países a través del Río de La Plata. Los viajes se hacían de noche y duraban algo de diez horas, entre una capital y otra de cada lado de la orilla, entre orquestas y tragos que amenizaban el traslado.
El Nolo embarcó a Buenos Aires con pasaje de regreso previo a la semifinal, que Argentina sortearía por seis goles ante los norteamericanos.
Pero Ferreira jamás llegó. La historia contó cómo un crack del fútbol mundial aprobó un examen de Escribanía mientras disputaba un Mundial. Y nunca legisló sobre el suceso ineludible de aquella Copa del Mundo: el plan perfecto de los delegados uruguayos para suspender, por un sorpresivo paro por tiempo indeterminado de los maquinistas portuarios, el servicio del Vapor de la Carrera.
Ferreira, el famoso Nolo, no lo supo nunca. Jamás jugó aquella histórica final de argentinos y uruguayos en el recién estrenado Estadio Centenario, en la que Argentina no tuvo a su as de espada y capitán. Y Uruguay levantó la copa.
El plan uruguayo había funcionado a la perfección, como si un Messi de hoy volara de Moscú a Buenos Aires para aprobar un examen, la inteligencia rusa hiciera lo suyo y el crack del Barsa se ausentara de una moderna final del Mundo entre argentinos y rusos.
Eso que la historia, cómplice y determinante, jamás dijo que sucedió hace 88 años en un lejano país, lejano del centro del mundo, entre rivales y hermanos.