martes, 28 de julio de 2026

El principio ordenador del placer


Tuve la epopeya de verlo. Difiero si fue conocerlo. Apenas tres minutos, sin cámaras ni celulares -época donde los Nokia 1100 solo enviaban sms- según la sugerencia que me dieron, ese domingo de fines del ‘14, los hermanos Peuscovich. Su generosidad parida en encuentros nocturnos de tugurios de La Plata, antes de que se convirtieran en los productores de la etapa fundamentalista del Indio, habían logrado el encuentro.
Me dijo, Solari: “Gracias por pensar y escribir sobre el sueño de todos nosotros”. Eran casi las 8 de la noche. Faltaba un rato para que Racing, del otro lado de la Argentina, gritara otra vez campeón espejado en el título del “paso a paso” y aquella anomalía 2001.Pero vuelvo al Indio, empilchado, esa noche mendocina, con un paletó largo de cuero negro sobre la explanada del hotel y fragancias en cuerpo de las que nunca simulaba. En una Traffic blanca, a metros de él, esperaban Virginia, su compañera de vida; su hijo Bruno; y varios de los managers y productores del show. Fue un abrazo en instante, esa frase que aún perdura canjeada por el libro de reciente publicación que le entregué y un rápido raje de la familia Solari en ese minibús Renault para no perder el avión a Buenos Aires.
Anomalía también fue la potencia disruptiva del Indio en esos tiempos de plumaje blanco, de vencedores aún sin vencer aunque ese no fuera el objetivo de un hombre de la cultura rock que creía que traficar poder contracultural y contaminar revolucionariamente el sistema, desde el arte, siempre sería más trascedente y gratificante que asaltar ese poder institucionalizado de reglas rígidas al que se deseaba combatir y darle resistencia.
Un hombre de la contracultura, Solari, que reconocía que la revolución a través de la toma del Estado como se lo planteaban (como muchos de sus amigos que eligieron la vía política partidaria tradicional: “Los más heroicos, pero los más inocentes a la vez”, dirá él) los movimientos emancipadores de posguerra, te transformaba invariablemente en el monstruo que perseguías. “Sacarme a la izquierda gerontocrática. Eso fue lo que primero hice. El marxismo me parecía la máquina de vapor”, se mofaba el Indio. Dirá: “Podés pensar muchas maneras para combatir a un caníbal, lo que no podés hacer es comértelo”.
Lo fueron Los Redondos: de seguro, la mayor anomalía, el mayor clivaje contracultural y de combate que la cultura rock y lo político dieron en el medio siglo que se expande desde el último golpe al Estado argentino, de milicos y civiles con negocios, hasta este 2026.
“Desde siempre, no buscábamos transformar la sociedad; sino al hombre, al ser humano”. Solari desmitificó su propia verba desde que Patricio Rey era apenas un proyecto situacionista del teatro under platense, hasta ahora que cedió definitivamente la forma humana y, con ello, transformó en imperecedera su retórica y su poemario contestatario de rock canción. El nuevo (viejo) poeta del pueblo. Para siempre.
Sus letras (ambiguas, infinitas, como tropos jamás panfletarios: “Andas dando guerra y temblás, gastándote en relámpagos”) convertidas en poesías y, a su vez, en aforismos sin dueños, son patrimonio de un futuro que pudo llegar hace rato pero que, como máxima ricotera, aún no está resuelto.
Una lírica sin tiempo ni ataduras pero anclada en espacios, aquí y ahora, en Argentina, de la fiesta corporal y hedonista en los sótanos clandestinos contra la muerte del afuera en dictadura, a esa Argentina en la que Patricio Rey dejó una noche la butaca atomizada, cuando aún simulaba bailar el pop rock del rico Luna Park, para salir a ver, definitivamente, qué escribían en las paredes las tribus de la calle que vibraban en masa con la coherencia humana y política de Los Redondos: “Las despedidas son esos dolores dulces”, “Todo un palo: ya lo ves”, “Violencia es mentir”, “Ropa sucia, fuera”, “Tu estómago gruñe como enjaulado”, “Ellas son capaces de herirte con su dolor”, “Un último secuestro, el de tu estado de ánimo, no”, “Nuestro amo juega al esclavo”, “Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”, “Todo preso es político…”
El Indio militó a rajatabla, como mantra, la política del éxtasis y el placer como principio ordenador de la vida; de su vida y de su obra: Los Redondos. De una existencia hedonista que solo merecía ser vivida asumiendo riesgos (más allá del premio material a canjearse) en una cruzada de líricas fangosas para desertar, permanentemente, de la autoridad y el poder que el discurso le confería al Míster como autor de tamaña y popular obra.
Por eso fue poesía y no prosa. Por eso jamás se propuso resolver la trama de la historia, esa que su público, tan territorial y determinado, le exigía desde abajo a medida que el sistema socioeconómico de la posdictadura los excluía y los tiraba del mapa de la sobrevivencia. Nunca fue un intelectual que creyó tener la verdad y la llave del “cofre de la felicidad”. Sugería Carlitos: “La lírica es una cosa simbólica que explica algo en términos estéticos. No creo en las letras que pueden ser explícitas. Creemos en la sugestión. Hay un misterio que obra de manera oracular”.
Retórica de la seducción, la ricotera, sin necesidad de explicarle nada a nadie. Un horizonte como faro para que creamos en nosotros mismos. Pero sin certezas. “Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene”. Eso estimuló el Indio. Neologismos de trinchera para escapar permanentemente de la demagogia inexorable en la que puede incurrir un líder de masas.
Horacio González, en un canónico primer acercamiento teórico al fenómeno redondo (“Lo redondo, lo que rueda”) de comienzos de los ’90, fundaba que la banda siempre jugó con las banderas de ese nuevo público de la masividad, hincha de Los Redondos, devotos fieles de Patricio Rey sin esperar nada a cambio salvo mantenerse inexpugnables en su ideario de resistencia, libertad y autonomía. La praxis política del grupo disolvía permanentemente esas banderas para negar la autoridad que las bandas le querían imponer al líder Indio, sabiendo que el maniqueísmo o la novedad banal y pasajera es lo que tiene reservado el mundo idolátrico para el artista, decía González. Así, Los Redondos lograban gambetear con semántica cualquier determinismo ideológico y la literalidad que pudiera darle valor de verdad a una lírica en melodías que evitaba metódicamente convertirse en panfleto. “Es el pequeño gran matón de la Internet, el Alien Duce” parece hablarle en tropos de ironía al MiLey de ahora, aunque el aforismo fue escrito en 1998 para “Último bondi…”.
Al no haber discursos ni linealidades demagogas (qué fue, sino, la distancia irónica como defensa del estado de ánimo, a decir de Martín Rodríguez en nota con el periodista Reinaldo Sietecase, que el Indio mantuvo en el caso Bulacio mientras el progresismo moralista biempensante le sugería qué decir o cómo el grupo debía administrar el dolor y la queja) y negando el poder que el lenguaje le confiere a un autor popular, el ídolo Solari jamás supo de traiciones ni desilusiones. Siempre intuyó el Indio que no podía dar algo más que “un par de promesas. Tics de la revolución, implacable rocanrol y un par de sienes ardientes que son todo el tesoro...”. Siempre rodando; como los buñuelitos de ricota: redonditos. Para rajar y fugar, algo redondo a mano apenas el determinismo de lo literal los quisiera encasillar.
Joaquín Giannuzzi intuía que la poética no nace, “que está allí, al alcance de toda boca para ser doblada, repetida, citada total y textualmente”. Que poesía “es lo que se está viendo”. O Borges, que sabía que “cuando aparece, uno siente el roce de la poesía; ese especial estremecimiento”. Como en “El enigma de la poesía”, el Indio invocaba que la retórica era la de la seducción; que la obra estaba ahí, al alcance de cualquiera para las lecturas personales que cada uno quisiera hacer a partir de lo que a uno lo conmovía. La obra, así, ya no era una estructura de significados, sino un espacio infinito de significantes.

Un desaire al sistema
Si Los Redondos fueron un grupo en fuga de sí mismos con la única certeza de saber lo que no querían, el Indio fue un orillero en tiempos de rockers servidos al mejor postor que buscaban su lugar en los circuitos legitimados del sistema. Un desertor de las estructuras y las instituciones, de los mandatos consagrados, del mercado y sus premios materiales, que supo ver el pulso vital de la política de la calle: ese refugio plebeyo que fue trinchera de combate contra el sistema con la lírica y la liturgia solariana como combustible de todo eso. Que supo ver “el dolor de la lucidez”. Me gusta esa frase de Pablo Perantuono en su despedida en tinta sobre el hito de Villa Domínico, citando una escena de Luppi en “Lugares comunes”. El dolor de los lúcidos: los ricoteros. Contracultural: la lucidez del sentir plebeyo.
No casualmente, el escape, el raje (algo que bien permearon los Perros Sapiens en su libro “Redondos: a quién le importa”) permanente de este sujeto político moldeado en tiempos de seudónimos, nombres de guerra y clandestinidad, es un precepto contenedor habitual de la poesía solariana. Hay autos, trenes, barcos, aviones, barcazas orientales, siempre a mano para la huida: “Quemando la turbina te escapás” (el arranque del auto en “Tarea fina”), “Pudo cruzar el charco a tiempo y en el ferry tarareaba” (“Botija rapado”), “Yo voy en trenes, no tengo a dónde ir” (“Todo un palo”), “El tiempo dirá, yo sé que vos vas a regresar” (“Flight 956”), “Flotando en un sampán con mujeres iguales a un blanco herido” (“El regreso de Mao”).
El raje del régimen escópico moderno que pudiera hablar por ellos y condicionar al arte y su obra, como parte constitutiva del hacer redondo. Solari fugaba permanentemente de la imagen mediatizada que, a través de la repetición del consumo como espacio de encuentro que junta sin reunir, congela en espectáculo la experiencia vital del recital y le hace perder su razón de ser al acontecimiento: su enigma y su misterio. Como postura política, consecuentemente, la experiencia de la participación ricotera jamás podía reemplazarse por la adoración de la representación que facilitan las tecnologías. Por eso Los Redondos negociaron permanentemente con la imagen mediada por pantalla y sus estrategias de difusión: jamás dieron entrevistas televisadas ni se presentaron en vivo en ningún programa, no hubo grabaciones oficiales de recitales ni videoclips con sus imágenes y tampoco permitieron ser fotografiados durante sus entrevistas con la prensa gráfica y radial. Su único “producto” fueron las misas en vivo y los discos.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota encarnó mejor que nadie ese corpus solariano que personificaba a su figura, pero que se linkeaba de forma directa con la banda: “El precio de la libertad es la soledad”. Una postura vital sin concesiones y de una radicalidad política única que hizo del Indio una deidad indiscutida para un público ricotero de pibes que padecía, como pocos, el proceso de exclusión socioeconómico argentino de posdictadura, cuando las mieles de la primavera progre de los ’80 ya maceraban agrias.
Ese pueblo sublevado (“Los chicos de barrios desangelados que no saben de autos locos ni navidades artificiales”, personificaba Solari) en música y poesía que vislumbró la coherencia de la disidencia en praxis de Los Redondos y devolvió con fidelidad esa militancia artística de la impugnación urbana, aquí y ahora, en la Buenos Aires de “la ciudad de la furia” de fin de siglo, sin transas ni compromisos con las terminales comerciales del sistema que los excluía. Toda una declaración de principios y de resistencia política en el transcurrir de los ‘90. “Por eso las críticas despiadadas no hicieron más que acrecentar el mito del grupo, fortalecer el dogmatismo de sus seguidores habituales y aumentar el número de jaurías tribales convertidas al fundamentalismo ricotero”, describió, en tiempo y forma, el periodista Jorge Boimvaser en “A brillar mi amor”.
A ver. Vamos. Porque si hay algo que fueron Los Redondos, y sobre todo el Indio arriba del escenario, fue ser un vórtice de rebeldía contra las instituciones oficiales que, de manera directamente proporcional a la masividad de la banda, la reprimían y difamaban como entidad subversiva que incitaba a la violencia. Por eso la verba de Solari en el escenario jamás escatimó darle combate a la estructura sistémica que perseguía al público ricotero cada vez que tocaban desde que una banda ajena al mainstream como Los Redondos se animó a tomar por asalto el escenario del rock consagrado, el Obras reservado para el rock business. “Anda la mierda pura suelta. Están jodiendo afuera. No les den bola, no les den bola”, bramaba el Indio.
Todo un palo, la yuta: “¿cómo no sentirme así, si ese perro sigue allí?”, sonaba en los bises mientras afuera esperaba, como Drácula con tacones, “mucha tropa riendo en las calles, con sus muecas rotas cromadas”. Cómo no daría batalla un ricotero para defender el estado de ánimo de una experiencia contracultural que resistía sin venderse mientras las corporaciones, el negocio del entretenimiento y la industria del espectáculo no le perdonaban que su creciente popularidad y su éxito fueran producto de la autogestión y de su total independencia. Y sin tener que negociar con nadie salvo con los propios redonditos de abajo. La desclasificación de los documentos de inteligencia de la Bonaerense como fundamento municipal para suspender el recital de Olavarría en 1997, años después, no hizo más que confirmar la regla. Solos y de noche o la soledad como precio a pagar por la inclaudicable autonomía de la libertad redonda.
Como nadie en la historia de la subjetividad cultural argentina, el Indio hizo un culto de lo que el historiador Sergio Pujol definió como “la moral de la contracultura”, como insignia política de Los Redondos. Autónomos, libres e independientes: el precio de la libertad. En parte, aunque se antoje insuficiente, eso hizo de Los Redondos a Los Redondos.
Siguiendo a Perantuono en “El dios de los rotos”, hubo un detalle decisivo en esa anomalía que consistió en la audacia de nacer emancipados. “Emancipados del mercado; es decir, ajenos a lo que la industria era capaz de exigir. Para su público, el gesto adquirió categoría de sagrado y resultó crucial para construir la liturgia alrededor de la banda, el espíritu indie que humedeció toda su peripecia. No ir a la televisión (nunca), no firmar con ningún sello internacional o vestirse ya no como rockeros sino como oficinistas terminó siendo, además de una declaración de principios, una transgresión, un gesto ético y estético de resistencia: un desaire al sistema”.
De Los Redondos a sus últimos años con Los Fundamentalistas, cuando la forma humana lo fue alejando progresivamente de los escenarios tras el Olavarría 2017 de la posmasividad y los 400 mil ricoteros en misa, ya cuando el cruce clasista de su público era tan indisimulable como nuevo motor sociológico de análisis, entre los pibes del Conurbano viviendo al día y los hijos del Campo en camionetas fastuosas, y cito de nuevo a Martín Rodríguez, el Indio comenzó a correr su prístina cortina de hierro de significados y se abrió a adhesiones políticas mucho más explícitas que las que tenía en su etapa de Patricio Rey. Ahí cuando era completamente autónomo de las plazas políticas y el subsuelo plebeyo que lo admiraba decodificaba los gestos simbólicos que su líder compartía a cuentagotas en las escasas escenas mediáticas del grupo.
Pero la tirria a lo institucional y lo establecido jamás mutó. El camino por fuera de las estructuras del sistema se mantuvo inalterable, de Redondos a Fundamentalistas, pese a que Solari nunca vaciló en definirse como un tipo de la contracultura hijo de esa “nueva izquierda” de posguerra que desconfiaba de los premios materiales como única pulsión vital; o, mucho más explícito, como un “artista peronista”, sellando, ahora sin rodeos ni neologismos y en pura prosa, de qué lado de la mecha se encontraba en tiempos donde esa otra gran anomalía política moderna -el kirchnerismo- había reavivado una grieta tan imprescindible como simbólica y poco novedosa para la historia argentina. Y que aún perdura desde los tiempos de la conformación del Estado Nación cuando federales y unitarios “iban al grano jugando a los gangsters”.
Sabiendo de la finitud de la vida y la irreversibilidad de las formas humanas, quizás el Indio había encontrado en sus últimos años, como sujeto político que era y en tren de no esconder sus históricas afinidades partidarias, un nuevo “hecho maldito” contra el sistema, esos vencedores que aún no han sido vencidos.
“Sin bajar los brazos, porque a la rebeldía no se renuncia nunca”, pidió Virginia, su compañera de siempre, agradeciendo a ese pueblo movilizado en resistencia a punto de sublevarse como bombas pequeñitas.
Por los tipos que huelen a tigre, tan soberbios y despediados…
Violencia es mentir.

domingo, 19 de julio de 2026

Argentina-España: su lazo con el fútbol platense


Ricardo Infante, inventor de la “rabona” y símbolo de Estudiantes que ¡vaya curiosidad! culminó su carrera en Primera jugando para Gimnasia, convirtió el gol del triunfo albiceleste en el primer duelo de la historia entre argentinos y españoles jugado en 1952

Los enfrentamientos interconfederativos entre combinados nacionales de fútbol eran más excepción que regla en años donde la diplomacia mundial se debatía entre burocracias de posguerra para sellar la paz entre países y evitar una eventual nueva guerra. De allí que los campeonatos mundiales de selecciones dejaran de disputarse en 1938 y fuera recién en Brasil 1950, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando los elencos sudamericanos retomaron los duelos oficiales con selecciones del continente europeo.
No asombra entonces que en 1952 se erija el primer enfrentamiento de la historia entre los seleccionados de fútbol de España y Argentina. Fue en el marco de una gira del combinado nacional al mando de una gloria del fútbol criollo como Guillermo Stábile (figura y goleador del Mundial de Uruguay 1930), que incluyó dos presentaciones contra sus pares de Portugal y España.
La fraternal relación política entre el gobierno de facto de la falange tradicionalista al mando de Franco y el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón terminaron de consumar la organización de la inédita presentación argentina para jugar por primera vez en su historia contra España y en Madrid. De hecho, la actual Supercopa de Fútbol española tuvo su primer antecedente bajo la denominación de Copa Eva Duarte, entre 1947 y 1953, en homenaje a la Primera Dama del gobierno justicialista.
El debut del seleccionado argentino en terruño español fue el 7 de diciembre de 1952 con un campanazo de sello platense. Una recordada victoria 1-0 en el Nuevo Chamartín (el actual Estadio Santiago Bernabéu de propiedad madridista) con gol de una leyenda local: Ricardo Infante. El Beto tomó un rebote del arquero español Antoni Ramallets tras un tiro a quemarropa del infalible capitán velezano Ángel Allegri y, dentro del área chica, clavó la diferencia con un remate alto a favor de Argentina. Una perla del archivo oficial español compartida en YouTube rescata el golazo que ya es patrimonio histórico…
Esa tarde en Madrid, además, fue titular Gabriel Mario Ogando, jugador récord defendiendo el arco albirrojo hasta que Mariano Andújar superara su talismán de máximas presencias en la era moderna tras su regreso a Estudiantes en 2016.
La breve gira de Argentina con las dos convocatorias pincharratas de Infante y Ogando culminaría una semana después y con otra victoria, esta vez por 3-1, contra el combinado luso en Lisboa.
Con el último (y olvidable) antecedente de 2018 donde Argentina fue vapuleada 1-6, en la serie amistosa de preparación para el Mundial de Rusia, argentinos y españoles jugaron en selecciones mayores catorce veces: hay seis triunfos de la Albiceleste, seis de La Furia Roja y otros dos empates. En campeonatos del mundo sólo se cruzaron en Inglaterra 1966, en la fase de grupos, donde Argentina hizo pleno 2-1 con pepas del Artime grande, el Luis, el padre del Luifa que hoy es presidente y artífice del Belgrano de Córdoba campeón del Apertura 2026.

Infante, “el rey sin corona”
Así calificó la revista El Gráfico la carrera profesional del delantero albirrojo que, habiendo debutado una tarde de 1942 contra River, sumó leyenda en las últimas décadas cuando la FIFA reconoció a Infante como el primer futbolista en hacer un gol de “rabona”, aquella jugada en pase de piernas en la que el jugador impacta la pelota pasando la punta del pie del remate por atrás del pie de apoyo.
Esa jugada, “la jugada imperecedera” que después copiarían cracks como Maradona, Cristiano Ronaldo, Borghi, Patricio Hernández o el holandés Ruud Gullit, fue el 19 de septiembre de 1948 en 55 y 1. La pelota le quedó incómoda al Beto que, sin embargo, pudo aprovechar un rebote de Gagliardo y pasó su pierna hábil (la derecha) por detrás de la izquierda y se la clavó al ángulo al arquero de Rosario Central, Pedro Botazzi, a más de 30 metros distancia. Enseguida, la prensa gráfica titularía la victoria como “El Infante que se hizo la rabona” y nacería la leyenda semántica y periodística que conocemos hasta hoy.
“Me gustaba hacer túneles, farrear al contrario haciéndole pasar repetidamente la pelota por sobre la cabeza, esperarlo y, pisándola, hacer que pasara de largo de nuevo. En fin, hacía toda esa serie de recursos que son lindos para los chiquilines inconscientes”, le supo confesar con travesía, el Beto, al periodista Raúl Goro de El Gráfico.
Infante fue campeón de las copas Escobar y República en la década del ’40 con Estudiantes. Por eso, quizás, lo de “sin corona” de la icónica revista, ya que ni con Estudiantes ni con Huracán, en sus años esplendorosos, pudo conquistar un título grande de campeonato de liga. Los tiempos donde los equipos grandes aún “jugaban con 12” por la siempre predispuesta prepotencia del colegiado para favorecerlos.
El Beto figura entre los diez jugadores que más veces vistieron la albirroja en partidos del círculo superior (345) y es el tercer máximo artillero de este club con 191 goles oficiales, siendo solo superado por pesos pesados como Pelegrina y Zozaya. Completó quince temporadas en el fútbol pincharrata, hasta 1960, cuando eligió un trueque hoy inimaginable: dicen por homenaje paterno, el final de su carrera lo encontró en el Lobo para cumplir el sueño de siempre también de viejos amigos de verlo franjeado de azul con la histórica camiseta blanca tripera. Jugó 16 partidos y gritó seis goles. Una gran marca, también en Gimnasia, para un jugador ya de 37 años.
Como entrenador, muchos lo recuerdan enseñando y rodeado de pibes en la escuelita de fútbol del Colegio Sagrado Corazón, en los años ’80 y ‘90, en el patio de calle 57, mientras le contaba infinidad de veces a los curiosos infantes que iban a aprender con él, su hazaña; la de haber inventado, para siempre, el gol de “hachita”, como le decía el propio Beto a su jugada por el dibujo que formaba el movimiento de las piernas al hacerla simulando un hachazo…

* Unos garabatos sueltos, escritos y pensados en 0221.com.ar.

lunes, 6 de julio de 2026

La historia de la última edición de la Copa Rucci


Torneo amistoso emblemático del clásico platense en  los años ’70 y ’80, hace exactamente cuatro décadas, durante el receso por la Copa del Mundo ganada por la Selección Argentina en México 1986, se disputaba la última y recordada edición

Lanzada oficialmente en 1969, la Copa Genaro Rucci fue un tradicional torneo amistoso de pretemporada que Gimnasia y Estudiantes disputaron desde 1970, durante los recesos de verano de los campeonatos oficiales de AFA. El trofeo que se ponía en disputa, que hoy permanece en el Museo Estudiantes en su sede de 53 n°620, había sido donado, en homenaje a su padre, por Carlos Rucci, hijo del recordado presidente de Gimnasia, Genaro Rucci, mandatario albiazul de la década de 1950 y referente ineludible de la agrupación “Arriba Gimnasia”.
Los amistosos del recordado trofeo marcaron a fuego la rivalidad entre pinchas y triperos cuando los clásicos de pretemporada eran una habitualidad en el fútbol argentino. Otros tiempos y menos tumultuosos, sin complejos por el surco de resultados desfavorables ni el condimento amplificador de las redes sociales.
El reglamento de la Copa Genaro Rucci designaba como poseedor del trofeo de forma definitiva al equipo que se adjudicaba tres ediciones consecutivas o cinco alternadas. Pero, en efecto, en la práctica esto finalmente no se cumplió, ya que, pese a que Estudiantes obtuvo las primeras tres ediciones, el torneo se continuó disputando en lo sucesivo.
A su vez, la competencia se inauguraría con los partidos oficiales que Estudiantes y Gimnasia debían jugar en 1969 por los dos campeonatos anuales de la AFA: Metropolitano y Nacional. Pero la lidia de ida y vuelta de la Rucci, finalmente, se postergó hasta el verano de 1970, cuando en su primera edición se dieron los duelos amistosos quizás más recordados: Gimnasia hizo pleno en el partido de ida jugado el 18 de febrero (2-1 a favor con un doblete del tano Delio Onnis en 55 y 1) y la copa parecía definida, pero Estudiantes revalidó las credenciales del equipo de Zubeldía 48 horas después y se impuso 3-1 en la revancha jugada en Iraola y 118.
Recordado partido, ese desquite de 1970 en el Bosque, que quedó en la memoria de los platenses futboleros por el curioso gol del nicoleño Rubén Pagnanini, que marcó el tercero de los albirrojos al rechazar con la cabeza desde casi 50 metros, sobre el lateral derecho, con tal precisión que el cabezazo no pudo ser interceptado por el juvenil bahiense Juan Carlos Hutchinson, a quien, insólitamente, le picó la pelota y se le coló apenas por encima del hombro. Años después, el arquero lo recordaría en una entrevista con un diario bahiense: “Mentalmente no estaba en condiciones de jugar porque era un partido más que trascendente. Pero no me quedó otra después de la lesión de Gatti en la nariz por el encontronazo con Bilardo en la ida. Cómo habrá sido que Verón me habló y me consoló y hasta Zubeldía escribió una columna en un diario donde habló de la cantidad de goles tontos (sic) que se tienen que ‘comer’ los arqueros para recibirse…”

1986: la quinta y última edición
Estudiantes se adjudicó las primeras cuatro ediciones del tradicional torneo veraniego: los trofeos de 1970, 1971, 1972 y 1974, con las dos primeras ediciones definidas en partidos de ida y vuelta. Desde allí, la copa ya no tendría continuidad regular y recién volvería a reeditarse en el invierno de 1986, durante el receso del fútbol oficial a raíz de la participación de la Selección Argentina en el Mundial de México.
El Campeonato de Primera División 1985/86 (la primera temporada oficial con el calendario “a la europea”) había terminado a mediados de abril y los clubes platenses no lograron la clasificación a la Liguilla Pre-Libertadores, por lo que el extenso e inédito descanso de pretemporada de tres meses, hasta el comienzo del torneo 1986/87 programado para mediados de julio, motivó la realización de la brega amistosa a doble partido.
El primero fue en la cancha de Gimnasia, el 20 de junio de 1986. El Lobo, dirigido por el uruguayo Luis Garisto, alistó a Sosa, Lúquez, Russo, Bozok, Tempesta, Andrada, Kuzemka, Carrió, Guendulaín, Bastía y Pedrazzi. Estudiantes, de la mano de Eduardo Luján Manera en el banco, fue: Bertero, Camino, Agüero, Trossero, Herrera, Llane, Miguel Russo, Ponce, Alejandro Russo, Nannini y Gurrieri. Lo ganó el Pincha por 3-2 con goles de Trossero (el capitán y defensor del Independiente de los ’80, rival de Estudiantes en la final del Nacional 1983, hacía su debut esa tarde con la rojiblanca), Nannini y Ponce. La prensa gráfica lo calificó sin eufemismos como un “clásico sin clima” por el poco interés que mostraron los hinchas que se acercaron a ver aquel derbi platense mientras la Selección Argentina de Bilardo y Maradona se jugaba la segunda estrella en México. En efecto, no fue la recaudación que los dirigentes esperaban.
No hubo “clima” pero sí ingenio de parte de las hinchadas. Mientras que los albirrojos desplegaron una bandera que habían llevado al Mundial para alentar a Argentina (“Bilardo sos Gardel”), del lado mens sana devolvieron la misiva con una similar pero con la leyenda “Olivari, sos Gardel”, en referencia a un reconocido periodista de época autopercibido “menottista” que conducía un programa de fútbol en el Canal 2 otrora platense, durante el desarrollo del Mundial, donde no se ahorraban las críticas al equipo del Narigón, tan identificado con la escuela pincharrata.
El dato más saliente de la revancha, jugada el domingo 6 de julio de 1986, fue el homenaje a Luis Alberto Islas en el campo de juego de UNO, recién arribado de la consagración en el Mundial de México. Islas jugó aquella tarde su último partido antes de ser transferido a Independiente, fue reconocido en la previa y clave para que el Pincha repitiera la victoria del duelo de ida en terruño tripero. Fue 2-1 con goles de Gottardi y una palomita de antología de Sergio Gurrieri. Kuzemka erró un penal para el tripero, sobre el cierre del partido, que hubiera dejado el clásico en pardas.
Esa tarde, los once albirrojos habían sido: Islas, Craviotto, Issa, Trossero, Herrera, Llane, Miguel Russo, Insúa, Gottardi, Nannini y Gurrieri. Gimnasia fue a 55 y 1 con: Piñero, Lúquez, Carlos Russo, Espínola, Tempesta, Guendulaín, Kuzemka, Carrió, Bastía, Andrada y Pedrazzi.
La última edición de la Copa Genaro Rucci, la última vez que Estudiantes y Gimnasia disputaron, en La Plata, una serie amistosa con partido y revancha. Hace, hoy, 40 años.
Otro fútbol, otra vida.

* Unos garabatos sueltos, pensados y publicados en 0221.com.ar.