Tuve la epopeya de verlo. Difiero si fue conocerlo. Apenas tres minutos, sin cámaras ni celulares -época donde los Nokia 1100 solo enviaban sms- según la sugerencia que me dieron, ese domingo de fines del ‘14, los hermanos Peuscovich. Su generosidad parida en encuentros nocturnos de tugurios de La Plata, antes de que se convirtieran en los productores de la etapa fundamentalista del Indio, habían logrado el encuentro.
Me dijo, Solari: “Gracias por pensar y escribir sobre el sueño de todos nosotros”. Eran casi las 8 de la noche. Faltaba un rato para que Racing, del otro lado de la Argentina, gritara otra vez campeón espejado en el título del “paso a paso” y aquella anomalía 2001.Pero vuelvo al Indio, empilchado, esa noche mendocina, con un paletó largo de cuero negro sobre la explanada del hotel y fragancias en cuerpo de las que nunca simulaba. En una Traffic blanca, a metros de él, esperaban Virginia, su compañera de vida; su hijo Bruno; y varios de los managers y productores del show. Fue un abrazo en instante, esa frase que aún perdura canjeada por el libro de reciente publicación que le entregué y un rápido raje de la familia Solari en ese minibús Renault para no perder el avión a Buenos Aires.
Anomalía también fue la potencia disruptiva del Indio en esos tiempos de plumaje blanco, de vencedores aún sin vencer aunque ese no fuera el objetivo de un hombre de la cultura rock que creía que traficar poder contracultural y contaminar revolucionariamente el sistema, desde el arte, siempre sería más trascedente y gratificante que asaltar ese poder institucionalizado de reglas rígidas al que se deseaba combatir y darle resistencia.
Un hombre de la contracultura, Solari, que reconocía que la revolución a través de la toma del Estado como se lo planteaban (como muchos de sus amigos que eligieron la vía política partidaria tradicional: “Los más heroicos, pero los más inocentes a la vez”, dirá él) los movimientos emancipadores de posguerra, te transformaba invariablemente en el monstruo que perseguías. “Sacarme a la izquierda gerontocrática. Eso fue lo que primero hice. El marxismo me parecía la máquina de vapor”, se mofaba el Indio. Dirá: “Podés pensar muchas maneras para combatir a un caníbal, lo que no podés hacer es comértelo”.
Lo fueron Los Redondos: de seguro, la mayor anomalía, el mayor clivaje contracultural y de combate que la cultura rock y lo político dieron en el medio siglo que se expande desde el último golpe al Estado argentino, de milicos y civiles con negocios, hasta este 2026.
“Desde siempre, no buscábamos transformar la sociedad; sino al hombre, al ser humano”. Solari desmitificó su propia verba desde que Patricio Rey era apenas un proyecto situacionista del teatro under platense, hasta ahora que cedió definitivamente la forma humana y, con ello, transformó en imperecedera su retórica y su poemario contestatario de rock canción. El nuevo (viejo) poeta del pueblo. Para siempre.
Sus letras (ambiguas, infinitas, como tropos jamás panfletarios: “Andas dando guerra y temblás, gastándote en relámpagos”) convertidas en poesías y, a su vez, en aforismos sin dueños, son patrimonio de un futuro que pudo llegar hace rato pero que, como máxima ricotera, aún no está resuelto.
Una lírica sin tiempo ni ataduras pero anclada en espacios, aquí y ahora, en Argentina, de la fiesta corporal y hedonista en los sótanos clandestinos contra la muerte del afuera en dictadura, a esa Argentina en la que Patricio Rey dejó una noche la butaca atomizada, cuando aún simulaba bailar el pop rock del rico Luna Park, para salir a ver, definitivamente, qué escribían en las paredes las tribus de la calle que vibraban en masa con la coherencia humana y política de Los Redondos: “Las despedidas son esos dolores dulces”, “Todo un palo: ya lo ves”, “Violencia es mentir”, “Ropa sucia, fuera”, “Tu estómago gruñe como enjaulado”, “Ellas son capaces de herirte con su dolor”, “Un último secuestro, el de tu estado de ánimo, no”, “Nuestro amo juega al esclavo”, “Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”, “Todo preso es político…”
El Indio militó a rajatabla, como mantra, la política del éxtasis y el placer como principio ordenador de la vida; de su vida y de su obra: Los Redondos. De una existencia hedonista que solo merecía ser vivida asumiendo riesgos (más allá del premio material a canjearse) en una cruzada de líricas fangosas para desertar, permanentemente, de la autoridad y el poder que el discurso le confería al Míster como autor de tamaña y popular obra.
Por eso fue poesía y no prosa. Por eso jamás se propuso resolver la trama de la historia, esa que su público, tan territorial y determinado, le exigía desde abajo a medida que el sistema socioeconómico de la posdictadura los excluía y los tiraba del mapa de la sobrevivencia. Nunca fue un intelectual que creyó tener la verdad y la llave del “cofre de la felicidad”. Sugería Carlitos: “La lírica es una cosa simbólica que explica algo en términos estéticos. No creo en las letras que pueden ser explícitas. Creemos en la sugestión. Hay un misterio que obra de manera oracular”.
Retórica de la seducción, la ricotera, sin necesidad de explicarle nada a nadie. Un horizonte como faro para que creamos en nosotros mismos. Pero sin certezas. “Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene”. Eso estimuló el Indio. Neologismos de trinchera para escapar permanentemente de la demagogia inexorable en la que puede incurrir un líder de masas.
Horacio González, en un canónico primer acercamiento teórico al fenómeno redondo (“Lo redondo, lo que rueda”) de comienzos de los ’90, fundaba que la banda siempre jugó con las banderas de ese nuevo público de la masividad, hincha de Los Redondos, devotos fieles de Patricio Rey sin esperar nada a cambio salvo mantenerse inexpugnables en su ideario de resistencia, libertad y autonomía. La praxis política del grupo disolvía permanentemente esas banderas para negar la autoridad que las bandas le querían imponer al líder Indio, sabiendo que el maniqueísmo o la novedad banal y pasajera es lo que tiene reservado el mundo idolátrico para el artista, decía González. Así, Los Redondos lograban gambetear con semántica cualquier determinismo ideológico y la literalidad que pudiera darle valor de verdad a una lírica en melodías que evitaba metódicamente convertirse en panfleto. “Es el pequeño gran matón de la Internet, el Alien Duce” parece hablarle en tropos de ironía al MiLey de ahora, aunque el aforismo fue escrito en 1998 para “Último bondi…”.
Al no haber discursos ni linealidades demagogas (qué fue, sino, la distancia irónica como defensa del estado de ánimo, a decir de Martín Rodríguez en nota con el periodista Reinaldo Sietecase, que el Indio mantuvo en el caso Bulacio mientras el progresismo moralista biempensante le sugería qué decir o cómo el grupo debía administrar el dolor y la queja) y negando el poder que el lenguaje le confiere a un autor popular, el ídolo Solari jamás supo de traiciones ni desilusiones. Siempre intuyó el Indio que no podía dar algo más que “un par de promesas. Tics de la revolución, implacable rocanrol y un par de sienes ardientes que son todo el tesoro...”. Siempre rodando; como los buñuelitos de ricota: redonditos. Para rajar y fugar, algo redondo a mano apenas el determinismo de lo literal los quisiera encasillar.
Joaquín Giannuzzi intuía que la poética no nace, “que está allí, al alcance de toda boca para ser doblada, repetida, citada total y textualmente”. Que poesía “es lo que se está viendo”. O Borges, que sabía que “cuando aparece, uno siente el roce de la poesía; ese especial estremecimiento”. Como en “El enigma de la poesía”, el Indio invocaba que la retórica era la de la seducción; que la obra estaba ahí, al alcance de cualquiera para las lecturas personales que cada uno quisiera hacer a partir de lo que a uno lo conmovía. La obra, así, ya no era una estructura de significados, sino un espacio infinito de significantes.
Un desaire al sistema
Si Los Redondos fueron un grupo en fuga de sí mismos con la única certeza de saber lo que no querían, el Indio fue un orillero en tiempos de rockers servidos al mejor postor que buscaban su lugar en los circuitos legitimados del sistema. Un desertor de las estructuras y las instituciones, de los mandatos consagrados, del mercado y sus premios materiales, que supo ver el pulso vital de la política de la calle: ese refugio plebeyo que fue trinchera de combate contra el sistema con la lírica y la liturgia solariana como combustible de todo eso. Que supo ver “el dolor de la lucidez”. Me gusta esa frase de Pablo Perantuono en su despedida en tinta sobre el hito de Villa Domínico, citando una escena de Luppi en “Lugares comunes”. El dolor de los lúcidos: los ricoteros. Contracultural: la lucidez del sentir plebeyo.
No casualmente, el escape, el raje (algo que bien permearon los Perros Sapiens en su libro “Redondos: a quién le importa”) permanente de este sujeto político moldeado en tiempos de seudónimos, nombres de guerra y clandestinidad, es un precepto contenedor habitual de la poesía solariana. Hay autos, trenes, barcos, aviones, barcazas orientales, siempre a mano para la huida: “Quemando la turbina te escapás” (el arranque del auto en “Tarea fina”), “Pudo cruzar el charco a tiempo y en el ferry tarareaba” (“Botija rapado”), “Yo voy en trenes, no tengo a dónde ir” (“Todo un palo”), “El tiempo dirá, yo sé que vos vas a regresar” (“Flight 956”), “Flotando en un sampán con mujeres iguales a un blanco herido” (“El regreso de Mao”).
El raje del régimen escópico moderno que pudiera hablar por ellos y condicionar al arte y su obra, como parte constitutiva del hacer redondo. Solari fugaba permanentemente de la imagen mediatizada que, a través de la repetición del consumo como espacio de encuentro que junta sin reunir, congela en espectáculo la experiencia vital del recital y le hace perder su razón de ser al acontecimiento: su enigma y su misterio. Como postura política, consecuentemente, la experiencia de la participación ricotera jamás podía reemplazarse por la adoración de la representación que facilitan las tecnologías. Por eso Los Redondos negociaron permanentemente con la imagen mediada por pantalla y sus estrategias de difusión: jamás dieron entrevistas televisadas ni se presentaron en vivo en ningún programa, no hubo grabaciones oficiales de recitales ni videoclips con sus imágenes y tampoco permitieron ser fotografiados durante sus entrevistas con la prensa gráfica y radial. Su único “producto” fueron las misas en vivo y los discos.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota encarnó mejor que nadie ese corpus solariano que personificaba a su figura, pero que se linkeaba de forma directa con la banda: “El precio de la libertad es la soledad”. Una postura vital sin concesiones y de una radicalidad política única que hizo del Indio una deidad indiscutida para un público ricotero de pibes que padecía, como pocos, el proceso de exclusión socioeconómico argentino de posdictadura, cuando las mieles de la primavera progre de los ’80 ya maceraban agrias.
Ese pueblo sublevado (“Los chicos de barrios desangelados que no saben de autos locos ni navidades artificiales”, personificaba Solari) en música y poesía que vislumbró la coherencia de la disidencia en praxis de Los Redondos y devolvió con fidelidad esa militancia artística de la impugnación urbana, aquí y ahora, en la Buenos Aires de “la ciudad de la furia” de fin de siglo, sin transas ni compromisos con las terminales comerciales del sistema que los excluía. Toda una declaración de principios y de resistencia política en el transcurrir de los ‘90. “Por eso las críticas despiadadas no hicieron más que acrecentar el mito del grupo, fortalecer el dogmatismo de sus seguidores habituales y aumentar el número de jaurías tribales convertidas al fundamentalismo ricotero”, describió, en tiempo y forma, el periodista Jorge Boimvaser en “A brillar mi amor”.
A ver. Vamos. Porque si hay algo que fueron Los Redondos, y sobre todo el Indio arriba del escenario, fue ser un vórtice de rebeldía contra las instituciones oficiales que, de manera directamente proporcional a la masividad de la banda, la reprimían y difamaban como entidad subversiva que incitaba a la violencia. Por eso la verba de Solari en el escenario jamás escatimó darle combate a la estructura sistémica que perseguía al público ricotero cada vez que tocaban desde que una banda ajena al mainstream como Los Redondos se animó a tomar por asalto el escenario del rock consagrado, el Obras reservado para el rock business. “Anda la mierda pura suelta. Están jodiendo afuera. No les den bola, no les den bola”, bramaba el Indio.
Todo un palo, la yuta: “¿cómo no sentirme así, si ese perro sigue allí?”, sonaba en los bises mientras afuera esperaba, como Drácula con tacones, “mucha tropa riendo en las calles, con sus muecas rotas cromadas”. Cómo no daría batalla un ricotero para defender el estado de ánimo de una experiencia contracultural que resistía sin venderse mientras las corporaciones, el negocio del entretenimiento y la industria del espectáculo no le perdonaban que su creciente popularidad y su éxito fueran producto de la autogestión y de su total independencia. Y sin tener que negociar con nadie salvo con los propios redonditos de abajo. La desclasificación de los documentos de inteligencia de la Bonaerense como fundamento municipal para suspender el recital de Olavarría en 1997, años después, no hizo más que confirmar la regla. Solos y de noche o la soledad como precio a pagar por la inclaudicable autonomía de la libertad redonda.
Como nadie en la historia de la subjetividad cultural argentina, el Indio hizo un culto de lo que el historiador Sergio Pujol definió como “la moral de la contracultura”, como insignia política de Los Redondos. Autónomos, libres e independientes: el precio de la libertad. En parte, aunque se antoje insuficiente, eso hizo de Los Redondos a Los Redondos.
Siguiendo a Perantuono en “El dios de los rotos”, hubo un detalle decisivo en esa anomalía que consistió en la audacia de nacer emancipados. “Emancipados del mercado; es decir, ajenos a lo que la industria era capaz de exigir. Para su público, el gesto adquirió categoría de sagrado y resultó crucial para construir la liturgia alrededor de la banda, el espíritu indie que humedeció toda su peripecia. No ir a la televisión (nunca), no firmar con ningún sello internacional o vestirse ya no como rockeros sino como oficinistas terminó siendo, además de una declaración de principios, una transgresión, un gesto ético y estético de resistencia: un desaire al sistema”.
De Los Redondos a sus últimos años con Los Fundamentalistas, cuando la forma humana lo fue alejando progresivamente de los escenarios tras el Olavarría 2017 de la posmasividad y los 400 mil ricoteros en misa, ya cuando el cruce clasista de su público era tan indisimulable como nuevo motor sociológico de análisis, entre los pibes del Conurbano viviendo al día y los hijos del Campo en camionetas fastuosas, y cito de nuevo a Martín Rodríguez, el Indio comenzó a correr su prístina cortina de hierro de significados y se abrió a adhesiones políticas mucho más explícitas que las que tenía en su etapa de Patricio Rey. Ahí cuando era completamente autónomo de las plazas políticas y el subsuelo plebeyo que lo admiraba decodificaba los gestos simbólicos que su líder compartía a cuentagotas en las escasas escenas mediáticas del grupo.
Pero la tirria a lo institucional y lo establecido jamás mutó. El camino por fuera de las estructuras del sistema se mantuvo inalterable, de Redondos a Fundamentalistas, pese a que Solari nunca vaciló en definirse como un tipo de la contracultura hijo de esa “nueva izquierda” de posguerra que desconfiaba de los premios materiales como única pulsión vital; o, mucho más explícito, como un “artista peronista”, sellando, ahora sin rodeos ni neologismos y en pura prosa, de qué lado de la mecha se encontraba en tiempos donde esa otra gran anomalía política moderna -el kirchnerismo- había reavivado una grieta tan imprescindible como simbólica y poco novedosa para la historia argentina. Y que aún perdura desde los tiempos de la conformación del Estado Nación cuando federales y unitarios “iban al grano jugando a los gangsters”.
Sabiendo de la finitud de la vida y la irreversibilidad de las formas humanas, quizás el Indio había encontrado en sus últimos años, como sujeto político que era y en tren de no esconder sus históricas afinidades partidarias, un nuevo “hecho maldito” contra el sistema, esos vencedores que aún no han sido vencidos.
“Sin bajar los brazos, porque a la rebeldía no se renuncia nunca”, pidió Virginia, su compañera de siempre, agradeciendo a ese pueblo movilizado en resistencia a punto de sublevarse como bombas pequeñitas.
Por los tipos que huelen a tigre, tan soberbios y despediados…
Violencia es mentir.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario