viernes, 27 de marzo de 2015

La Vela P

El hilo va de punta a la frase del Indio: "Tarde en la noche, Plaza Constitución, sangre rancia de Tramontina rajeador". El disco tenía tres años y algo y conservaba cierta actualidad.
Con el tarareo insistente sostuvimos el trayecto que quedaba hasta Cemento, después de bajar del Roca. Cruzamos en diagonal, buscando la punta oeste. Morfamos seguro algún cuarto en un Ugi's de la zona.
A la ronda de previa en la plaza de la canción se sumó un flaquito de por ahí que invitamos por inercia de estímulo nocturno (Diego es el que tiene memoria), La jarra pasaba y venía y fue fiel hasta la puerta del sucucho. La llenamos en un kiosco, más de una vez, unas cuantas cuadras antes. En el tanteo de juntas, me falta la ficha del amigo de la casa, el Vinicius siempre atento a los extremos que se me pierde en el goteo de muecas.
Nos estusiasmaba la frase. Así la hora y pico de La Plata hasta Constitución; sería por la osadía de saber que había que cruzar por obligación el acantilado que está frente a la Estación, sólo por las ganas de ver a una banda uruguaya que conocíamos por un amigo y que, meses después, musicalizaría un intento de programa de radio con la mayoría de los que fuimos esa noche.
Lo resumían como "La Vela P.". Con el DNI del CUIT, recuerdo sacaba la cuenta de los años de rodeo que llevaba Chabán. Pero siempre me quedé en las coincidencias de ciertos números: Cemento era EE.UU. 1234; y el precio de la entrada y la fecha (14 de junio) en simultáneo formaban un 6146 que era igual al número del ticket, si caprichosamente sumábamos los dos números del centro y dividíamos el número final por la cantidad de veces que éste aparecía: 6773.
Todavía faltaban, ese día de Cemento, un par de años para Cromagnon; la noche de jueves que hicimos el último programa del ciclo que musicalizábamos con La Vela P.
Puerca de puerco. 30 del 12 de 2004.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Redimir la historia


El hat-trick de Carrillo saldó la cuenta pendiente contra el Barcelona ecuatoriano, aquel de “La hazaña de La Plata” que hizo hito al quitarle el invicto, en 57 y 1, al tricampeón de América de Zubeldía

El récord se defendía sólo, sin necesidad de alegatos que redundaran lo inobjetable de los números: diez triunfos y un solo empate -contra el Millonarios colombiano en la Copa del ’68- chapeaba de local Estudiantes en sus primeras tres participaciones de Libertadores. Una verdadera fortaleza, donde se había hecho del 95% de los puntos, clave a la hora de enumerar razones para el inédito tricampeonato sudamericano: ninguno lo había logrado, de manera consecutiva, en toda la historia. Independiente, River, Universitario, Palmeiras, Peñarol o Nacional, entre tantos, sucumbieron en 57 y 1 sin contemplaciones.
Campeón del ’70 contra el Carbonero en el Centenario, el Pincha se benefició nuevamente con el ingreso directo en el cuadro semifinal de la Libertadores ‘71. De un lado, el Nacional uruguayo, Palmeiras y la U de Perú; del otro, la Unión Española de Chile y Barcelona de Guayaquil, clasificado después de un 3-0 a su clásico rival, Emelec, en el desempate del Grupo 5.
Es cierto que el invicto pertenecía en exclusiva al máximo trofeo de la CSF. Estudiantes tenía tres antecedentes de derrotas en el Hirschi: el partido de vuelta de la Interamericana ’69, contra los mexicanos del Toluca, y los dos choques por la fase de grupos de la Supercopa de Campeones Intercontinentales de aquel mismo ’69, contra Peñarol y Racing Club. Una copa, al tiempo oficializada por la Confederación, a la que Estudiantes no le puso el ojo suficiente por el escaso calendario en el que se jugó.
Basurco, así son “s”, es el nombre, resonante como desconocido por fuera del mundo fútbol, que quedó en la leyenda del fútbol ecuatoriano con el campanazo del Barcelona, el 29 de abril de 1971, contra el tricampeón de América en su tierra y en su casa. Novato en convocatoria y organización (el profesionalismo apenas contaba quince temporadas), la historia le reservó para siempre un lugar en el podio más alto del fútbol de aquel país hasta la clasificación del Seleccionado de Darío Gómez al Mundial de 2002. Hasta Wikipedia lo incluye en un artículo: “La hazaña de La Plata”, tal la magnitud de aquel 1-0 del ’71 contra los invencibles de Zubeldía.
Juan Manuel Basurco Ulacia, español de origen vasco, combinaba el fútbol amateur con los seminarios y el estudio sacerdocio. Recibido y con vocación tercermundista, se hizo misionero en América Latina. De la parroquia y la invocación católica, sin dejar nunca de practicar el deporte que lo llamaba como principal afición, pasó a la incipiente Primera División profesional, contratado por la LDU de Portoviejo. Sí, como se lee: un cura futbolista en una liga sudamericana. Barcelona le vio cualidades y lo fichó para jugar en la temporada ’71. Una corta carrera y un promisorio currículum: ocho partidos y dos goles; uno de ellos, el que coronó sobre el arco de 55 ese 29 de abril después de una jugada por izquierda con el legendario Alberto Spencer -aún hoy máximo goleador de la Copa, de regreso a Ecuador pos paso victorioso por el Peñarol de los ’60- para transformarse en “el padre de los botines benditos”. Ni siquiera su popularidad en Ecuador por la trascendente conquista amainó la equivocada manera de describir su apellido: para todos, Basurco era, y será, con “z”.
Con la serie a favor de diez triunfos y un empate, sumando la victoria de Estudiantes en el partido de ida, el pleno contra Barcelona en 57 y 1 se descontaba obvio, notorio. La revista El Gráfico, en la previa y con la firma de Ardizzone, arriesgaba el resto: “… Por ahí Barcelona es un equipo de tercera categoría, donde el maestro Spencer está jugando la última parada de su gran carrera goleadora (…) En Guayaquil, resolvieron el partido más que con organización para encararlo; con la seguridad y serenidad del equipo que sabe lo que quiere. Que sabe que en este tipo de confrontaciones no se gana sobrando aunque el rival sea de tercera categoría (…) Ya sé que Barcelona es un equipo de tercera categoría, pero el partido era allá, con las tribunas de Guayaquil y con los 35 grados de Guayaquil”.
Nada de eso sucedió. Aunque la clasificación del equipo que ya dirigía Kistenmacher, a las finales con Nacional, hicieron más rápido que pronto borrón y cuenta nueva de este lado del continente. Estudiantes cerró la semifinal venciendo en ida y vuelta a Unión Española. Después, la historia recordada de Lima y la caída en el desempate con los uruguayos.
No sólo se cuenta la plusmarca de tener, hoy, el mejor porcentaje de puntos en la historia de la Copa entre aquellos clubes que disputaron más de una edición (supera, por escaso margen, a los brasileños Cruzeiro y Santos): la serie favorable con Independiente del Valle y la tripleta de Carrillo con Barcelona, aumentó a 42 las victorias como local, en 53 partidos, con 8 empates y sólo tres caídas, aquella con el Torero ecuatoriano en el ’71, otra con Olimpia en la Libertadores 1984 y la más reciente con Cruzeiro en la edición 2011. Una marca tan envidiable como inigualable, todavía hoy.

* Publicado en el número de marzo de Revista Animals!.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Free


Quizás nunca supe realmente quién era. Y puedo seguir sin saberlo; sí que este jazz libre tocó hace cinco (seis, siete) años en una de las salitas del Teatro Argentino. Y nada de "a sala llena". Poquitos éramos.
Como necesitaban que tuviera calor -dígase la gente lo más cerca posible, nos abrieron la puerta de las primeras filas a todos los de la terraza del tercer piso. Y se escuchó. Mucho más que bien. Privilegios o cosas que pasan. Algo así.
 

viernes, 6 de marzo de 2015

Volver al futuro


Cuatro décadas antes del Mundial de Clubes, el Barsa invitó a Estudiantes a la histórica Gamper de previa de temporada. Campeón del Mundo vigente, los de Zubeldía prepararon la final con el Milan con una maratónica gira que incluyó partidos ante Atlético y el Real Madrid.

Pocos son los clubes del pago propio que pueden imprimir el prestigio de haber jugado la Copa Gamper en el Camp Nou. Y se cuentan con los dedos de una mano: Boca, River, San Lorenzo, Chacarita (aquel de la edición ’71 que tocó su techo eliminando al Bayern Múnich de Beckenbauer en semifinales) y Estudiantes, por si faltara alguna huella en la alfombra roja de la historia.
Finalizado el Metropolitano ’69, con las mieles a flor de piel tras el laureado bicampeonato de América contra el Nacional uruguayo, el Club organizó una extensa gira de preparación – 45 días afuera del país- con la proa en el objetivo de máxima de ese segundo semestre: defender el máximo título de clubes conquistado un año antes en Old Trafford.
La chapa de la victoria en Manchester contra el United y la invitación del Barcelona, fue el amuleto gancho para la CD al mando de Mangano, que dispuso de distintos ofrecimientos para presentarse y jugar amistosos alrededor del mundo: Colombia, Venezuela, Norteamérica, Italia y España. Algunos fueron descartados con el viaje ya comenzado, otros se fueron sumando, acomodándose siempre a los encuentros pautados de antemano en Europa, donde el equipo disputaría cuatro de los trofeos estivales más reconocidos de la península ibérica.
A la Joan Gamper (novata competencia de pretemporada, por aquel entonces, que iba por su cuarta edición) se sumaron los trofeos Fenosa y Festa D’Elig; y la Copa Ramón de Carranza, de la que participaron los dos grandes de Madrid y Palmeiras de Brasil, derrotado por Estudiantes en el desempate del Centenario, para completar el cuadrangular eliminatorio.
La gira empezó el 15 de julio, después de una breve excursión pautada por Brasil para el denominado “Torneo de los Cinco Gigantes”, con una primera escala en Colombia, donde se jugarían más encuentros que los fijados inicialmente, al suspenderse, entre otros, el programado contra la Selección de Venezuela en Caracas.
Un empate ante el combinado colombiano, tres días después de la salida de Ezeiza, fue el inicio del camino que llevaría a Estudiantes nuevamente al Viejo Continente como escala final, ocho meses después de conquistada la Intercontinental en Manchester. La faena en Colombia se completó de manera invicta con otras dos victorias (el 20 y 23 de julio, las dos por 1-0 y con pepas de Rudzki, contra Atlético Nacional y Deportivo Cali) y un empate 0-0, el 31, ante el América.
Suspendida la escala en Canadá, el quinto choque fue el Necaxa mexicano, en Los Ángeles. Un 5-1 que puso blanco sobre negro la real diferencia entre un fútbol y otro hacia finales de los ’60, amén el antecedente de la victoria del Toluca en Argentina en la definición de la Interamericana que el Pincha había hecho propia meses atrás.
“Una nueva versión del fútbol sudamericano: Estudiantes con su sentido práctico”. Así anunció El Mundo Deportivo el arribo del Club a la Gamper, con foto insignia de archivo, tapa de El Gráfico, aquella del abrazo de Zubeldía y el Bocha Flores. Y fueron por más: “Partiendo de cero, el club de la capital de la provincia de Buenos Aires ha llegado a ser ‘grande’ del fútbol mundial. El equipo se prepara intensamente para la disputa de la Copa Intercontinental de Campeones frente al Milan. Y la afición mundial futbolística espera con interés esta nueva confrontación de dos escuelas tan diferentes”. ¿La clave de sus triunfos?, preguntaban los catalanes. “Una conducta ejemplar”.
El Conde Fenosa fue el debut en la escala española, el 17 de agosto, con dos pardas: 1-1 (remate cruzado de Verón entrando al área) contra Celta de Vigo y 0-0 frente al Deportivo, apenas 48 horas después, lo que motivó la queja de Zubeldía: “El calendario favoreció a La Coruña, que descansó un día más”.
Con muchos cambios -rotar y probar jugadores se hizo regla por el apretado calendario- llegó el 23 de agosto y el triunfo contra el Elche, 2-1 (Verón y Conigliaro), que llevó el Fest d’Elx para la sede social de 51. El mismo que hoy se exhibe, junto a tantos otros, en el salón de trofeos donde comenzó a andar el renovado Museo Histórico.
Restaba aún el menú de mayor convocatoria: la llave eliminatoria en el Camp Nou y un eventual partido contra el Barcelona que finalmente no fue por el 2-3 con el Zaragoza en semifinales, goles del Bocha Flores y Rudzki; y el esperado partido contra el Madrid por la eliminatoria de la Ramón de Carranza.
La doble jornada de semifinales de la Gamper se disputó íntegramente el 26 de agosto en cancha del Barsa, con una “perla” de época: en plena dictadura franquista, los equipos salieron al campo con las cuatro banderas de los representantes del torneo, encabezada por otra con los colores y el escudo de la España que hoy Catalunya rechaza. Y se escuchó el himno, claro.
A la sorpresiva derrota del Pincha -a juzgar por la prensa catalana, que incluso marcó como figura al arquero aragonés - le siguió el choque de fondo del Slovan Bratislava con el Barsa, que se tomó revancha de la final perdida, meses antes, en la Recopa de Campeones ante los mismos checos. Apenas un día después se jugó la final, ganada por los locales, y el partido por el tercer y cuarto puesto, en el que Estudiantes volvió a caer, 1-2, frente al Bratislava. Fue insuficiente el transitorio empate marcado otra vez por Flores.
De Barcelona a Cádiz, para jugar a las 72 horas la esperada serie ante el Real Madrid por la Ramón de Carranza. Zubeldía probó con Errea por el Bambi Flores en el arco, que en el segundo choque de la Gamper había ingresado por Poletti. Y Aguirre Suárez y Togneri se metieron por Bilardo y Echecopar; de rigor, otro esquema defensivo para poner freno a la potencia ofensiva del rival. El Real dominó desde el comienzo y sólo pasó algún sobresalto tras el descuento transitorio del tucumano Aguirre Suárez, que promediando el segundo tiempo la metió con un fuerte tiro libre de frente al arco. Sobre la hora, los españoles cerraron el partido de contragolpe y sentenciaron el 3-1.
Eliminado por Palmeiras en la definición de penales, el tercer puesto se definió contra el Atlético de Madrid, de nuevo a estadio lleno, tal la expectativa por ver al campeón del mundo vigente. Al igual que en el amistoso de la Euroamericana 2013, ahora con Simeone en el banco español y el regreso de la Brujita en cancha, el triunfo también se fue para La Plata; hoy con pilcha negra, ayer en España todo de blanco, 2-1 con doblete del Bocha Flores, el goleador albirrojo de la gira.
¿Cuál es el secreto del Estudiantes?, lo consultaron a Zubeldía en el final del vestuario. “No tiene ningún secreto: únicamente el trabajo. El que diga que hace milagros en el fútbol miente completamente o no sabe de lo que se trata”.

* Publicado en el número de febrero de Revista Animals!.
 

jueves, 22 de enero de 2015

Viejo Zorro


Zubeldía también es parte de las mejores marcas históricas contra Gimnasia: la mayor serie invicta, recién igualada en el lustro victorioso con la vuelta de Verón; y el impiadoso 6-1 del Metropolitano ’68 en el Bosque, antecedente inmediato del 7-0

Redundan las razones que determinan la importancia de los clásicos para jugadores, técnicos e hinchas; en éstos, sobre todo, que son los únicos sin valor de transferencia ni mercado a la vista: se nace con una pasión, con un color, y no se negocia.
Duelo de barrio, corazón de ciudad, la disputa del espacio para conquistar el territorio, el “pago chico”, se dirime en esos dos partidos oficiales que se juegan año a año. El honor en disputa, siempre. Dos casos contemporáneos: Passarella en River, en los primeros ’90, encadenando estrellas locales mientras se ponía en duda su continuidad por los constantes tropiezos con Boca… o el más reciente: la eyección de Diego Cocca tuvo la mano sobre el botón después de la derrota con Independiente. Hoy en Racing exudan gloria y juntan llaves para emular el monumento de Mostaza Merlo…
Zubeldía, una excepción de tantas, construyó una senda inigualable: armó el plantel más ganador de la historia; títulos locales e internacionales; la gloria toda en el club donde es, de seguro, la principal bandera histórica; y un pleno tras otro frente a Gimnasia. Y con todos los condimentos: goleadas, racha invicta, triunfos en partidos decisivos. A pedir del hincha de cualquier camiseta.
De partido decisivo, se habla, el de la fecha final del Metropolitano ’67. Estudiantes se jugaba la clasificación a semifinales en el interzonal con Gimnasia, en 57 y 1. Peleaba uno de los dos boletos de su grupo. El empate lo podía dejar afuera y, de suceder, dependía del resultado de Vélez-Racing. No hizo falta. Fue 3-0 con baile: Verón, Echecopar y Conigliaro para esperar a Platense en La Bombonera y después a Racing en el Viejo Gasómetro. Semana conmemorativa, goleada en el clásico y primer título de Primera en el profesionalismo.
No clasificado Gimnasia al Nacional de ese mismo año, volvieron a enfrentarse en el Metro ’68: el de la primera rueda, un entretenido y discutido empate en tres, con varios penales cobrados e incidencias varias. La revancha no tuvo equivalencias y, quienes lo vivieron, creen que aún podría tener patente de “máxima goleada de la historia”. Zubeldía y su campeón de América no tuvieron contemplaciones ni se guardaron nada y el 6-1 en el Bosque (dos del Bocha Flores, otros dos de Echecopar, Conigliaro y Segovia en contra) no sólo reflejó el presente de ambos clubes: despejó el camino para clasificar a semifinales y alcanzar la final, que Estudiantes después perdería con los invictos “Matadores” de San Lorenzo en Núñez.
Las dos goleadas forman parte de la mayor serie invicta de Estudiantes en clásicos oficiales, de nueve encuentros, igualada recién en 2009 por el campeón de América de la Brujita y compañía, aunque esta última con el hándicap a favor de 7 victorias y 2 empates: “la década ganada”, el clásico más desigual de los últimos diez años en el fútbol argento.
La primera serie de la racha invicta comenzó con el empate de la segunda rueda del Campeonato de Primera División 1964, con Carlos Aldabe en el banco. A Zubeldía le corresponden los ocho siguientes partidos, con 3 triunfos y 5 igualdades. La serie favorable se extendería hasta abril de 1969, en aquel clásico suspendido al ceder el alambrado de la tribuna tripera, que se completó a los días en cancha de Quilmes. Ese 0-2, una de las únicas dos caídas del Zorro en partidos oficiales.
El debut de Zubeldía contra el Lobo se dio en un amistoso de verano, pero con derrota (1-2), el 25 de febrero del ‘65, por Copa Delovo-Pastor. La revancha se jugó el 20 de marzo y fue parda, aunque ninguno de los dos levantó el trofeo, que quedaba para el que metía cinco encuentros alternados o tres consecutivos. Los amistosos continuaron entre 1965 y 1966 con los dos choques de la Copa Defranco -reconocida firma de la ciudad de esa época- jugados en cancha de Gimnasia. El Pincha del Zorro se redimió del antecedente inmediato, goleó 3-0 en el primero y le sobró con el 1-0 de la revancha para quedarse con la copa, ganada con doblete en terreno tripero.
Si de partidos importantes y goleadas se trata, Estudiantes sumaría una más en la era Zubeldía, en la primera rueda del Nacional ’70. El Pincha llegaba con la medalla a cuestas del “Tri” de América después de doblegar a River y a Peñarol en la final, pero con una irregular campaña en el Metropolitano. Y el Nacional se transformó en el objetivo. Fue 4-1: Flores, Verón, Rudzki y Verde para mantener la punta de la zona B. La paradoja de ese torneo, que marcó la segunda y última caída oficial del DT en clásicos, fue el 1-4 de la rueda revancha que el Lobo replicó a su favor y que luego perdería, en las semifinales con Central, la histórica chance de ser finalista y enfrentar a Boca.
Antes de la llegada de Miguel Ignomiriello, el mano a mano final de Zubeldía con Gimnasia se dio en los duelos nocturnos de la amistosa Genaro Rucci ‘71, en la revancha del 2 de marzo que Estudiantes ganó, 2-1, con los dos de Camilo Aguilar.
Los números se despliegan; permiten esquivar conclusiones parciales: si de totales hablamos, entre oficiales y amistosos, con 21 clásicos dirigidos, el Zorro perdió apenas cuatro, a lo que se anexan 9 triunfos y 8 empates y un 62% de efectividad contra el rival de siempre. Una marca de pocos.

* Publicado en el número de enero de Revista Animals!.

La mística antes de la mística


Diez minutos restaban cuando Rulli la guapeó en la cancha de Lanús y evitó un descenso que era cosa juzgada. Fue justo un diciembre, en 1961. Ocho rojas y un empate a pura entrega que condenó al Grana a la B

Caprichos de la historia, destinos, Lanús en las instancias definitorias. Un rápido ejercicio: 1956 y 1961 para zafar del descenso en la última fecha, la “vendetta” granate y el desenlace negro del ’94 con el exiguo 3-3, o el gol de los jujeños a Instituto gritado en esa misma tribuna visitante, seis años más tarde, para esquivar la Promoción con Almagro tras un 0-1 con el anunciado penal blef de Casartelli atajado por Flores. Destinos: la misma cancha donde Estudiantes había mandado a la B a Gimnasia en el inolvidable ‘45. También hay de esas dulces: el 2-1 de Lanús a Boca con Bossio como proa albirroja para forzar la final del 2006.
El empate en la anteúltima fecha con Chacarita en 57 y 1 no le daba margen: Estudiantes se jugaría la categoría en el último partido de diciembre del ’61 y debía sacarle un empate al Grana en su cancha para seguir en Primera. Justo a Lanús, el otro amenazado: la nada o la gloria. Perder condenaba al Pincha a jugar en Segunda en el ‘62, si Atlanta no vencía a Ferro, la única posibilidad para no descender en caso de derrota… Y los de Caballito lograrían el punto que necesitaban.
Lanús preparó el partido tiempo antes. Era ganar como sea: repartieron panfletos, rebajaron las entradas y hasta regalaron otras tantas para que apoyaran los parciales de una entidad tan amiga como sureña… la barra de Banfield y con sus propias banderas. Hoy, ni en sueños.
Estudiantes tenía dos resultados a favor y el guiño de la historia reciente. Allí se había asegurado la permanencia la temporada posterior al ascenso: le ganó a Lanús en la Fortaleza, que llegaba invicto en su estadio en todo el torneo del ’55, y superó a Platense por tres puntos, cuando a falta de tres fechas el regreso a la B en sólo un año se presumía inevitable. Similar final sentenció el campeonato de 1956, cuando zafó de la B venciendo en la última al campeón, River, que llegó a 57 y 1 ya consagrado y sin compromisos.
Los ocho expulsados eximen de sopesar el trámite y la exigencia con que se jugó el partido. El árbitro expulsó a Díaz y Silvero casi en el arranque por agresión mutua; y minutos después, a Albrecht, por un topetazo contra Curia. Estudiantes aguantó el empate con uno menos durante buena parte del partido, hasta las expulsiones del complemento (Graziolo y Martina, en Lanús; Paulinho, en la visita) que equilibraron los equipos con ocho jugadores cada uno.
El local era desorden y presión porque el empate de Atlanta y Ferro no corría riesgos. Y le servía sólo el triunfo. El golpe llegó, inesperado, a 13 minutos del final: centro al área que no presumía peligro, complicidad a destiempo de Oleynicky y cabezazo de Reynoso para mover los cimientos. 1-0 y festejo por anticipado.
Estudiantes contestó rápido. El 0-1 lo mandaba a la B y la algarabía a Lanús le duró tres minutos. Un golpe letal. A los 35, Falcón gambeteó por izquierda y fue derribado entrando al área, sobre la línea de fondo. El uruguayo Fernández mandó un centro bajo, sorprendió a la defensa y Rulli (el mismo del Racing campeón del mundo) se anticipó a Yacopetti. Empate en uno, delirio y a guapearla los últimos diez, ya siete contra siete por las rojas a Reynoso y Castillo, para aguantar el empate que pagó Lanús con el descenso en su propia casa.
Delirio en la colmada visitante, sí; en los expulsados y el CT, que esquivaban los proyectiles de la platea local; y en el presidente, Mariano Mangano, que festejó la salvación como un título. Seis años después sería protagonista directo de otra historia.

* Publicado en el número de diciembre de Revista Animals!.

Monumental Redentor



La Era Verón marcó otra fulgurante corriente anticíclica: transformar en cotidianos los buenos resultados en la hostil Núñez. Doce victorias pinchas se cuentan en el Monumental durante el profesionalismo, con el último 1-0 de Vera; cinco, desde aquel cabezazo de Maggiolo en el 2007. Un historial adverso que empieza a revertirse

No casualmente se concluye que, más por regla que por excepción, son tiempos fuera de lógica en el fútbol argentino y que eso es lo que lo hace un deporte distinto a todos. Dinámica de lo impensado, fue dicho, el resultado menos esperado parece que siempre está al caer. Y huelgan ejemplos históricos; uno propio, en la época más indecorosa del club, la que se llevó puesto al equipo al descenso mientras Estudiantes lograba sellar la que, sin embargo, es todavía la mejor década en cantidad de victorias (4) visitando la cancha de River, en un historial que, junto al que lo enfrenta con Boca, se impone hegemónicamente desfavorable.
Apenas tres porotos apoyaba Estudiantes en el casillero de las maduras, jugando en el Monumental, hasta la victoria del Clausura ’91 con gol del Torpedo Lorenzo Sáez, movedizo delantero (el apodo redunda describir características) incorporado tras ganar el Apertura ’90 con el Newell’s de Bielsa. Esa noche, Humberto Zuccarelli lo hizo entrar en el complemento por Leani y el cordobés marcó el cuarto y último gol de su breve paso por el club. Cuatro goles en dos partidos: los otros tres, en una misma tarde, ante Deportivo Español, el día del debut como árbitro de Javier Castrilli.
Los tres triunfos previos van hasta la década del ’70 y a los inicios del profesionalismo, en el torneo de 1935, cuando marcó el primer pleno en el Monumental con un 2-0 en la 2da. fecha del campeonato. La segunda victoria se demoraría… 38 años. Casi cuatro décadas: 2-1 en la 14° fecha del Metropolitano ’72, en el tobogán descendente del equipo que venía de ganarlo todo y que terminó disputando el Reclasificatorio de ese año para no descender. La tercera, de seguro, la más recordada: furibunda victoria del equipo de Bilardo subcampeón a un punto en el Nacional ’75, con el 2-1 en la segunda rueda de la zona A (uno del uruguayo Cabezas Gonella y Rubén Galletti) para consolidar una serie de nueve partidos invictos y una clasificación sin fisuras al Octogonal Final por el título, ese que quedaría para el River de Labruna después del 0-1 en Vélez con gol de Reinaldi y el penal errado de Carlos López.
Un triunfo en 1935, otro en el Metro ‘72 (aquí vale un asterisco, aunque no se contemplen copas internacionales: la racha rompe en la Libertadores del tricampeonato ’70, con el 1-0 de la ida semifinal), el tercero del Nacional ‘75 y los cuatro ya citados de la década del ’90: el 1-0 del Clausura 1991; las dos victorias de 1993, ambas por 2-0, una por el Clausura (goles de Calderón y Carracedo en la levantada del equipo de Garisto que hasta se daría el goce, poco común de época, de ser efímero puntero) y la otra por el Apertura (el Rulo París y Gabriel González, la tarde de la camiseta roja); y la goleada 4-1, hasta esa noche sin antecedentes, al River tricampeón de Ramón Díaz en el Clausura ’97 con dos de Palermo, Leo Ramos y el Potro Fúriga. Siete triunfos en el Monumental hasta 1997: tres en sesenta años; cuatro en seis…
Lo trascendente estaba al caer. Pasarían diez temporadas hasta la siguiente victoria, la del campeón de Simeone que iba por el bi y se llevó tres puntos valor oro en la última jugada con un cabezazo de Maggiolo después de un finísimo centro de la Brujita Verón. El 1-0 no alcanzaría igualmente para quedarse con el título que sí lograría San Lorenzo. Estudiantes le adicionó al triunfo, sucesivamente, un empate, 4-4, con Newell’s y una derrota con Racing en Avellaneda que lo alejarían definitivamente de la pelea.
Ese pleno es parte de la plusmarca vigente: cicatrizada la herida de la eliminación en Sudamericana, el gol del uruguayo Vera estiró a cinco los triunfos en las últimas ocho visitas de Estudiantes al Monumental por torneos locales, con un empate (el 1-1 del Apertura 2009, en la previa del Mundial de Clubes) y sólo dos caídas: 2-4 en el Apertura 2007 y 0-1 en el Final 2013, todavía con Diego Cagna en el banco. Al 1-0 de 2007, se suman el 2-1 (Calderón y Marcos Rojo) del Clausura 2009 con equipo alternativo en la previa del Mineirazo; el 2-1 del Inicial 2013 de Román Martínez y Auzqui; y la mayor goleada del Pincha en Núñez, cuando el campeón récord de Sabella le puso la tapa al Apertura 2010 con un inapelable 4-0 patentado en los goles de Desábato, Matías Sánchez, Rojo y Mercado. Carnaval en la segunda bandeja, mientras Vélez sumaba victorias pírricas que no le darían alcance al Pincha. Y la continuidad de una racha favorable sin antecedentes en el Vespucio Liberti.


* Publicado en el número de diciembre de Revista Animals!.
 

martes, 20 de enero de 2015

La Sebastiana

Lo tenía todo: reconocimiento, premios, dinero. Y buscó en Valparaíso el refugio de Santiago. Cansado, confesaba entre los íntimos, puso condiciones: que no esté ni arriba ni abajo, ni en el cerro ni el "plan"; solitaria, pero sin excesos; vecinos, invisibles, que no escuchen ni vean; lejos de todo pero cerca de la movilización.
El encargo a la pareja amiga se hizo inauguración dos años después, en 1961 y un 18 de septiembre, día de la independencia chilena. Armó una fiesta a la que el propio Neruda invitó y convocó "por méritos inolvidables" -así le gustaba pronunciarlo- según la ayuda que cada uno de los agasajados había prestado para reciclar esa casa abandonada, que abraza ambas manos de la bahía porteña, y transformarla en "La Sebastiana".
Tenía una tradición que, al parecer, Neruda cumplía cada doce meses: cada año nuevo esperaba a sus íntimos en el amplio balcón que tiene como calle el mar y los barcos, vestido de barman, con una fina camisa roja y bigote de corcho quemado. Y así servía cada uno de los tragos y los platos con nombres inventados para la ocasión, con los inevitables fuegos artificiales como cortina del puerto. 
De guiños art-decó, ubicada sobre el Pasaje Collado (homenaje al apellido del constructor español que la diseñó) del Cerro Florida, con la muerte de Neruda la casa quedó abandonada y fue saqueada en varios de los allanamientos que hicieron los milicos con el Golpe del '73. Recuperada en 1991, desde 1997 funciona como Casa Museo de la fundación que lleva su nombre (Monumento Nacional desde 2012) para mantener en presente el recuerdo del poeta.

martes, 6 de enero de 2015

Valpo, troles y otros mundos

La joda es "carrete", se está "al tiro" cuando se vuelve al toque, "bacán" es lo que está bueno y la afirmación es un "yaa, pooo" extendido, modesto al lado del "exacto" o el "seguro" rioplatense tan inocentemente presuntuoso.
Y Santiago no es Chile; o al menos pone proa en el puerto que es balcón al mundo desde la época colonial. Así le llaman a un programa de lo que sería un canal "A" argentino a la trasandina. Chile más allá de su capital.
Valparaíso es descubierta año a año por europeos -en su gran mayoría- y muchos otros latinos que llegan atraídos por las realidades y otras tantas fantasías que despierta la ciudad puerto. Esa que abre su extendida bahía a kilómetros de fuegos artificiales que son vistos y fotografiados, antes y después de las 12 del 31 de diciembre, desde cada uno de los cerros que atrapan al "plan", el llano y su costa: el Alegre y el Concepción, con trucos comerciales de "pequeña Montmartre" -ese "otro" Valparaíso, el que llenan "cuicos" y extranjeros de cambio a favor buscando el refugio en realidad virtual-, el Santo Domingo, el Yungay o el Cárcel, donde edificaron el penal que hoy es lugar de recreación y centro cultural. En las paredes de El Canario, el bar de la bajada Cumming que licúa jóvenes turistas con taberneros originarios que no mutan de costumbre, una vieja tapa de la "The Clinic" todavía invita, en estado de sepia, a tomar la abandonada cárcel para reventarse un fin de año de los noventa.
Los antiguos troles resistieron, se resignificaron con el paso de los años y son parte de la cultura urbana; más como plan de la propia comuna que por cuestión aleatoria. Si en Buenos Aires, los centenarios vagones de la línea A, únicos en el mundo, ya no son ni una pieza de museo, en esta urbe, aquellos y sus tendidos sobre el asfalto son parte viva del patrimonio histórico y conviven con micros, taxis y buses.
Los años transformaron hasta en patrimonio del paisaje urbano característico, los cableados de todo tipo -de teléfono y televisión, o de luz, y de tantísimas compañías que con los años se acumularon en los nudos- que nacen en el llano y llevan el servicio a las casas más altas de los cerros; y hasta los rincones con basura o las huellas de las orinadas nocturnas en la zona de la "bohemia" y en las escaleras a los cerros, tan habituales como fotografiadas día a día como "souvenir" de Valpo.
Los baños, se lee acá, son "exclusivos para los clientes". Nada que no conozcamos. Lo resuelven cada mañana a balde y cloro.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Los Impuntuales


Francisco Magallanes
Club Hem Editores
(2013)


Los personajes de Magallanes que tejen las historias asoman de un inmenso universo de (cómo no imaginar a Marco Gabán con una musculosa de la cara de Prodan) perdedores hermosos: los vengadores de la Patagonia que buscan la redención de Estela, los pibes de Plaza Rocha que se juegan a penales la camiseta de su ídolo o el Jesús Messi remisero que voltea la inundación del 2 de abril con el vacío con pan del “Chaperío” del barrio peruano. Historias universales, ancladas en la inevitable experiencia platense del autor.
Y lo hace con las marcas de una, consistente aunque excesiva por trazos, descripción lacónica que actúa como el cross al mentón que dispararía cualquiera de esos mismos personajes. Pero lo atrapante no es sólo el modo, sino el surco que la riega: el autor resuelve la ambivalencia sin sobrescribir lo ya dicho y abre la mejor tradición para el lector, la de dejarse llevar por la imaginación.
Cito a Omar Crespo: “Me cuesta leer la impuntualidad como sinónimo de ‘marginal’”. La impuntualidad, dice, “funciona como abrazo contenedor del libro”; como un hilo conductor, agrego, de los que, por convicción y elección, prefieren el riesgo del barro cotidiano a la fiesta de la victoria fácil. La impuntualidad no es un rasgo de época, sino un estilo de vida: se hace lo que se puede con lo que se tiene a mano. Son los que van a riesgo, a tener que cumplir y hacer las cosas a tiempo con exactitud racionalista; esos que si ven la solución de vida a la vuelta de la esquina, cruzan de vereda, barajan y dan de nuevo: los impuntuales protagonistas de Magallanes con los que es imposible no identificarse. Vivir sólo cuesta vida, claro.

* Publicado en el número de diciembre de Revista Sudestada.